ARTÍCULO

Globalización e identidad cultural

PPC, Madrid, 1998
Trad. de Mauro Fernández Alonso de Armiño
424 págs.
 

A finales de los ochenta, cuando preparaba su Crítica a la modernidad (Temas de Hoy, Madrid, 1993), Alain Touraine pensaba que «la modernización económica y la justicia social eran más compatibles que contrarias». Hoy, como él mismo admite, es menos optimista: el triunfo de la globalización y la destrucción del Estado desarrollista y movilizador no le permiten mantener su optimismo. Este nuevo libro es una obra sobre la fugacidad histórica del Estado nacional, sobre el fin de la pasión política. A una época, la modernidad, en la que la política ha querido convertirse en ética, en moral cívica, sucede otra, la actual, en que la política está sometida a la ética. La acción colectiva, único camino para trazar un puente entre la economía globalizadora y la cultura y la identidad, está menos armada de análisis económico y político que de convicciones morales. Para los movimientos sociales hoy es más difícil la definición de un adversario, porque el poder ya no es de los patronos, sino de las redes financieras, tecnológicas y de información. Antes eran anticapitalistas, anticoloniales o antimachistas, «ahora sólo pueden formarse a partir de una acción positiva: la de la libertad, una voluntad de existencia responsable y feliz».

¿Podremos vivir juntos? es un ensayo de filosofía moral más que de sociología. Aunque ofrece un diagnóstico sobre los males de nuestros días o mejor, sobre la causa de nuestros males, Touraine no la deduce de datos sino que la da por supuesta. Lo que define la realidad social de nuestro tiempo es la disociación entre dos «continentes», entre dos mundos. No se trata de un simple debilitamiento de la modernidad, sino de una auténtica desmodernización. La modernidad, que pivotaba sobre la condensación, la totalización social encarnada en el Estado nacional, ha desaparecido.

En la modernidad, para Touraine, la racionalidad instrumental y el individualismo –la economía y la vida de los individuos– estaban juntos, eran compatibles a través de la acción política. La sociedad se regía por un proyecto político, unas instituciones y unas agencias de socialización. El objetivo que nuestras sociedades han considerado central durante más de un siglo ha sido combinar la concentración de inversiones con el reparto de su rendimiento. Y para ello el Estado era la agencia fundamental. Hoy el objetivo ha cambiado: se hace necesario combinar el mundo global del cálculo económico y los medios de comunicación con el mundo de las identidades culturales. Con la globalización se produce un ataque frontal al Estado. Y con ello el ámbito de la economía y de la instrumentalidad se disocia de la privacidad, de la cultura, de las identidades. En definitiva, mundo objetivo y espacio de la subjetividad se escinden: el Estado y la sociedad que éste articula se vuelven impotentes para evitarlo.

Esta disociación desregulada en la que consiste la desmodernización, nuestro autor la sitúa tanto en el escenario de nuestras sociedades industrializadas como en el de los demás países. En el primer escenario, la globalización disocia el mundo instrumental del mundo privado, el ámbito global que apenas deja huella en las conductas personales y colectivas respecto al espacio privado que lleva a los individuos a la búsqueda de relaciones comunitarias. En el segundo escenario, Touraine encuentra el peligro de la llamada a soluciones comunitaristas totalitarias de rechazo de la modernidad. Y en ambos escenarios, advierte el peligro, que las sociedades desarrolladas conocen desde la crisis del Estado de bienestar, de la dualización de la sociedad. En mi opinión, dos fantasmas –bien reales, por cierto– anidan en la trastienda del sociólogo francés: la crisis de los beneficios sociales del Estado en una situación de paro y la oleada de conflictos por la que atraviesa el mundo islámico. Dos problemas de especial relevancia interna para la sociedad francesa.

La globalización implica elementos –tecnologías, objetos, mensajes– que no pertenecen a ninguna sociedad o cultura particular y que se enfrentan al proceso de socialización que en cada colectividad se lleva a cabo por la familia y la escuela. Vivimos juntos, pero ello no quiere decir que seamos capaces de comunicarnos. El modelo que preconizaba la destrucción de la diversidad cultural y la racionalización autoritaria como condiciones para el triunfo del universalismo se encuentra hoy agotado, según Touraine. El Estado se ve atacado a la vez por la internacionalización de la economía y por la fragmentación de las identidades culturales.

Frente a la disociación entre el mundo globalizado de la economía, la tecnología y la información y el mundo de las identidades se han planteado, según Touraine, tres tipos de respuesta. La primera respuesta es tratar de resucitar el modelo del pasado, revitalizando las estructuras simbólicas, legales y políticas del Estado nacional; pero esta tarea resulta ya imposible en el mundo globalizado. La segunda respuesta es la posmoderna, que consiste en aceptar la disociación como generadora de libertad; pero esta solución, que es atractiva en el terreno cultural, no lo es cuando, en el caso de realidades sociales, deja a éstas en las manos libres del mercado. La tercera respuesta es la construcción de una democracia procedimental, algo parecido al patriotismo constitucional de Habermas. Esta solución es para Touraine positiva pero débil, porque protege la coexistencia pero no asegura la comunicación.

El desgarramiento entre las dos mitades, entre los dos «continentes», nos obliga a buscar un «principio no institucional de reconstrucción de la modernidad», puesto que ya no cabe revivir el sujeto político y menos todavía el religioso. La respuesta debe buscarse en el deseo que cada individuo tiene de combinar en su vida personal la participación en el universo técnico-económico y su movilización en términos de identidad personal y cultural. El individuo mismo es quien debe buscar las condiciones para convertirse en autor de su propia historia. Es la subjetivación, que transforma al individuo en sujeto activo, a partir de la resistencia al desgarramiento y a la pérdida de la identidad. ¿Cómo combinar economía y cultura? No es posible al margen de la acción colectiva. Este sujeto, actor colectivo, es quien debe tener la última palabra, un juicio moral, frente a todos los garantes del orden social. El individuo deja de ser ciudadano y se convierte en sujeto, para quien su última palabra ética se basa cada vez más en los derechos humanos, referidos más a las libertades individuales, que en los derechos del ciudadano, referidos más a los deberes cívicos. De aquí deriva Touraine toda su revisión de sus tesis sobre los movimientos sociales, sus transformaciones contemporáneas y las dificultades para convertirse en movimientos subjetivadores, productores de sujetos.

La idea de sujeto está también planteada como posibilidad de articulación de las sociedades multiculturales de nuestra época en auténticas formas de comunicación intercultural: «Sólo podremos vivir juntos con nuestras diferencias si mutuamente nos reconocemos como sujetos». A través de la idea de sujeto, lugar de encuentro entre lo universal y lo particular, debemos «reordenar» el mundo acuñado por la modernización: lucha entre actores y sufridores de los cambios, mujeres retiradas a un mundo privado y bajo control, continentes enteros colonizados. A través de este enfoque humanista y ético, Touraine examina la necesaria transformación de una serie de instituciones. La nación como sujeto político y el Estado deben construirse como lugar de mediación, como un espacio público de transformación del entorno global en un verdadero sistema social y de comunicación entre culturas diversas. La democracia creó una ciudadanía por encima de una sociedad civil fragmentada y en la actualidad, sin embargo, defiende la diversidad de actores, culturas y minorías. La educación como sistema de socialización cambia también de principios reguladores: a una escuela basada en la supresión de particularismos, la afirmación de la universalidad de la cultura y la relación no elitista entre esfuerzo y ascenso social, le sucede una escuela basada en la libertad del sujeto personal, el reconocimiento del otro diferente y en la corrección de la desigualdad.

Según su autor, este libro tiene un objetivo tan práctico como teórico y trata más de ideas que de hechos. Trata de producir conciencia social, de intervenir socialmente, y se echan de menos los hechos. El punto más débil de la argumentación estriba en que no se explicitan las fuerzas sociales que pueden llevar a la producción de auténticos sujetos. Ello sería fundamental para saber si el proceso de subjetivación es algo muy general y central, o cabe esperar que lo sea en nuestras sociedades, o más bien se trata de algo esporádico y periférico. Pero esta crítica puede plantearse en términos de mayor alcance teórico, de mayor generalidad.

Touraine da por supuesto, por un lado, que «el ser particular, el individuo, que es cada uno o cada una de nosotros, sufre al ser desgarrado, al sentir su mundo vivido tan descompuesto como el orden institucional o la representación misma del mundo», «porque el actor no es sólo deseo del sujeto, es ante todo sufrimiento-de-no-ser-Sujeto». Y por otro lado, da por supuesta la descomposición del orden institucional y particularmente del gran condensador de la vida social que es el Estado nacional, cuyo poder se ve sobrepasado por arriba y por abajo. Lo que Touraine no tiene en cuenta es que así como el Estado nacional es algo propio de cierta época histórica, también lo es el individuo, el ser indiviso como centro de la vida social, la autoconciencia de indivisión y de derechos fundamentales. El Estado territorial nacional succiona el poder, por un lado en términos políticos, de la nobleza primero y del rey después, y por otro lado, de las diferentes asociaciones humanas de las que el ser humano era miembro en la sociedad tradicional (familia, municipio, gremio, parroquia) y de cuya influencia se ha liberado en gran parte con la modernidad. El individuo, tal como hoy lo concebimos, y el Estado nacional son dos caras de la misma moneda. El Estado hace plausible al individuo y viceversa. Si el Estado entra en crisis, no tanto de desaparición como de pérdida de la centralidad, ¿no pasa lo mismo con el individuo? La conciencia –y el sufrimiento– de desgarro personal implica un individuo, una conciencia de indivisión personal ante un mundo dividido. ¿El deseo, la respuesta de Touraine al problema de la disociación, no es, en cierto modo, un intento de resucitar el pasado?

En todo caso, Touraine pone en el centro la idea de dominación y nos advierte del riesgo de considerar la globalización como una ideología que la enmascararía a través de la idea de un sistema mundial autorregulado y fuera del alcance de los centros políticos de decisión. Este libro pretende poner sobre la mesa de la reflexión lo que su autor considera el gran cambio contemporáneo en el paisaje social: de un paisaje donde la sociedad, condensada por el Estado, ocupaba el puesto central, a un paisaje donde ese puesto lo ocupa el sujeto. La polémica está servida.

01/11/1998

 
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