ARTÍCULO

Historias del siglo XX

Ediciones B, Barcelona, 544 págs.
Trad. de Guillermo Solana
Crítica, Barcelona, 624 págs.
Trad. de Guido Cappeli
Ed. Península, Barcelona, 792 págs.
Trad. de Bernardo Moreno Castillo
 

El fin del siglo XX ha producido una inflación de libros comparable a la que provoca la muerte de una celebridad. Pero, a diferencia de las necrológicas sobre personajes famosos, son pocos los historiadores que ponderan las virtudes del siglo pasado y reivindican su buen nombre. Como mucho, se llega a una salomónica solución de compromiso, más o menos aceptable para todos, como la que propuso no hace mucho el historiador Eric Hobsbawm: que el siglo XX ha sido, al mismo tiempo, el mejor y el peor de la historia. El propio Hobsbawm se ha convertido en una referencia inexcusable de quienes abordan la historia de la última centuria, en parte por razones historiográficas, pero también por circunstancias derivadas de su dilatada y paradigmática biografía de hijo del siglo XX, que ha vivido intensamente en su triple condición de intelectual, marxista y judío.

El celebrado concepto de «siglo XX corto», acuñado en su día por Hobsbawm, sirve de marco al libro que el joven historiador Mark Mazower ha dedicado a la historia de Europa entre la Primera Guerra Mundial y el fin del comunismo. Tanto el título como la fotografía de cubierta –una multitud saludando brazo en alto en una concentración nazi– pueden llevar a pensar que La Europa negra es algo así como una historia de los totalitarismos en el siglo XX europeo. Es una impresión engañosa, porque el fascismo ocupa un lugar marginal en la vida del continente a partir de 1945 y ni siquiera la deriva totalitaria de los países del Este en la posguerra bastaría para dar consistencia argumental a una historia de Europa hasta la caída del comunismo. Ese pequeño equívoco es el precio de la opción metodológica tomada por el autor, que plantea esta historia del siglo XX como un relato coherente y unívoco, con unidad de lugar –Europa– y unidad de acción, pues la eclosión de los totalitarismos y la tentación totalitaria latente desde 1945 serían como el hilo conductor de una obra que tiene, por ello, un fuerte sesgo narrativo y ensayístico. En todo caso, sobran ejemplos, algunos incluso muy recientes, para ilustrar ese conflicto entre la libertad y sus enemigos con el que Mazower justifica el dramatismo del título. Autor conocido por sus estudios sobre el Tercer Reich y sobre los Balcanes, se siente a sus anchas cuando trata la crisis de la democracia y el auge de las dictaduras entre las dos guerras mundiales, los riesgos de algunas utopías contemporáneas –magnífico el capítulo titulado «Cuerpos sanos, cuerpos enfermos»– o el funcionamiento de las democracias populares de la Europa del Este. Ni la desaparición de algunos de los enemigos tradicionales de la democracia ni los progresos de la unificación europea le hacen ser optimista. Más bien comparte el desconcierto que se ha ido extendiendo tras la caída del muro, provocado por el fin del sistema de referencias de la guerra fría y por el inevitable efecto fin de siècle, con todo su corolario de temores atávicos y supercherías. Desconcierto y desencanto motivados también por el descubrimiento tardío de que, en palabras de Mazower, el auténtico vencedor del año 1989 no fue la democracia, sino el capitalismo.

Richard Vinen pertenece, como Timothy G. Ash –uno de los historiadores de moda en Europa– y como el propio Mazower, a la joven escuela historiográfica surgida en Gran Bretaña en los últimos años y significativamente volcada en la historia de Europa. Su libro Europa en fragmentos. Historia del viejo continente en el siglo XX se divide en cinco grandes bloques cronológicos de títulos tan previsibles como «La Belle époque y la catástrofe», «De una guerra a otra», «La Europa de la posguerra», «¿Quién ganó la guerra fría?» y «Europa dentro del nuevo orden mundial». No es esta, sin embargo, una historia académica del siglo XX, tal como cabría esperar de semejante despiece. Por la importancia que concede a los testimonios personales de sus protagonistas, incluso de aquellos personajes anónimos cuyas vivencias suelen escapar al análisis del historiador, se trata de un ejemplo muy logrado de «historia vivida», reconstruida a partir de un amplio repertorio de epistolarios personales, diarios, memorias, biografías y demás materiales propios de la llamada «egohistoria». La cambiante percepción del siglo XX transmitida por las sucesivas generaciones que lo habitaron y sufrieron compone una visión de aquella época no siempre coincidente con la que se saca husmeando en los archivos oficiales y, en cambio, nos acerca a una idea especialmente sugestiva de la historia, entendida, según la bella definición de Koselleck, como la «ciencia general de la experiencia».

Richard Vinen es consciente, naturalmente, del carácter caleidoscópico y un tanto arbitrario de la memoria colectiva, en la que resulta obligado distinguir por géneros, clases sociales, generaciones y hábitats, sin olvidar los cambios que la memoria va registrando a lo largo de una vida o de una generación por la acción selectiva de lo que el propio Koselleck denomina las «esclusas del recuerdo». Un buen ejemplo del sentido clasista de la memoria es la idílica imagen que la burguesía europea guardó de la etapa anterior a la Primera Guerra Mundial, en la que, recuerda Venin citando a Keynes, «el habitante de Londres podía pedir por teléfono, mientras bebía su té matutino en la cama, los más variados productos de la tierra». Una evocación nostálgica de aquella época ––«la edad dorada de la seguridad», como la llamó Stefan Zweig en sus Memorias– que debe mucho a los horrores desencadenados en el Viejo Continente a partir de 1914 y, sobre todo, a raíz del triunfo del nazismo, pues si existe un consenso entre los historiadores del mundo contemporáneo es sobre la línea divisoria trazada por la Segunda Guerra Mundial, y en especial por el Holocausto, en la historia del siglo XX como punto de no retorno y motivo permanente de reflexión para las generaciones posteriores. «Toda la historia del pensamiento político europeo de la posguerra», llega a decir Venin al final de su libro, «se puede considerar como una larga meditación sobre el nazismo». Las últimas elecciones presidenciales francesas son la prueba más reciente de la fuerza catalizadora que el miedo al fascismo conserva en las democracias europeas, perdida, tal vez para siempre, la fe en las virtudes intrínsecas de la democracia.

Junto a la recuperación de esa otra historia vivida que no suele conservarse en los archivos de los ministerios y de las cancillerías, el libro de Vinen destaca por una cierta y generalmente sana tendencia a la paradoja, fundada casi siempre en datos irrefutables, como los que aporta para mostrarnos el vuelco extraordinario que ha experimentado la vida europea desde principios del siglo XX. ¿Quién podía pensar entonces que al cabo de cien años habría en Gran Bretaña más profesores de universidad que mineros del carbón o que en buena parte del continente regiría una sola moneda, cuando en 1919 había nada menos que veintisiete, algunas de muy dudoso valor en sus propios países? Estos llamativos contrastes, que tendrían abundante terreno abonado en el caso español, no le impiden llegar a la conclusión de que la Europa actual presenta algunas semejanzas con la situación anterior a 1914, un paralelismo, en realidad, menos paradójico y original de lo que podría parecer.

En las historias contemporáneas al uso –lo que no es el caso de los dos libros ya reseñados– suele predominar una vocación de historia total y un propósito más didáctico que ensayístico. Véanse, como muestra, la Historia general del siglo XX de Giuliano Procacci, El mundo contemporáneo de Ramón Villares y Ángel Bahamonde, y la obra homónima dirigida por el español Julio Aróstegui y los argentinos Cristian Buchrucker y Jorge Saborido. Si bien estos dos últimos libros abarcan toda la historia contemporánea desde finales del siglo XVIII hasta la actualidad –una noción de contemporaneidad cada vez más cuestionada, como explica Julio Aróstegui–, la obra de Villares y Bahamonde puede considerarse, a pesar de su título, una historia del siglo XX precedida de una larga introducción sobre el ochocientos, que ocupa algo menos de la tercera parte del texto y está ausente de la cronología que cierra la obra. El mundo contemporáneo de Villares y Bahamonde se estructura en grandes apartados temáticos ––la industrialización, el colonialismo, la sociedad de masas, el capitalismo avanzado– que sólo en ocasiones corresponden a unas coordenadas espacio-temporales definidas, como la historia de Rusia, Iberoamérica contemporánea, el mundo occidental en el período de entreguerras o el fin del Tercer Mundo. Es un esquema probablemente más racional que el puramente cronológico, más adecuado para la interpretación y el análisis que para el lucimiento narrativo. Puede que haga más difícil la lectura para el no iniciado, pero también más provechosa para la comprensión de ciertos conceptos e ideas fundamentales. De ese predominio del análisis sobre la narración se deriva un evidente déficit de historia política –una carencia compensada en parte por la cronología–, en beneficio de una historia más estructural e interpretativa, con fuerte presencia de los factores sociales, económicos y culturales. Llama la atención, asimismo, el contraste que existe entre la ostensible finalidad didáctica del libro, patente, por ejemplo, en el buen número de mapas, cuadros y biografías que lo jalonan, y el alto nivel de la obra, escrita sin las concesiones ni las simplificaciones que resultan tan frecuentes en este tipo de estudios. Al contrario: se trata de un libro de una notable densidad de datos, ideas y conceptos, con una excelente puesta a punto historiográfica y, pese a su enjundia, de muy grata lectura.

No se puede decir lo mismo de la Historia general del siglo XX de Giuliano Procacci, por culpa sobre todo de su deficiente traducción al español, con errores de bulto que afectan incluso al contenido de la obra, como cuando se le hace decir al autor que en las elecciones presidenciales de 1960 Kennedy derrotó ampliamente a Nixon o cuando se fecha el asesinato del propio Kennedy en noviembre de 1961, errores que ningún historiador, por malo que sea, podría cometer. Otras frases son simplemente disparatadas: se dice, por ejemplo, que Roosevelt «se declaró "no pasmado" por el resultado de la conferencia» de Múnich de 1938, y algo más adelante se asegura que el carismático presidente norteamericano «en Yalta había aparecido probado en el físico». Lo único que parece probado es que la traducción le ha hecho un daño irreparable a la obra. Es posible, en cambio, que el error en la fecha de ingreso de España en la ONU (se lee 1950 en vez de 1955) sea de la propia cosecha del autor, porque el conocimiento que algunos historiadores extranjeros tienen de nuestra historia contemporánea deja todavía mucho que desear.

La Historia general de Procacci resuelve, por lo demás, de manera muy convencional la difícil tarea de explicar y contar el siglo XX, presentado en sus períodos históricos fundamentales y en grandes unidades territoriales y culturales –desde Europa y Estados Unidos hasta el mundo islámico o el área del Pacífico–, para abarcar prácticamente todo el planeta. Es una forma inapelable de evitar la acusación de eurocentrismo que con frecuencia, y a menudo con razón, recae sobre el historiador occidental, pero es también un síntoma inequívoco del síndrome del esforzado autor de manual que se siente en la obligación de contarlo todo. En tales casos, el resultado suele ser una obra como ésta, que cubre más o menos todos los flancos posibles a costa de provocar la dispersión y el desconcierto del lector ––problemas de traducción aparte–, cuando no su mortal aburrimiento. No diremos, con Voltaire, que el primer deber del historiador es no aburrir, pero tampoco pensamos que la calidad y el rigor de un libro de historia se midan por el tedio infligido al lector.

Digámoslo claramente: explicar la historia de manera rigurosa y convincente y contarla con fluidez y amenidad es la cuadratura del círculo del oficio de historiador. La dosis en que debe darse lo uno y lo otro es una elección muy personal, sujeta en parte a modas y tendencias que varían con los tiempos. Los directores de El mundo contemporáneo: Historia y problemas, por ejemplo, han apostado abiertamente por la historia-problema frente a la historia-narración, opción de por sí difícilmente compatible con el carácter colectivo de un libro en el que participan una veintena de historiadores españoles y argentinos, cada cual desde su especialidad. De ahí la considerable extensión de la obra y su estructura compartimentada y, por así decir, homeopática, que consiste en ofrecer un poco de todo, ya sea economía, demografía, filosofía, cine, arquitectura, conflictos bélicos o política interior. Aunque El mundo contemporáneo abarca algo más de dos siglos y trata, desde ángulos diversos, cuestiones de gran interés y comple jidad, sus proporciones resultan a todas luces excesivas, con el riesgo de que la sobreabundancia de información acabe saturando al lector. No se discute, sin embargo, la calidad del trabajo realizado por los autores, con aportaciones sobresalientes, como las de Francisco Villacorta sobre ciencia, técnica y cultura en el siglo XIX, Elena Hernández Sandoica sobre el colonialismo decimonónico, o el difícil apartado en el que Julio Aróstegui trata la evolución de la ciencia a lo largo de la última década. Por cierto, que el interés de los historiadores por el pensamiento científico se puede considerar uno de los rasgos más novedosos de la reciente historia contemporánea, junto a la atención prestada a los nuevos movimientos sociales y a la exacerbación de viejas formas de identidad colectiva provocada por la crisis de las ideologías contemporáneas. Esa nueva centralidad histórica de la ciencia, que lleva a Ángel Bahamonde y Ramón Villares a calificar el siglo XX como «el siglo de la física», cabría relacionarla también con la saludable influencia que el extraordinario libro La era de la información de Manuel Castells ha tenido entre los contemporaneístas.

Es muy posible que, a estas alturas, el mundo contemporáneo constituya un «espacio de inteligibilidad» –por emplear una certera definición de Aróstegui– superado por los acontecimientos posteriores a 1989, por no hablar de la trascendencia que la historiografía futura atribuya a los hechos del 11 de septiembre de 2001 como umbral de una nueva era. Lo que a partir de ahí sea capaz de atisbar el historiador depende mucho de su propia visión del mundo y de ciertos estados de opinión colectivos, más o menos coyunturales y engañosos, a los que es muy difícil sustraerse. Las obras reseñadas concluyen con una reflexión general sobre la globalización y sus múltiples efectos. Procacci resume las incógnitas que plantea la nueva era en una pregunta para la cual, advierte con toda sinceridad, el historiador carece de respuesta: si habrá en el futuro un verdadero gobierno mundial que ponga fin al «gran desorden» que reina en él desde el fin de la guerra fría. Tanto Villares y Bahamonde como los autores de El mundo contemporáneo: Historia y problemas ponen el acento en la revolución científico-técnica de nuestro tiempo, llena de promesas de desarrollo y bienestar, pero también de riesgos insospechados si el progreso científico se produce de forma descontrolada. El derrumbe del socialismo real y el avance imparable de la globalización –un término relativamente viejo, por lo menos en inglés (1961), para una realidad todavía más vieja– han provocado un miedo difuso a una cierta anarquía estructural, si vale la paradoja, y la nostalgia de un poder legítimo que marque y haga cumplir unas reglas del juego civilizadas. Miedo, pues, al caos, pero también a las consecuencias que, tras el fin de la bipolaridad, pueda tener la concentración de poder militar y tecnológico en una sola superpotencia.

El fracaso de algunas grandes utopías sociales del mundo contemporáneo ha reforzado, sin duda, el papel del desarrollo científico como esperanza de progreso y libertad, al tiempo que ha puesto en entredicho viejos sueños de emancipación, por el temor a que el remedio sea peor que la enfermedad. «El que tenga visiones que vaya al médico», dice Mazower que recomendó un escéptico canciller austríaco. Cuenta Richard Vinen que en cierta ocasión le preguntaron a Adam Michnik, histórico dirigente del sindicato Solidaridad, si no echaba de menos las emociones fuertes de la lucha contra el comunismo: «No me cabe la menor duda –contestó– de que es mucho mejor vivir en un país democrático, próspero y, por tanto, aburrido». Hay numerosos indicios, sin embargo, de que los pueblos que viven en democracia, sobre todo en Europa, se resisten a aceptar con resignación el conformismo de sus clases dirigentes. Lo dijo ya Ortega y Gasset hace más de medio siglo, poco antes de morir, cuando la vieja Europa empezaba a rumiar su decadencia en un mundo plagado de incertidumbres y peligros: «Los pueblos europeos han ensayado ya toda la baraja de las ilusiones. Ahora se trata de la última ilusión: la ilusión de vivir sin ilusiones».

01/12/2002

 
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