ARTÍCULO

Contrahistorias y metahistorias

 

A las puertas del tercer milenio el conocimiento histórico se encuentra en una fase de creciente complejización de métodos y perspectivas epistemológicas. Tal es la estela común en que se mueven estas dos propuestas de Historia virtual e Historia teórica, respectivamente. La primera, que aspira a abrir para la Historia social todo un campo inexplorado de historias alternativas, probables pero no materializadas, se enfrenta al problema del determinismo en las ciencias sociales y se introduce en la teoría del caos para defender la utilización de simulaciones de procesos históricos; la segunda, más ceñida a la reflexión sobre el conocimiento histórico desde la filosofía pero sin duda más ambiciosa en su crítica al conjunto de los fundamentos epistemológicos y metodológicos de la Historia, pretende incorporar a la disciplina un meta-saber, es decir, un elenco de cuestiones teóricas sobre las condiciones del propio discurso histórico.

Los trabajos compilados por Ferguson y por Bermejo Barrera y Piedras Monroy comparten también un rasgo formal significativo: en ambos casos, la argumentación crítica sobre el conocimiento histórico se ofrece en forma de una genealogía, es decir, de una intepretación de los orígenes que conlleva una narración encadenada de acontecimientos. El diagnóstico de los problemas de la Historia se efectúa, pues, por medio de la Historia. Pero aparte de esto, las dos propuestas no tienen ninguna otra analogía sustantiva, incluso puede decirse que se trata de dos planteamientos inversos, dos genealogías motivadas por objetivos contrarios que reflejan la creciente variedad en los criterios del pensar histórico al entrar en el siglo XXI.

El de Ferguson es un llamativo tourde-force en el seno de la Historia social académica. ¿Por qué han de ser los acontecimientos históricos necesarios? Con esta cuestión central de fondo, una serie de autores edifican una contrahistoria del mundo occidental en los últimos trescientos años a partir de jalones significativos cuyo desenlace alternativo modifica sustancialmente la posterior evolución de las sociedades a las que afectó. Desde la independencia de los Estados Unidos a la perestroika de Gorvachov pasando por la Primera Guerra Mundial, la derrota de los nazis a manos de la URSS de Stalin, la guerra fría o la del Vietnam, se encadenan narraciones contrafactuales unidas por la perspectiva común de un «¿y si...?». Si Gran Bretaña no hubiera declarado la guerra a Alemania en 1914, si después en cambio Hitler la hubiera invadido con éxito en 1940, si John F. Kennedy no hubiera muerto en Dallas en 1962... A los lectores de cultura hispana les interesará especialmente el capítulo donde Santos Juliá recrea una historia del siglo XX español sin el episodio dramático de la guerra civil, y el de Juan Carlos Torre sobre una alternativa histórica de Argentina sin el peronismo.

Las contrahistorias que nos presentan los especialistas coordinados por Ferguson tienen un atractivo notable en la medida en que incorporan datos documentales novedosos –como por ejemplo los distintos planes de los nazis para repoblar la Europa oriental con colones alemanes mientras se esterilizaba o exterminaba a los Untermenschen eslavos– y resitúan en el centro de la interpretación alternativa cuestiones habitualmente marginales. Las previsibles protestas gremiales no son de recibo, pues los autores se ciñen a un criterio positivista rigurosamente rankeano, según el cual sólo se tienen en cuenta al elaborar los contrafactuales «aquellas alternativas que podemos demostrar, sobre la base de evidencia contemporánea, que en efecto tomaron en consideración los contemporáneos» (pág. 82). Pero la reivindicación de los acontecimientos históricos como innecesarios obliga a esta Historia virtual a una reflexión epistemológica más amplia, que informa los diferentes estudios de caso, y que tiende a confundir la Historia desde el punto de vista de los protagonistas con la Historia desde el punto de vista del observador.

Ferguson la emprende contra la noción de causalidad basada en leyes y para ello escribe una genealogía del determinismo que se retrotrae a las religiones monoteístas de la Antigüedad. Con el intermedio de la filosofía racionalista de la Edad Moderna Europa, la idea de predestinación se transforma en el criterio de causalidad del método científico-natural que desde Hegel y Marx y, en el caso de la Historia, desde Ranke, condiciona todo el conocimiento histórico. Hay en dicho recorrido crítico algunas ausencias notables, como la de Weber, junto a otras ausencias más contemporáneas, como la de John Elster. Pero el problema principal es que una genealogía de la necesidad y la contingencia debería tener en cuenta los profundos cambios semánticos operados en las representaciones sobre la causalidad y el azar en la filosofía y la narración historiográfica desde al menos mediados del siglo XVII (al estilo de cómo lo plantea por ejemplo Reinhart Kosselleck en su reputado Futuro Pasado).

La conclusión de Ferguson es que, puesto que no podemos conocer la realidad en su complejidad hemos de abandonar la pretensión de desarrollar leyes, contentándonos con el cálculo de probabilidades; pero si no queremos abandonar toda noción de causalidad, hemos de recurrir a los contrafactuales para establecer una jerarquía entre los factores condicionantes del cambio. Pero la Historia virtual que se nos propone es algo más y distinto que una mera reivindicación de la función de los contrafactuales en la historiografía. Se trata de un intento de cimentar en la teoría y en la investigación la virtualidad como estrategia autónoma de conocimiento positivo. Y es aquí donde surge la primera paradoja porque, al ser la actividad contrafactual que nos presentan los autores completamente respetuosa con la idea de hechos históricos objetivos y objetivables, se mantiene intacta la lógica interna de la explicación causal en clave científico-natural: la facticidad de la contrahistoria alternativa que se presenta reproduce, incluso exacerba, una representación de las consecuencias a partir de causas –sólo que ahora se trata de otras causas plausibles, larvadas en el proceso histórico–, de la misma manera que se conciben con idéntica rotundidad los acontecimientos ahora significativos como efectos de larga duración de otros que los producen.

De otro lado, al dar validez a esas alternativas discursivas que resultaron inviables, la virtualidad histórica queda reducida a un repertorio de opciones previsibles para los testigos de la época que en modo alguno abarca todos los resultados posibles de sus acciones. Como bien reconoce el autor, «el escenario contrafactual era [...] más "real" para los protagonistas en el momento crítico que los hechos subsiguientes en efecto producidos» (pág. 84), pero ello significa entonces que los fenómenos que se dibujan en este libro como innecesarios no se hallaban dentro del abanico de las perspectivas plausibles para ninguno de los actores en juego, o lo que es lo mismo, que para los protagonistas dichas perspectivas resultaban más «necesarias» que la que realmente se impuso, y entonces ésta, dada su singular sorpresividad contextual, adquiere paradójicamente todo su valor como «azar», como salida histórica contingente, por imposible de anticipar.

Y es que sólo de manera prospectiva los acontecimientos son innecesarios. Es precisamente el derrumbe que provocan en las expectativas y certidumbres de los testigos lo que pone en marcha la necesidad de explicarlos, es decir, de comprenderlos «desde fuera» de los protagonistas, retrospectivamente y de manera causal, necesaria. El problema de este libro es que en él los autores transitan recurrentemente entre estos dos puntos de mira, de manera que lo que para los participantes se presenta como un resultado contingente pasa a ser etiquetado por el historiador virtual como un acontecimiento «inútil», término que sólo expresa cuáles son los criterios de utilidad del observador o intérprete historiador, pero que poco o nada aporta al conocimiento del fenómeno en términos de comprensión o de explicación.

La Historia virtual es una propuesta insostenible por desmedida, pero arranca de un noble propósito, especialmente pertinente para los historiadores profesionales. Porque, en efecto, los contrafácticos son una herramienta indispensable, incluso inherente, a la formulación de hipótesis explicativas en las ciencias sociales. Detrás de toda proposición lógica sobre el encadenamiento de los acontecimientos se encuentra siempre implícito un razonamiento contrafactual sobre los futuros pasados que estaban larvados en el proceso histórico y que no llegaron a materializarse. Explicitar los contrafactuales es hacer más rigurosa la actividad analítica. La cuestión es que el rastreo de caminos suprimidos sólo tiene sentido como un método complementario de comprobación de una hipótesis sobre por qué las cosas sucedieron como finalmente lo hicieron; es insostenible como estrategia de conocimiento independiente. Pero además, el contrafactual no puede circunscribirse a las opiniones de los testigos, pues si los actos tienen efectos inintencionales es porque las percepciones declaradas de los protagonistas no agotan la comprensión del escenario, que exige también, y ante todo, una rigurosa analítica, al estilo de cómo plantea la sociología histórica, de todo el conjunto de condiciones bajo las cuales un determinado actor social, individual o colectivo «se llevó el gato al agua» o perdió la ocasión de ser determinante en la resolución de una encrucijada histórica. ¿Se encuentra la Historia social, en su versión actual, en condiciones de llevar adelante esta empresa?

Si se hiciera esta pregunta a José Carlos Bermejo la respuesta sería rotundamente negativa. Toda la trayectoria de esta rara avis en el panorama español de la filosofía de la Historia ha estado marcada por la reflexión crítica sobre las contradicciones entre los fines declarados y los medios disponibles en el conocimiento histórico. No ya la Historia social actual, sino ninguna especialidad ni modalidad de conocimiento histórico, está en condiciones de presentarse como una forma de conocimiento dotada del supuesto método científico por el cual se justifica.

En este libro, integrado por ensayos independientes, se replantean cuestiones profundas sobre los fundamentos del conocimiento histórico, desde la imposibilidad de enunciar la «realidad» histórica a la construcción social de la memoria colectiva pasando por la Historia como tecnología comunicativa, el análisis de las estructuras de la narración histórica, la ontología del saber histórico, etc., todas ellas unidas por un criterio genealógico y por el convencimiento de que el saber histórico es una configuración del poder.

El ensayo central firmado por Bermejo junto con Pedro A. Piedras Monroy, aborda una reconstrucción crítica del conocimiento histórico mismo a través de una genealogía que busca explicitar las vías a través de las cuales «ha llegado dicho saber a constituirse como tal» (pág. 5). El ensayo se presenta como un recorrido de larga duración a través de los jalones que dan cuenta de la formación de la noción historicista de Historia y su posterior crisis, observadas desde una historia de filosofía más bien convencional en la que se dan cita desde San Agustín, San Anselmo, Hegel, Kant y Ranke, hasta Popper y Feyerabend con el intermedio imprescindible de Nietzsche y Wittgenstein. La empresa de Bermejo es radical en lo que tiene de llevar a sus últimas consecuencias la crítica epistemológica sobre el saber histórico. Según Bermejo, el historicismo produjo un desplazamiento duradero en las relaciones de la filosofía y la emancipada ciencia con la Historia a costa de la primera, de manera que el discurso histórico asumió los criterios tecnológicos del pensamiento científico, pero se ha visto no obstante crecientemente cercado por la reflexión de la filosofía del conocimiento. La venganza de la filosofía se produce hoy así en un contexto de crisis de las pretensiones de objetividad del conjunto del pensamiento científico y adopta la forma de ese reclamo de teoría metahistórica que él propone, un tipo de reflexión que los historiadores no están en condiciones de suplir ya que se encuentran prisioneros de su propio lenguaje que sólo refleja el «sentido común» de nuestra época, es decir, un conjunto de apriorismos y cosmovisiones dominantes contemporáneas y que el historiador proyecta sobre su interpretación del pasado pero del que precisamente hay que salirse para conocer el hecho historiográfico.

En este sentido también, el trabajo de Bermejo en solitario y con Piedras es de nuevo más riguroso, pues invoca la necesidad de una amplia reconstrucción de los mecanismos que permiten la producción de obras históricas. En esto consiste la crítica que Bermejo y Piedras realizan a la propuesta de metahistoria de Hayden White: no resulta de recibo reducir los textos históricos a los que éstos tienen de relato ni es suficiente un análisis de las estrategias discursivas que subyacen a las estructuras narrativas de los productos historiográficos, sino que para comprender el sentido de una obra de Historia deben tenerse en cuenta «el conjunto de sus condiciones de posibilidad» (pág. 122). La Historia teórica se distancia así sanamente de los riesgos del reductivamente textual análisis posmoderno.

Pero la propuesta de metahistoria de Bermejo es paradójicamente deudora del planteamiento científico-natural tan denostado por él: la representación que se hace del discurso de la Historia es excesivamente tecnológica, como si se tratara de un mero instrumento del poder. El autor asume que esos actores llamados historiadores operan como peones al servicio del Estado nacional y con plena consciencia de los efectos de sus actos sobre su reproducción grupal. Bermejo no parece necesitar las justificaciones de los historiadores acerca de su propio trabajo; pero lo que se escapa entonces es justamente el sentido que los historiadores, dan a su actividad. En este caso no se echa en falta tanto la dimensión analítica, según era el caso de la Historia virtual, cuanto una dedicación a la comprensión de la acción y de sus justificaciones por parte de los actores, según los parámetros interpretativos de la etnometodología (por ejemplo, de la «descripción densa» de las culturas de Clifford Geertz).

En definitiva, estas propuestas de contrahistorias y metahistorias abren más que cierran la reflexión epistemológica en el terreno de la Historia, pero sobre todo expresan que, hoy por hoy, muchos de los vacíos y sinsabores que dejan la historiografía y sus alternativas pueden encontrar remedio en la incorporación crítica de teorías y métodos de las ciencias sociales. Otra cuestión es por qué ni los historiadores profesionales ni muchos de sus críticos suelen estar dispuestos a reconocerlo.

01/10/2000

 
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