ARTÍCULO

«Satanás y sus pompas»

Planeta, Barcelona, 1998
297 págs.
 

Hay que esperar mucho (a la última página de la novela, nada menos) para saber cuál es la verdadera naturaleza del Maligno, esa esquiva deidad bajo cuya férula los personajes de Escrito por Luzbel han padecido engaños, arrostrado vicios y cedido a tentaciones hasta entonces inconcebibles. Esa naturaleza última, cuya revelación prepara el narrador con tanta pompa como ineficacia, se reduce a una doble definición basada en unos versos de Francisco Brines: Dios es el engaño y Lucifer el olvido. No debe temer el lector que acabemos de destripar el desenlace de esta última novela de Fernando Delgado, porque cuando afronte su lectura podrá comprobar que cualquier final, hasta el más improbable, tiene cabida en un relato gobernado por el capricho y el fárrago, de modo que ningún desenlace puede arrojar luz o quitarla: sólo sumar un nuevo desvarío al decurso narrativo.

Lo cierto es que la novela se sustenta en unos elementos, a priori, interesantes. Por un lado, el intercambio epistolar entre el joven Etelvino de la Sota y fray Carlo Bizzarri. Por otro, la suplantación del fallecido Etelvino de la Sota, el viejo, por su sobrino y heredero (también Etelvino él) que da pie a un estimulante juego de apócrifos y fingimientos. A lo que hay que añadir, por último, la indagación sobre la vida de fray Juan de Lequerica, un obispo de discutibles virtudes en cuyo proceso de beatificación están interesados, a favor o en contra, Bizzarri (que actúa como abogado del diablo en la causa del aspirante a santo), el joven De la Sota y, por supuesto, el mismísimo demonio, amén de dos pueblos que se disputan la exclusiva de los restos del presunto beato.

El resultado, sin embargo, viene a demostrar que media mucha distancia entre la simple ocurrencia y la capacidad para llevarla a efecto cumplidamente. Por ejemplo, en la estructura básicamente epistolar no tiene cabida aquello que le da sentido, es decir, el cruce de distintas voces con las que crear una dialéctica fructífera entre personajes. Muy al contrario, todos ellos se acogen a un tipo de discurso uniforme, cuyo único mérito parece ser el estrictamente arqueológico, siempre y cuando nos conformemos con aplicar ese calificativo a una prosa que presenta un ligero barniz sintáctico y léxico «de época» (se supone que del siglo XVIII).

Pero la incapacidad para prestar a cada voz su textura específica es, al fin y al cabo, un mal menor, e incluso justificable –si nos ponemos a ello– por mor de la inspiración demoníaca que a todos gobierna. Lo que ya es más difícil de explicar es el desbarajuste reinante en la peripecia. Es cierto que la confusión, el dominio de la mentira y las falsas apariencias, es una de las atribuciones de Luzbel. Pero estoy seguro de que incluso al Malo le gustaría que el lector se enterase, sin pesar, de sus andanzas y enredos: primero la comprensión y después, a lo mejor, la seducción. Así pues, ¿por qué se hace tan cuesta arriba seguir los vericuetos de la historia del tal Lequerica?; ¿qué sentido tiene dedicar las cien primeras páginas a la transcripción de unas cartas del viejo Etelvino que, tras advertir su falacia, comprendemos que nada aportan a la trama o al sentido global de la novela?; ¿cómo, en qué momento y por qué el diablo pasa a ser la preocupación central de los personajes? Estas tres preguntas se encierran en una: ¿dónde está el garante de la unidad y el sentido de tanto elemento disperso? Se podría aducir que toda la construcción novelesca apunta hacia la reflexión sobre la mentira y el mal: nada más fácil e incorrecto, si es que todos compartimos el significado de la palabra «reflexión». Además, hay que tener algo verdaderamente nuevo que decir sobre Lucifer después de tanta y tan buena literatura sobre «el más sabio y bello de los ángeles». Algo que trascienda el regodeo trivial en el temor frailuno y su retórica de vacuidades, y nos hable de otras cosas que no sean tentaciones en forma de voluptuosas odaliscas y resplandecientes potosíes. Y en cuanto a la forma de decir, si hay algo que Él repudia, eso es el tedio.

01/09/1998

 
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