ARTÍCULO

Un hombre de periódicos

Destino, Barcelona
298 pp. 20 €
 

Josep Pla (1897-1981) es, en lengua catalana y castellana, uno de los grandes prosistas españoles del siglo XX. Y para comprobarlo sólo hay que sumergirse –el ampurdanés era un grafómano– en una Obra completa que abarca más de treinta mil páginas. Y quien se sienta cohibido frente a tanto papel, puede leer los tres volúmenes editados por Xavier Pericay: Dietarios (que incorpora El cuaderno gris, Notas dispersas, Notas para Silvia y Notas del crepúsculo), Cuatro historias de la República (que, junto a textos de Manuel Chaves Nogales, Julio Camba y Gaziel, incluye Madrid, el advenimiento de la República, de Josep Pla), y La Segunda República española (que, con prólogo de Valentí Puig, reúne las crónicas «republicanas» de Josep Pla). Una última recomendación: la antología de textos que, con el título de Diccionario Pla de literatura, editó Valentí Puig hace algunos años. Antología de más de setecientas páginas en que aparece, por decirlo a la francesa, una suerte de Pla par lui-même. Antología que pone a nuestro alcance la agudeza y lucidez del personaje. La agudeza de un escritor, entre el essai de Montaigne y la ironía cruel de Jules Renard, que valora sin complejos el trabajo de clásicos de la literatura y la filosofía (ejemplos: sí a Maquiavelo, Stendhal o Proust; no a Kafka, Camus o Borges), y reflexiona sobre la técnica y el hecho de escribir (cuiden el adjetivo, no escriban lo que no deben, sean amenos, despierten el interés, observen y relaten la época en que se encuentran). Y la lucidez de un periodista –ensayista, también– que, con antelación, percibe los peligros ocultos en toda utopía y capta, también anticipadamente, fenómenos como el surgimiento de la burocracia, la trampa del historiador que amolda la historia real a su particular a priori, el parasitismo del intelectual, el problema estético fundamental de nuestro tiempo que no es otro que la correcta elección del plagio, o el caudillaje y la dictadura consustancial al islamismo.
El periodista, escritor y profesor universitario Xavier Pericay (Barcelona, 1956) es un punto de referencia cuando se trata de hablar de la vida y obra de Josep Pla. Ahora, en Josep Pla y el viejo periodismo, Xavier Pericay da una vuelta de tuerca en su investigación y nos presenta un trabajo tridimensional. En primer lugar, relata las aventuras y desventuras del joven periodista Josep Pla durante los años de formación que van de 1919 a 1922. En segundo lugar, se detiene en el buen hacer del viejo periodismo y los viejos periodistas de la época. En tercer lugar, al socaire de lo anterior, escribe la crónica o metacrónica de unos años que inquietaron al mundo. Y todo ello, perfectamente ensamblado, tiene su lección.
Como ocurre en la profesión, Josep Pla entró en el periodismo en verano como redactor anónimo de cualquier sección –«Judiciales», por ejemplo– de uno de tantos periódicos –Las Noticias, pongamos por caso– de una pequeña o gran ciudad como Barcelona. Fue, por utilizar la terminología actual, un becario. Pero –como señala Xavier Pericay en un libro que nunca olvida la fuente textual–, Josep Pla fue un aprendiz que, a los veintidós años, exhibía una prosa excelente. Y, con el tiempo, el periodista en ciernes –el escritor– construye un modelo que rompe con la impostura del novecentismo literario dominante en Cataluña. ¿Qué modelo? El del llamado viejo periodismo: una prosa eficaz que dé cuenta de lo ocurrido, una mezcla de tonos, distintos niveles enunciativos, la recreación literaria de la realidad. «Yo desearía –afirma Josep Pla– un periodismo divertido, truculento, que fuera lo suficientemente ágil para imitar la realidad». Y –concluye– «habría que contar con lo mejor de cada país, con la gente que ha sabido librarse no sólo de la universidad, sino de la profundidad oficial». Ese modelo lo depuró en su corresponsalía en París y en periódicos como La Publicidad, La Veu de Catalunya, El Sol o Informaciones. «Yo soy –dice Josep Pla– un hombre de periódicos y nada más. De, exactamente, rapports periodísticos. Pero no de la hora misma, de diez minutos antes y diez minutos después». Y en esos diez minutos antes o después está la gracia de un periodista que, lejos de la noticia en sí, narra, explica o valora lo que requiera la circunstancia. Como cuando Josep Pla, en la cobertura de la Conferencia de Génova de 1922, se detiene en la barriga de un tal Mister Barret, interesado –quizás era eso lo que estaba en juego– en el petróleo ruso.
El libro, decíamos, tiene su lección. Dos lecciones, por mejor decir. La primera la brinda Josep Pla y su práctica del periodismo entendido como compromiso con la información y el lector. Un periodismo práctico y no contemplativo, con voluntad de estilo, que elige y organiza la realidad, que nos sitúa en el espacio y el tiempo, que percibe y cuenta el pálpito de lo que acontece con una manifiesta vocación de escribir la realidad. «Veracidad, interés y rapidez», pedía Torcuato Luca de Tena a los corresponsales enviados a cubrir la Gran Guerra. La segunda lección se encuentra en la escritura de ese viejo periodista que es Xavier Pericay cuando, por ejemplo, en una suerte de metacrónica, narra las penurias de Josep Pla en París, o la visita del mariscal Joffre a Barcelona, o el ambiente de la Conferencia de Génova. O cuando recrea el legado de maestros del periodismo como Julio Álvarez del Vayo, Giovanni Ansaldo, Julio Camba, Corpus Barga, Gaziel, Henry Steed o Eugeni Xammar. Si bien se mira, Xavier Pericay ha escrito una defensa del oficio de periodista. Un oficio en que la veracidad y el amor a las letras van de la mano. Como hizo Josep Pla.

01/09/2009

 
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