ARTÍCULO

El siglo que vivimos peligrosamente

 

Es difícil no compartir el balance que hizo Eric Hobsbawm del siglo XX en una larga entrevista publicada como libro: que ha sido el mejor y, a la vez, el peor de todos los siglos, pues si es cierto que «ha matado a más gente que ningún otro», no lo es menos que al final de su andadura «hay más gente viva y vive mejor». Fue un siglo que no sólo provocó una orgía de destrucción y de muerte, especialmente en su primera mitad –el propio Hobsbawm tituló «La era de las catástrofes» un capítulo de su Historia del siglo XX–, sino que pareció vivir fascinado por la violencia como seña de identidad e instrumento de purificación, como siguiendo al pie de la letra aquel consejo de Nietzsche para combatir el muermo de la modernidad burguesa: «Vive peligrosamente».
De guerras, de historia de la violencia política, del siglo XX y de Nietzsche sabe mucho el autor de estos tres libros, Ferran Gallego, sin duda uno de los mejores historiadores catalanes de nuestros días y también uno de los más atípicos, entre otras cosas por la variedad de ámbitos y temas que viene frecuentando como historiador. Gallego ha estudiado brillantemente la España contemporánea, los populismos y caudillismos latinoamericanos, los fascismos europeos y la Alemania del siglo XX. Las tres últimas entregas de su ya inmensa obra se mueven en esos mismos planos espacio-temporales –Cataluña y Alemania, en los años treinta, y España en el último cuarto del siglo XX–, entre los que es fácil reconocer, pese a su diversidad y lejanía, un poderoso hilo conductor: la violencia política en su momento de apogeo, allá en los años treinta, y ya a finales de siglo como argumento más o menos inofensivo de un fascismo residual, convertido en caricatura de sí mismo. En la década de los treinta coinciden los protagonistas de los dos primeros libros que aquí se comentan: una historia –de nuevo bastante atípica– de los hechos de mayo de 1937 en Barcelona y un estudio político y caracteriológico de las principales figuras del nacionalsocialismo alemán.
Todos los hombres del Führer demuestra una vez más la familiaridad de Ferran Gallego con el lado más tenebroso de la Alemania contemporánea. Aquí no sólo analiza, como hizo en dos libros anteriores, los orígenes históricos del nazismo y su macabra puesta en escena, sino la biografía y la personalidad de una docena de ejemplares especialmente representativos de la élite hitleriana. He aquí al «hombre nuevo» del Tercer Reich diseccionado en su compleja y abigarrada diversidad. Por la pasarela que forman estas páginas desfilan desde personajes vicarios como Eric Röhm, ese matón de barrio que acaba convirtiéndose en un incordio; Julius Streicher, un agitador de tres al cuarto, o Anton Drexler, paradigma del obrero fanatizado por la propaganda, por el odio y por su propia estupidez, que hace buena aquella definición del antisemitismo como «el socialismo de los idiotas», hasta las grandes figuras del star system nacionalsocialista: Joseph Goebbels, principal artífice de esa «fábrica de símbolos», como la llama Gallego, que narcotizó la imaginación del pueblo alemán durante años; Hermann Göring, el conservador de toda la vida que, desmintiendo sus orígenes, se deja poseer por el vértigo de las emociones fuertes; Alfred Rosenberg, el ideólogo de la revolución conservadora; Heinrich Himmler, el hombre inmaduro y más bien insignificante que puso al servicio del nacionalsocialismo su «apariencia vaporosa, indefinible», y su «minuciosidad de andares de insecto»; Martin Bormann, otro burócrata del terror, al que el desmoronamiento del Tercer Reich catapultó a un papel estelar; o Albert Speer, sin rival en el difícil cometido de interpretar un nazismo de guante blanco.
Ferran Gallego se muestra cauto ante la posibilidad de establecer unos rasgos comunes entre personajes tan variopintos y de atribuir una causa histórica preponderante a su iniciación en el nacionalsocialismo. ¿Qué podían tener en común un hombre de exquisita formación y maneras refinadas como Speer con un aventurero de rasgos patibularios como Röhm? Gallego es consciente, además, porque conoce perfectamente los viejos debates sobre la cuestión, del grado de simplificación y reduccionismo que alcanzaron los modelos historiográficos establecidos en el pasado para interpretar el origen de los fascismos. Así pues, su prudencia está más que justificada. Pero, sin ánimo de rehabilitar viejas teo­rías periclitadas, al repasar el perfil psicológico y social de los protagonistas de este libro, es inevitable acordarse del primer capítulo de las Memorias de un europeo, de Stefan Zweig, titulado «El mundo de la seguridad». La Primera Guerra Mundial y su corolario, la Revolución rusa, pusieron fin, en palabras de Zweig, a «la edad de oro de la seguridad», aquel mundo maravillosamente previsible que el autor identifica con el Imperio austrohúngaro y que podríamos hacer extensivo a la Alemania guillermina y, en general, a la Europa de la belle époque. Quien más, quien menos, todo el mundo en Europa tenía –dice Zweig– «una conmovedora confianza en poder empalizar la vida hasta la última brecha contra cualquier irrupción del destino». Todo eso es lo que se vino abajo a partir de 1914 con la guerra, la revolución, la desmembración de los imperios y la terrible inflación de la posguerra, que afectó sobre todo a los antiguos imperios centrales y, en particular, a sus clases medias, acostumbradas a una vida estable y relativamente próspera y cuyos empleos vitalicios, ahorros y pensiones quedaron de golpe reducidos a la nada. El joven Himmler sería, como recuerda Gallego, un ejemplo perfecto del síndrome descrito por Zweig. En esas clases medias y, sobre todo, en una juventud desposeída de su futuro, el fin de «la edad de oro de la seguridad» se tradujo en un miedo cerval a casi todo, que, como reacción, llevó a estos sectores a descubrir el irresistible encanto de la violencia como panacea de todos los males.
«El nazismo –dice Ferran Gallego– es el resultado del miedo, pero crea el Terror». ¿Sólo el nazismo? Aunque en los últimos años han proliferado los estudios sobre la violencia en la Europa y la España de entreguerras, sigue sin calibrarse adecuadamente la fuerte transversalidad ideológica de eso que Mosse llamó la «brutalización de la política», que los sectores más diversos vieron como una catarsis necesaria en una sociedad agarrotada por un siglo de liberalismo. «En cierto modo –escribió el socialista español Antonio Ramos Oliveira en 1934, en un libro precisamente sobre Alemania– es lícito dar muerte o encarcelar y perseguir, aun sin delito concreto que lo justifique, al enemigo político». Pero una cosa era el asesinato como instrumento, a veces imprescindible, de la lucha política –esto es, «que se coja al enemigo y se le fusile»– y otra muy distinta, según el mismo autor, el sadismo con el que el fascismo perseguía a sus adversarios. La diferencia puede parecer muy sutil, casi una broma de mal gusto, pero en los últimos tiempos esta curiosa teoría ha tenido un inesperado eco entre algunos historiadores, empeñados en distinguir, en su visión de la España republicana y de la Guerra Civil, entre el sadismo de la derecha y la (legítima) violencia de la izquierda. Al final, la actitud hacia la violencia por parte de los historiadores al uso se reduce a algo tan sencillo como justificarla o condenarla según la practiquen «los nuestros» o «los otros». Ferran Gallego no cae, naturalmente, en este sectarismo retrospectivo, pero su estudio sobre los hechos de mayo en Barcelona recuerda más de lo que sería deseable a las obras más recientes de Chris Ealham (La lucha por Barcelona) y Helen Graham (La República española en guerra). De la comparación con estos dos autores puede deducirse que Barcelona, mayo de 1937 está lejos de ser el mejor libro del historiador catalán.
La historia es sobradamente conocida: a principios de mayo de 1937, milicianos anarquistas y trotskistas del POUM, por un lado, y fuerzas de la Generalitat, con el apoyo de los comunistas, por otro, se enfrentaron a tiros en el centro de Barcelona en una guerra civil a pequeña escala por el control de la retaguardia republicana. En aquel episodio se dirimieron, finalmente, las profundas discrepancias que, sobre la guerra y la revolución, ve­nían enfrentando a las diversas fuerzas de la izquierda catalana y, en menor medida, española. Al final, la derrota de los sectores revolucionarios más integristas permitió la plena ejecución de la Realpolitik impuesta por Stalin a los comunistas españoles. De esta forma, derrotado el peligro izquierdista representado por la CNT y, sobre todo, por el POUM, el Partido Comunista pudo dar rienda suelta a una estrategia política basada en la moderación y el pragmatismo, fruto de su tardío, pero fervoroso, descubrimiento de las bondades de la República democrática. Todo ello tuvo un epílogo sin el cual lo sucedido en los meses anteriores resultaría incomprensible, y fue el secuestro y asesinato, por agentes comunistas, del dirigente del POUM Andreu Nin, al que desde Moscú se consideraba un peligroso cómplice del trotskismo en un escenario clave para el proyecto hegemónico de la III Internacional. Es lo que los rusos que tramaron el asesinato de Nin llamaron operación Nikolai.
El libro de Ferran Gallego podía haber sido un excelente thriller político, no sólo porque la historia casi lo pone en bandeja, sino porque el autor, de cuya pasión por el cine y la literatura hay testimonios en abundancia, tiene una pluma particularmente dotada para ello. Ha optado, en cambio, por ofrecer al lector una minuciosa interpretación del proceso histórico que, tras el largo preámbulo iniciado en 1931, arranca en julio de 1936, con la victoria de la izquierda catalana sobre los militares sublevados, y desemboca en los hechos de mayo siguiente. A lo largo de esos meses fue gestándose una profunda crisis, finalmente irreversible, del antifascismo en Cataluña, polarizado entre su vocación revolucionaria y su práctica gubernamental. Todo eso está muy bien, pero 627 páginas parecen demasiadas, sobre todo por las escasas concesiones a la narración que hace Ferran Gallego, en una obra que se presta tanto a ello, y por su tendencia al análisis micro de situaciones y matices que en una realidad tan fragmentada como aquélla, espejo roto de una revolución imposible, pueden multiplicarse hasta el infinito. Tampoco puede decirse que los diversos registros del lenguaje mezclen del todo bien: uno, muy bello y sugerente, llena el libro de hermosas metáforas y de referencias literarias más o menos explícitas, como la frase que abre y cierra el libro: «La heroica ciudad duerme la siesta»; el otro, manifiestamente tributario de la jerga de las ciencias sociales –«espacio», «identidad», «sujeto», «discurso»–, da a la obra un tono pesadote y farragoso que no contribuye precisamente a mejorarla.
Aquí y allá vamos encontrándonos con la fascinación que la izquierda revolucionaria sentía por la violencia purificadora. Hay incluso un punto de necrofilia en algunos episodios narrados por el autor, como el entierro en Barcelona del líder anarquista Buenaventura Durruti, ese Millán Astray de la izquierda española muerto en extrañas circunstancias en el frente de Madrid. No deja de ser curioso que, cincuenta años después, una revista madrileña representativa del fascismo tardío, La Peste negra, dedicara su portada a conmemorar el aniversario de la muerte de Durruti, cuya fotografía aparecía acompañada del grito falangista «¡Presente!» y de una cruz céltica. Un artículo de fondo, recogido en el interior, reivindicaba su figura bajo el título «Durruti, ¡presente! ¿Anarconacionalismo?». El dato aparece al final del reciente libro de Ferran Gallego sobre la historia de la extrema derecha española entre 1973 y 2005, un verdadero prodigio de erudición en la materia, que permite al autor poner al descubierto decenas de efímeras publicaciones de tal signo y, con ellas, la errática trayectoria de este fascismo residual y, en algunos casos, como el citado, bastante extravagante.
El vertiginoso cambio del país a lo largo de aquellos años, que abarca situaciones tan diversas como el tardofranquismo, la transición, el gobierno de Felipe González, un doble mandato del Partido Popular y la vuelta del PSOE al poder, tuvo mucho que ver, sin duda, con el desconcierto de la extrema derecha española y sus crecientes problemas de adaptación al medio. Lo que empezó siendo, en tiempos de Blas Piñar y Fuerza Nueva, una especie de conciencia crítica de un franquismo a la deriva ha acabado como una opción antisistema sin verdadero arraigo entre sus bases naturales. Es posible que la sensación de haber perdido la partida alimentara un afán de autenticidad –de perdidos al río– que forzosamente tenía que traducirse en actitudes tan excéntricas como marginales. Ferran Gallego describe muy bien un proceso plagado de sorpresas y paradojas, entre ellas el hecho, bastante insólito, de que un país como España carezca de una extrema derecha significativa en términos electorales. Sus «quince minutos de gloria» se reducen al escaño que en 1979 obtuvo Blas Piñar por Madrid, que lo llevó a compartir grupo parlamentario con Juan Mari Bandrés y a asistir en directo, desde su escaño, al golpe de Estado de 1981. No diremos que lo demás es silencio, pero el protagonismo de este sector en la política española no hizo desde entonces más que diluirse o, como mucho, travestirse de populismo en candidaturas como las de José María Ruiz Mateos y Jesús Gil.
Una patria imaginaria es una buena muestra de las mejores virtudes de su autor, entre ellas un exhaustivo conocimiento del tema, que va más allá del caso específico de una extrema derecha terminal y bastante pintoresca representada en España por un sinfín de grupúsculos de variada condición. Ferran Gallego es probablemente el mejor especialista español en los viejos totalitarismos, sin duda la criatura política más representativa del siglo XX. El fenómeno analizado en este libro tiene poco que ver con esa máquina de matar que fue el fascismo entre los años veinte y cuarenta. Su prolongación en la historia de España más allá de su ciclo europeo tal vez esté en el origen de sus problemas de identidad, que le han impedido resurgir como fuerza electoral en términos similares a la pujanza que tiene en países de nuestro entorno. Todos los intentos han resultado fallidos, ya sea por errores estratégicos, por su tendencia al fraccionalismo y al personalismo, por el lastre de la nostalgia –un grupo renovador llegó a pedir la «respetuosa cancelación externa de las sim­bo­lo­gías»– o, simplemente, porque la fuerza de la democracia española es, hoy por hoy, muy superior a cualquier tentación rupturista, por lo menos la que viene de la extrema derecha. Los argumentos de Ferran Gallego resultan abrumadores, en parte por la elocuencia de la impresionante documentación en que basa su estudio. En esos textos suena, aunque ya muy tenue, una voz familiar: la de las ideologías de la muerte típicas del período de entreguerras. Hay en esta literatura tardofascista una innegable violencia verbal, evocadora de tiempos mejores, pero sin verdadera capacidad de intimidación. Y sin esto último, la extrema derecha, como dice Gallego, quedó reducida a una «contingencia incomprensible», a una simple «extravagancia que parecía insultar la misma memoria que decía proteger».

 

01/01/2008

 
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