IAIN BANKS Cómplice

Cómplice

IAIN BANKS

La novela Cómplice, de Iain Banks, ha sido publicada por Mondadori.

Me sorprendería que no se hubiera hecho ya una película de esta novela que tiene los ingredientes que tanto gustan a la industria cinematográfica de Hollywood: intriga, sangre, algo de sadismo y mucho sexo. Pero no se me interprete mal, vaya por delante que estamos ante literatura de la buena. Ocurre, sin embargo, que a estas alturas el cine ha impregnado de tal modo el quehacer narrativo que es rara la novela ajena a su influencia. Claro que las irradiaciones de Hollywood caen con más naturalidad o, dicho de otra manera, con más gracia, sobre ámbitos de cultura anglosajona que, pongo por caso, sobre los nuestros. En principio no hay que forzar los nombres de persona ni los de lugar, ni por supuesto lo demás. Quien se llama Cameron Colley, como el protagonista de esta novela, parece llamado a moverse como pez en el agua por esa atmósfera de brumas míticas, cuando se trata de crimen y misterio, con la que el cine ha sabido fascinar al imaginario colectivo.

La novela se ordena como una narración de suspense. Empieza con un crimen horrendo narrado en segunda persona del singular, el asesino se va hablando a sí mismo a medida que comete su acción. Luego hay una primera persona que narra su historia en tiempo presente. La primera voz es brumosa por lo que se refiere a su identidad, pero precisa por lo que atañe a sus actos. La segunda pertenece al protagonista, un periodista tremendamente deteriorado y desengañado, entre la droga y la pérdida de ideales. La primera se muestra esporádicamente, sólo cuando comete un crimen; la segunda es la que cuenta la novela, la que sirve de guía al lector con quien comparte la intriga o la perplejidad, la sospecha, la desazón y, por último, la resolución del misterio…

Pero todo esto, con parecer importante, no es sino el aparato externo de la novela, como el esqueleto del armadillo. Dentro está lo verdaderamente medular. La intriga es policíaca pero la atmósfera es de crisis y decadencia por la pérdida de los valores más genuinamente democráticos o simplemente de izquierdas, esa revolución pendiente que acaso nunca pudo llegar pero que ya no llegará. La prosa es sensorial, llena de olores, de temperatura y de objetos, que la dotan de un pálpito real muy fuerte, con un paisaje espacial y casi anímico, la ciudad de Edimburgo, que se constituye en gran escenario.

El núcleo humano que protagoniza la acción es muy reducido, poco más de cuatro amigos, los dos principales con una relación que arranca de la más tierna infancia, grupo que, sin embargo, resulta suficiente para contarnos un mundo, no su mundo sino el mundo, el que les rodea, con especial atención, ya se ha dicho, a un cierto clima moral que apenas se repone de los estragos causados por el thatcherismo.

El asesino, un asesino en serie, es un justiciero, en esa tradición popularizada por el cómic y la literatura de kiosco. Se le llama –así lo bautiza en uno de sus artículos el periodista que nos cuenta la historia-Auténtico Vengador o Igualador Radical, alguien que se toma la justicia por su mano contra algunos personajes odiosos que siempre consiguen salirse con la suya, esos que hacen levantamiento de bienes para salvar su fortuna sin importarles el sufrimiento ajeno, los traficantes de armas (ministros del gobierno de su majestad, incluidos), magnates que anteponen sus beneficios a la seguridad de los demás, etc.

Así que se trata una vez más de utilizar la violencia al margen de las instituciones, constante paradoja del cine norteamericano, en el que, no obstante el sentido reverencial de la ley en la sociedad americana, el agraviado tiende a resolver los problemas por sí solo sin ayuda de la policía o de la justicia. En Cómplice nos hallamos ante un caso extremo por las peculiaridades ya comentadas y porque la desconfianza en las instituciones que tal comportamiento refleja parece tener como causa y fecha de nacimiento la dura política neoliberal de la señora Thatcher. Las dos guerras en las que participó tan activamente la Gran Bretaña durante sus mandatos están muy presentes en la novela como un pesado fondo moral de degradación y desencanto.

Algunos indicios dirigen las sospechas de la policía hacia nuestro periodista. Su afición al Despot, un juego de creación de mundos, en el que se recrea la vida humana en la pantalla del ordenador, permitiendo al usuario interferir en los conflictos y llegado el caso, ordenar el fusilamiento o la destitución de ciertos líderes sociales, no le ayuda. Por cierto que este Despot es un poco, o un mucho, como la novela con el asesino en el papel de usuario o jugador. Acaso el propio juego no pretenda ser otra cosa que una metáfora de la vida, desde luego sí de la vida que se recoge en esta novela, un espacio sometido al capricho de los más poderosos, de los que toman en la sombra las decisiones que conciernen a nuestras vidas.

El periodista es detenido y la novela cambia de ritmo. Ya no se alternan las voces, esa segunda persona que irrumpía de vez en cuando para cometer un crimen horrendo desaparece y lo que sigue son páginas de introspección, un continuo buceo por los rincones más alejados de la memoria del sospechoso, espoleado por los interrogatorios interminables de la policía. El inspector McDunn cree que si el periodista no es el asesino, al menos en su memoria estará la luz que iluminará el rostro del verdadero asesino. Y como ocurre con toda intriga bien planteada, el interés se acumula en progresión geométrica empujando a una lectura precipitada que puede distraer el gozo final de una prosa tan bien construida. Pero ojalá que siempre fueran así los problemas.

Ficha técnica

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