ARTÍCULO

Inglaterra: la generación del 97

Ediciones B, Barcelona, 1996
Traducción de Miguel Martínez-Lage
Anagrama, Barcelona, 1996
Traducción de Javier Lacruz
Anagrama, Barcelona, 1996
Traducción de Mauricio Bach
Anagrama, Barcelona, 1996
Traducción de Benito Gómez Ibáñez
Anagrama, Barcelona, 1997
Traducción de Javier Lacruz
Anagrama, Barcelona, 1995
Traducción de Iris Menéndez
 

En 1897 se cumplieron sesenta años del reinado de Victoria, pomposas ceremonias de Estado solemnizaron el aniversario. En 1997 el Reino Unido devuelve a China la soberanía de Hong Kong, última colonia importante de un vasto imperio que en un centenar de años se ha evaporado. Los antiguos administradores de medio mundo, sin nada grandioso que celebrar este año, amueblan su ocio con una narrativa que en no pocos momentos parece extraer casi toda su inspiración de Evelyn Waugh. No es poca ironía que parte principal de lo que ahora se lee en Inglaterra, en el siglo de los Aldous Huxley, George Orwell o Virginia Woolf, sea clasificable como sátira, más o menos explícita o despiadada. La bancarrota de los imperios suele propiciar una literatura que privilegia la sátira, la elegía, la obra de renuncia y ascesis, el escepticismo y, tal vez, también los subgéneros que se asilan en la fantasía más o menos culturalizante. El lector español de la narrativa británica reciente sólo debe quejarse de que el dios de la simetría no haya hecho que la devolución de Hong Kong fuera en 1998, para que los ingleses, por esta vez con todo un siglo de retraso, pudieran gozar también de su propia generación del noventa y ocho. No importa, la del noventa y siete no debe subestimarse.

De la sutileza del ingenio narrativo británico se espera que las alusiones a Hong Kong sean indirectas, porque, a decir verdad, la devolución de la colonia es sólo uno de esos síntomas, quizás no el más importante, de los que revelan un estado de cosas harto insatisfactorio. En las novelas que constituyen el centro de interés de estas páginas, sólo en la fábula futurista Una investigación filosófica, de Philip Kerr, hay unas palabras dignas de recuerdo sobre la ya ex colonia, palabras que se lamentan de la inmigración de población china, y se quejan, una vez más, de lo mal que se han hecho las cosas: «Sin duda, la devolución de la colonia a la China comunista se había llevado a cabo con una ineficacia e injusticia escandalosas». Da por hecho este comentario que las cosas sólo pueden hacerse mal.

Incluso en los retratos más amables, en novelas como El placer de sufrir, de Alain de Bottom, la deriva del narrador británico contemporáneo se desvía considerablemente de aquel rumbo tradicional que cruzaba por los tranquilos mares de la suave excentricidad, de la complacencia respecto de los valores tradicionales, de la posibilidad de mejorar las relaciones afectivas, de la confianza en las manufacturas de Manchester, de la sólida sabiduría atesorada en sus universidades, de la fe en las instituciones.

El rumbo es, en general, diferente para los escritores del 97. Lo es para Will Self, autor de Patrañas, donde en dos partes, en dos transformaciones, una mujer se convierte en hombre (primera parte); un hombre, en mujer (segunda parte). Las transformaciones, con su inquietante intercambiabilidad y su implícita acusación de hipocresía, son lo de menos; lo importante, a mi juicio, es el recorrido inmisericorde que se hace por el estado de salud emocional de la clase media británica. Tomaré como ejemplo la primera parte: se hallan en un compartimento de un tren dos personas, el narrador y otro individuo: «lo tomé por un quisquilloso catedrático de edad media, levemente mariquita». El catedrático toma la palabra, y describe una relación de una pareja de clase media en la que el varón se derrumba por la escalera de la apatía alcohólica, mientras que la mujer advierte que se está masculinizando, y que le llega a crecer incluso un pene. El lector ya está preparado para saber que ese pene será el que en los últimos renglones del relato viole al hipnotizado pasajero del compartimento, al propio narrador. El supuesto catedrático se ha metamorfoseado en la señora, que, a su vez, había padecido antes otra metamorfosis. ¿A qué viene todo esto?: «Esto es lo que uno consigue si se queda sin mover el culo del asiento, escuchando una sarta de... sucias patrañas». El lector que tenga paciencia e interés –ambas le serán necesarias–, podrá seguir con la lectura de la segunda parte, en la que a un hombre le crece una vagina supernumeraria; y si en la primera la crítica se ensañaba con la clase media y los catedráticos, en la segunda se encarniza con la clase media y los médicos. Pero la sátira de la novela actual no se limita a solicitar implícitamente una reforma de las costumbres de la clase media, ni a los siempre enojosos conflictos de identidad. Las hay más ambiciosas, con un índice de intereses más generoso, como el que ofrece ¡Menudo reparto!, de Jonathan Coe, de la que podría decirse que sólo tiene un fallo: la alegre confianza que demuestra poseer en que la culpa de todo la tiene la aristocracia aliada a los poderes financieros e industriales de la City. Uno de los efectos graciosos de esta confianza se advierte en la rara ingenuidad que asoma en los lugares más inesperados, pienso en el papel tan significativa como ilusoriamente importante que se le otorga al Reino Unido en la Guerra del Golfo. Por lo demás la novela tiene de todo en abundancia y bien servido: novela gótica, película de terror, espionaje, denuncia social, intriga, nazis, y, en fin, para que no falte de nada, autorreferencialidad a manos llenas, ¿puede pedirse más? Formalmente, es la narración de un individuo a quien se le ha encargado que escriba la crónica de una familia aristocrática de las de casa ruinosa, con pasado de dudosa reputación, llena de tortuosos pasadizos secretos. La crónica no llega a escribirse, es decir, es el propio proceso de escritura el que va adelgazándose hasta convertirse en la confesión de las actividades del propio novelista, para converger así con la crónica de la familia. La aristocracia inglesa es responsable de todo: de la prostitución del arte, del comercio ilícito de armas (con países con regímenes políticos inconfesables que patrocinan la tortura), del envenenamiento de la población con alimentos podridos (es decir, de la encefalopatía espongiforme bovina), de la quiebra de la asistencia sanitaria pública, del periodismo amarillo. «Los negocios fracasan, desaparecen los empleos, el campo se ahoga, los hospitales se desmoronan, nos quitan las casas, nos envenenan el cuerpo, nos paralizan el cerebro, acaban con la vitalidad de un país que lucha por respirar». Nada que añadir.

Justifican el interés por todo lo relacionado con la alimentación la idiosincrásica calidad de la comida inglesa y los desastres recientes de la industria agroalimentaria y Francia es en sí misma otro campo de inquietud que, junto con el de la cuisine, atrae poderosamente a los ingleses. Ambas cosas, el interés por la comida y por Francia, los conjuga admirablemente John Lanchester en su novela En deuda con el placer. Tras la lectura de esta obra, el observador atento habrá contraído varias deudas, aunque ninguna con el placer. Le llamará la atención, sin duda, la desenfadada, la festiva delincuencia con la que los ingleses se enfrentan con la vida contemporánea: el homicidio de los sirvientes, de los padres y hermano, de la vecina inglesa, de los entrevistadores, ¿no terminará por conducir todo ello al suicidio del autor, y al homicidio de los lectores?, ¿o se trata sólo de uno de esos acompañamientos incomestibles que en los restaurantes más exigentes suelen dirigirse únicamente al ojo? Si éste es el caso, entonces, la fantasía gastronómica de Lanchester no es más que el resultado de una íntima satisfacción personal que ha conducido al solipsismo militante más radical. Por otra parte, si el autor sólo hubiera criticado por omisión la cocina inglesa, se habría limitado a hacer algo obvio. Hay más cosas. Debe haber otro ángulo que complemente los anteriores. Porque, ¿a qué viene tanta insatisfacción?, ¿qué sucede en Inglaterra?: «Hay una erótica del desagrado», dice Lanchester, y escribe algo que se parece a un manual de supervivencia. «Nos envenenan el cuerpo», decía Jonathan Coe. Esa indefinible desazón termina por expulsar de su patria a un inglés que encuentra inaceptable el alimento material y espiritual de sus compatriotas. Tengo la certeza de que la elección del lugar de exilio, la cocina francesa, explica una parte importante de lo que le sucede al anómico protagonista de la novela, Tarquin Winot, quien deambula por Francia armado con varias guías de los mejores restaurantes, y quien, aunque consigue mostrar un talento poco común para el ingenio satírico –y para el crimen–, no logra saciar su exquisito apetito. Parece como si quisiera convencer a sus lectores de que a los ingleses se les ha perdido el buen gusto, y de que el único sitio donde pueden encontrarlo es en Francia. Los conocimientos de Lanchester sobre la cocina francesa, aunque no tan enciclopédicos que no pueda mejorarlos una visita a Internet, son la base sobre la que descansa esta novela gastronómica. Me apresuro a añadir que una excursión, sin ir más lejos, al extremo sur-occidental de Europa, a la Península Ibérica (pienso en el pulpo a feira, en el bacalhau dourada y en el gazpacho), habría mejorado de forma sustancial tanto su registro intelectual como su abanico de sabores, que se resiente un tanto del abuso de los derivados lácteos. Queda, como el fermento mal digerido cuyo sabor vuelve de forma inevitable durante la inacabable digestión, la crítica de lo inglés que lleva a cabo la señora Willoughby, una de las desinteresadas víctimas de Tarquin Winot, una representante esforzada y genuina de «su verdadera nacionalidad y su estupidez consustancial», que es, a la postre, «una antología andante del mal gusto, una infractora habitual de las reglas más importantes del arte y del buen criterio». Tal vez la diferencia entre el narrador británico ochocentista y el de finales del siglo XX no sea tanto el cambio de crítica, que en lo sustancial podría hallarse en las novelas del siglo pasado con palabras no muy diferentes, cuanto la certeza de que poco es lo que puede exhibirse en el haber del libro de caja británico de finales del milenio. Leer una desenfadada tragicomedia como la que ofrece Lanchester a sus lectores, en forma de sabias recetas de cocina (y de vida), no deja de tener un contrapunto próximo al sarcasmo, si se tiene en cuenta que el telón de fondo es hoy, ahora, la Inglaterra posthatcheriana de los pollos a los que hay que vacunar apresuradamente por ser candidatos potenciales para protagonizar una epidemia, e, inevitablemente, de nuevo, la Inglaterra de la encefalopatía espongiforme bovina. Quien se considere suficientemente preocupado por las quejas de l'homme malade de Europa puede demorarse en las hojas de El placer de sufrir. Sexo, consumismo y demás historias, de Alain de Bottom, una novela que reclama para sí el mérito de consagrarse a la definición de la naturaleza del deseo en la ciudad posmoderna; y, muy adecuadamente, contiene un crecido número de páginas en el que el ensayo y la reflexión detienen todo progreso dramático hasta convertir el libro en algo que difícilmente podría calificarse de novela. Los frecuentes diagramas explicativos, que ilustran conceptos, situaciones o estados de ánimo, otorgan a este libro una característica insólita: lo emparentan con los manuales de instrucciones y con los libros de texto. Pero no debe engañarse uno, el libro, con sus dibujitos ingenuos, es todo lo más una amable reflexión, sin acidez, sobre las costumbres contemporáneas; casi podría decirse que alguna de sus fronteras linda con la comedia de costumbres. Como taxonomía de todas las situaciones emocionales posibles en las que puede traducirse la relación de una pareja, no deja de tener dos consecuencias inevitables: exhaustividad y predecibilidad. Es, en cierto sentido, el reverso de Patrañas. Pero incluso en una obra tan convencional como ésta, pueden espigarse aquí y allá los síntomas del desaliento y la desconfianza que nada tienen que ver con la situación de la pareja: «en sus claros ojos verdes había trazas de nostalgia, indicio de una pérdida y de un anhelo a medio hacer». Tampoco consigue el paisaje, generalmente urbano, hacer soportable el descontento de sí: «Dios mío, qué feliz estoy de dejar atrás todo esto, todas esas calle horrorosas, la lluvia y las nubes...». La censura se baña aquí en las aguas de lo que en inglés se denomina «respetabilidad de clase media», de la que en esta obra se intenta una nueva definición.

La versión desenfrenada de la relación de pareja la ofrece Hanif Kureishi, quien en El álbum negro, como en otras obras suyas, insiste en el conflicto de la fidelidad, un conflicto que arrastra al protagonista, Shahid,un joven de clase media alta de origen pakistaní, a enfrentarse con su familia, con su religión, con el medio social, con la institución educativa que lo acoge, con sus profesores, con sus amigos y consigo mismo. No es poco. No obstante, comparte con Jonathan Coe y con Will Self un rasgo que inevitablemente debilita toda sátira: la insistencia en la caricatura. Para Jonathan Coe, la aristocracia se suicida en un vuelo absurdo: una anciana loca que nunca se ha subido a un aeroplano pilota una avioneta, su muerte acarrea la del narrador que viajaba como pasajero. La atención de Hanif Kureishi la ocupa el político laborista sin escrúpulos, o el profesor marxista inglés a quien han defraudado los regímenes marxistas de la Europa oriental. Incluso dando por bueno que los marxistas ingleses sean tan ilusos, tan egoístas y tan necios, y los políticos tan insensatos, y los aristócratas tan corruptos, la pregunta que no dejará de hacerse el lector de Coe y Kureishi es: si son tan cretinos e incompetentes, ¿cómo es que una encolerizada muchedumbre de revolucionarios no los ha puesto hace tiempo en el sitio que se merecen? Hanif Kureishi es realista: «La normalidad se restablecía rápidamente. Las instituciones británicas podían estar podridas, pero existían desde hacía mucho tiempo, y aún se mantenían en pie; aunque a Shahid le desagradara pensarlo, aquel ataque sin importancia, o incluso docenas de atentados semejantes, no representaba una gran amenaza». ¿Cuál es la salida en medio de una situación semejante? La novela concluye con la afirmación de la fidelidad de Shahid a sí mismo, una fidelidad que se ha templado diferencialmente con todos los incidentes de clase y raza que le descubren la cara del mundo en el que vive. Esta fidelidad tampoco deja de concebirse de forma fragmentaria, discontinua. No podía ser menos. La relación sentimental de Shahid con su posmoderna profesora se reanuda para despedir la novela así: «Hasta que deje de ser divertido».

Quien huye hacia Francia, la gastronomía, la apatía o las drogas es el individuo, el artista, no la clase o la familia o el grupo de amigos. En otro terreno, en el de la evasión por el camino más áspero, por el de la filosofía, ha habido algunos ejemplos notables en la novela británica; pienso en The Thought Gang, de Tibor Fisher, y, antes, en The Philosopher's Pupil, de Iris Murdoch. En Una investigación filosófica, de Philip Kerr, la filosofía, mediante una compleja parodia de la biografía de Wittgenstein, zurce una divertida novela de detectives que exigirá al lector un oído familiarizado con ecos de Mallarmé, de T. S. Eliot y aun de Spenser, y con un extenso surtido de referencias literarias. La filosofía comparte con la investigación policial el interés por la verdad. Jonathan Coe convertía en asesino sistemático a un miembro de la aristocrática familia cuya crónica describe, John Lanchester inicia una serie de crímenes de manera autónoma e individual, Philip Ken convierte en asesino a un personaje a quien un programa informático ha bautizado como Wittgenstein, el cual se dedica a asesinar a otros individuos bautizados como Dickens, Shakespeare, etc. ¿De dónde procede esta preocupación tan acusada de la novela contemporánea por los asesinatos? Los de Philip Kerr se visten con un ropaje alegórico, el de los precedentes literarios. Semejante cadena de asesinatos de los precedentes haría las delicias de Harold Bloom y de Freud conjuntamente; y en su lacónica sobriedad no deja de exhibir un grado superlativo de insatisfacción con el presente y con la historia.

La sátira es un género inestable, suele terminar orientándose hacia el sermón o hacia el silencio. E. M. Forster («Nota sobre la marcha») ironizaba sobre las dificultades de la civilización en tiempos de M. Arnold: «problemas de fe, dudas y supervivencia personal». El «hundimiento de la civilización», tan real para Forster en 1934, no es el interés dominante del novelista británico contemporáneo; parece como si éste escribiera ahora desde una tierra de nadie en la que no hubiera sucedido ni una cosa (el hundimiento) ni la otra (la deseada emancipación), como si la historia hubiera hecho superfluo el análisis, inútiles los deseos de que las sociedades humanas puedan regir su propio destino, innecesaria otra actitud que no sea la del escepticismo, el gesto de burla, la huida.

01/05/1997

 
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