ARTÍCULO

La palabra liminar de Cees Nooteboom

Siruela, Madrid
Trad. de Felip Lorda
160 pp. 16,90 €
Siruela, Madrid
Trad. de Francisco Carrasquer
180 pp. 16,90 €
Siruela, Madrid
Trad. de Isabel-Clara Lorda Vidal
208 pp. 17,90 €
 

El año pasado conoció la aparición en la editorial Siruela de tres libros significativos en la obra de Cees Nooteboom (1933), uno de los más importantes escritores holandeses vivos y de mayor proyección internacional (bien conocido en España, no sólo por la traducción de buena parte de su obra, sino por su residencia habitual en la isla de Menorca). Noteboom pertenece a una élite de escritores de aquel país, en la que se cuentan nombres como los de Harry Mulisch o Willem Frederik Hermans, pero su obra difiere de la de sus contemporáneos en contenido y tono narrativo. Si alguna característica general puede adscribirse a su obra, los epítetos de filosófica o de escritos de ideas o de meditación humanística no andarían desencaminados. El primero de los libros que comentamos, publicado inicialmente en 1984 como In Nederland, constituye una buena prueba de lo anterior.
En la novela En las montañas de Holanda, Noteboom crea una Holanda imaginaria, con dos zonas bien diferenciadas, el Norte y el Sur. El Norte es plano, austero, burocrático, y tiende, según el narrador de la novela, el ingeniero de caminos español Alfonso Tiburón de Mendoza, al absolutismo. El Sur, por el contrario, es montañoso y agreste, corrupto e impredecible. El uso de estereotipos no es casual, ya que entronca con el segundo plano narrativo que enhebra la novela. En el marco de esta Holanda ficticia, Alfonso Tiburón sitúa una historia –es escritor en su tiempo libre– que no es otra cosa que su propia versión de un famoso cuento de Hans Andersen, «La reina de las nieves». La historia, que irá a ocupar algo así como la mitad de la novela, narra la historia de Kay y Lucía, dos jóvenes de belleza e inocencia perfectas, que trabajan en el mundo del espectáculo circense como supuestos telépatas. Agotadas sus oportunidades en el rico Norte, son mandados por un empresario sin escrúpulos al Sur, donde han de actuar en teatros de baja reputación. Durante una actuación, una misteriosa mujer de fría mirada se prenda de Kay y lo rapta. Lucía desespera, pero es ayudada por una mujer mayor, cuya profesión es la de payaso, quien la guía hasta el castillo donde se encuentra Kay. Éste ha estado confinado en un calabozo y sometido a los deseos sexuales de la reina de las nieves sur-holandesa. Después de algunas peripecias, y una experiencia de orden semidionisíaco, Lucía llega a donde está su amado y logra rescatarlo. Las fuerzas del Norte, por su parte, han matado a la reina de las nieves y a su organización criminal.
Poco más sucede en la novela. Pero antes que un ejercicio narrativo, la novela sirve para realizar una sostenida meditación sobre el carácter de la ficción misma en sus distintas vertientes, como mito, cuento o novela. Tiburón interviene sin remilgos en el texto del cuento, resaltando el carácter ficticio de sus personajes y su propia función demiúrgica con relación a los mismos. Esta característica, que algunos estiman posmoderna, constituye a la vez su mayor fortaleza y su mayor debilidad. De un lado, añade una dimensión filosófica y ensayística a la novela, sin hacerla derivar, por ello, en el franco ensayo o el panfleto. De otro, como han señalado varios críticos (J. M. Coetzee, entre otros), priva a la obra de hondura emocional y de energía narrativa. Se entiende que la tipificación es propia de cierto tipo de ficciones, que la Holanda escindida que postula le permite un análisis de distintos modos existenciales presentes en Holanda y Europa, que la sombra de Platón se escurre por todas partes. Pero por el camino han quedado unos personajes que despiertan pocos más sentimientos que los que produce una fórmula algebraica. Aunque está considerada como una pequeña obra maestra de la literatura holandesa del siglo pasado, creo que esta carencia narrativa no ha resistido bien el retroceso de la moda posmoderna y limita, a pesar de sus muchas virtudes, su lectura. En otras novelas más logradas corrige en buena medida esta tendencia, aunque no del todo, como en Rituales, la segunda novela que comentamos aquí, publicada por primera vez en 1980.
Rituales cuenta la desilusionada vida de Inni Wintrop y su relación con Arnold y Philip Taads, padre e hijo respectivamente, en diferentes momentos de su vida. La novela se estructura en tres partes que se corresponden con los años 1963, 1953 y 1973. La primera parte le sirve a Nooteboom para introducirnos en el mundo interior de Wintrop, donde reinan la desafección, un distanciado hedonismo y un talante escéptico. Sabemos que ha amado a una mujer, pero también que la ha obligado a abortar, no tanto en un espíritu de libertad o responsabilidad cuanto en el de aquel pasaje borgiano que defiende que la copulación y los espejos son abominables, porque multiplican el número de los hombres. Es su relación con los Taads, sin embargo, el núcleo de la novela. En la segunda parte nos cuenta Nooteboom la manera en que Wintrop conoció en su primera juventud al Taads padre. Arnold Taads es un hombre misántropo y nihilista, que vive solo con su perro en algún lugar perdido de Holanda, y que ha organizado su vida con minuciosidad ritual. Ayuda a Inni, pero sin la intrusión de sentimentalismo alguno, y lo más importante de esta parte de la novela son las conversaciones de ambos en torno a temas como la religión, la cultura europea o la futilidad del destino humano. Al final nos enteramos de que Arnold Taads ha muerto mientras cruzaba un lejano puerto de montaña en Suiza, probablemente de forma deliberada. La parte final nos lleva a la madurez cuarentona de Wintrop y a su desapegado e imprevisible modo de vida. Wintrop encuentra al hijo de Arnold Taads, de quien no sabía nada, de casualidad, en la galería de un tal Riezenkamp, especializado en arte japonés. Philip Taads no ha conocido jamás a su padre y es producto de su relación con una mujer indonesia a la que había abandonado. Philip está obsesionado por la ceremonia del té y las filosofías del Este. Al igual que su padre, es excéntrico y solitario, pero pretende sustraerse a la agitación del Samsara con la meditación disciplinada. La novela concluye con la adquisición por Philip de un valioso cuenco japonés para la ceremonia del té, en el que se gasta todos sus ahorros, tras lo cual invita a Riezenkamp y Wintrop a una ceremonia final, antes de matarse al poco tiempo, no sin haber destruido previamente el valioso cuenco.
Si bien esta novela logra involucrarnos de manera más honda en el destino y mundo emocional de sus personajes, no deja de ser un ensayo narrativo en el que las ideas tienen preeminencia sobre las acciones. El tono general de la novela es desencantado y casi clínico en su apreciación del predicamento europeo, e introduce al lector a ideas orientales muy propias del momento en que está escrita la novela, pero también se burla de su adopción irracional por ciertos sectores de Occidente.
Su tendencia reflexiva y su espíritu inquieto han llevado a Nooteboom a convertirse, empero, en uno de los mejores escritores de libros de viajes o de memorias de Europa. Su último libro, Lluvia roja, constituye un buen ejemplo de su talante curioso, meditativo y nostálgico. Se trata de unas memorias en forma de breves viñetas, la mayor parte de las cuales se refieren a su pasado en Menorca, donde pasa unos meses cada año. De la lectura de sus libros puede uno colegir con facilidad que Nooteboom se siente más cómodo en la observación meditativa que en la ficción, aunque jamás abandona los recursos de esta última. Su obra habita, en realidad, aquel terreno liminar en el que se gestan las grandes trayectorias periodísticas o los relatos de viajes más seductores, una zona donde la objetividad se preña de subjetividad sin desvirtuarse en mera introspección u observación lírica. Las viñetas de este libro son reveladoras de su estilo austero, preciso, aunque no exento de emotividad, pero de una emotividad contenida, distante y amable al mismo tiempo, casi estoica en su resignación a las vicisitudes del tiempo y las ilusiones de los mortales. Al final, la misma contención emotiva contribuye a intensificar el efecto nostálgico que produce la lectura de las mismas, como una niebla que desdibuja los contornos del pasado y los rescata en su pureza eidética. A Nooteboom le sucede algo parecido a lo que a su admirado Borges, cuya cerebral poesía será siempre menos poética que su prosa. Si la ficción de Nooteboom es a veces demasiado distante como para comprometernos en el destino de sus personajes novelescos, sus libros de viajes o de memorias adquieren la intensidad propia de un haiku, productos de un espíritu inquisitivo y atento a los avatares de la historia y la filosofía.
Sólo cabe añadir que las traducciones hacen justicia al estilo de Nooteboom, a pesar de la dificultad de verter a otro idioma su peculiar uso del holandés. Ciertos rasgos estilísticos han debido sacrificarse, como su propensión a la enumeración rítmica o su empleo de arcaísmos, pero en general no le desfavorecen. Estos tres libros, por tanto, ofrecen una magnífica oportunidad de explorar una de las mentes más notables de la literatura europea de la segunda mitad del siglo XX.

01/04/2010

 
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