ARTÍCULO

Cuando sólo nos quedan las razones

 

El libro que comentamos se propone, en síntesis, calibrar el alcance de la crisis del socialismo y los intentos de su reconstrucción.Aspira el autor a combinar el punto de vista normativo y la investigación teórica y analítica. En apariencia, un propósito nada nuevo. Lo extraordinario es que de un intento tan repetido haya resultado un producto así de solvente por la información exhaustiva que maneja, persuasivo por las buenas razones con las que defiende sus tesis y, por si fuera poco, tan bien escrito. Sin duda, el mérito primero de esta obra arranca de ese estilo intelectual con el que su autor elabora la filosofía política. En ese ámbito sabe conjugar el punto de vista del metodólogo y el del participante. Por eso su aproximación a este asunto se aprecia como una mirada rigurosa y empática, que trata de convertir los argumentos en razones para la acción, tanto de quien practica la política como del que la piensa. Höffe decía que una mala hibridación de teoría y praxis da lugar a una teoría mediocre y una mala práctica. Justamente estamos ante el caso contrario. La sensibilidad metodológica de Félix Ovejero se trasluce en unas páginas cuajadas de saludables advertencias que hay que agradecer: deben seleccionarse bien los problemas y saber plantearlos; una elemental higiene analítica obliga a hilar fino en la elección de las palabras, a pulir los conceptos, a precisar sus genealogías, no dando por buenos los contenidos que la propaganda o el bombardeo mediático les otorga; como expresamente se recuerda, repasar la historia importa (p. 107). Todo ello no va en detrimento de la vecindad de la política. Es más, logra convertirla en una forma imprescindible de la virtud de la prudencia. Ayuda a evitar el autoengaño, los trucos intelectuales o el aliento de paraísos imposibles y, sobre todo, a no ignorar los dilemas ni a confundir las prioridades. En este ensayo, casi tanto como en sus intervenciones en el debate político actual, se nota que nuestro hombre aborrece de esa izquierda biempensante que se enreda con las nuevas etiquetas sin contraponerles las ideas propias, que confunde «el debate académico con la historia material» (p. 36), que muestra poca sensibilidad por los problemas distributivos de siempre y olvida que la justicia tomada en serio compromete también las elecciones personales e implica cierta continuidad entre ética privada y moral pública (p. 251). Gracias a la sabia combinación del punto de vista del observador y del participante, el lector se encuentra a un tiempo ante un crítico conspicuo del socialismo y un socialista cabal que continúa proclamando su lealtad al ideario y su esperanza de encontrar todavía alguna forma de llevarlo a la práctica. PROYECTOS Y PROCESOS Vayamos ya con los contenidos concretos del libro. Su leitmotiv es la constatación del fracaso de los distintos proyectos históricos orientados a realizar el socialismo. Claro que la cuestión crucial estriba, como se señala desde el primer momento, en determinar el territorio de la crisis. ¿Han fracasado los principios inspiradores, el ideario distintivo o bien los diversos programas que han tratado de llevar a la práctica el socialismo? Como hipótesis central se subraya que los problemas del socialismo brotan en la confluencia de los proyectos y los procesos, en ese punto en que aquéllos tratan de incidir en los escenarios reales, un escollo estratégico, por cierto, frente al que se han estrellado buena parte de los movimientos emancipatorios de la modernidad. Explorando ahí podemos identificar además los distintos dilemas que plantean las pretensiones de realización completa de este ideal emancipador: identidad y poder, la revolución y sus costes, mercado y democracia, escala de la política real y demanda de un horizonte internacionalista. Todo el capítulo tercero está dedicado a evaluar los tres proyectos normativos más relevantes desde el punto de vista histórico: el de Marx, el socialismo real y la socialdemocracia. Explicita en cada caso los falsos supuestos, los marcos institucionales y sistemas de coordinación, las acciones y estrategias, así como los dispositivos que tales proyectos demandaban y los que sus aplicaciones de hecho provocaron. Fallaron los proyectos porque algunos de sus supuestos eran insostenibles e infundados. Embarrancaron las transiciones al socialismo porque los objetivos de los proyectos desencadenaron procesos que caminaban en dirección contraria a los principios o porque las motivaciones reales de los individuos determinaron prioridades que no se orientaban en el sentido de los proyectos. El diagnóstico se cierra indicando la naturaleza resultante de cada uno de aquéllos: quimera, utopía vuelta del revés y logros parciales. En cuanto a Marx, el fracaso hay que imputarlo de raíz a la presunción de una sociedad con recursos ilimitados, así como a una filosofía de la historia subyacente a su teoría social, gracias a lo cual la extensión del ideario se consideraba garantía del cumplimiento del proyecto del socialismo. Se pasaba por alto que los contextos de escasez, una naturaleza humana compleja y el conflicto expresan circunstancias inherentes a la especie y a sus condiciones de reproducción. Por otro lado, tras el proyecto del llamado «socialismo real» latía la creencia de que, suprimida la propiedad y los mecanismos del mercado, desaparecerían los problemas de coordinación, así como la alienación entre los procesos y sus actores. Como ocurre en los casos de desarrollos políticos fuertemente voluntaristas e ideologizados, se obvia el hecho del pluralismo en sus diversas dimensiones y que los procesos reales no dependen en buena medida de la voluntad de la gente. Se opta entonces por un intervencionismo autoritario que trata de imponer las condiciones institucionales y motivaciones que, se supone, permitirán la consecución de los propósitos (p. 115). Finalmente, el modelo socialdemócrata, escaldado por los fracasos de los otros dos proyectos, se asienta sobre dos escepticismos: uno se refiere a los motivos y disposiciones de la gente, el otro a los rendimientos de mecanismos de coordinación alternativos al mercado, si bien la confianza en éste queda matizada. Sus disfunciones deben ser corregidas por un Estado del bienestar que trata de garantizar resultados igualitarios en el marco de un régimen de competición democrática. Si, como se dice, «el proyecto socialdemócrata es lo más cerca que los socialistas han estado de "asaltar el cielo"» (p. 126), ¿dónde radica su fallo? En la ausencia de una ciudadanía con las disposiciones cívicas adecuadas. De ahí que la socialdemocracia ni haya podido salvar históricamente su particular dilema entre identidad y poder ni esté hoy en condiciones de asegurar la reproducción estable del Estado del bienestar y de una democracia valiosa acordes con los desafíos de las nuevas sociedades del siglo XXI (capítulo 5). La socialdemocracia podrá superar su crónica inestabilidad cívica si se actúa, de una parte, atendiendo a los intereses a corto plazo de una mayoría con vistas a alcanzar el poder y, de otra, en una dirección que preserve a medio plazo el Estado del bienestar. Todo ello obliga a producir cambios no sólo en las circunstancias económicas que logren cierto bienestar básico e independencia, sino también en los contextos normativos, propiciando instituciones congruentes con los principios que alienten una ontología social virtuosa, bien diferente de la que nutre al ciudadano consumidor en la esfera de lo político, lo social y lo económico. Fracasados, pues, los modelos clásicos, se analizan intentos recientes de reconstrucción y aplicación del proyecto socialista. En primer término se evalúa el alcance de la tercera vía, propuesta de renovación de la socialdemocracia protagonizada por Blair e inspirada, entre otros, por el sociólogo Anthony Giddens (capítulo 4). Según Ovejero, lo que distingue a esta iniciativa es apelar a lugares comunes como novedades, a ideas de otros como prueba de arrojo teórico y no tener claras las prioridades. Por eso confunde criterios de racionalidad mesológica como la eficiencia con valores éticos y define como problemas de identidad lo que en realidad son problemas estratégicos, resultando de todo ello una amalgama de enfoques normativamente antagónicos. Creo, por mi parte, que la tercera vía no es ni tan nueva ni tan mala; más bien retoma, acomodándolo a las nuevas circunstancias, un distintivo secular de la socialdemocracia que no pocos consideran clave de sus éxitos: su capacidad de adaptaciónGerassimos Moschonas,In the Name of Social Democracy.The Great Transformation: 1945 tothe Present, Londres, Verso, 2002.. Eso sí, comparto con el autor la opinión de que la tercera vía –pero al igual que el resto del movimiento socialdemócrata– promociona estrategias que no tienen en cuenta las actitudes cívicas imprescindibles para el desarrollo estable de cualquier proyecto de renovación democrática e igualitaria. Si severa me parece la descalificación que hace de la tercera vía, excesiva considero la confianza que Ovejero deposita en soluciones «experimentales», procedentes en muchos casos del mundo académico, tales como el socialismo de mercado, la propiedad republicana o la renta básica. Precisamente justificar la idoneidad de esta última es el propósito del capítulo 6, el cual, por cierto, resulta particularmente enjundioso porque allí se recapitulan con bastante acierto los requisitos exigibles a los proyectos políticos. Éstos necesitan distinción normativa, es decir, potencial discriminatorio respecto de otras propuestas. Además tienen que ser compatibles con el conocimiento teórico disponible. Deben probar también que son factibles, que hay habilitados recursos y corredores de la acción que acercan a los objetivos.Y, por último, los proyectos han de gozar de cierta estabilidad y engendrar dinámicas, motivaciones y disposiciones que aseguren su continuidad. Pues bien, a pesar de que en algunos pasajes se sostiene que esos nuevos intentos programáticos satisfacen tales requisitos y que en ciertos casos potencian cambios irreversibles (p. 94), en sus aleccionadoras consideraciones de cierre Ovejero no escamotea los problemas de eficacia y eficiencia, de viabilidad y estabilidad que a medio plazo plantean aquellas soluciones alternativas. LA IDENTIDAD INALTERABLE Hay una convicción que recorre todo el libro: los problemas del socialismo son ajenos a la identidad socialista y al núcleo básico del proyecto. Una y otra vez se insiste en que «los lugares de la crisis son otros: la transición al socialismo y la materialización del proyecto» (p. 75). Precisamente en ese afán por demostrar que los fiascos del socialismo no certifican su defunción, toda la primera parte se centra en la anatomía del ideal socialista partiendo del examen de sus fundamentos normativos. Lo primero es argumentar la vigencia de la interpretación que de los principios ha hecho la tradición del socialismo. A este respecto hay aquí pasajes de una gran claridad explicativa y fuerza argumental, corroborando que los principios pueden tal vez ser abstractos pero no vagos, sino claros y distintos (p. 249). La libertad significa, ante todo, poder y control, y así se recaba para el socialismo la tesis republicana de que la libertad demanda para realizarse una sociedad justa. Por eso la TEORÍA POLÍTICA revista de libros número 106 octubre 05 17 independencia propia, que no puede quedar al albur de las acciones arbitrarias de los otros ni del azar social o la lotería natural, se cimenta en la vida pública, dado que la libertad y el bienestar de uno depende de que se procuren y preserven las condiciones de la libertad y el bienestar de los otros. Por lo mismo, la libertad se identifica también con autogobierno, entendido como poder de participar en la confección de las normas y reglas que rigen la propia vida, así como sometimiento colectivo a la ley justa que los ciudadanos se dan a sí mismos. Ésta se concreta en la posibilidad de cribar racionalmente los propios deseos y disponer de un conjunto de opciones reales (informadas, no falsas) y relevantes (no triviales). Y ello alienta la autorrealización al estilo del ideal clásico de vida buena, es decir, como capacidad de actualizar las potencias y talentos en pro de la excelencia humana (pp. 7880). Claro que para que tales aspiraciones no sean una entelequia se requieren, en primer lugar, ciertas condiciones estructurales de igualdad que habiliten el desarrollo de esas posibilidades a todos y cada uno; y, en segundo lugar, cierta disposición a la fraternidad, la cual no demanda simetría entre aportación y distribución, sino que valora el bienestar de los otros como parte del propio bienestar (pp. 49-51). Comparto la vigencia de esta interpretación socialista de la divisa ilustrada y sus potenciales rendimientos prácticos.A mi entender, su valía permanece inalterable como fundamento de un estándar de justicia tan básico y universalizable como el de la justicia democrática. Pero, a juicio de Ovejero, esa concepción distintiva de los principios resulta insuficiente y hay que completarla con idearios y proyectos.A la hora de criticar la realidad y establecer prioridades, se requiere un diseño global alternativo de sociedad dotado de potencial discriminador. De ahí que juzgue parte imprescindible del ideario la descripción de la futura sociedad socialista como meta a la que se aspira (pp. 30-31). Por lo demás, el ideario, aun considerado «proyecto en estado puro», demanda traducir a propuestas programáticas su irrenunciable vocación de acomodar la realidad a sus objetivos y de plasmarse de forma completa. Lo que sorprende, con todo, de su razonamiento es que considere por igual a principios, ideario y proyecto básico constantes inalterables. De lo contrario, dice, los avatares de la historia terminarían difuminando el ideal. Y, sin embargo, emplea buena parte de su munición argumental en demostrar que han sido precisamente las insuficiencias de los proyectos y sus refutaciones históricas las que han arruinado en muchas ocasiones la aplicación de los principios, convirtiendo el ideario socialista en lo que Bobbio denomina con acierto una «utopía capovolta». El autor insiste una y otra vez en que no hay crisis de identidad y que el núcleo se mantiene intacto. Pero no se compadece bien con su probada sensibilidad crítica este empeño en sostener que los problemas del socialismo son siempre del «cómo» y nunca del «qué» (p. 235).Ya sólo las contradicciones apuntadas en el libro entre proyectos y procesos, fines y medios, acciones y resultados, dan motivos sobrados para dudar al menos de la vigencia del ideario y recelar de la plausibilidad de cualquiera de los intentos por darle cumplimiento de manera total y completa. EL SOCIALISMO Y LA JUSTICIA COMPLETA La comparecencia de dilemas entre principios que inspiran el ideario socialista y proyectos que pretenden llevarlos a la práctica representa una de las conclusiones más evidentes del ensayo. El primero de esos dilemas se refiere a la compatibilidad entre los propios principios a la hora de su ejecución (p. 98), algo que sin duda evoca esas tensiones insuperables entre valores sobre las que tanto insistía Isaiah Berlin. El otro importante dilema que aflora alude a la posibilidad misma del socialismo (p. 93). Para empezar, cualquier lector bien dispuesto agradecerá las explicaciones acerca de cómo y por qué los distintos proyectos socialistas se convirtieron en una «ilusión de solución» o bien arruinaron el logro de los objetivos fijados en los principios. Hay, además, en estas páginas un retrato fiel de los vicios de la izquierda: unos fueron originados por la anteojera sectaria, el reflejo dogmático y el apriorismo de la actitud antisistema como recurso; otros, por la ignorancia y el simplismo causados por la ceguera de los buenos sentimientos que pasa por alto las incompatibilidades teóricas, normativas o empíricas de los idearios (pp. 31-32). Pero si la realización del socialismo ha ido de esta manera, si las transiciones han dado los resultados que han dado, sorprende que Ovejero no infiera otras conclusiones respecto de la vigencia de la «buena sociedad socialista» y su viabilidad. Por el contrario, como ya se señaló, insiste en que de identidad no se discute: se es o no se es, y punto (p. 131). Pues bien, aun aceptando la idea de que las derrotas políticas no determinan por sí mismas el fracaso de los ideales y que la crisis del socialismo se desencadenó a partir de los problemas del «cómo», ¿no son justamente ciertos contenidos del par ideario/proyecto socialista en sí –problemas del «qué»– los que de alguna manera empujaban hacia esos procesos indeseables o hacia esas dinámicas de fracaso e incumplimiento? Cuando la historia enmienda de esta manera las aspiraciones, hay que acomodar los principios, al menos rectificando su traducción en ideario, al igual que sus metas.Y es que en los proyectos políticos su calidad depende en parte de su rendimiento, de las pasarelas entre su formulación ideal y su aplicación y de las consecuencias indeseables que dicha aplicación acarrea. A mi entender, ideario y proyecto originario del socialismo han fracasado, entre otras razones, porque en su diseño normativo se abrigan expectativas de realización completa de la justicia y se estima un fiasco cualquier logro parcial de sus objetivos. Tras esa pulsión de completud se esconde un pathos perfeccionista que difícilmente puede evitar la deriva hacia un paternalismo político incompatible con los criterios de una justicia de inspiración democrática. De ahí que tantas veces el destino de su programa máximo, cuando no quedó en pura retórica, haya desembocado en resultados nefastos o de un alto coste material y moral. Precisamente ciertos pasajes del libro se hacen eco de este problema. Por ejemplo, cuando se afirma que en un contexto de escasez la igualdad socialista sólo puede alcanzarse de modo autoritario, es decir, comprometiendo las perspectivas de realización de principios señeros del socialismo, tales como autogobierno y autorrealización en tanto que formas de la libertad (pp. 99 y 112). De otra parte, anhelar la instauración completa del socialismo choca con las muchas pruebas desplegadas en este trabajo de realismo moral y conocimiento del terreno de la política.Así, se afirma que sobre los ideales prácticos hay que decidir en situación, a partir del reconocimiento de las asimetrías de poder y la desigual capacidad de influencia; importa y mucho el primado de la frónesis; cuenta la eficacia electoral, banco de prueba en el que proyectos y procesos se cruzan y templan su relación (pp. 246-247); se constata una y otra vez que los marcos institucionales no alientan exigencias de racionalidad y justicia en los términos planteados por el socialismo...Aun contando el autor con análisis irrefutables sobre el deficiente funcionamiento del capitalismo, nada de ello, según él mismo confiesa, aporta razones adicionales de que sean viables funcionamientos alternativos al del mercado a la hora de promover coordinación y eficiencia o de la probabilidad de una mayoría social dispuesta a adentrarse en la aventura de un escenario diferente (pp. 91 y 198). Lo que sí está al alcance es producir ciertas circunstancias de justicia parcial e incompleta, introducir sistemas distributivos o compensatorios que rompan parcialmente con los procedimientos propios del capitalismo, estableciendo al tiempo derechos sociales que mitiguen las peores consecuencias de aquél. De lo que disponemos, en todo caso, es de escenarios de reformas, reversibles y abiertas a nuevas rectificaciones, que inspirándose en los principios originarios del socialismo alivien ciertas patologías y dilemas de los señalados. Algunos de esos remedios se apuntan en estas páginas, entre otros un constitucionalismo fuerte que excluya de la competencia electoral las condiciones básicas de la supervivencia y aliente la continuidad cívica, tanto para nosotros como para las generaciones futuras (p. 253). No creo, en fin, que los buenos argumentos del libro confirmen la actualidad del socialismo. Sí la de sus principios, el sentido de sus preguntas y el realismo informado que inspiró su indignación moral. No obstante, un balance del legado del socialismo como el de este Proceso abierto obliga a tomarse aún más en serio la responsabilidad de quienes, por lealtad biográfica y convicción, nos sentimos tributarios de aquel ideal: la de unir el destino de una socialdemocracia renovada al espíritu republicano, a fin de reforzar el vínculo entre justicia y libertad y superar la despolitización de una ciudadanía muy necesitada de reactivar sus talentos cívicos. Para esta tarea el lector encuentra en el libro criterios valiosísimos, indicaciones acertadas de caminos que abandonar y, sobre todo, un ejemplo aleccionador de su recomendación última: «No vender humo».

01/10/2005

 
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