ARTÍCULO

Un escritor olvidado

 

Profesor de Historia Contemporánea en la Facultad de Ciencias Sociales y Jurídicas de la Universidad Cardenal Herrera-CEU, de Valencia, Enrique Selva Roca de Togores es autor de un incitante libro, Pueblo, intelligentsia y conflicto social (1898-1923). En la resaca de un centenario, publicado en 1999; y de numerosos artículos sobre historia de la cultura y de las ideas políticas. El objetivo de su nueva obra es el estudio de la trayectoria vital e intelectual de Ernesto Giménez Caballero hasta el final de la guerra civil. El autor destaca la importancia del personaje, que «no sólo desempeñó un papel inesquivable en la vida literaria y cultural de los años veinte», sino que también fue el «primer intelectual que de una forma totalizadora intentó asimilar y traducir en España en el período de entreguerras la experiencia fascista, y vino a ocupar un puesto notorio en todas las iniciativas de este signo». Se trata de «la mejor encarnación de la vía específica a través de la cual se formula la ideología fascista y se comienza a difundir en nuestro país».

Miembro de una familia de la pequeña burguesía carente de cualquier tradición intelectual, Giménez Caballero nació en Madrid en agosto de 1899. Pese a esta circunstancia desfavorable, fue un lector ávido y precoz, con profunda vocación intelectual, que cursó la carrera de Filosofía y Letras, que intentó compaginar, durante algún tiempo, con la de Derecho, en la Universidad Central. Allí colaboró en la revista conservadora Filosofía y Letras; participó en el lanzamiento de un Grupo de Estudiantes Socialistas; y luego estuvo adscrito al Centro de Estudios Históricos. Se licenció con una tesis sobre Séneca. En ese sentido, Selva destaca la influencia que sobre él ejercieron Menéndez Pidal, Américo Castro y José Ortega y Gasset. Especialmente importante para su formación ideológica e intelectual fue la experiencia en la guerra de Marruecos, fruto de la cual es su primer libro, Notas marruecas de un soldado, en la que da una visión muy crítica del Ejército y de la propia nación española, sobre todo por su incapacidad y debilidad como potencia colonizadora. La obra fue muy bien recibida por la elite intelectual: Salaverría, Eugenio d'Ors, Castrovido e incluso el político socialista Indalecio Prieto hicieron elogiosos comentarios sobre su contenido en la prensa; pero dio lugar al procesamiento del autor, seguido de la retirada del libro. Finalmente, al acceder al poder el general Primo de Rivera, su caso fue sometido a consejo de guerra y salió absuelto. Poco después consigue un puesto de lector de Lengua y Literatura españolas en la Universidad de Estrasburgo, como ayudante del hispanista Eugen Kohler, lo que contribuye a la ampliación de su horizonte vital e intelectual. Por aquel entonces escribe su segundo libro, El fermento, obra inédita y desaparecida, donde, al parecer, Giménez Caballero expresa su rebeldía contra el espíritu de la Europa moderna, «el proceso de descomposición del ideal europeísta en el propio pensamiento del escritor al confrontar su aspiración a la conquista de la cultura y de la ciencia europeas con el nacionalismo político que había adoptado a raíz de su servicio militar en Marruecos». «Se inclina –señala Selva– por la individualidad heroica de cada nación como el mejor camino para el progreso.» En 1927, Giménez Caballero, cada vez más inserto en la perspectiva de la vanguardia, funda La Gaceta Literaria, revista asombrosamente plural en la que colaboran tanto miembros de las elites intelectuales consagradas como las nuevas promesas de la literatura y del pensamiento, un órgano cultural de indudable trascendencia en la vida intelectual española. Colabora igualmente, de la mano de Ortega y Gasset, en Revista de Occidente y en El Sol. En aquellos momentos se siente muy influido por el futurismo de Marinetti, por el surrealismo y por el psicoanálisis. Obras importantes, a ese respecto, fueron Yo, inspector de alcantarillas, donde la obsesión sexual se mezcla con la religiosa; y Hércules jugando a los dados, en la que se manifiestan sus ideales políticos autoritarios y antiliberales, influido por Ortega, Nietzsche y Spengler. Pero donde su posición política se hace más explícita es en Circuito Imperial, en la que expresa, tras un viaje por la Italia mussoliniana y por otros países europeos, su adhesión al fascismo, luego desarrollada en su célebre «Carta a un compañero de la Joven España», publicada en La Gaceta Literaria, y que provoca fuertes críticas de las izquierdas. Pronto la revista entra en una fuerte crisis; y a la altura de 1931 Giménez Caballero se queda solo, convirtiéndose en el «Robinsón literario». Igualmente, escribe algunos artículos para el primer semanario específicamente fascista español, La Conquista del Estado, que pronto abandona. Las relaciones con su fundador, Ramiro Ledesma Ramos, antiguo colaborador de La Gaceta Literaria, pasaron por distintas y contradictorias etapas. Su interpretación del fascismo no coincidía con la de Ledesma. En un primer momento, recibe positivamente el advenimiento de la Segunda República; pero rechaza su laicismo. Ve, sin embargo, en Manuel Azaña a un posible dictador fascista para España; y así lo sostiene en su libro Manuel Azaña (Profecías españolas), donde da una polémica interpretación de la figura y de las ideas del político alcalaíno. Azaña no fue el único candidato a líder fascista español; lo fueron igualmente, para el vanguardista madrileño, Indalecio Prieto, José Antonio Primo de Rivera y, luego, Francisco Franco. Por aquel tiempo rompe definitivamente con su maestro Ortega y Gasset, a quien acusa de inconsecuencia política y al que pretende emular. De ahí sus críticas al filósofo en Genio de España o Arte y Estado. Para Selva, Genio de España y luego La nueva catolicidad son los primeros intentos de creación de «un sistema político-cultural omnicomprensivo» específicamente fascista en nuestro país. Al mismo tiempo, colabora en el diario Informaciones. Y la tentación política no le abandona; ingresa en Falange Española, pero no simpatiza con José Antonio Primo de Rivera, al que finalmente considera incapaz para el liderazgo fascista. Su militancia en el partido fascista fue efímera. Primo de Rivera prefería al clasicista Sánchez Mazas frente al vanguardista Giménez Caballero. Se aproxima entonces a la derecha monárquica, colaborando en la revista Acción Española, a cuyos miembros había atacado con anterioridad, e intenta fundar un partido específicamente patronal, el Partido Económico-Patronal Español (PEPE), que fracasa. Tampoco en Acción Española gozó de excesivas simpatías; y no logra salir diputado derechista en las elecciones de febrero de 1936. Se acerca de nuevo a José Antonio Primo de Rivera, pero sin reingresar en Falange. Tras no pocas vicisitudes en la zona republicana, logra huir a la nacional, donde se reintroduce en Falange a pesar de la actitud hostil de la mayoría de los falangistas supervivientes. Desde entonces, se convierte en propagandista incondicional de Francisco Franco, adulando «sin medida al nuevo jefe», aunque «nunca pudo identificarse con una situación española de fascismo incompleto, porque tenía como referente el ejemplo italiano». Durante el régimen de Franco se convirtió en «un personaje absolutamente marginado en la vida cultural y política española» y «en la más completa de las frustraciones».

Hace ya algunos años, José Carlos Mainer, en su obra La Edad de Plata, se quejaba de la escasa atención dispensada por los críticos e historiadores de la literatura a la obra de Giménez Caballero, lo que se explicaba, a su entender, por «la repugnancia que inspira su ideario y por la enojosa retórica de sus producciones posteriores a 1936». Hasta ahora, existían las obras del norteamericano Douglas W. Foard, Ernesto Giménez Caballero (o la revolución del poeta), publicada por el Instituto de Estudios Políticos en 1975; la de Miguel A. Hernando, Prosa vanguardista en la generación del 27 (Gecé y la Gaceta Literaria), también de 1975; y los escritos de Lucy Tandy y María Sferrazza, insertos en el volumen Giménez Caballero y la Gaceta Literaria (o la Generación del 27), publicada por Turner en 1977. No disponíamos, pues, de un estudio completo de la vida y de la obra del vanguardista madrileño, pues la obra de Foard se limitaba prácticamente a una exposición y análisis de sus ideas políticas, estéticas y literarias. La obra de Selva no abarca el conjunto de la trayectoria vital de Giménez Caballero, pero sí lo más significativo tanto desde el punto de vista político como del literario. Sería muy positivo que el autor se animara a una biografía exhaustiva del personaje que abarcara también el período franquista. Pero esto no disminuye en modo alguno la excepcional calidad historiográfica y estilística de la obra de Enrique Selva. En ella no sólo destaca el nivel de información y la capacidad narrativa, sino la serenidad con que es tratado un personaje ya de por sí polémico. De ello no debemos sino congratularnos, porque se trata de un claro signo de normalidad cultural y política. No debería haber ya, aunque los hay y muchos, temas o personajes tabú. En ese aspecto, la actitud de Enrique Selva contrasta con la del filósofo José Luis Villacañas, quien, en su obra sobre Ramiro de Maeztu y el ideal de la burguesía española, se ve obligado a justificar su posición y su interés por el intelectual vasco, mencionando sus antecedentes familiares izquierdistas. Esto es una muestra de las dificultades que todavía subsisten en la sociedad española a la hora de tratar con un mínimo de objetividad y desapasionamiento ciertos temas y ciertas figuras. Así lo demostraba el párrafo antes citado de José Carlos Mainer, donde atribuía el escaso interés suscitado por la obra de Giménez Caballero a la «repugnancia» que producía su ideología política. Lo que no nos explicaba Mainer era la razón por la cual la ideología del madrileño tenía que suscitar mayor «repugnancia» que la de, por ejemplo, Rafael Alberti o Pablo Neruda, cuyas alabanzas a Stalin y a la Unión Soviética hoy no nos producen sino horror. Y es que no deberíamos olvidar que la izquierda también se sintió tocada por elementos antiilustrados y por el rechazo del modelo demoliberal de sociedad. Se trató de una sensibilidad compartida, de un clima de época que movilizó las conciencias contra un enemigo común. A estas alturas de nuestra experiencia histórica, deberíamos hacer no tanto una distinción ideológica entre autores, sino simplemente distinguir entre buenos y malos escritores, buenos y malos filósofos, buenos y malos artistas, según la calidad estética o el nivel analítico de su producción, o sus aportaciones a la vida cultural. En ese sentido, como señala Enrique Selva, la labor de Giménez Caballero resultó, no sólo con sus libros, sino con aquella gran empresa que se llamó La Gaceta Literaria, de singular importancia; y ello es algo que únicamente una mente sectaria o cicatera podría negar. Giménez Caballero ocupa un lugar de primer orden en la historia de la literatura de la primera mitad del siglo XX español. Sus objetivos fueron muy ambiciosos. Pretendió dar cabida en el español a todas las modernidades, a todas las aventuras expresivas. Se trataba de asimilar, en su estilo, los elementos de la vida moderna, reivindicar las máquinas, poetizarlas; replantear los pensamientos fundamentales de la estética, de la vida social y de la política. Su vanguardismo, que suscitó no pocas críticas entre los conservadores españoles, estuvo relacionado directamente con una serie de coordenadas intelectuales, políticas y sociales que lo hacen inteligible. En primer lugar, su lucha contra el academicismo formalizado en las artes visuales y en otras artes, que fue institucionalizado en el seno de los regímenes oficiales del Estado y de la sociedad, todavía dominado por cierto gusto aristocratizante; lo que José Carlos Mainer denominó en su día «arte Alfonso XIII», que aglutinaba en pintura el clasicismo de Álvarez de Sotomayor, las comedias de los hermanos Álvarez Quintero y de Jacinto Benavente, las novelas de Ricardo León, etc. En segundo lugar, el complemento lógico de la primera: el todavía incipiente, y por tanto esencialmente novedoso, surgimiento, dentro de las sociedades, de las tecnologías clave o invenciones de la segunda revolución industrial: el teléfono, la radio, el automóvil, el avión, etc. Y una tercera coordenada, que sería la proximidad imaginativa de la revolución social, que en la atrasada España estuvo presente a partir de 1917 y, sobre todo, en 1931. Todo lo cual suministró un abanico crítico de valores culturales y políticos contestatarios que Giménez Caballero intentó articular y sistematizar. Obras como Yo, inspector de alcantarillas, Los toros, las castañuelas y la Virgen, Julepe de menta o Hércules jugando a los dados son muestras importantes de su intento de crear nuevos espacios estéticos. Al mismo tiempo, el escritor madrileño fue un hombre de acusada vocación política. Como muchos otros intelectuales de la época, Giménez Caballero encontró en el fascismo la solución a sus esperanzas de éxito social: el deseo de crear un nuevo orden y la rebelión de una sociedad que le rehúsa su posición; al igual que la repulsión ante una eventual revolución socialista en la que percibía una amenaza cierta a los valores en que se hallaba inserto y en los cuales creía. Su fascismo sacó la fuerza de la desilusión ante los frutos del sistema liberal, de la falta de fe en la posibilidad de una reforma, en la conciencia de la decadencia nacional y en la oscura necesidad, sentida en realidad por buen número de españoles y europeos, cualquiera que fuese su ideario político, de una ruptura radical con el esquema de cosas existente. Pero su producción estrictamente doctrinaria no se encuentra, en nuestra opinión, a la misma altura que la literaria. El auténtico definidor del fascismo español, el más coherente y sutil, fue Ramiro Ledesma Ramos. En el pensamiento político de Giménez Caballero se impuso, ante todo, la literatura a la dimensión práctica, la ocurrencia más o menos genialoide sobre la teoría, la superficialidad sobre la radicalidad y la improvisación sobre el sistematismo. Sus libros de doctrina política –Genio de España, La nueva catolicidad, incluso Manuel Azaña– deben ser leídos más que nada, por encima de no pocas intuiciones a veces sugestivas e inteligentes, como obras literarias, en las que prima ante todo la estética. La excepción fue quizás Arte y Estado, en la que hay interesantes análisis sobre el arte y su función en las sociedades liberales y totalitarias. En ese sentido, contribuyó a la «estetización» de la política, que, como señaló en su día Walter Benjamin, fue una característica esencial de los fascismos europeos. Pero, como demuestra Enrique Selva a lo largo de su relato, su vida política constituyó un conjunto de fracasos. A pesar de su fascismo confeso, fluctuó entre posiciones y alternativas políticas diversas. Influyó, al principio, en Ledesma Ramos, pero no congenió con él; y lo mismo ocurrió con José Antonio Primo de Rivera, quien siempre lo consideró, y no sin razón, un excéntrico. Intentó luego «fascistizar» a la izquierda española, en las figuras de Prieto y Azaña, por supuesto sin éxito. Para acabar, primero, con alabanzas a las JAP y a la CEDA de Gil Robles; y luego con los monárquicos de Acción Española, con los que, en realidad, nunca llegó a congeniar. Tales fluctuaciones se encuentran relacionadas, sin duda, con la propia debilidad del fascismo español, pero igualmente con el carácter excéntrico del escritor madrileño. A veces se le ha comparado con otros intelectuales fascistas como D'Annunzio, Marinetti, Malaparte, Drieu La Rochelle o Brasillach; pero esta comparación resulta en exceso superficial, pues la figura de Giménez Caballero carece del perfil trágico de estos personajes. Su carácter excéntrico, jovial, vital, dionisíaco, genialoide, un tanto infantil, lo individualiza dentro de ese sector intelectual y político. Quizás el propio Giménez Caballero no hubiese rechazado el apodo que le dedicó el escritor Francisco Umbral: «el Groucho Marx del fascismo español». Siempre hubo en su figura algo de «grouchesco», incluso en el físico, con su bigote y sus gafas. Aunque Enrique Selva no trata de su situación o posible influencia en el régimen político nacido de la guerra civil, es obvio que el franquismo no lo tomó en serio. Y no solamente no consiguió el cargo de «Gran Inquisidor» –es decir, de ministro de Propaganda– que pedía en Arte y Estado, sino que fue marginado. Embajador en Paraguay, tal fue el principal cargo que consiguió durante el franquismo el «profeta» del fascismo español. Incluso en sus últimos años pasó por dificultades económicas. Paradójicamente, Giménez Caballero y su obra experimentaron un efímero resurgimiento en los primeros años de la transición hacia el régimen demoliberal. Algunas de sus obras –Yo, inspector de alcantarillas, Manuel Azaña, Julepe de menta, Genio de España, Notas marruecas de un soldado– fueron publicadas por Turner y Planeta, lo mismo que un facsímil de La Gaceta Literaria. Escribió, además, sus Memorias de un dictador y unos Retratos españoles, con un elogioso prólogo de Pere Gimferrer. La revista Anthropos le dedicó un número monográfico y una antología de sus escritos. Luego, se publicó Visitas literarias. Pero tras su muerte, su figura y su obra cayeron en el olvido. Su centenario pasó absolutamente inadvertido; tan solo se editó en cinta de vídeo una entrevista con Joaquín Soler Serrano y una nueva edición de Hércules jugando a los dados. Enrique Selva Roca de Togores ha sacado brillantemente del olvido al escritor madrileño, abordando, en buen orden, libre en lo posible de prejuicios y apriorismos, su trayectoria vital y política. Una obra excelentemente escrita y que aporta nuevos datos no sólo a la biografía de Giménez Caballero, sino a los entresijos de la vida cultural española y a la intrahistoria del fascismo español. Por todo ello, se trata de una excelente contribución al esclarecimiento de la trayectoria de un importante sector de la cultura española, hoy preterido.

01/05/2001

 
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