ARTÍCULO

El lunes de carnaval

Alfaguara, Madrid, 155 págs.
 

A pocos autores clásicos los sentimos hoy tan vivos, tan contemporáneos, como a Larra, quizá por ello haya despertado tanta curiosidad entre los escritores, buena prueba son los libros de Francisco Umbral (Larra, anatomía de un dandy, 1965), Francisco Nieva (Sombra y quimera de Larra, 1976), Antonio Buero Vallejo (La detonación, 1977) y el guión de Nino Quevedo (Lunes de carnaval. Las últimas horas de Larra, publicado por Personas, en su colección Nueva literatura), a los que ahora se les suma éste de Juan Eduardo Zúñiga, que ya en 1967 había publicado una antología de sus «artículos sociales».

Ante un libro como éste, quizá la primera duda que le asalta al lector curioso se deba a su género: ¿son once cuentos o una novela? Lo que parece claro es que la unidad del volumen se genera por la –de una u otra manera– presencia de Larra en todos los textos. Pero no es menos cierto que pueden leerse como piezas independientes y como tales tienen pleno sentido, aunque al presentarse unidas –y en un orden determinado– se complementan y enriquecen unas a otras. El libro está basado en datos y seres históricos, lo que no obsta para que el autor invente situaciones y conversaciones. La acción de casi todos los textos (las excepciones son los protagonizados por Zorrilla y Felipe Trigo) transcurre durante el día que se suicidó Larra, el 13 de febrero de 1837, un lunes de carnaval. Para los que conozcan la vida de Larra, tan significativos son los hechos que cuenta Zúñiga como aquellos de los que prescinde. Por ejemplo, se sabe que ese día Larra visitó a Pepita Wetoret, su ex mujer, que estaba enferma, y sin embargo en ningún momento se alude a ello.

Lo que Zúñiga pretende con estas narraciones psicológicas es contar no sólo el último día de la vida del escritor, sino –ante todo– llamar la atención sobre cómo los hechos humanos no se producen aislados y siempre nos afectan, por lo que el autor se centra en las reacciones que suscitó el suicidio y cómo afectó a alguno de sus contemporáneos, llámense Zorrilla o el zapatero del periodista. Si aquí aparecen Mesonero Romanos, Zorrilla o Roca de Togores es como contraste con Larra, y no sólo por su conducta y su muy distinta actitud vital sino sobre todo por el valor de su obra.

Si con algo pueden compararse estos textos es con aguafuertes, por un cierto tono expresionista de la prosa pero también porque el realismo de Zúñiga aparece siempre empañado de apariciones y premoniciones. Respecto a la técnica de composición, llama la atención cómo el narrador omnisciente va retrasando lo que el cronista quiere decirle a Larra, como una manera de generar tensión pero también de mostrar la que padecen los personajes. En el primer cuento, «Doblan las campanas de Santiago», ya está en síntesis todo el libro: la atmósfera peculiar de ese Madrid seminevado (la ciudad es coprotagonista de estos cuentos), invadido por las máscaras del carnaval; las conflictivas reacciones del escritor con sus contemporáneos y la envidia de sus rivales; la dolorosa reacción con Dolores Armijo («la única a la que él ha amado ciegamente») y las cuitas de un Larra que se siente acosado y piensa en la muerte: «Yo también con mis ideas he querido iluminar, alumbrar mi época, este país de sombras, pero no he podido». Lo que se relata en el segundo cuento, «Inclinaciones equívocas», cronológicamente es anterior. La acción transcurre entre los deseos de Mesonero por la ex amante de Larra y el anuncio de su muerte, pronosticada por la criada del cronista, compañera de Ignacio Argumañes, el célebre baratero.

«La tarde: lunes de carnaval» es el texto clave del volumen y el más conseguido. Es una pequeña obra maestra. En él se cuenta el recorrido de Dolores y su cuñada María Manuela hasta la casa del escritor, donde van a recoger las cartas que ella le escribió. Pero, más allá de las cuitas de ambas mujeres y de la detonación final, lo significativo de ese calvario que es todo el recorrido por las calles de Madrid, a lo largo del cual se topan con máscaras, borrachos y chulos que las requiebran e insultan, es la España que les sale al paso, contra la que Larra dirigió sus más aceradas críticas, la España de charanga y pandereta que luego denostó Antonio Machado.

La muerte del escritor afecta, en distinta medida, a todos los que le rodean, sin distinción de sexo o condición social. Así, la vecina del piso de abajo, la mujer del ministro José Landero, espectadora y lectora de Macías, no puede olvidarlo...; dos misteriosas mujeres (¿Dolores y María Manuela? ¿Pepita Wetoret? ¿La esposa de Landero?) se empeñan en visitar la cripta y muestran «el dolor del abandono, la desventura de perder a quien se ama»; el escritor y diplomático Roca de Togores (Zúñiga lo llama Ramón, pero creo que se refiere a Mariano) sufre de envidia y Zorrilla lo desdeña y le dedica comentarios injustos, que su mujer le recrimina; y, por último, una cena familiar, contada a través de los ojos de un niño, acaba produciendo un grave conflicto que concluye con un duelo.

Las mujeres que aparecen en estas historias siempre tienen una postura más sensata y comprensiva, ante la actitud de Larra, que los hombres. La excepción es su zapatero, republicano y masón, que culpa de su muerte a los conservadores. Pero las mujeres también aparecen frecuentemente como objeto de deseo, desde la coqueta esposa del zapatero hasta las dos espectrales locas que excitan al padre del escritor y a Felipe Trigo. Con el relato del suicidio de éste en 1916 se completa el círculo (Trigo asistió en 1909 al banquete de homenaje en Fornos que organizaron los miembros de Prometeo), para recordarnos cómo unas circunstancias similares pueden desembocar en la misma tragedia, y cómo el fracaso político y amoroso, la insatisfacción personal y social de ambos escritores los llevan a la muerte.

Frustración, envidia, celos, amores secretos y desamores, pasiones contradictorias, en suma, son los temas que hallamos destilados en un libro que trata de Larra (véase cómo entre todos los personajes componen un retrato físico y espiritual del periodista) y de las gentes que lo rodearon, de la miseria moral de la España del Romanticismo, pero también de unos sentimientos que –en esencia– siguen siendo eternos. Pero la singularidad del libro estriba en su planteamiento, en su estructura y en la maestría con que Zúñiga sugiere sentimientos y muestra con un estilo preciso, sin solemnidad alguna, un mundo complejo, un clima de desazón e inquietud en el que lo aparente no siempre dejaba ver lo esencial.

01/10/1999

 
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