ARTÍCULO

Una mirada supeditada al método

 

Este libro confirma una impresión: podemos sentirnos cómodos con la Transición española. Comparada con ella, el presente no resiste la prueba. Este sentimiento queda en el afuera de libro, pero debe explicitarse, porque domina al lector conforme avanza su lectura. Al recorrerlo, se obtiene una idea real de la complejidad de la inteligencia española que, sin ser gloriosa, era prometedora. Narrar esta historia implica reconocer que algo se ha quedado por el camino. Si la construcción de un pensamiento complejo, como la narrada en el libro, pretende ser un espejo de la Transición española hacia una sociedad democrática, la pérdida de complejidad filosófica constituye un espejo de la actual falta de reflejos creativos, de diagnósticos inteligentes y de propuestas alentadoras.
Este libro, al detenerse en 1990, no atiende al presente. No sé si esto fue un acierto. El espíritu contemplativo del autor me resulta inquietante en estos tiempos peligrosos. Muchos de sus personajes, en plena producción tras 1990, merecen una reflexión adecuada sobre la fidelidad hacia su trabajo, que habría podido revelar profundas y emocionantes enseñanzas éticas. Sabiamente, el autor se ha detenido ante estos abismos. Y lo hace gracias a la adopción de una mirada metodológica distante. Sus referencias son Randall Collins, que ofreció una teoría del cambio intelectual; los derivados de una sociología weberiana-estadounidense, y la obra de Pierre Bourdieu, que aplicó las ideas del observador de segundo grado de Luhmann. A esto habría que añadir a nuestro Spinoza y su lema «no reír, no lamentar, no odiar, sino comprender».
Estas distancias contemplativas se construyen con una serie de conceptos muy elaborados. El fundamental es el de habitus, la forma que tiene un autor de organizar su trabajo, expresar su personalidad, diseñar sus estrategias de defensa, rentabilidad y visibilidad de su obra. El resultado de un habitus es una capitalización. Vázquez no es monopolista y reconoce que hay diversos capitales: sociales, culturales, políticos, profesionales. También aquí el reparto del capital ha generado complejidad y rara vez alguien ha gozado de monopolios. La descripción de la estructura sociológica profesional se centra en la noción de nódulo, un conjunto de relaciones profesionales que producen capital de diversa índole, una especie de empresa con diversos accionariados. Cada nódulo requiere textos básicos, tradiciones sagradas, libros fundamentales, vocabularios centrales, autores indispensables, pero también rituales sociales, y todo junto forma algo así como los medios de producción. Al final, el autor personaliza su método con historias personales (Sanmartín o Cortina, por ejemplo), o con pequeños ensayos que muestran la relevancia de la obra producida (Muguerza, Duque, Trías y Savater, por ejemplo). Esta mezcla da al conjunto del libro un aspecto heterogéneo, pero se agradece, porque le brinda densidad filosófica.
El efecto antisublimador de esta aproximación es ingente. Vázquez no lo dice del todo, pero incluso habla de lucha por los mercados (p. 391n.). Y algo más. Como de pasada, el autor deja caer: «La lucha por monopolizar la definición del orden jerárquico entre las disciplinas filosóficas ha sido uno de los envites permanentes en la historia del campo filosófico durante los últimos cuarenta años» (p. 16). Tengo la impresión de que este pasaje se olvida a menudo en el libro.
En todo caso, gracias a estas herramientas, nuestro autor evade las inclinaciones que por lo general esterilizan los análisis de los colectivos realizados por uno de sus miembros. El libro no incluye la divertida malevolencia de un Gregorio Morán, ni el sectarismo conventual del grupo de Gustavo Bueno, no menos entretenido. A pesar de todo, no carece de suave ironía, pero muchas veces se trata del efecto de aplicar un método no carente de pompa a un gremio menor. Por lo tanto, ni siquiera esa ironía procede del autor, que logra pasar inadvertido como subjetividad apasionada. Ni una sola vez se dejan presentir siquiera esas pulsiones que evocan heridas, ajustes de cuentas, retrancas, descalificaciones o impugnaciones. Esto se agradece mucho y hace del libro una lectura instructiva, aunque a veces se descubren reiteraciones derivadas del método.
Pero vayamos al centro del asunto. El autor tiene claro que en su historia hay villanos, pero debo decir que estamos ante una historia extraña. Los hay, pero no sabemos quiénes son. Cuando se nombran, murieron hace tiempo. Con esto tiene que ver el curioso título: «Herederos y pretendientes», dice. Pero tampoco sabemos a ciencia cierta quiénes fueron los propietarios, así que no tenemos una clara idea de la herencia ni de las pretensiones de los pretendientes. Se nos dice que hay una red alternativa frente a una oficial, pero no se conocen sus nóminas. Me temo que aquí hubo cierta promiscuidad y confusión. Entre el reformismo de los herederos y los asaltos de los pretendientes yo no alcanzo a ver sino barullo. El relato no lo aclara. Se supone que la universidad franquista era el punto de partida, pero no está trazado con claridad. De Ortega, Gaos, Zubiri, Morente y Xirau se habla poco. Pero la universidad española de 1963 ya era lo suficientemente sabia como para percibir que tenía que bajarse del carro del franquismo. En realidad, hacia mediados de los años sesenta todo echó a andar, desde el Concilio Vaticano II a Cuadernos para el diálogo y Comisiones Obreras.
Al final, sabemos que hay una victoria («la conquista del Instituto de Filosofía por los discípulos de Aranguren y la fundación de la revista Isegoría» en 1990 [p. 31]). También sabemos quién gana en esta historia: el gran nódulo Aranguren y sus circunstancias. Pero en verdad no sabemos nunca si Aranguren era uno de los propietarios, de los herederos o de los pretendientes, de los oficiales o de los alternativos. Tampoco nos hacemos una idea muy clara de su circunstancia, porque tenemos una tradición que abusa del circunstancialismo. Por ejemplo, a veces José María Valverde aparece como una circunstancia de Aranguren, de tal manera que sus discípulos se asocian a su nódulo de una forma más bien metafórica (p. 406). Quizás habría sido más útil describir la pluralidad del mundo filosófico español y sus conexiones múltiples, y abandonar la metafórica del título, que confunde un poco al lector con expectativas de una lucha mítica y edípica que jamás aparece ante sus ojos. En realidad, no existió.
Creo que el asunto de los nódulos no ofrece una adecuada metodología para aproximarnos al trabajo filosófico. Los filósofos que merecen la pena son, ante todo, fieles a sí mismos. La pasión de Valverde, de Sacristán, de Lledó, de Garrido, de Duque, de Cerezo, de Trías, de Savater, y de tantos otros: ese es el verdadero nódulo. Ellos se reconocen entre sí por esa pasión y eso será lo que al final cuente. Lo demás son más bien anécdotas de pequeños conspiradores, fronda, guerrillas. En mi opinión, la narrativa genealógica resulta disfuncional con el método sociológico del libro. También con lo que podría ser una aproximación filosófica.
Lo primero, porque se genera la sensación de una lucha inmanente por desbancar a una oficialidad, cuando se luchó por dos cosas muy distintas. Unos, por encontrar el propio camino modernizador, y otros, por alcanzar la instancia decisoria del poder oficial. La transformación desde 1963 a 1982 fue relativamente diversa de la que se dio entre 1982 y 1990. En la primera época todo vino marcado por un bullir que la dictadura ya no podía controlar y que se abría paso a empujones por donde podía. En ese tiempo se produjo la irrupción de la lógica y la filosofía analítica, el marxismo, los seguidores españoles de Nietzsche y los defensores de la filosofía de Kant y Husserl, que convivieron con lo que quedaba de pensamiento cristiano de Maritain y Mounier, pero también con Althusser y con Foucault. Luego se diseñó una cierta oficialidad, pero aquí, como en todo lo demás, la construcción de la autonomía universitaria impidió una coagulación tan drástica como para hablar de victoria.
Los nódulos tampoco permiten una aproximación filosófica adecuada. Especialmente porque no toda influencia filosófica pasa por el asunto del dominio de las cátedras. Como dijo Manuel Garrido en la presentación del libro, al centrarse en la lucha interna a la vida universitaria oficial, el libro se veda una valoración de lo que influyó la gente del exilio en la formación de la filosofía española. Por ejemplo, se ignora el influjo de Ferrater Mora o de Sánchez Mazas sobre la filosofía de la ciencia y sobre la línea muy productiva desde Ulises Moulines a Mosterín. Lo mismo podría decirse de Gaos y Abellán, o de Zambrano y Cerezo.
El dominio de la instancia decisoria oficial entre 1982 y 1990 no impidió la pluralidad, pero poco a poco la redujo. El invento de Ciencia, tecnología y sociedad tuvo que compartir poder con la Ética de la acción comunicativa y la Filosofía de la democracia que se derivaba de ella. El aumento de cátedras y facultades también benefició a la Historia de la filosofía y a la Antropología. El reparto oficialista no impidió la emergencia de un potente pensamiento estético, que en realidad fue uno de los emblemas de la modernización española, o de una Filosofía analítica y de la mente capaz de acreditarnos ante cierta academia estadounidense. Lo mejor del libro, más allá de las luchas por la oficialidad, muestra el proceso de articulación de las disciplinas, el trabajo de dos generaciones en una universidad que, ahora lo vemos, necesita reformas, no su liquidación.
Otro aspecto que se muestra en el libro, aunque no se narra, es el siguiente: el alto grado de cooperación de la filosofía con las áreas del Derecho político, Filosofía del derecho, Historia del arte, Historia política, Sociología, Literatura o Teología. Este proceso no se describe bien desde los nódulos, y lo mejor de este libro es que pone en danza a protagonistas incuestionables de la construcción de la inteligencia española reciente, aunque no sean filósofos, como Elías Díaz, Maravall, Peces-Barba, García Calvo, Valeriano Bozal y otros. Al no subrayar esta idea, el autor no puede mostrarnos el empobrecimiento actual de un campo que ha roto su cooperación con las ciencias sociales y humanas.
Por tanto, la utilidad de este relato debemos buscarla no en sus tesis, sino en lo que muestra en su despliegue, pionero y limitado, pero en lo sustancial válido. No cuenta bien cómo se ha hecho la inteligencia española hasta los años noventa, ni cuenta cómo se ha deshecho. Su mirada corporativa es limitada. Pero es el primer intento de comprender, entre los años sesenta y los noventa, la construcción de parte de la inteligencia española y es un buen indicador de su complejidad, de sus intensas ramificaciones con otros saberes, hasta lograr hacer de éste un país más moderno. Será un buen punto de partida para otros abordajes menos condicionados por el método, más implicados en el objeto mismo, que podrán abordar un diagnóstico sobre el empobrecimiento que padecemos, como intelectualidad y como país. Este proceso, que el autor califica sin melancolía como el paso «de la añeja corona del intelectual universal a las competencias del experto, periodista o asesor» (pp. 16 y 387), quizá puede ser descrito como el paso de la inquietud por construir una sociedad plural a la acomodación de servir a las tareas disciplinarias concretas, impulsadas desde el poder oficial o los media.
En todo caso, la evolución del pensamiento español es un buen espejo en el que mirar nuestro nivel alcanzado como sociedad, para la época estudiada y para el futuro. Y quizás esta decisión del libro –finalizar en 1990–, cuando en verdad allí ni se inició ni se acabó nada, sea digna de reproche. Uno tampoco puede comprender ese fetichismo cabalístico que impide incluir entre los biografiados a Emilio Lledó. Tampoco puede entenderse el trato dado a Pedro Cerezo. Pero en todo caso, y aunque el autor no haya querido entrar en ello, el libro servirá para producir un diagnóstico de futuro que aquí me arriesgo a apuntar. No paguemos el error de haber generado un mastodonte de la filosofía en España, con el error inverso de transformarlo en un ratón. Ninguna de las dos cosas sería justa.

01/12/2010

 
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