ARTÍCULO

Hielo en los ojos

Anagrama, Barcelona
Introd. de Hans Magnus Enzensberger. Trad. de Jorge Seca
324 pp. 18 €
 

¿Por qué Anónima, y en estos tiempos exhibicionistas? Pues por una razón que aparece pronto: porque se cuenta lo incontable, pese a ser uno de los temas más viejos de la humanidad: la vergüenza por la humillación –la violación en este caso– y la invasión del propio país. O el pudor, si se prefiere, pues la autora no tiene nada de que avergonzarse. Y, al tiempo, la urgencia de contarlo al ser, tanto la autora como sus editores, conscientes de que se trata de algo único: el testimonio de una protagonista, y desde primera línea y la obscena intimidad incluso con el hambre y la derrota, de lo que fue la toma de Berlín por el Ejército Rojo al terminar la Segunda Guerra Mundial.
Y, aunque la narradora se esfuerza en no dar pistas sobre ella misma –en los testimonios autor y narrador tienden a fundirse, algo más difícil de lo que parece–, va imponiéndose con fuerza un estimulante retrato que deja pensando sobre cuánto de impostado tienen los retratos ortodoxos con las casillas de nombre, raza, sexo, religión, nacionalidad y demás etiquetas de grupo en las que distraemos y refugiamos nuestro miedo a la soledad.
Además del relato de algo que ya conocemos, pues la ocupación del Berlín destruido se parece a otras invasiones, incluso en esa misma guerra, el autorretrato que despliega poco a poco Anónima resulta de una extraordinaria modernidad. Pues da muy bien cuenta de por qué en cierto modo la derrota de los alemanes –y procuro no obedecer a lo políticamente correcto– afectó menos a las alemanas, que supieron defenderse mejor y sobrevivir.
Por ejemplo, el asunto de las violaciones que en cierto modo engarza todo el libro, ya que Una mujer en Berlín cubre sólo el momento de la invasión soviética, de abril a junio de 1945, antes de la llegada de los otros vencedores, con otras reglas del juego. Más que la destrucción de la ciudad, que provoca la incomunicación de los berlineses y la ausencia de noticias, de lazos y de vida, el hilo conductor del libro es el sexo: cómo los berlineses aprenden a salvaguardar la virginidad de sus jóvenes, cómo muchos hombres se doblegan y entregan a sus mujeres –«me parecía imposible ver a aquellos hombres como alemanes» (p. 268)– y, sobre todo, cómo éstas aprenden a convivir con algo a lo que, simplemente, no pueden oponerse. Según contó Antony Beevor en Berlín, la caída, 1945 (Crítica),en la toma de Berlín por parte del Ejército Rojo el abuso sexual fue generalizado.
Pues bien, al convertir la autora la violación en un asunto inevitable y casi técnico, la desdramatiza: «¿Qué significa violación? Cuando escuché esa palabra en voz alta el viernes por la noche en el refugio, me recorrió un escalofrío [...]. Ahora ya puedo pensar en su significado, la puedo escribir sin que me tiemblen las manos. La pronuncio para mí, para acostumbrarme a su sonido. Suena a lo más extremo imaginable, pero no lo es, sin embargo» (p. 92).
No por ello Anónima cae en los estereotipos. Este es, sin duda, uno de los principales valores de este libro, pese a que cuenta la relación de un derrotado con su vencedor: el matiz. En un mundo simplificado a bombazos, sutileza y matices: también necesarios hoy, cuando las ciudades, reconstruidas hace tiempo, padecen la invasión de los estereotipos. Y sutileza incluso cuando sería esperable y hasta comprensible una reac­ción humana de odio. Pero si lo hay no se ve: la narradora y otras mujeres aprenden a convivir con sus violadores, y a valorarlos en la medida en que se pueden (¿los pueden?) convertir en muros frente a otros violadores y obtener de ellos comida y protección.
Al tiempo son distintos: si unos son toscos, otros escuchan música clásica y discuten acerca de Dostoievski, y otros les hablan a sus caballos con humanidad. Se impondrán en el paisaje hasta entrar en la conversación y hasta en los chistes entre las mujeres, según la narradora, mientras que los hombres que no han sabido o podido defenderlas desaparecerán de la sala con cualquier excusa. Aceptan ser derrotados por algo que, a su modo indirecto, las mujeres reconvierten en victoria.
Anónima es una superviviente de una guerra, y no importa demasiado de cuál pese a que las alusiones despectivas a Hitler, más que al nazismo, son explícitas. También hay decepción histórica si es que, en el caso de la narradora, hubo alguna vez «ilusión». No lo pa­rece. «Todo esto se lo debemos al Führer», dice ante las ruinas, lo repite varias veces y, lo que es más significativo, lo reco­ge en las colas con que los berlineses, con tenacidad de hambrientos, desafían incluso a las bombas.
Aunque el libro es también un excelente reportaje sobre lo que fueron los primeros días de la derrota alemana, no se trata de un libro «de guerra», de vencedores y vencidos en batallas más o menos estratégicas, sino en todo caso «de ética»: no se trata de quién gana, sino de cómo la guerra le da la vuelta a valores –el patriotismo, la valentía, el honor– hasta ayer indiscutibles. La gran novedad es el punto de vista, que aún conserva, medio siglo después, cierta frescura. Ya no hay héroes, casi ni siquiera víctimas. Sólo pan, arenques, vino, olores, ropa desgarrada, frío, e incluso humor. Realismo. Recuerda al Orwell de Homenaje a Cataluña, al Remarque de Sin novedad en el frente o al Malaparte de La piel. Incluso a Primo Levi. Es quizá lo que nos pasa en tiempos en que no sería raro morir en la siguiente media hora: que nos ponemos hielo en los ojos para enfriar lo que vemos. 

01/06/2007

 
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