ARTÍCULO

Intelectual airado

Destino, Barcelona, 168 págs.
 

Eduardo Gil Bera (1957) pertenece a esa estirpe de intelectuales airados que combinan el análisis con el vituperio. Su polémica biografía de Pío Baroja (Baroja o el miedo. Biografía no, 2001) avanzaba, en medio de un caudal de improperios que recordaban vivamente el estilo barojiano, esa manera que Ortega asimiló al inmisericorde tableteo de una ametralladora. Gil Bera no se muestra menos beligerante en su obra ensayística, mezclando el sarcasmo con la impaciencia ante la estupidez ajena. Aunque esta peculiar Historia de las malas ideas escoge el formato menor, su propósito no puede ser más ambicioso. Su estudio comparado de las lenguas y las religiones busca una matriz común que permita recrear el devenir de nuestra cultura. Su brevedad contrasta con su intención, pero tal vez la clave haya que buscarla en su carácter combativo. El panfleto posee una fuerza que no tiene el tratado e invita a la pugna dialéctica. La actitud iconoclasta de Gil Bera rescata ese agonismo que, según Giorgio Colli, se encuentra en el origen del discurso filosófico. Gil Bera carece de vocación didáctica o moralizante. Sólo pretende comprender, sin ocultar su escepticismo ante cualquier interpretación de la historia que atribuya al porvenir la expectativa de una mejora. Todo puede empeorar y la comprensión de nuestros orígenes no evitará que los humanos prosigan su orgía de violencia y necedad. La cultura nace con el proceso de hominización, pero la posición vertical no elimina la posibilidad de regresar a nuestra prehistoria animal. La perspectiva que se abrió al primate incorporado sobre sus extremidades inferiores suscitó de inmediato un temor perdurable. «Sin miedo, no hay humanidad. Sólo cuando él vino al mundo, pudo empezar la historia» (pág. 20). Ese miedo no surge tan solo de la percepción de un entorno amenazador, sino que esencialmente procede de nuestra relación con el otro, cuya aprobación deseamos más que nada. El miedo es «el verdadero monoteísmo universal», un credo que puede cambiar de aspecto, pero que actúa como núcleo común de las diferentes manifestaciones religiosas. Antes de que el cristianismo impusiera la idea de un dios bueno y providente, lo sagrado se identificaba con la forma absoluta del miedo. Desde el poema de Gilgamés, lo divino era sinónimo de terror y espanto. Gil Bera se aproxima a los planteamientos de Bataille, pero sin pretender fundar una ateología alternativa que posibilite una experiencia religiosa sin Dios. Su coincidencia se agota en la percepción de que lo sagrado nace ligado a la idea de sacrificio. La inmolación de inocentes es la esencia de lo religioso.

Dios sólo es una hipóstasis de la figura paterna. Su omnipotencia sólo es un reflejo de ese derecho sobre la vida y la muerte de su progenie que se reconocía al padre en la Antigüedad. La trascendencia del padre se pone de manifiesto en la covada, esa costumbre aparentemente absurda mediante la que el hombre usurpa a la parturienta sus dolores y molestias. La covada nace del convencimiento de que es el padre (y no la madre) quien da el ser. Hasta que el padre coloca al hijo sobre sus rodillas y lo acepta como un miembro más de la familia, sólo es un trozo de la mujer o de víscera. Puede ser expuesto o arrojado al mar como un desperdicio. Al reconocerlo, el padre infunde vida en su descendiente. Por eso son suyas las fatigas del nacimiento, ya que la mujer se limita al mero esfuerzo físico del alumbramiento. El acto sexual no es un simple mandato del instinto. El hombre conoce que el acoplamiento entre dos cuerpos engendra un nuevo ser. Ese conocimiento lo asemeja a un dios. Sabe que está creando una familia. La civilización extendió la familia a la totalidad de la comunidad, transformando la autoridad del padre en la potestad legislativa de las naciones. Sin embargo, no hay identidad colectiva sin un agravio que contrarreste la tendencia a la dispersión de los individuos. La existencia de una afrenta mítica (esto es, irreal) une a los pueblos, transmitiéndoles fuerza y determinación. Todos los pueblos se consideran acreedores de una ofensa. Su resentimiento se confunde con su constitución como grupo. Aquiles se abstiene de combatir porque Agamenón le ha robado a su esclava Briseida, pero un agravio mayor –la muerte de su querido Patroclo– desatará su terrible cólera, consiguiendo la victoria para los aqueos. La ebriedad del desquite es el verdadero origen de la poesía. El odio es el cemento de las naciones y el éxito de las religiones procede de su licencia para odiar.

La tesis de Gil Bera es deslumbrante, pero –sin ser falsa– resulta insuficiente. Su análisis de la figura del padre evoca las teorías de Kertész y la transferencia de sus privilegios al orden social recuerda poderosamente al Foucault de Vigilar y castigar. La filosofía del desenmascaramiento de Nietzsche tampoco está ausente. De hecho, el libro podría haberse titulado Genealogía de una cultura , sin desvirtuar su impulso fundamental. Lejos de restar originalidad, estas afinidades confirman que los planteamientos de Gil Bera se inscriben en la mejor tradición hermenéutica sobre nuestra cultura, una tendencia que no se conforma con el dato inmediato, sino que busca una teoría capaz de integrar los elementos simbólicos, filológicos o psicosociales, evitando cualquier perspectiva reduccionista. Sin embargo, Gil Bera incurre en el mismo error que pretende erradicar. Al igual que las grandes teorías que atribuyen el devenir social a las contingencias materiales (Marx) o las pulsiones psíquicas (Freud), su análisis ofrece un esquema explicativo unidimensional. No es posible agotar el fenómeno religioso con la analogía del padre ni explicar la formación de las identidades colectivas como un efecto del odio y el resentimiento. Lo que valdría para el nacionalismo excluyente, resulta improcedente en el caso de la Unión Europea. Es innegable que las iglesias cristianas han alimentado el odio contra sus antagonistas, pero no es menos cierto que el cristianismo desempeñó un papel fundamental en el reconocimiento de la persona como portadora de derechos. Al margen de estas objeciones, no se puede escatimar a Gil Bera su talento para escarnecer el optimismo y la autocomplacencia. Su energumenismo brota del mismo tronco del que surgieron Unamuno o Cioran. Pensadores inclasificables, sus palabras airadas nos obligan a rechazar la tentación del conformismo.

01/01/2004

 
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