ARTÍCULO

Miradas de perro

Alfaguara, Madrid, 224 págs.
Trad. de Pilar Vázquez
Alfaguara, Madrid, 180 págs.
Trad. de Pilar Vázquez
 

Tradicionalmente, hablar por medio de animales ha supuesto para el escritor un disfraz que escondía propósitos moralizantes (fábulas de Esopo o Samaniego) o satíricos (El coloquio de los perros, de Cervantes). En el siglo XX, el empleo de tal artimaña formal se ha inclinado más bien hacia la fractura del punto de vista (Flush, de Virginia Woolf), la travesura onírica con ribetes de angustia teológica (Investigaciones deun perro, de Kafka) o el relato picaresco sobre un fondo de descomposición social (Tombuctú, de Paul Auster). Como artificio literario, meterse en la piel de un perro conlleva más inconvenientes que ventajas, el mayor de los cuales consiste en caer en un antropocentrismo a lo Walt Disney, la anulación de lo Otro en beneficio de una voz única, una raza única y un discurso dominante.

Desafiando tal riesgo, John Berger (Londres, 1926) ha hecho que el protagonista y narrador de su última novela, King, sea un perro callejero. No en vano el libro se subtitula Una historia de la calle, y es importante que esto quede bien subrayado para la comprensión del relato. Hay que decir que a lo largo de su obra, bien traducida y editada en nuestro idioma, Berger ha construido hermosas ficciones que vienen a ser la cara menos amable de la Europa del bienestar y la euforia monetarista, erigiéndose en cronista moral de esa otra realidad que rara vez aparece en los informativos, tanto más acuciante cuanto más depauperada. Pacientemente, con voluntad de termita, el autor de Lila y Flag recoge del suelo materiales innobles, virutas carcomidas, cartones de soledad, sudor y muerte, y con todo ello hilvana un cuento humanista escrito con su caligrafía de lento ermitaño retirado en la Saboya, de leñador afectuoso acostumbrado a estar solo.

Son cuentos a pie de calle. Por eso no es de extrañar que en su libro haya escogido como narrador en primera persona a un perro vagabundo, a King, a este chucho sucio y sin pedigrí, locuaz, chismoso, con tantas pulgas como compasión hacia el género humano de desheredados de la tierra entre los cuales malvive. En sus pupilas caninas se refleja un paisaje apocalíptico de chatarra y vertederos: «Camiones estrellados. Radiadores partidos. Lavadoras destripadas. Cortadoras de césped oxidadas. Frigoríficos desvencijados. Fregaderos rotos».

En este escenario catastrófico del fin del mundo, reverso de la prosperidad de unos pocos, se agitan unas cuantas figuras de náufragos cubiertos con harapos que pululan trapicheando entre latas, en su isla de pobreza, luchando por sobrevivir sin perder la dignidad en un medio en el que todo es mercado, especulación y suelo urbanizable. Son los marginados, los sintecho, los que perdieron el tren del progreso y quedaron varados en los márgenes de una autopista. A veces, de noche, mientras duerme, algún mendigo arde, y el perro piensa que se trata de una muerte de hereje, aunque fuese ateo, pues la herejía moderna consiste en carecer de dinero.

El perro King habla solo, olfatea las esquinas, enseña los colmillos, lanza mordiscos al aire y ladra por no llorar. Vive con una pareja de ancianos vagabundos, Vica y Vico, allí, en el vertedero ilegal de Saint Valéry, lejos de todo, junto a otros damnificados, verdaderos veteranos de la mala suerte, recluidos todos ellos en esa reserva comanche amenazada día y noche por el séptimo de caballería de las fuerzas antidisturbios.

La metáfora de John Berger avanza pese a su tosquedad y el campamento se alza como el espacio simbólico de un sueño pronto convertido en pesadilla, un polvorón a punto de estallar y hacer que todo salte en pedazos. Berger recurre a imágenes de combustión, de incendios y explosiones para culminar con una traca pirotécnica su novela en la ue hay más sombras que luces y poco sitio para la esperanza.

Escrito a ras de suelo, con textura documental, parece que en este libro Berger ha buscado emular Las uvas de la ira, de Steinbeck, actualizando su mensaje de resistencia cívica y trayéndolo hasta nuestros días. La fórmula funciona solo a medias. En recientes declaracione, Berger ha reivindicado para sí la etiqueta de escritor comprometido (engagé), y está en su derecho de hacerlo, otra cosa son los resultados literarios. Las intenciones no bastan. Ya dijimos que hablar por medio de un perro supone más inconvenientes que ventajas. Al reducirlo a todo a dos colores (blanco y negro), el escritor carga las tintas, muestra su legítimo inconformismo, eso sí, pero también bordea peligrosamente la simplificación, con riesgo de caer en cierto maniqueísmo panfletario de buenos y malos que quita verosimilitud al conjunto.

Esta fábula cruda e incómoda, con moraleja incluida, trata de la calamidad, de la supervivencia, del amor y de qué ocurre con el corazón humano cuando ya no queda nada a lo que aferrarse en un mundo al revés en que la humanidad ha dimitido y la literatura debe ser hecha por perros.

En un registro distinto, Berger publica también Fotocopias, breve y delicado álbum de instantáneas captadas al vuelo, en el que lo importante aquí es el aleteo fugaz de unas vidas, el rastro apenas insinuado de unas cuantas presencias, desenfocadas o nítidas, que comparecen ante el objetivo de su cámara en forma de halo luminoso representado en palabras. Fotocopias podría llevar el título, con más propiedad, de Polaroids, pues sus 29 textos, de apenas seis páginas cada uno, son ejercicios de transitoriedad, ligerreza y agudeza visual para enfocar solo lo imprescindible con tan mínimos materiales. Aquí se nota que Berger es un apasionado de las artes visuales, a las que ha dedicado ensayos (El último retrato de Goya), pues ya desde el título mismo de estas composiciones sus epígrafes evocan la sonoridad escueta y antirretórca de un pie de foto o del rótulo de un cuadro: "Hombre con niki Lacoste", "Dos perros bajo una roca", son algunos de los encabezamientos de este paradóijco catálogo de imágenes en el que no hay imágenes, como si las palabras vaciasen la realidad dejado un cubo de aire mudo y sólo hubiese una ausencia. Textos de ausencia, sí, de una cierta orfandad o límite en el que el lenguaje ha sido reducido a su mínima expresión, a su osamenta de signos, haciendo el vaciado en yeso de unas manos, de un cuerpo, de una figura en reposo.

Para este propósito, importa poco que los  modelos elegidos sean paseantes anónimos, amigos del autor o celebridades, como en el caso del gigante de la fotografía Cartier-Bresson, cuyos gestos y palabras Berger recoge con respeto. El lector siente que Bresson está aquí en calidad de algo más que figurante, que en su técnica de precisión casi zen del "momento decisivo" está la clave misma del libro, y que la autoridad mítica de su obra actúa como punto de referencia y resonancia a lo largo de todas las páginas. EN estos apuntes o miniaturas, nacidos bajo el signo de la levedad, Berger da muestras de su talento de retratista: jamás fuerza la pose, jamás abusa del primer plano, permite que el aire circule libre alrededor del modelo y evita caer en exageraciones melodramáticas de claroscuros y filtros. Se trata de mantener un equilibrio, difícil, precario, entre la continuidad del encuentro mental que sirve par armar y dotar de savia cada relato.

En una piscina municipal, Berger medita sobre el subcomandante Marcos. Una visita emocionada al apartamento vacío de SImone Weil en París se convierte en un murmullo en voz baja, casi una plegaria sobre la salvación y la gracia. Así, en tono mesurado, el autor pasa de puntillas para no aplastar el misterio y dejar que fluya entre líneas, impregnándolo todo de una extraña sensación dep lenitud terapéutica.

Los motivos son variados, abarcan desde un viaje a las Cícladas hasta el parto de una vaca. Los acontecimientos narrados siguen su curso no dictados por la lógica, sino por el azar (la lógica del azar), en un gozoso desorden que añade una espotaneidad de diario íntimo al libro, convertido pese a todo en una celebración de la vida. El conjunto son esbozos, larvas de historias, experiencias insignificantes que pasarías inadvertidas de no ser por la mirada escrutadora de Berger, su curiosidad afilada y algo que podríamos llamar su vocación de ternura. "A veces tengo la impresión de que, al igual que los antiguos griegos, escribo sobre todo acerca de los muertos y de la muerte. Si es así, solo puedo añadir que lo hago con una sensación de urgencia que pertenece únicamente a la vida. Berger, con sus parias urbanos, sus perros, sus okupas pirados, también es un vagabundo que revuellve en las basuras y encuentra una lucidez alegre, y baladas. 

01/02/2001

 
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