ARTÍCULO

Milagro español: Sí pero menos

 


En su nuevo libro, David Ringrose desembarca en la historia económica y social de la España de los siglos XVIII y XIX con una fe e intensidad propias de un misionero. Pretende ofrecer una visión nueva del devenir de España en los últimos tres siglos. De paso, se dedica a enmendar, al menos aparentemente, a la plana mayor de la historia económica española. Ringrose ha redactado un libro con aire polémico, casi condescendiente; un poco como si él hubiese comprendido bien la historia de España y los demás no. Es un hombre empeñado en rectificar de una vez por todas los errores conceptuales que tanto daño han causado a nuestra forma de comprender el pasado de España. Claro; como suele pasar en casos así, al final no es tan duro con sus colegas, su libro es cautelosa pero no radicalmente innovador, y no podía haberse escrito sin la multitud de contribuciones de enorme interés precisamente de esa escuela de historia económica que tanto critica. El libro de Ringrose es, pues, muy ambicioso, y como tal ha de juzgarse. Abunda en erudición bibliográfica (en algunos casos algo desfasada), sin aportar apenas investigaciones propias nuevas. Al proponerse la elaboración de una visión de conjunto diferente de la historia económica y social de España, se trata más bien de un ensayo. Buena parte de sus ideas parten de trabajos hechos por historiadores anglosajones, centrados en otros contextos europeos, que el autor adapta a la realidad histórica española.

El ensayo está basado en varias premisas del autor. Algunas de ellas se refieren al enfoque –a las perspectivas– que hay que utilizar a la hora de aproximarse a la historia de España, y otras a la interpretación de esa misma historia. Ringrose parte del convencimiento de que la historia de España, al menos entre 1700 y 1900, lejos de ser la crónica de un fracaso como tantas veces se ha afirmado –incapacidad para crear una sociedad moderna, incapacidad para lograr un crecimiento económico comparable al de otros países europeos, incapacidad para pasar por una Revolución Industrial digna de ese nombre, incapacidad para crear una clase empresarial–, es más bien la crónica de un gran éxito, donde el crecimiento económico fue continuado, donde la sociedad cambió profundamente, donde los contratiempos económicos, políticos y sociales no dejaban secuelas duraderas, y donde se empezó a forjar una clase política y económica nacional. Es también la historia de un proceso en el que mucho de lo novedoso que se pudo ver durante el siglo XIX tuvo de hecho sus orígenes en el siglo anterior, de suerte que el hilo conductor de esta historia no se ve realmente interrumpido ni por la caída del Antiguo Régimen, ni por la pérdida de las colonias, ni por los otros contratiempos que jalonan la historia de cualquier país y que desde luego han estado muy presentes en la historia de España. Por implicación, me parece que el autor también vería las raíces del milagro político, económico y social de España de los últimos treinta años hundirse en esa España del pasado, y en concreto en los siglos XIX y XVIII.

El autor considera que la mayor parte de los historiadores españoles está profundamente influida por una «autopercepción negativa» (pág. 26) basada en una interpretación de la historia del país como un fracaso. Ello se debe en primer lugar, siempre según el autor, al empeño en comparar al conjunto de España con otras naciones europeas, sobre todo con las más aventajadas, las más ricas y las más modernas. Lo llama el «engaño de las comparaciones» por el que España siempre queda en mal lugar si se le compara en lo económico, lo político o lo social con países como Inglaterra. Cree que una parte de este equívoco radica en la utilización machacona de la nación en su conjunto y de indicadores nacionales como referente, cuando otras configuraciones políticas y económicas serían más pertinentes. La segunda razón de ese pesimismo con respecto a los logros históricos de España, tiene sus raíces en las tradiciones historiográficas que habitualmente han tratado a España como un fracaso. Los grandes éxitos cosechados por España en las últimas décadas animan a los historiadores, y a Ringrose entre ellos, a revisar esta visión tan tradicionalmente negativa de la historia de España.

Esta perspectiva «optimista» le lleva a enfatizar las continuidades de la experiencia histórica española. Para Ringrose siempre ha habido hombres de empresa, siempre se han producido reacciones rápidas ante oportunidades económicas, siempre han existido las bases de una clase política nacional, siempre ha habido tensiones y pactos entre poderes y elites locales y nacionales, siempre han existido sistemas regionales de actividad económica y asentamiento urbano que han dado coherencia a lo que podríamos considerar la «nación» española. Todos estos factores estuvieron presentes en la España del Antiguo Régimen, en la del siglo XIX y, sin duda alguna, en la del siglo actual. Los cambios y las adaptaciones casi siempre han tenido éxito. Así el crecimiento económico entre 1700 y 1900 fue continuado y aunque en 1900 España seguía siendo fácilmente reconocible en función de sus formas históricas de ser, tenía una sociedad y una economía profundamente diferentes con respecto a uno o dos siglos anteriores. Esta realidad le lleva al autor a minimizar la importancia de todo aquello que rodea el período 1790-1840, con la caída del Antiguo Régimen, la pérdida de las colonias de ultramar, y los procesos desamortizadores. Cada uno de ellos hizo mella en la sociedad y la economía de España, pero siempre de forma pasajera.

El cuerpo del libro está estructurado en tres partes generales, dos dedicadas a la actividad económica y su forma de configurar la realidad del país, y la otra centrada en la naturaleza de las redes políticas y de las elites locales y nacionales. A fin de tomar el pulso a la economía de España, el autor utiliza dos indicadores bastante dispares: el comercio –en particular el comercio exterior– y, en menor grado, la población. Ambos son indicadores discutibles, sobre todo el segundo, pero también es cierto que son ubicuos. Más que la inclusión de estos indicadores, sorprende la ausencia total de otros existentes como, por ejemplo, los salarios reales o, para la última parte del período estudiado, el producto interior bruto por habitante. De haberse utilizado, algunas de las ideas del autor hubiesen encontrado confirmación mientras otras, por el contrario, hubiesen perdido validez.

En lo referente al comercio exterior (caps. 4-6), el autor subraya el auge del mismo, sobre todo después de mediados del siglo XVIII. Al principio, es el comercio con América el que estimula la mayor parte de este crecimiento aunque la pérdida de la mayoría de las colonias impone un cambio de rumbo. Durante el siglo XIX, la actividad comercial con Cuba y Filipinas siguió siendo importante y otros centros de actividad surgieron, de modo que el crecimiento de la actividad comercial continuó sin apenas interrupción. Tomado el período en su conjunto, la pérdida de las colonias parece perder importancia ya que tan sólo supuso un contratiempo pasajero para la actividad comercial española (págs. 196-208). Su análisis destaca la importancia de los hombres de negocios y la forma en que respondieron a las oportunidades de mercado para invertir en actividades comerciales en un mundo en cambio. Postura similar adopta el autor al analizar la propiedad de la tierra (cap. 7), donde subraya que el proceso de privatización de la tierra no fue obra exclusiva de los procesos desamortizadores del siglo XIX sino que venían plasmándose desde épocas anteriores.

Más innovadora pero también más arriesgada, en mi opinión, es la sección dedicada a los distintos sistemas urbanos regionales que propone como el marco más apropiado para comprender el desarrollo histórico de España. Mantiene que la actividad económica se estructuraba y fluía a través de las redes urbanas regionales en la península, más que en función del conjunto del país que, según el autor, tenía poco sentido específicamente económico durante el período estudiado. Identifica cuatro de estos sistemas regionales, cada uno de ellos con sus características específicas y su propio desarrollo histórico. En cada contexto regional el autor encuentra estrategias comerciales y económicas «de éxito» puestas en práctica ante los cambios políticos y económicos. Este dinamismo económico estimuló una progresiva expansión de cada una de estas redes urbanas más allá de sus límites originales.

La red «mediterránea» que tenía a Barcelona como lugar central y abarcaba todo el litoral hasta Gibraltar junto con las zonas adyacentes del interior, se caracterizaba por una antigua y elevada densidad urbana. Volcada en el siglo XVIII hacia el comercio con América a través de Barcelona y Málaga (vía Cádiz), tras la pérdida de las colonias se convirtió en el gran enlace comercial entre el interior y el exterior de la península y coordinó el comercio creciente con Europa gracias, en buena medida, al crecimiento económico en Cataluña. La red del norte, con Bilbao como eje y Santander como segunda ciudad en importancia, abarcaba toda la cornisa cantábrica. Era una red de nueva creación en una región sin apenas ciudades basada en un intenso comercio entre sus distintas ciudades, con Castilla, y con Europa y América. Constituyó, sin duda, una de las grandes novedades del período.

La red castellana incluía la mayor parte del centro de la península, con Madrid como lugar central pero sin apreciables jerarquías urbanas, y se estructuraba, al menos en los inicios del período, más en torno a factores políticos que por las fuerzas del mercado. A lo largo del siglo XIX, el autor detecta fuerzas vigorosas de integración del mercado y de especialización en la elaboración e intercambio de productos agrícolas, destinados a abastecer a Madrid y a comerciar con la periferia. Por fin, describe el sistema urbano andaluz, circunscrito a la cuenca del río Guadalquivir, antiguo, salpicado de grandes ciudades y caracterizado por la desigualdad en la distribución de la riqueza y por unos lazos políticos y comerciales con la ciudad de Sevilla, su ciudad más importante. Durante el período estudiado también sufrió cambios importantes, visibles sobre todo en el auge de la producción del vino y del aceite de oliva y en el incremento en la producción de trigo más que en la productividad de la tierra.

En el siguiente apartado (caps. 12-14), Ringrose se adentra en un esbozo de la historia social de las elites del país. De nuevo insiste en la continuidad de estas elites a lo largo de los siglos XVIII y XIX. Las elites del Antiguo Régimen y las de la sociedad liberal provenían del mismo contexto, seguían representando los intereses de las oligarquías locales –oponiéndose si fuera necesario a los intereses del Estado central–, aunque también servían a ese mismo Estado. En su visión de la sociedad, esta estabilidad de los grupos que gestionaban el país, tanto en lo político y administrativo como en lo económico, cuya coherencia interna se hallaba en lazos familiares, en afinidades políticas o en procesos tradicionales de promoción y de cooptación, era un factor de unión nacional y elemento estructurante de los distintos intereses en juego.

El libro de Ringrose está lleno de aciertos y después de una lectura atenta del mismo, resulta difícil suscribir esa posición que él tanto combate: la de una historia de un fracaso. Estoy de acuerdo con muchos de sus planteamientos que resultan atinados y refrescantes; aunque su esfuerzo también evidencia debilidades importantes. Su insistencia en buscar la realidad de España en contextos subnacionales es, desde luego, uno de sus mayores aciertos. Demasiado a menudo la investigación en historia económica aborda el análisis de indicadores nacionales, sectoriales o locales, perdiendo con ello una dimensión clave –aunque no, necesariamente, la única ni la preeminente– de la historia del país. Desde esta óptica diferente, afloran dinamismos nuevos por todas partes. De particular interés para futuras investigaciones es el dinamismo que la perspectiva abierta por Ringrose deja entrever en algunas comarcas del centro de la península señala un contexto de búsqueda muy poco estudiado por los historiadores de la economía.

Otro acierto de su libro es la insistencia en no comparar continuamente España con otros países europeos. Aunque dicho método es legítimo –más, desde luego, de lo que parece admitir el autor– también es cierto que es uno solo de los posibles y a menudo en la historia económica se abusa de él. Tampoco le falta razón al autor cuando propugna que los logros y fracasos se comparen con los de períodos anteriores. Efectivamente, los niveles de vida o la producción industrial alcanzados por la sociedad española en 1910 eran inferiores a los de nuestros vecinos del norte de Europa, pero es también cierto que no guardaban relación alguna con los existentes cincuenta o cien años antes. ¿Cuál de las dos perspectivas es más importante? Pues ambas, aunque fijarse en una sola de ellas puede ser indicio subliminal de la inseguridad a menudo sentida con respecto al resto de Europa. Es tan lícito ver la historia en términos de sus propios contextos y dinámicas como verla en función de los demás.

La insistencia reiterada en la continuidad como característica de la historia de España no es una propuesta tan novedosa. Todo el que estudia la historia sabe que nunca hay situaciones radicalmente nuevas, y las raíces del pasado siempre son visibles en el presente. Para un buen conocedor de la historia de España, tanta insistencia en ese aspecto puede resultar un tanto elemental. No obstante, la inclusión del siglo XVIII y el XIX juntos en un ensayo histórico sí que parece un gran acierto. A menudo la historia se escribe por siglos, por épocas o –en palabras del autor– por episodios, cuando la realidad de la historia trasciende a todos ellos. Ahora bien, la elección de la fecha del comienzo y del final de un trabajo es a menudo fruto de factores poco relacionados con criterios analíticos, tales como la existencia o no de fuentes, el cambio de un régimen político, el comienzo de un siglo, etc. Ese «defecto» analítico lo suelen cubrir los historiadores con su habitual modestia y con el reconocimiento de que no se puede abarcar todo. Ringrose, en cambio, pretende que su propia periodización sea «la correcta», y su libro rebosa con abundante argumentación al efecto. ¿Pero es así, o es fruto de su propia «conveniencia»? ¿1700 y 1900 son de verdad hitos significativos de inflexión en la historia de la economía española? Si no –y hay elementos de peso que animan a pensar lo contrario tanto en la fecha de comienzo como la de finalización–, ¿no se podría tildar de «episódico» el ensayo de Ringrose, de la misma manera que él mismo trata los trabajos de tantos otros autores?

La utilización de los sistemas urbanos regionales es sumamente útil para la historiografía de España, aunque adolece de problemas importantes tanto de método como de interpretación. La teoría de los lugares centrales, eje estructurante de las jerarquías urbanas, se basa en la existencia de un intercambio desigual de funciones y de personas, con los lugares más importantes (los centrales) acaparando funciones y recibiendo migrantes, de suerte que crecen más deprisa y a expensas de los lugares menos importantes y de las zonas rurales. Así se estructura una jerarquía urbana. El comercio es uno solo de los aspectos de los sistemas urbanos y, se puede argumentar, ni siquiera el más importante. Ringrose ha ceñido su definición de los sistemas regionales en función de sus redes comerciales y no de acuerdo con el tamaño de los distintos lugares o de las corrientes migratorias que les unen, que sería la forma más ortodoxa de proceder. Considerando la abundancia de información acerca del tamaño de las ciudades y de sus ritmos diferenciales de crecimiento durante el período bajo estudio, bien a partir de las fuentes censales o en varias publicaciones que han aparecido en los últimos diez o quince años, es desconcertante y preocupante que haya obrado así.

A resultas de ello, su regionalización parece arbitraria y muy discutible. El caso más claro, pero no el único, es el de la ubicación de Málaga y de Granada dentro de un sistema dependiente de Barcelona (a más de 1.000 kilómetros de distancia) en vez de Sevilla (o Cádiz) a menos de 200 kilómetros. ¿Por qué? El autor argumenta que Málaga figuraba en la red comercial de Barcelona con destino a América. Es cierto. Pero ¿de dónde venían los migrantes en Málaga y hacia dónde iban sus emigrantes? Si el origen o el destino de ellos es la baja Andalucía, Sevilla o Cádiz, entonces su adscripción al área de Barcelona sería errónea. Incluso, siguiendo la lógica de Ringrose, podríamos llegar a la conclusión absurda de que en el siglo XVIII Barcelona era lugar secundario en la red urbana centrada en Cádiz, ya que su comercio con América tenía necesariamente que pasar por Cádiz. En todo caso, la definición de los límites de subsistemas regionales de ciudades es siempre en cierta medida arbitraria. Aun así, hubiera sido deseable que el esfuerzo del autor partiera, o al menos hiciera referencia, a varios intentos anteriores de este tipo de definición entre los que cabe citar la obra ya clásica de R. Perpiñá Grau referida a los subsistemas urbanos españoles durante la primera mitad del siglo XX (Corología: teoría estructural y estructurante de la población de España 1900-1950, Madrid, CSIC, 1954). La existencia en el texto de varios mapas de sistemas regionales de ciudades, basados por lo general en poco más que las capitales de provincia, no es en modo alguno prueba de la existencia de dichas redes ni de lo acertado de la definición del autor acerca de las dimensiones de las mismas.

Por otro lado, difícilmente puede existir un sistema urbano sin lazos (políticos, comerciales, migratorios, culturales, etc.) con otros sistemas. Por ello mismo, pueden también existir sistemas de ciudades nacionales y transnacionales. El caso de Madrid, Castilla y España es un ejemplo concreto de este tipo de estructura. El autor señala acertadamente que el sistema del centro de la península tiene una ciudad principal demasiado grande como para constituir un sistema urbano jerarquizado y clásico. No obstante, si se incluyen todas las ciudades de España o, mejor, de España y Portugal, resultaría evidente que Madrid es el lugar central por excelencia de ese sistema, no sólo por su tamaño sino por la especialización de las funciones que realiza para el resto de las ciudades de la red y por el hecho de que recibe migrantes de todas partes y no sólo de su entorno inmediato. Las intuiciones de Ringrose acerca del tema tan importante de los sistemas urbanos serán muy útiles para futuros investigadores, que tendrán el reto de ir matizando y profundizando en las mismas en años venideros. La apreciación del cambio en la historia depende estrechamente de la perspectiva que adopta cada cual. Si lo que nos interesa, por ejemplo, es el desarrollo plurisecular, oscilaciones de duración corta o media no parecerán tener ninguna importancia. Si, en cambio, nos interesan los cambios más inmediatos, la evolución más lenta pierde buena parte de su relevancia. Cada historiador tiene que elegir una atalaya propia, desde la que interpretar el pasado, aunque cada uno ha de tener presente las limitaciones estructurales de su propia elección. La perspectiva de Ringrose, basada en el largo plazo le lleva a aferrarse a la continuidad de los patrones de crecimiento económico y a minimizar la importancia de los hechos políticos, sociales y económicos de los años finales del siglo XVIII y primeras décadas del siglo XIX. Y desde su propia perspectiva no deja de asistirle la razón: la actividad económica y comercial española era muy superior en todos los sentidos durante la segunda mitad del siglo pasado que un siglo anterior y por lo tanto los hechos de principios del siglo XIX no podían haber tenido más que efectos pasajeros.

Sin embargo, también habría que preguntarse si unos salarios reales en niveles mínimos seculares durante varias décadas, o si la reducción drástica del comercio con América y con otras zonas durante como mínimo veinte e incluso treinta años, o si la sucesión de crisis de subsistencias, epidemias y desorden social entre 1798 y 1815, o si la práctica desaparición de la conurbación de Cádiz, o si el cambio de manos de grandes cantidades de propiedad en las distintas desamortizaciones no tuvieron importancia alguna, sobre todo para las personas que vivieron esos períodos turbulentos de la historia de España. Por supuesto tuvieron importancia, una gran importancia; aunque desde la perspectiva de Ringrose pueda parecer menor. Un historiador ha de ser consciente de las implicaciones y las limitaciones de cada perspectiva y no meterse en camisas intelectuales de once varas afirmando que no cayó el comercio, ni disminuyeron los niveles de vida, ni cambió de manos la propiedad, etc. ¿Hubo crecimiento sostenido de la economía? Naturalmente. ¿Hubo importantes interrupciones en dicho crecimiento? Pues también. Incluso acogiéndonos a las limitaciones de las perspectivas temporales en nuestras investigaciones, los historiadores tienen que intentar dar una visión temporalmente «holista» de la historia. Si no, se corre el riesgo de caricaturizar la historia más que explicarla e interpretarla.

El libro de Ringrose es, pues, un libro de perspectivas y de interpretación. No podía haberse escrito sin la enorme cantidad de investigación que se ha realizado en y sobre España en los últimos veinte años. En este sentido encierra implícitamente un homenaje a dicha investigación. Tampoco hubiera podido escribirse, sin embargo, de no haber pasado España por un milagro económico y social a partir de la década de los sesenta y por otro milagro político a partir de la de los setenta. Cambios de esa envergadura suelen terminar animando a una reinterpretación del pasado. En ese sentido, el libro de Ringrose es el intento renovador más reciente de una larga línea de trabajos que empezó con la obra pionera de Nadal (El fracaso de la Revolución Industrial en España, 1975), y no será el último. No es ninguna casualidad que los grandes intentos de síntesis durante el régimen de Francisco Franco se centraron en la Edad Media, mientras los de ahora reevalúan el siglo XIX en sentido amplio. Las grandes interpretaciones de la guerra civil y del régimen de Franco sin duda tendrán que esperar a que se nos pase la novedad de ser un país rico y una democracia nueva. Así es la dinámica de la historia y de los historiadores, siempre anclados en nuestro propio presente.

01/04/1997

 
COMENTARIOS

viejotrueno 29/11/12 11:51
Sólo un breve apunte. Me parece a mí que el autor del artículo desvirtúa un poco el asunto con esa pequeña introducción donde dice cosas como "Ringrose ha redactado un libro con aire polémico, casi condescendiente; un poco como si él hubiese comprendido bien la historia de España y los demás no. Es un hombre empeñado en rectificar de una vez por todas los errores conceptuales". Pues bien, y si así fuera qué tendría de malo. No veo que un objetivo así, sin duda ambicioso, tenga por qué ser condescendiente. De hecho, la profusión de datos y la minuciosidad con que se analizan ¿no demuestran precisamente lo contrario, a saber, que el autor del libro se lo ha tomado muy en serio? Porque a continuación se dice "su libro es cautelosa pero no radicalmente innovador, y no podía haberse escrito sin la multitud de contribuciones de enorme interés precisamente de esa escuela de historia económica que tanto critica" Evidentemente, y por eso nadie muestra condescendencia, sino rigor. Hay crítica, y para hacerla se parte de lo que se critica y a quién se critica, y eso exige un conocimiento de todo ello. Si esa dedicación es condescendencia que baje el Espíritu Santo y lo vea. Porque "crítica" aquí no significa "agresión", gratuita o no contra otros, desde un punto de vista dogmático propio, sino que significa lo que significa en griego de toda la vida (krinein), es decir, analizar y separar, que es lo que se hace para conocer una verdad -o una falsedad-. Si esto lo ha conseguido o no el libro es otro cantar, lo que no se puede hacer, como principio, es ofrecerlo como se ha ofrecido aquí, por el mero hecho de ser ambicioso y con pretensión "crítica", en el sentido que he dicho.
Por otro lado, y para finalizar, se dice que " Incluso acogiéndonos a las limitaciones de las perspectivas temporales en nuestras investigaciones, los historiadores tienen que intentar dar una visión temporalmente «holista» de la historia. Si no, se corre el riesgo de caricaturizar la historia más que explicarla e interpretarla". Cuando uno lee el libro, da la impresión de que esto no se hace, efectivamente -aunque la estrategia parece ser ir de lo particular a lo general-. Pero esta discusión metodológica es precisamente la chicha que anima este libro frente a otros, los que son criticados, "cribados" en él. Por lo tanto aquí habría sido más oportuno centrarse en este aspecto, que me parece el central, en lugar de despacharlo con un el historiador tiene que tener una perspectiva holista", pues muy bien ¿y por qué? esta es la cuestión.

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