ARTÍCULO

FERNANDO ARAMBURU
rnFuegos con limón

 

Por lo menos desde el romanticismo, ha sido un tema literario recurrente el del artista aislado en su obsesión, al margen o en contra de la sociedad insensible y materialista que lo rodea. Más cerca de este tiempo, Azorín públicó en 1897 su primera obra narrativa, un librito de cuentos –algunos con forma teatral– titulado bohemia, en el que aparece ese personaje del joven artista que prefiere gastar en libros antes que en alimentos sus escasos dineros. Luces de Bohemia, a la que se está concediendo calidad de luminaria estética del siglo, aborda también esa temática. Las máscarasdel héroe, de Juan Manuel de Prada, de la que hablé en un artículo anterior, recrea el mundo de la bohemia hasta la guerra civil. El tema de los artistas y literatos y su pugna con el medio social, ha sido tratado por Luis Mateo Díez en novelas como La fuente de la edad y Elexpediente del náufrago. Ese es también el asunto de Fuegos con limón (Tusquets, 1997). Entre los meses de mayo y diciembre de 1979, se organiza en San Sebastián un grupo de jovencísimos literatos denominado «La Placa». La crónica del nacimiento del grupo, de sus actividades, de las relaciones entre sus miembros y las de éstos con sus propias familias, hasta la descomposición final, está relatada en primera persona por uno de los socios, Hilario Goicoechea Echevarría. Él es quien ha recogido lo que pudiéramos llamar los archivos del grupo y quien, muchos años después, elabora su anales. Los personajes son gente muy joven, algunos casi adolescentes, la mayoría procedentes de familias burguesas y algunos hijos de obreros del cinturón industrial, que, movidos por la exaltación de su individualismo, deciden construir una especie de equipo surrealista capaz de sacudir y provocar culturalmente a la ciudad. A lo largo de su aventura, el grupo conseguirá editar dos publicaciones modestísimas y llevar a la radio y a las páginas de los periódicos algunas gacetillas de contenido disparatado. Lo que más me ha sorprendido tras la lectura de esta novela es la tibia y más bien escasa acogida crítica que ha tenido, con algunas excepciones. Sin embargo, no es un libro común, ni de los que suelen aparecer cada temporada por docenas, algunos galardonados con premio millonario, sino de los que merecerían, como su autor, la atención detenida que se concede de vez en cuando a alguno de ellos. El empeño literario de esta novela se sale de lo corriente en todos los sentidos: en la manera como está trabajado el lenguaje, en el planteamiento del tema, en el perfil de los escenarios y de los personajes, en lo amplio y bien montado de la estructura. El punto de vista del narrador recuerda el que inauguró la literatura realista española, el de Lázaro de Tormes cuando nos cuenta su caso. También Hilario Goicoechea establece una especial distancia irónica para contarnos el suyo, y acaso justificar lo que parece ser el evidente fracaso de sus lejanos sueños. Desde luego que él resulta un narrador mucho menos conciso que Lázaro, pues dedica al asunto más de seiscientas páginas de apretada caja. Lo primero que cabe decir es que el autor ha conseguido lo que se había propuesto: describir con minucioso rigor las peripecias de su grupo de jóvenes artistas. Los artistas resultan absurdos, poco inteligentes, en muchas ocasiones pueriles, capaces de puras chiquilladas. Pero hay en su pretensión un perturbador radicalismo desesperado que parece contestar al que, ejercido con la violencia de las metralletas y de las bombas, está teniendo lugar en el mismo espacio social que les acoge a ellos. El prolijo desarrollo de la aventura nos permite ir conociendo cada vez mejor al Pulcro Matallana, un adolescente que hace bandera de una crueldad retórica elaborada desde el aborrecimiento al padre; a la joven Izaskun Ayestarán y sus complicados amores con los dos escritorzuelos que rivalizan por el liderazgo del grupo; al inefable y bondadoso Cacharrito; a Rosa Benítez, implacable doctrinaria, y sobre todo a Genaro Zaldúa y al propio Hilario Goicoechea, antiguos compañeros de colegio en el mundo suburbial y que se encuentran muchos años después en la universidad y en esos avatares de la construcción de la sociedad literaria. Claro que en la novela hay excesos. El prurito de cronista exhaustivo de Hilario Goicoechea le invita a acumular demasiadas anécdotas, algunas irrelevantes, o textos de los que podría prescindirse, como la obra teatral de Josu Ruiz, o que resultan demasiado chabacanos, como algunas bromas entre los miembros del grupo o el episodio grotesco del filósofo alcalaíno Raúl Albaladejo. Pero el encaje de todos los sucesos y actitudes es sólido, y el autor nos conduce a través de ellos sin que su posible falta de relevancia consiga disolver nuestra atención, con un castellano que a veces suena a homenaje a los clásicos, muy eficaz y divertido, y que está cargado, no sé si como burla o como prurito de vizcaíno, de hermosas palabras en desuso. Sorprendido, como he dicho, por la falta de la debida atención crítica que a mi juicio el libro merece, se me ocurre pensar que acaso esta novela haya nacido marcada por marginalidades que gravitan sobre determinadas estimaciones literarias: se trata, en fin, de un libro de autor vasco escrito en español, y que narra la peripecia de unos personajes que viven en el País Vasco de espaldas tanto al radicalismo violento como al particularismo de la cultura oficial. ¿Cabe mayor periferia? Además, acaso la mayoría de nuestros críticos se haya formado en espacios de una vida literaria plena y viva, alejados de la asfixia que para los jóvenes autores suele suponer su supervivencia en una pequeña ciudad provinciana, y no alcancen a comprender el asunto del libro. Sin embargo, como narrador y como lector yo recomiendo vivamente esta novela, que me parece un modelo de armónica integración de elementos narrativos dispares, y me atrevo a decir que algunos de sus episodios, como la relación infantil entre Zaldúa y Goicoechea y todo lo que se refiere a la vida familiar de ambos, adquieren tal tensión y calidad literaria, que se pueden comparar con los momentos más felices que hayan podido alcanzar las novelas de los últimos años mejor consideradas por la crítica.

01/08/1997

 
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