ARTÍCULO

La Revolución Francesa

Ikusager, Vitoria
Trad. de Vicente Blasco Ibáñez
3 vols. 772, 722 y 654 pp. 108 €
 

La reciente publicación de la Historia de la Revolución Francesa de Jules Michelet tiene, al margen de los intrínsecos de la obra, dos grandes méritos. Uno es haber puesto al alcance del lector en lengua castellana una de las grandes obras de la literatura universal. Otro, haber puesto sobre el tapete un período crucial de la historia de la humanidad. Ahora trataré de sustanciar dos ditirambos tan aparatosos.
La Revolución Francesa es un suceso relativamente reciente, dilatado en el tiempo, rico y complejo que, por diversas causas, parece haber desaparecido del panorama actual, como demuestra un ligero examen de las publicaciones, del debate académico e incluso de la cultura popular. Y, no obstante, podría afirmarse sin error que ningún acontecimiento histórico ha tenido mayor influencia directa sobre nuestro modo de entender la política, tanto en teoría como en la práctica, de entender la sociedad y sus mecanismos, de entender al individuo, en suma, de entendernos a nosotros mismos. Como no podía ser de otro modo, ningún acontecimiento resulta tan contradictorio, tan difícil de enjuiciar, tan abierto a revisión continua. Porque la Revolución Francesa instaura nociones tan esenciales que, vistas hoy, parecen haber existido siempre: que la soberanía reside en el pueblo, o que todos los hombres son iguales y han nacido libres, por citar un par de ejemplos. Pero también instaura en la conciencia colectiva la terrible convicción de que estos derechos indiscutibles hubieron de ser conquistados y conservados mediante una violencia inusitada, y de que la violencia, una vez desencadenada, conduce inexorablemente a la tiranía y al terror. Que, en los años cruciales de la Revolución, la Declaración de los Derechos del Hombre y la guillotina fueron de la mano es un dilema al que Michelet se enfrenta con honradez, rigor y lucidez, pero sin ocultar el profundo desgarramiento intelectual y emocional que se deriva de esta percepción.
Jules Michelet nació en París el 21 de agosto de 1798, tres años después de que la instauración del Directorio pusiera fin oficialmente al período revolucionario, y un año antes del golpe de Estado de Napoleón el 18 de Brumario (9 de noviembre) de 1799. No fue, pues, testigo directo de los hechos que describe, pero vivió y escribió inmerso en la memoria inmediata de lo descrito. Su crónica, ampliamente documentada, no proviene únicamente de los archivos. El escueto recuento de la Historia se complementa con la voz de la calle, la anécdota significativa y el dibujo del natural. Narrador de notable talento, muchos pasajes del libro parecen salidos de las obras de sus contemporáneos: Stendhal, Balzac, Victor HugoEl término contemporáneos no es exagerado: Stendhal nació en 1783; Balzac en 1799; Victor Hugo en 1802..
La mención de estos autores no me parece improcedente, porque la Historia de Michelet se ajusta a los cánones narrativos de la gran novela del siglo XIX que aquéllos representan, sobre todo en lo que concierne a la posición del narrador, omnisciente y estrictamente objetiva (aunque no exenta de ocasionales intervenciones para expresar una opinión, una emoción o un juicio moral), tanto por lo que se refiere a los hechos como al tratamiento de los personajes.
De esta última característica sale muy beneficiada la obra que ahora nos ocupa, porque es difícil imaginar un período histórico con un elenco de personajes más variados, más ricos en contenido y más capaces de llevar a cabo escenas novelescas. Episodios como la accidentada fuga de la familia real y su tragicómico desenlace o el asesinato de Marat en la bañera desafían a la imaginación más desbordada. Cuando Carlota Corday va camino del cadalso, Robespierre, Danton y Camille Desmoulins se alinean en la rue Saint Honoré para verla pasar. En el entierro multitudinario de Mirabeau, veinte mil fusileros de la guardia nacional disparan una salva que hace saltar las vidrieras de la iglesia de San Eustaquio, donde se celebra el sepelio. Anécdotas similares ocurren en todos los capítulos.
Visto desde la perspectiva actual, el relato se divide, idealmente, en dos partes. La primera pivota en torno al rey y tiene visos de tragedia clásica. La segunda, en torno a Robespierre, y prefigura la tragedia de los siglos venideros.
Mantecoso, pintarrajeado, abúlico y corto de luces, Luis XVI ha pasado al imaginario colectivo como un comparsa bufo del gran momento histórico, y algo hay de cierto en ello. Pero de la lectura de Michelet, en modo alguno sospechoso de simpatías realistas, se desprende un retrato más interesante y matizado.
Aunque todavía imbuido de la concepción divina de la realeza, Luis XVI no era ajeno a la evolución social de Francia y al efecto determinante de la Ilustración en la mentalidad y el sentir general del país. Supo rodearse de ministros competentes y se avino a introducir pequeñas mejoras que, como suele ocurrir en estos casos, pusieron en evidencia lo anacrónico de la situación y acabaron produciendo resultados catastróficos para la corona y para la cabeza que la sostenía. Tras el desconcierto inicial producido por la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789 y la proclamación de la Asamblea, Luis XVI reaccionó y trató de adaptarse a la nueva realidad. Inútilmente. Como un auténtico héroe de tragedia griega, su pecado no fue la maldad ni la necedad, sino la ceguera. Todo cuanto hizo produjo el efecto contrario; cada paso que dio hacia la salvaguarda de la monarquía y hacia su propia salvación lo acercó más a la república y al cadalso.
Como contrafigura de Luis XVI y protagonista de la segunda parte, Robespierre recorre el camino inverso. A diferencia del rey, Robespierre nunca se equivoca: su propia destrucción no obedece a un error de cálculo, sino a la culminación de sus propias ideas. Sus inicios no permitían augurar sus triunfos: recién llegado a París, atraído como tantos otros por la revolución incipiente, cada vez que intervenía en la Asamblea, Mirabeau había de hacer valer su autoridad para acallar las risas que provocaban sus dislates de provinciano, tanto en las filas de la derecha como de la izquierdaEn la Asamblea, los progresistas se sentaban a la izquierda del presidente y los conservadores a la derecha. La sinécdoque ha perdurado.. Pero ni esto ni otros contratiempos alteraron su paciencia ni hicieron mella en sus convicciones, y la imprevisible evolución de los acontecimientos acabó colocándolo en el pináculo del poder. Inicialmente partidario de la monarquía, la necesidad de defender a la Revolución de los enemigos internos y externos, le llevó a abogar por el regicidio y el Terror y a convertirse, de hecho, en el sustituto del monarca decapitado. Pero a diferencia de éste, Robespierre sabía que el poder no le venía de Dios y comprendió que había de legitimar su autoridad no sólo por la eficacia de su gestión, sino por sus cualidades personales. A los ojos del pueblo, Robespierre no sólo era un buen político, sino un político virtuoso: el Incorruptible. Los grandes y pequeños dictadores de la modernidad derivan de este hallazgo; no haberlo entendido a tiempo les costó la cabeza a Danton, a Desmoulins y a otros que seguramente encarnaban mejor que su rival el espíritu de la Revolución.
Un libro de historia ha de tener más de mil páginas si no quiere caer en una selección tendenciosa de los hechos. El de Michelet cumple con creces este requisito y, sin caer en una acumulación farragosa de detalles, tiene tiempo y espacio para contar el sinuoso y contradictorio desarrollo del período revolucionario. Contraviniendo las normas básicas de la literatura de ficción (aunque no sus recursos técnicos, como he dicho antes), la ascensión y caída de los personajes no es lineal, las ideas y las actitudes están sometidas a virajes bruscos o paulatinos, entre enemigos irreconciliables se establecen y se rompen alianzas coyunturales, los ideales se adaptan a la realidad y se desgastan, los hombres y las mujeres no sólo tienen virtudes y defectos, sino carencias. La esencia de la política es la maniobra. Leer a Michelet nos ayuda a conocer y recordar este principio, tan a menudo sacrificado a las necesidades de la eficacia narrativa, cuando no a una interpretación interesada del pasado.
Hacer un balance sensato de la Revolución Francesa hoy es tan imposible como lo era en tiempos de Michelet. Es cierto que implantó un nuevo orden mundial cimentado en unos ideales de libertad y de justicia sin los cuales no podemos entender la realidad social. Pero es posible, como afirman sus detractores, que este cambio, surgido de las ideas de la Ilustración, que no es un fenómeno exclusivo de Francia, se habría producido de todos modos, de una manera más gradual y pacífica, como de hecho ocurrió en Inglaterra, y que la instauración del Terror como forma de gobierno o los sangrientos desmanes del populacho provocaron en los demás países europeos (por ejemplo en la España del despotismo ilustrado) una lógica reacción que frenó el cambio e hizo retroceder el reloj de la Historia. Resolver este dilema puede no ser un ejercicio fútil, pero ciertamente conduce a un callejón sin salida.
Michelet es ante todo un historiador, no un panfletista, pero tiene de la Historia una concepción, por decirlo de algún modo, antigua. Para él la misión del historiador no consiste en el desempeño impersonal de una actividad científica, sino en la construcción de un relato no sólo destinado a preservar y transmitir sucesos del pasado, sino a aglutinar la conciencia colectiva en torno a un pasado, un presente y un futuro comunes a todos los ciudadanos, sea cual sea el alcance que quiera dársele a este término consustancial al período que nos ocupa. Inmerso en la vengativa restauración borbónica durante la redacción de su magna obra, Michelet es muy consciente de la dimensión polémica y, en definitiva, moral de su empresa, como lo testimonia él mismo en los dos prefacios a su Historia, que ha conservado la edición de Ikusager.
Esta edición no sólo recupera el texto de Michelet, sino también la traducción de Vicente Blasco Ibáñez. Fue éste un excelente traductor y un escritor de talento, y ambos valores se hacen notar en esta edición. El estilo de Blasco Ibáñez es tan claro y directo como el del propio Michelet. Algún inevitable tono añejo, en vez de molestar, ayuda a situar la obra del gran historiador francés en su contexto temporal. Lo mismo puede decirse de las deliciosas ilustraciones de Daniel Urrabieta.

01/12/2010

 
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