ARTÍCULO

Caminos de la sutileza

Lumen, Barcelona
Trad. de José Manuel Álvarez Flórez
992 pp. 28,90 €
Impedimenta, Madrid
Trad. de José C. Vales
232 pp. 19 €
 

Da igual si uno lee una traducción: uno «oye» a los personajes de Eudora Welty como si estuviera con ellos tomando el té en el hoy visitado jardín de la escritora en Jackson (Mississippi), o bourbon con olor a madera entre los dolientes de un velorio como el que cuenta en La hija del optimista. Algo que, por otra parte, suele suceder con los escritores del «Sur»: Faulkner, sin duda (paisano y contemporáneo suyo), Sherwood Anderson (el referente de varios de ellos) a veces Capote y también Flannery O’Connnor o Tennessee Williams. Aparte del fuerte acento lento y cadencioso, que la gente del sur de Estados Unidos lleva como una bandera frente al cerrado y para ellos brusco acento «yanqui», podría proponerse una interpretación sencilla: es una literatura que siempre trata del hombre, el ser humano –y la voz es casi su primera característica–, y da igual en qué momento o empeño le ha sorprendido la escritora. Dicho lo cual es difícil equivocarse sobre el lugar en el que escribió: el sur de Estados Unidos, y el más conocido. El «río», el Mississippi, la lánguida naturaleza de rosas y atardeceres, el Pasado al fondo y la Memoria en primer plano, los rangos sociales, las reuniones de señoras, los velorios, la presencia de blancos, con sus nombres, frente a los negros, a menudo sin ellos.
Con características propias, y esa es la razón de que la leamos, la literatura de Eudora Welty (1909-2001) refleja sin duda su tiempo y sus cambios, que fueron muchos. Y que también fijó en su obra fotográfica, centrada sobre todo en la época de la Depresión (trabajó en un encargo parecido al célebre que Walker Evans publicó en el libro Elogiemos ahora a hombres famosos, escrito por James Agee), con el talento para la composición original, el detalle significativo y el matiz que atraviesan también sus cuentos.
Los empeños de los personajes de Welty son casi siempre difusos, al menos en muchos de estos Cuentos completos, lo más importante de su obra que Lumen publica ahora, en su centenario y coincidiendo con la edición en español de La hija del optimista (1972), por muchos considerada su mejor novela. «Remembranza», por ejemplo, se limita a proponer el contraste entre un delicado recuerdo y la vulgaridad de unos bañistas. Sus bañadores «viejos y descoloridos [...] no ocultaban ni la energía ni la fatiga de los cuerpos, sino que las mostraban con exactitud». No sucede casi nada, o nada importante. Pero da a cambio una visión del mundo.
A menudo son tramas tan leves que recuerdan la escritura en apariencia cotidiana pero enigmática y sugerente de la brasileña Clarice Lispector: en «Una cortina de follaje», una mujer que se dirigía a hablarle a un empleado negro se desmaya en su jardín bajo la lluvia. Nada más.
Un inesperado recorte de la historia, igual que en una foto, la hace única. En «Muerte de un viajante», cuando finalmente el protagonista cae al suelo, sólo por el título sabemos que ha muerto, pues en el texto no se dice. (Borges explicaba, en relación con «El Sur», su cuento preferido, que si al final el protagonista muere, tras salir a la calle para una pelea, es algo irrelevante. Lo importante es que haya tenido el valor de salir). Más que de «ausencia de trama», de lo que habría que hablar en los cuentos es de una cierta «debilidad» buscada de la historia, que permite varias cosas, y alguna revolucionaria. Welty no respeta, por ejemplo, la muy seguida ley según la cual todas las energías del cuento deben concentrarse en contar sólo esa historia, vista la poca extensión del relato corto. Los suyos, en cambio, mientras proponen una historia dejan abierta la posibilidad de otras, como sucede en la vida real. Esa «ausencia» o menor presencia de tramas permite y favorece algunos de los principales valores de la escritura de Welty: la sutileza y atención al detalle, y la sensualidad: en «La llave», una pareja de sordomudos ahorra durante años para viajar a las cataratas del Niágara, pues sólo allí podrán sentir (oír) la caída del agua.
Esa menor trama de algunos cuentos –no en la novela–, le permite también recrearse en las imágenes, igual que un pintor. Así, un autoestopista espera al borde de una carretera «con el pie sobresaliendo como una raíz vieja». O una chica toca el violín «con movimientos parecidos a los de un insecto, las melancólicas antenas de sus brazos y la inmovilidad de su rostro». Son imágenes que a menudo revelan un gran sentido de la observación precisa, como se correspondería con la fotógrafa que era Welty. Así, «lo delicados» que llegan a creerse los viejos: «su forma de caminar, igual que conspiradores, un poquito inclinados, llenos de prevención». Viejos que (en otro cuento) acostumbran a usar «una voz belicosa cuando hablan solos».
Por la obra de Welty cruza una suerte de sobriedad anglosajona, no exenta de moral. Pero lejos de la moralina políticamente correcta que tanto se respira hoy en Estados Unidos, de lo que se trata, en la mejor tradición del relato norteamericano (Twain, O’Henry, London, incluso Hemingway), es de contar las cosas como fueron en realidad. Y casi siempre fueron en grises, nunca en blanco y negro, como en la fotografía. En «Una visita de caridad», una niña hace una visita a una anciana solitaria, pero lo hace para subir nota en la escuela.
Como puede verse en su novela La hija del optimista, obra de madurez escrita en los años setenta y novedad en español, esa tensión hacia la verdad no se hace a través de la carretera principal de las informaciones, sino a través de los caminos de la sutileza y la sugerencia: los detalles, las imágenes, con frecuencia en conversaciones, los adjetivos... De todo ello van deduciéndose los hechos que constituyen la carretera central.
Con probabilidad inspirada en su experiencia cuando visitó a su padre en sus últimos días en Jackson, y en la casa donde habría de vivir buena parte de su vida, La hija del optimista recoge una trama que es casi un género: el regreso a casa para asistir a la enfermedad y muerte de un padre. Pues bien, sin apartarse un centímetro del ritual más previsible que existe –enfermedad, muerte, funeral y despedida–, Eudora Welty consigue sugerir, más que contar, todo ese mar de emociones que cuelga del dolor puntual de una muerte, y además trascenderlo: esto es, no sólo contar esa muerte, sino a través de ella contar el modo de vivir el duelo de toda una cultura y, más aún, contar cómo ha evolucionado. Una sutil proeza.

01/01/2010

 
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