ARTÍCULO

Europa 1827, o del presente histórico

Alfaguara, Madrid
532 pp. 22 €
 

Cuando, tras leerla, y para tomar algunas notas, vuelvo sobre las páginas de El viajero del siglo, de Andrés Neuman (galardonada con el Premio Alfaguara de Novela 2009), reparo en las citas que la encabezan y advierto su acierto. Unos versos del poeta Wilhelm Müller musicados por Schubert en el último Lied del Viaje de invierno («Viejo extraño, ¿debiera / quedarme yo contigo? / ¿Querrás seguir mi canto / al son de tu organillo?») anuncian una de las tramas centrales de la novela: la amistad entre Hans, un joven viajero que llega a Wandernburgo (ciudad inventada, arquetipo de las viejas poblaciones alemanas fronterizas entre Sajonia y Prusia) y el viejo organillero sedentario que desde la plaza del mercado adonde diariamente acude a tocar su música contempla y descifra el mundo. Otro verso de Casais Monteiro –«Europa, arrastrando tus andrajos...»– condensa el turbulento escenario político-social que reverbera sobre la pequeña ciudad de provincias: la Europa posnapoleónica de la Restauración. Dos líneas de Steiner –«Los vegetales tienen raíces; los hombres y las mujeres tienen pies»– apuntan al doble juego de fuerzas de ese peculiar momento histórico, plasmando la tensión entre lo antiguo y lo moderno, la inercia y el movimiento o la permanencia y el cambio, a partir de las dicotomías campo-ciudad, naturaleza-arte, moral social-sentimiento íntimo.
Además del marco histórico que va emergiendo en el recuento y evocación de la trayectoria de los protagonistas, Andrés Neuman reconstruye detalladamente en El viajero del siglo la vida cotidiana de la época a partir de los diversos espacios de la ciudad, donde se enmarcan un buen número de personajes secundarios que enriquecen y espesan este espléndido tapiz del humano vivir. Junto a los espacios de carácter genérico, que permiten trazar vastos cuadros de costumbres y recorrer las distintas capas sociales –la Taberna Central, el Café Europa, la Taberna Pícara, la iglesia de San Nicolás–, destacan otros tres: la posada donde se aloja Hans, regentada por los Zeit, es un microespacio desde el que asomarse a la intrahistoria de una familia media; en la cueva donde vive el viejo organillero se reúnen Lamberg (obrero de una fábrica textil, actor y cronista de la lucha obrera y de la agitación social) y el viejo Reichardt (jornalero y testigo de la profunda transformación del campo y su sacrificio en aras del progreso y la industria) y después Hans y sus amigos, que cada viernes se congregan en el salón de Sophie, donde concurren figuras representativas de la pequeña burguesía ilustrada: el profesor Mietter, doctor en Filología y eminencia cultural que publica en el periódico local El Formidable; el dubitativo señor Levin, corredor de comercio aficionado a la teosofía, a quien acompaña una esposa muda e imperceptible; y la señora Piettzine, «viuda de largo duelo, ferviente devota de los sermones del padre Pigherzog» (quien puntualmente redacta en su Libro sobre el estado de las almas los acontecimientos de Wandernburgo, añadiendo así otra perspectiva más al relato).
Distinto del resto de los contertulios es Álvaro de Urquijo, un liberal español que participó activamente en todas las contiendas políticas del primer tercio del siglo XIX pero que con la llegada de la Restauración decide exiliarse en Londres, dedicándose al comercio. La particular disidencia de Álvaro (personaje que permite incrustar a España en el mapa europeo) atrae de inmediato a Hans y entre ambos crecerá una profunda amistad, dado que el alemán, formado en la férvida corriente del idealismo predicado en las aulas universitarias de Jena, donde estudió entre 1811 y 1814, pertenece a esa segunda generación de románticos decepcionados por el rumbo de la Historia.
Hans es un personaje hermano del «hijo del siglo» de Musset o del Capitán Renaud, de Vigny: «En Jena todavía se vivían las cenizas del círculo poético, de todos esos revolucionarios que ahora estaban muertos, habían dejado de escribir o se habían retractado –le cuenta a Sophie–. Los estudiantes recibimos el resto de su herencia, digamos, pero también el giro conservador que iba a llegar. Así que corríamos detrás de algo que ya se había ido [...]. Yo veía que todos mis héroes claudicaban, y no podía dejar de preguntarme: ¿cuándo me va a tocar a mí?». Por eso decide vivir en el camino, convencido de que cuando permanece mucho tiempo en un lugar su mirada se enturbia, convencido de que sólo siendo nómada puede ser él mismo porque en el fondo «somos del lugar donde estamos». Únicamente la pasión por Sophie lo retendrá un año en Wandernburgo, hasta el final de la aventura.
Sophie es otra criatura escindida, formalmente respetuosa con los valores y las convenciones de su clase (está comprometida con Rudi Wilderhaus, vástago de una rica familia local), es a la vez una firme defensora de los derechos de la mujer y en la práctica se rebela contra las ataduras y las imposiciones misóginas para vivir su pasión erótico-poética por Hans con total libertad, tras haber descubierto que los buenos modales no sirven para ser buena, sino para ser mala sin que se note: «Los viernes Sophie era dos mujeres. Una, la deliciosa cómplice con quien intercambiaba fugaces murmullos. Otra, la que el espejo duplicaba, era la anfitriona impecable y dueña de sus secretos que no eludía las atenciones de Rudi ni evitaba corresponderlas».
Ese salón y esos espejos reflejan la Europa de 1827 y la doble mentalidad en pugna. Allí conversan y debaten los viejos y los jóvenes. Tratan de la Ilustración y la Revolución Francesa, de economía y comercio, de política, de federalismo, de la idiosincrasia de las naciones europeas, de la condición femenina, de filosofía, pintura, música y poesía, o de los folletines y la novela moderna.
Y en todas estas conversaciones sobre estética, Andrés Neuman aprovecha para verter su personal poética de la novela. El siguiente párrafo de Hans expresa muy bien las reglas literarias del autor de El viajero del siglo, una novela de ambientación histórica y romántica que cuenta una historia de amor con ribetes poéticos y fantásticos, desde la libertad narrativa de hoy. «La historia me apasiona, y por eso la moda de las novelas históricas me parece penosa [...] el pasado no debería ser un entretenimiento, sino un laboratorio para analizar el presente [...] el presente también es histórico. En cuanto a los argumentos, yo los veo vacíos. Llenos de acontecimientos pero vacíos de sentido. Los folletines utilizan la documentación como telón de fondo, en vez de tomarla como punto de partida para reflexionar. Sus argumentos casi nunca vinculan pasión y política, por ejemplo, o cultura y sentimientos. [...] Por no hablar del estilo. [...] ¿Acaso el lenguaje no transcurre, no tiene también su historia?».

01/11/2009

 
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