
Las mentiras del amor
Curiosa la suerte de las emociones. En pocos años hemos pasado de considerarlas un problema, una fatalidad que enturbia el juicio y desordena las vidas, a convertirlas en la brújula de la racionalidad práctica. Eso, los más moderados, porque no han faltado, y no han sido pocos, quienes nos han recomendado dejar nuestra entera vida en sus manos. A su parecer, las emociones superan a la razón en la hora de las decisiones. En esa travesía mucho tuvo que ver Phineas Gage, un desgraciado trabajador del ferrocarril al que, en un accidente, una barra de acero atravesó el cerebro, dejándole intactas sus competencias racionales, pero malbaratándole sus respuestas emocionales y que, al poco tiempo, se mostró un incapaz para la vida. Su caso, en manos de una literatura de aeropuerto, discretamente arropada por sólidas investigaciones neurológicas y, también hay que decirlo, por experimentos psicológicos no siempre cautelosos en sus conclusiones, dio pie a una urgente teoría acerca de una supuesta inteligencia emocional cuya moraleja esencial era que debíamos fiarnos antes de las emociones que de la racionalidad.






