ARTÍCULO

Una visión integral del arte

 

En nuestro panorama editorial dominan actualmente los readings, es decir, las compilaciones y ediciones de textos y las interpretaciones del hecho artístico fragmentarias, no conclusivas y sin delimitación valorativa específica. Escasean los libros de fondo y en cambio proliferan los artículos, ensayos y textos de catálogos, trabajos sin duda valiosos pero con visiones parciales que obligan al lector a asumir una posición igualmente parcial frente al complejo fenómeno que es el arte. En un panorama así, sorprenden favorablemente obras como ésta, dirigida por el catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid Juan Antonio Ramírez, que aspira a ofrecer una visión integral y global de la historia del arte.

Para calibrar el empeño de Ramírez, hay que recordar que la historia del arte en España ha estado en manos de historiadores interesados casi exclusivamente por el hecho local y, hasta no hace muchos años, aislados –salvo raras excepciones– de las corrientes internacionales. El asentamiento de los departamentos de tal disciplina en nuestras universidades –tardío en comparación con otros países europeos– exigió una cierta visión universal que dio sus primeros frutos en la Historia del Arte de Diego Angulo. El siguiente paso adelante, no sólo generacional, sino también conceptual y metodológico, fue la Historia del Arte de Juan José Martín González, cuyo esquema –el estudio del ambiente histórico, de los rasgos artísticos de cada período, de los artistas y las obras– aún hoy se puede considerar válido, aunque indudablemente, habría que definir cómo se estudia un ambiente histórico, un artista, etc.

A finales de los años setenta, los aires de renovación en la universidad española arrinconaron los manuales de Angulo y Martín González. Desde entonces, nuestros universitarios han sido llevados de la mano de Ernst Gombrich (sorprende el apabullante éxito de su Historia del arte), F. Antal o de H. W. Janson, pues la fiebre de la Historia social de Arnold Hauser fue muy intensa pero, por fortuna, breve. Poco más ha habido; tan poco que los textos destinados a COU pasaron a utilizarse en el primer ciclo universitario.

En las dos últimas décadas no se ha abordado en nuestro país la difícil tarea de realizar un manual de historia general del arte con garantías científicas. La universidad ha tenido buena parte de culpa en ello, puesto que en ella se ha fomentado el mal endémico que padecemos desde comienzos de siglo: el de lo local y aun más, el de la especialización dentro de lo local. Un manual de historia del arte sólo puede surgir de un pensamiento generalista. Pero entre nosotros, la figura del generalista escasea; uno de ellos, no cabe duda, es J. A. Ramírez y el haberse atrevido con el empeño ya sería encomiable. Conociendo bien el terreno de la enseñanza universitaria, Ramírez concibió este proyecto con un doble objetivo: plantear una obra colectiva donde se integraran distintos profesores de la universidad española y acoplar los contenidos de los capítulos a las exigencias de los nuevos planes de estudios de las licenciaturas de historia del arte.

Ramírez ha optado, acertadamente, por una obra coral. La primera obra colectiva de este género en el siglo XX fue publicada bajo la dirección de André Michel, conservador de los Museos Nacionales y profesor de la escuela del Louvre: Histoire de l'Art. Depuis les premiers temps chrétiens jusqu'a nosjours (Librairie Armand Colin, París, 1905). En su prefacio a esa obra, Michel indicaba su propósito de huir de la moda analítica que justificaba la profusión de monografías dedicadas a un artista, a un monumento o al arte de una región, para concentrarse en la difícil síntesis: «En la historia del arte, como en la historia social y política, se puede aplicar la célebre divisa de Fustel de Coulanges: una vida de análisis para un día de síntesis». En dicha síntesis, cada colaborador debía aportar parte de sus investigaciones personales y, aun conservando su personalidad y su materia propia, trabajar en un espíritu común.

La «síntesis coral» reivindicada por A. Michel encontraría pocos seguidores brillantes o innovadores. Uno de ellos fue René Huyghe, quien como director de la obra El arte y el hombre (Planeta, Barcelona, 1965; versión original, Larousse, París, 1957) hizo una importante contribución: no sólo impuso su programa al conjunto de colaboradores, sino que generó un tronco ideológico diacrónico («Formas, vida y pensamiento») integrador de todas las épocas. Huyghe escribía en su prefacio: «El método de este libro se funda ante todo en la síntesis. La historia del arte no puede escapar a la ley universal y evoluciona. Si el siglo XIX y el positivismo se aferraban al hecho concreto y a su análisis hasta perderse en la minucia, hoy se nota por todas partes una tendencia a volver a hallar la comprensión general».

Pero estas empresas colectivas no han borrado lo individual, y ya a mediados de siglo, Louis Réau, en el prólogo a su Encyclopédie de l'art (Fernand Nathan, París, 1951) abogaba por la búsqueda de unidad, homogeneidad y coherencia metodológica en obras de este tipo. Y justificaba la «empresa individual» aduciendo los inconvenientes de las obras colectivas: «[las obras colectivas] adolecen desgraciadamente de falta de unidad: las proporciones están mal observadas, los ajustes y empalmes mal hechos, los capítulos yuxtapuestos son de valor demasiado desigual, etc.».

Ahora bien, podemos volver el calcetín del revés y entender como ventajas lo que Réau plantea como inconvenientes: en una obra coral, dentro de un eje rector, cada autor puede sintetizar el período histórico en el que está especializado. Y esto es lo que ha hecho Ramírez al diseñar su Historia del arte. Acudir a los especialistas (en este caso 32 historiadores de arte españoles) y, respetando la libertad metodológica y el enfoque particular de cada uno, imponer, para garantizar la unidad del conjunto, ciertas directrices básicas (una breve introducción, el texto fundamental, los pies de foto, los estudios monográficos de obras y un apéndice a juicio del autor).

Dicho de otro modo, Ramírez ha confiado plenamente en la historia del arte que se hace desde las universidades españolas. Una historia que se adivina múltiple y diversa. Así, los cuatro volúmenes publicados por Alianza Editorial, que abarcan desde la prehistoria hasta la actualidad, no sólo son un manual útil para los estudiantes, los iniciados y los amantes del arte, sino un retrato de familia del estado de la disciplina en España a finales del siglo XX, un retrato donde se aprecia cómo se han desterrado viejas aproximaciones positivistas a la obra de arte en favor de una historia más próxima a las ideas que a los nombres y en ocasiones cercana a la micro historia.

En las más de 1.700 páginas de que consta la obra sorprende gratamente la buena proporción de ilustraciones (2.900). Parece fácil criticar la calidad del color de algunas de ellas, el grano visible en otras, etc., pero se ha logrado lo más importante: que se pueda partir de la ilustración para comprender el texto y viceversa. Una interconexión a la que Ramírez ya ha atendido en otros libros, como su estudio sobre Duchamp (Duchamp, el amor y la muerte, incluso. Siruela, Madrid, 1993).

Si optásemos por hacer un recuento minucioso y repasar las supuestas prioridades de ciertos artistas, etc., podríamos echar en falta más ilustraciones de uno u otro artista o período, y considerar que sobran de tal o cual otro. Pero la historia del arte no es una ciencia donde todo se pueda cuantificar; lo que prevalece en última instancia es la visión personal y la valoración que cada profesional hace de la historia de un período y de cómo ilustrarlo.

Y lo dicho sobre las ilustraciones vale también para los textos; podríamos señalar olvidos «injustificables», desequilibrios, solapamientos de capítulos, etc.; problemas planteados, como hemos visto, desde hace tiempo y en los que no es preciso insistir. En una época como la nuestra, dominada por el culto al fragmento, hallar una totalidad, aunque sea suma de fragmentos, es toda una satisfacción intelectual. Más aún si en esa totalidad, el buen diseño conceptual va parejo al diseño gráfico y visual del libro en cuanto objeto.

01/02/1999

 
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