ARTÍCULO

Un siglo de psicología en España

 

Casi todos los psicólogos en España conocen la anécdota. Mariano Yela, uno de los maestros indisputados de las actuales generaciones de psicólogos, fallecido al comienzo de lo que prometía ser una rica y madura etapa de retiro de los deberes académicos, volvió a Madrid tras ampliar estudios con algunos de los grandes investigadores americanos, aun reciente el final de la guerra mundial. Se puso en contacto con el doctor José Germain, un psiquiatra y psicólogo discípulo de Ortega y Gasset y del doctor Lafora, que entonces luchaba denodadamente por reconstruir la tradición de la psicología entre nosotros que la guerra civil había reducido a escombros. El joven licenciado animó a su nuevo mentor a convocar a todos los psicólogos del país para emprender la tarea de impulsar de nuevo estos estudios. Germain invitó a sentarse a su nuevo colaborador, en la mesa, frente a él, y añadió: «Ya estamos todos reunidos».

Esta historia parece que ocurrió hace medio siglo. Hoy las cosas son enteramente otras. Nuestro país es uno de los que alcanza mayor proporción de profesionales de la psicología por número de habitantes, y ha llegado a contar con cerca de treinta universidades donde se cursan esos estudios. Hay más de medio centenar de publicaciones especializadas, y se celebran continuamente reuniones, congresos, seminarios, sobre las más variadas cuestiones que hoy dominan ese campo. La psicología española está ya conectada con la que se hace en otras partes, singularmente en Europa y América, y nuestros especialistas participan en pie de igualdad con otros extranjeros en trabajos conjuntos desarrollados fuera o dentro del país.

El cambio ha sido extraordinario, en este medio siglo. En realidad, se ha producido en un tiempo aún más corto: desde que a finales de los años sesenta se creó la licenciatura en psicología, bajo el impulso de un reducido círculo de discípulos de Germain –Yela, ya mencionado; José Luis Pinillos, Miguel Siguán, Francisco Secadas, Jesusa Pertejo, Manuel Úbeda, José Forteza y pocos más–, el ritmo de crecimiento no cesó de aumentar. Primero crecieron los alumnos; tras ellos, hubo de crecer todo lo demás. Hoy estamos ya en el tiempo en que empieza a ser necesario disponer de historias que hagan posible una identidad colectiva.

El grupo de investigadores que, coordinados en esta ocasión por Florentino Blanco, viene trabajando en la Universidad Autónoma de Madrid lleva algunos años interesado en reconstruir el cuadro de instituciones que, con mayor o menor intensidad, han apoyado de algún modo la implantación de la psicología en nuestro país. El libro que ahora han publicado recoge los principales resultados de su trabajo.

No hay duda de que la psicología, concebida a finales del siglo pasado como una ciencia natural de la mente, arraigó de modo muy distinto en unos u otros países. Alemania y Estados Unidos la insertaron muy pronto en el mundo académico; otros tardaron más en hacerlo. En muchos casos, las convicciones religiosas se opusieron a la expansión de un saber que quería, al parecer, experimentar con el alma humana. Otros grupos, en cambio, vieron ahí un factor de progreso y modernización en la comprensión del hombre. De este modo, las tensiones políticas y las convicciones ideológicas hicieron pronto presa de la nueva ciencia, convirtiéndola en campo de acción para sus batallas.

Precisamente la historia cultural española está dominada en parte, desde mediados del siglo pasado, por una preocupación de modernización y renovación que impulsaba a aproximarse a los nuevos desarrollos científicos, al tiempo que los grupos de mentalidad conservadora veían por lo menos con desconfianza las «peligrosas novedades» de la modernidad. Esta tensión entre innovación y reacción, que afectó muy fuertemente a los saberes relativos a lo humano, desde el evolucionismo a la filosofía o la sociología, aparece formando el nervio, bien singular, del libro comentado.

En estas páginas domina una perspectiva institucional. Interesan las instituciones y grupos sociales que, de modo más o menos estable, llegaron a dar cabida, de una u otra forma, a las nuevas doctrinas, y promovieron su difusión al par que la condicionaron. Las ciencias modernas resultan impensables sin instituciones que las apoyen, les den recursos para la investigación, y creen para ellas un espacio social. La psicología no ha sido ninguna excepción en esto, y en general ha progresado cuando ha tenido el apoyo del mundo universitario, posibilitando su especialización.

El caso de España es bastante claro, como este libro pone de relieve. La psicología ha sido un saber importado, que comenzó interesando a ciertos grupos de educadores abiertos a las novedades científicas y a las cuestiones filosóficas. Entró, sobre todo, como un tema intelectual especialmente apto para permitir una reflexión sobre el hombre con una base empírica actualizada. Más tarde pasaría a ser visto como un saber técnico apto para ser aprovechado en cuestiones aplicadas relativas a las necesidades sociales, y sólo en tiempos muy recientes se ha llegado a la conjunción de una dimensión científica con otra profesional y operativa, dimensiones ambas que son esenciales en la realidad de la psicología de nuestro tiempo. Los autores del libro, fundadamente, han seleccionado aquellos jalones que mejor definen ese progreso de incorporación. Los libros al uso suelen hacer nacer la psicología científica en 1879, fecha convencional al tiempo que simbólica, que correspondería a la fundación del laboratorio de psicología experimental de la universidad de Leipzig, en Alemania, por Wilhelm Wundt. Lógicamente, es en esos años finales de siglo cuando empiezan a advertirse aquí signos de la novedad de los tiempos. El grupo de vanguardia lo constituyen los hombres de la Institución Libre de Enseñanza.

La acción de los institucionistas fue, sin duda, una acción de renovación social que tenía como pilares fundamentales el proyecto de una educación nueva, una integridad moral ejemplarizante y una admiración activa y estimuladora del conocimiento científico. Todo ello se tradujo en la creación de una red institucional de amplio espectro sobre la que se alza buena parte de la renovación cultural del siglo XX : la Institución misma (1876), como centro educativo, creada por Francisco Giner y sus colaboradores y discípulos; el Museo Pedagógico Nacional (1882), durante muchos años dirigido por Manuel B. Cossío, íntimo colaborador de Giner; la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (1907), inspirada por el mismo espíritu, presidida desde sus comienzos por Santiago Ramón y Cajal, y verdadero motor en la regeneración científica y educativa de la época. Y junto a estas, con buen criterio, los autores han tratado en sendos capítulos de las cátedras de filosofía de instituto y sus planes de estudio –el estudio de la psicología empezó, precisamente, ahí, si bien en su nivel más elemental–, del Ateneo de Madrid, centro cultural de primer orden en la sociedad de la época, y de la en algún tiempo vivaz Asociación Española para el progreso de las ciencias (1907), espacios complementarios donde la psicología ha tenido algún relieve. Todo ello viene encajado entre un término de partida y uno de llegada. El primero vendría dado por la actividad de médicos y filósofos del siglo XIX que irían, según se nos dice, «en busca de la mente». El segundo, nos ofrece una imagen sintética e informativa de la situación inmediatamente anterior a la constitución de los estudios universitarios, definida sobre todo por la creación de un pequeño núcleo de investigación, en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) (1948), y una Escuela de Psicología de posgrado en la Universidad de Madrid (1953); ambas cosas fruto del esfuerzo de Germain, con la ayuda de Yela, Pinillos, Siguán o Secadas, sus primeros discípulos, que serían los maestros de los que hemos venido después.

«Nunca tantos debieron tanto a tan pocos», el famoso lema de la fuerza aérea británica, valdría bastante bien para describir nuestra historia. Las instituciones que aquí se presentan se interesaron por la psicología, hablaron de ella, conocieron de su existencia y de la de alguno de sus cultivadores. Con todo, resulta evidente la limitación de recursos aplicados, la escasez de información, y hasta, si se quiere, la deformación de lo que era «materia de investigación», para reducirla a «materia de estudio y enseñanza». Con una sola importante excepción, la psicología no se concibe como empresa de investigación y aplicación hasta la puesta en marcha del núcleo de Germain.

La única excepción a que me refiero es la red de centros de psicotecnia que se organiza en los años anteriores a la guerra civil, en buena parte gracias a la decisión y talento de quien, a mi juicio, ha sido nuestro «primer psicólogo», el catalán Emilio Mira y López. Él sería el alma del Instituto de Orientación Profesional creado en Barcelona en los años veinte, centro con alcance internacional y pronto combinado con otro creado en Madrid –aquí con la colaboración de Germain– y con un puñado de pequeñas oficinas-laboratorio establecidas en numerosas capitales de provincia, que impulsaron unas primeras campañas de psicología de tráfico, de orientación profesional y psicotecnia vocacional, con verdadero impacto social. Esta red, que fue la primera versión plena, aunque reducida, de la psicología aplicada en nuestro país, ha sido ya ampliamente estudiada –por Siguán, por M. Kirchner, por M. y D. Sainz, por nosotros mismos, entre otros– y sin duda por ello ha sido obviado en este volumen, aunque no faltan referencias a la misma.

Este libro dice, y sobre todo muestra, las continuas y profundas implicaciones que enredaron la psicología con otras cuestiones de fondo que se debatían en la tensión entre europeísmo y tradicionalismo, o mejor entre modernidad y reaccionarismo, que ha cruzado la vida del país en el siglo que está terminando. La psicología, además de una ciencia y unas técnicas, fue también un instrumento de acción social. Como en este libro se lee, «la psicología científica [...] se constituyó en una herramienta ideológica de primer orden para articular la transición desde una moral construida sobre el dogma a una "moral científica"» (pág. 67). Igualmente, se deja ver cómo las varias orientaciones, más o menos reaccionarias o avanzadas, con que caracterizar las enseñanzas impartidas en los institutos de enseñanza media bajo sucesivos gobiernos y regímenes políticos, tuvieron una plasmación más o menos directa sobre las opiniones acerca de la psique, la mente y sus problemas. Y aunque no se aborde en sus páginas de frente el problema, también se ve que la historia reciente ha estado marcada por la guerra civil, la ruptura de las organizaciones que se habían logrado crear, el exilio amplio, riguroso, casi total, que afectó a la psicología –como a la filosofía, y en general a la cultura de preguerra–, y el olvido que siguió al exilio, olvido de tantos y tantos nombres, como los de Emilio Mira, José Peinado, Mercedes Rodrigo, Ángel Garma, Juan Cuatrecasas, Juan Roura, Francisco del Olmo, Guillermo Pérez Enciso, e incluso los de la generación anterior, como G. R. Lafora, Martín Navarro, Domingo Barnés, sin los cuales no se entiende la realidad de nuestro pasado inmediato, y a los que, poco a poco, estamos recuperando, sacándolos del olvido.

Este es un libro que, al tiempo que habla de la psicología, nos ofrece una síntesis clara y razonable de algunas de las más importantes instituciones culturales sobre las que se apoyó la construcción del «medio siglo de plata» de la cultura española de principios de siglo, y de las bases primeras, y más lejanas, de la realidad hoy floreciente, pujante, moderna y activa de la psicología española, uno de los sectores científicos y profesionales más avanzados, de nuestro presente. A quienes importe la ciencia y la cultura españolas del siglo XX, este libro les dará sin duda materia sobre qué pensar.

01/09/1998

 
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