Un destino ruso

El testamento francés

ANDREI MAKINE

Tusquets, Barcelona, 1996


A lo largo de estos últimos años, el tantas veces discutido Premio Goncourt ha ofrecido a los lectores no sólo franceses sino mundiales excelentes descubrimientos. Uno de ellos fue el joven quiosquero Jean Rouaud, autor de Los campos del honor y más tarde de su continuación, Hombres ilustres, y otro es el autor de origen ruso, Andrei Makine, poseedor de una excelente y subyugante prosa, que hace un par de años sacó a la luz lo que podría ser una especie de autobiografía novelada: El testamento francés.

Makine se doctoró en letras por la Universidad de Moscú y fue profesor de francés en Novgorod, antes de trasladarse a Francia definitivamente, donde se doctoró por la Sorbona en literatura rusa y dirigió un seminario de cultura rusa en la Facultad de Ciencias Políticas. Desde su llegada, Makine dejaría de lado su lengua materna rusa y, como el rumano Cioran, como el búlgaro Todorov, como el irlandés Beckett o como el argentino Bianciotti, pasaría a convertirse en un escritor plenamente francés. Como extranjero asimilado a una cultura que no es la propia de origen, su historia es realmente curiosa. Cuando llegó a Francia, Makine redactó en francés dos primeras novelas, rechazadas por varias editoriales y que sólo conseguiría publicar gracias a una estratagema muy literaria y borgiana: inventó un traductor, con el nombre, en masculino, de su bisabuela materna, Albertine Lemonnier, una de las protagonistas de El testamento francés. Este traductor habría sido el que habría vertido desde el ruso la obra del autor. Sólo después de que a duras penas viera publicado su tercer libro, en 1994, Makine se decidiría definitivamente a afirmarse como escritor francés y ganaría, en 1995, con El testamento francés, su cuarta novela, el Premio Goncourt. Es decir, la confirmación quizá más simbólica en la conquista de un país por parte de un autor extranjero.

Sin especificarse en ningún momento lo que de verídico contiene el texto, el protagonista de esta novela, como el propio Makine, nació en Siberia en 1957. El testamento francés es un libro de homenaje a un amor lejano y casi imposible, Francia y su cultura, y también la historia de la formación intelectual de un joven afrancesado y occidentalizado bajo la Rusia comunista y anticosmopolita del pensamiento hiperúnico; la conquista y trabajo de su memoria y sus remotas raíces. Esta pasión francesa le vendría transmitida al protagonista por un personaje carismático e inusual, una abuela materna francesa, culta y sensible, indiferente e inmutable aparentemente a todo vaivén y desastre dentro de la vorágine de su siglo. Auténtica «extraterrestre» injertada por azar en los confines de las estepas rusas, Charlotte es una mítica sobreviviente de dos guerras mundiales, de una revolución y guerra civil, de las purgas estalinistas, de hambrunas y violencias. Esta mujer casi sin edad vive en el tiempo detenido de los recuerdos de su niñez, en un pasado refinado e idílico, alimentado vivamente por lecturas de poemas de Baudelaire y Musset por soflamas de José María de Heredia, por heterogéneos recortes de periódicos antiguos que a modo de reliquias se niega a abandonar y, sobre todo, por una cualidad fuera de todo límite usual, y propio para dotar a cualquier anécdota conservada en la memoria de una dimensión cercana a lo épico. Una de las imágenes centrales de ese tiempo suspendido y detenido, petrificado en la memoria de Charlotte, tiene lugar en el París de 1910, el París de un joven dandi llamado Marcel Proust, del presidente Félix Faure y de la Bella Otero, en el que tuvo lugar una crecida histórica del río Sena y se tenía que atravesar la ciudad en barca. Para el joven protagonista, esta imagen será todo un símbolo y para él París siempre se le aparecerá como una maravillosa Atlántida sumergida y a descubrir.

Criado con sus padres a orillas de una ciudad industrial del Volga, el niño, ya adulto, que rememora su historia en El testamento francés, estará marcado de por vida por los relatos impresionistas y fetichistas de su abuela Charlotte, con la que pasa los veranos en su humilde casa de la estepa siberiana. Pronto, en el ambiente opresivo e ideológicamente martilleante, cazando de aquí y allá relatos de terrores por parte de sus mayores, productos directos de la época estalinista, el niño ávido de historias francesas que lo transportan a una rara «alquimia del tiempo» irá sufriendo una escisión. Vivir con su abuela «implicaba ya sentirse en otro lugar». Con ella, que planea entre dos mundos, uno imaginario y otro real, el «profundamente soviético», de la vida diaria, con ella y gracias a ella quedará estigmatizado y sufrirá continuamente un desdoblamiento. Al niño, pronto joven adolescente devorador voraz de bibliotecas, le da la impresión de que él y su hermana «ven con una mirada distinta a las de los otros». Sufren continuamente una contradicción irreconciliable entre los líricos recuerdos de su abuela en torno a la visita del zar Nicolás II a París y la demonización de los zares hecha por los bolcheviques. Tampoco cabe en su cabeza que aquella delicada joven francesa que se había paseado por los Campos Elíseos fuera la misma que esperaba frente a la ventana congelada por el hielo la vuelta de su marido Fiódor a las tres de la mañana, hora en que daba por finalizado su trabajo de funcionario, como todos los funcionarios a lo largo y ancho del inmenso imperio. No había ninguna regla escrita, pero todos ellos sabían que ésa era la hora en la que Stalin abandonaba su despacho del Kremlin. Todos habían acomodado mentalmente sus horarios a los del pavoroso dueño de la nación.

Makine ha escrito un excelente libro que alterna perfectamente tiempo y espacios rememorados, evocaciones imaginarias y literarias y descripciones reales y cotidianas. Un libro que pasa fácilmente y con soltura de un delicado y minucioso ejercicio proustiano de la memoria a un tono crudo y específicamente realista, digno del Diario de 1920 de Isaac Bábel, plagado de las más despiadadas y salvajes imágenes de guerra, muerte y destrucción. Por otra parte, en la lectura emocionante y subyugante de esa realidad de la que se huye continuamente a través de un escapismo literario e imaginario, la maestría de Makine ha sabido dosificar perfectamente la sorpresa y el desenlace de un misterio que muy levemente apuntaba en las primeras páginas. Y, por supuesto, lo que podría haberse convertido en un empalagoso canto a las excelencias más características y queridas a los oídos del chauvinismo francés, se transmuta, gracias a la contención e inteligencia de Makine, en el sutil y creíble relato de una fascinación.

Ficha técnica

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