ARTÍCULO

Justicia para todos

Debate, Madrid
Trad. de Juan Pedro Campos
348 pp. 21,90 €
 

 El filósofo Michael Sandel imparte cada año, en la Universidad de Harvard, un curso introductorio sobre «Justicia». El curso es tan popular que, desde hace un tiempo, se ha visto obligado a dictarlo en un auditorio especial, capaz de albergar a la multitud de estudiantes que quieren acceder al mismo. Por idéntica razón, la clase sobre «Justicia» comenzó a televisarse y ahora, finalmente, acaba de aparecer, en versión especial, en forma de libro.

Justicia es un texto de filosofía política que recorre muchos de los temas y autores que, típicamente, abordarían otros libros similares, también introductorios de la disciplina: Aristóteles, Hegel, Kant y Rawls; utilitarismo, libertarianismo e igualitarismo; mercados, moral y política. Sin embargo, hay al menos dos rasgos notables que convierten a esta obra en un libro diferente. Por un lado, Sandel demuestra una capacidad extraordinaria para conectar cada tema que aborda, filosóficamente complejo, con ejemplos accesibles y problemas públicos de primera magnitud: las acciones afirmativas; la venta de órganos; el alquiler de úteros; los discursos con tono religioso de Lincoln u Obama; Enron y la crisis financiera en Estados Unidos. Todos los ejemplos que ilustran el libro nos remiten a historias de gran atractivo: historias que no son meramente imaginarias o hipotéticas. Ellas incluyen nombres y apellidos reconocibles, fechas concretas. Por otro lado, el modo de abordar estas teorías, autores y casos no resulta, en absoluto, tradicional. Se encuentra directa y profundamente marcado, por el contrario, por una mirada original y creativa, que responde a una filosofía particular.
La filosofía de Sandel fue descrita, en una ocasión, como comunitarista (sobre todo, a partir de su pionero y brillante análisis crítico de la obra de John Rawls, que apareciera en forma de libro en Liberalism and the Limits of Justice). Él mismo la ha asociado, en varias ocasiones, con el pensamiento socialista, y muchos la reconocen como continuadora de la tradición teórica republicana (sobre todo, a partir de su excelente libro Democracy’s Discontent, en el que rastrea los orígenes republicanos de la democracia de su país). Podría decirse que su filosofía resulta, en verdad, una combinación de todas las visiones citadas, pero inmediatamente debería aclararse que no se trata de una mera mezcla –fruto del mero amontonamiento– de ideas de distinto tipo. Por el contrario, Sandel se mueve entre estas distintas tradiciones del pensamiento (comunitarismo, socialismo, republicanismo), pero dentro del espacio que configura el núcleo común, el mínimo común denominador compartido por todas ellas: un impulso igualitarista; una preocupación especial por el ideal del autogobierno; una atención particular por aquello que constituye una comunidad; el ojo puesto en los vínculos que relacionan nuestras vidas, en los rasgos que definen nuestra identidad.
El resultado es, por ello, muy atractivo: viejos problemas examinados de un nuevo modo. Tomemos –por pensar en un ejemplo de suma importancia– el caso de la discusión en torno a la desigualdad. Desde el primer momento en que aborda el tema, el enfoque adoptado por Sandel es peculiar, no tradicional. Sandel nos dice que el problema que nos propone la desigualdad no es el referido a cómo redistribuir el acceso al consumo privado. El problema –señala– es muy diferente y se relaciona con el daño que la desigualdad produce sobre el proyecto cívico, sobre una política del bien común. ¿Por qué así? Pues bien –nos dice Sandel–, la desigualdad afecta al proyecto cívico porque la existencia de una brecha muy grande entre ricos y pobres socava la solidaridad que requiere una ciudadanía democrática. En efecto, a partir de la existencia de mayores niveles de desigualdad, ricos y pobres pasan a vivir vidas cada vez más separadas: los ricos mandan a sus hijos a escuelas privadas, dejando la escuela pública para los pobres; comienzan a contratar seguridad privada, desentendiéndose de la policía nacional; optan por participar en clubes privados, en lugar de recurrir a clubes y piscinas municipales; se desplazan en sus propios vehículos, olvidándose del uso del transporte público. 
Todo este movimiento –nos dice Sandel– genera dos problemas de enorme gravedad: uno fiscal y el otro cívico. El problema fiscal es que los más ricos, en estas condiciones, pierden toda voluntad de apoyar, con sus impuestos, los servicios públicos: ¿por qué utilizar dinero en servicios que ellos ya no usan? Como consecuencia evidente de esta decisión, los servicios públicos se deterioran cada vez más. El otro problema es cívico, ya que instituciones públicas como las escuelas, los centros comunitarios, los clubes, dejan de ser los lugares en que la gente se reúne: dejan de ser «escuelas informales de virtud cívica, en las que se cultiva el sentido de comunidad que requiere la ciudadanía democrática». Por todo lo expuesto –concluye Sandel–, el problema que nos plantea la desigualdad no es meramente redistributivo (que nos remite a pensar cuál es la mejor teoría de justicia distributiva). La desigualdad nos provoca a pensar más bien en cómo reconstruir «la infraestructura de la vida civil»: escuelas públicas adonde todos quieran mandar a sus hijos; un transporte público que pueda ser utilizado por todos, o museos, bibliotecas, centros comunitarios, lugares en los que personas de distintos orígenes y extracción social pueden encontrarse, dialogar entre sí, reconocerse como iguales, advertir que son miembros de un empeño compartido.
Este es solo un ejemplo del modo –magistral– en que Michael Sandel aborda problemas conocidos con ojos nuevos. Todo ello, además, apelando a valores profundamente enraizados en nuestra sociedad: la fraternidad, la confianza, la civilidad, la comunidad, la solidaridad. Pero a Sandel no le interesa hablarnos de utopías. Por el contrario, él viene a recordarnos que nos habla acerca de virtudes propias de la vida democrática. Virtudes –nos dice– que no deben ser vistas y tratadas como recursos escasos, que deben administrarse en dosis mínimas, sino como músculos, capaces de desarrollarse y de hacerse más fuertes en la medida en que más se los ejercite.

01/10/2011

 
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