ARTÍCULO

Pétalos enfermos

Tusquets, Barcelona, 1988
Trad. de Flavia Company
 

«A todos nos ha sucedido comprar un viejo libro y encontrar en él pétalos que, apenas los tocamos, se deshacen en polvo», se nos decía en Los hermosos años del castigo, la novela de Fleur Jaeggy publicada en 1991 por Tusquets Editores. Los años del castigo son los del colegio, y uno puede permitirse el lujo de sospechar, pues a ello invita la autora, que hay un punto de partida autobiográfico. Sin embargo, esta autobiografía es en realidad muy tenue: Fleur Jaeggy nació en Zurich y sin duda la Suiza alemana es una presencia importante tanto en su novela como en los relatos. Pero la escritora reside desde 1968 en Milán y escribe en italiano. Lo curioso, en todo caso, es que Italia apenas si aparezca. Lo que crea una fascinante y no necesariamente verdadera aura autobiográfica es la visión del mundo, con una serie de obsesiones recurrentes.

Los hermosos años del castigo está narrada desde la hipersensibilidad de una muchacha para quien el colegio es una verdadera iniciación. Interna desde los ocho años en un colegio religioso «pensaba que a lo mejor habían sido los años más bellos. Lo años del castigo. Hay una exaltación ligera pero constante, en los años del castigo, en los hermosos años del castigo», por «el placer de llegar hasta el fondo de la tristeza», mientras que «la alegría puede volverse tétrica. La alegría es difícil de soportar».

Sería un error ver los relatos de El temor del cielo como una reiteración de los motivos que aparecen en Los hermosos años del castigo. La novela representa un proceso de iniciación a la vida, en la cual, está presente la muerte como una sensación y como un sentimiento, mientras que los relatos representan el final del recorrido de la vida, allí donde la vejez y la muerte se imponen como únicas realidades posibles y condicionan la visión del mundo, mientras que los juguetes, la inocencia, la atracción hacia otra persona representan sentimientos lejanos, que el tiempo ha alejado o destruido pero que siguen siendo, con frecuencia, una evocación necesaria que contrasta con la dureza y aridez del presente.

En todo caso, ambos libros están unidos ya por unos títulos paradójicos: la relación entre infierno y cielo, entre castigo y premio, aunque lo único que se impone es la realidad del origen y la realidad de la muerte, es decir, nuestro paso por la tierra. Algo que se afirma desde el principio, ahora como una constatación y no sólo como una intuición, en los relatos de El temor del cielo, lo que explica la radicalización del pesimismo, la morbosidad, la exasperación de las relaciones, la hiperestesia y un sentimiento de orfandad que va más allá de la soledad o del abandono. O bien no conocemos su origen («¿De dónde proceden?, sigue preguntándose. Pero ¿qué más da?») o bien lo conocemos de una forma brutal. «Su casa de origen, así la habían llamado. La casa en la que habían nacido de una mujer muerta».

El libro consta de siete relatos cuya unidad está impuesta por el tono sombrío, por la visión aciaga de la vida, por una extraña sensación de oscuridad que identificamos con la tradición expresionista. Relatos todos ellos personalísimos y de alta calidad, por lo que resulta improcedente destacar uno por encima del resto. El número de personajes es limitado, y al igual que la naturaleza que les rodea, los identificamos más por sus destinos trágicos que por su aspecto físico, lo que aumenta la sensación de extrañeza. Todo está vivo y todo rezuma muerte. En el jardín «el frío y la podredumbre no querían marcharse», «también el prado sudaba. Se oían voces a lo lejos. También éstas parecían sudadas», «las flores, extenuadas por el calor, muestran en sus corolas una tonalidad insatisfecha», «eran flores tímidas, bellas y modestas», «las rosas amarillas del jardín sufrían cicatrices», «el lago reposa tranquilo. O casi. Parece podrido» y «en el sueño, la barca flota como en un pantano, es un olor de agua maligna».

Todas las cosas, las más bellas y las más necesarias, revelan su podredumbre, están cargadas de culpa, de perversidad o de tiempo. Son repugnantes y necesarias, y tienen un valor de fetiches, forman parte del extraño ritual de la vida: un mechón de cabellos, los espejos («el espejo quedaba vacío, inútil»), la Biblia que inspira respeto y temor en los que creen en ella, el viento («Cuando sopla el favonio. La inmundicia de la dulzura»). Todo desprende un aroma embriagador y repugnante, «un aroma de especias, deseos, exhalaciones, los animales en las jaulas, los frutos de la tierra en la grandiosa aflicción de la teatralidad humana». Una teatralidad marcada, por los fetiches de la infancia y de la vejez, del nacimiento y de la muerte, por los juguetes y por la cruz, las lápidas, los ataúdes, el sepulcro, el cementerio; de modo que la felicidad y la sensualidad están unidos al dolor y al rencor en las parejas consumidas por la convivencia. «Se vistieron y desvistieron, también la señora se quitó el vestido. Jugaron a ser felices. La felicidad hería como un hierro candente». Y, en efecto, pasa por la vida el destino y la llena de presagios: la delicadeza siniestra, la sensualidad inquietante, las sombras, los olores nauseabundos de las cosas bellas, los sueños, hasta que «los días se hicieron inconsistentes. De repente se podía tocar la noche», y si en un tiempo llevaba un vestido que se le subía mostrando su vientre ahora «escogió uno para llevar a la tumba».

La percepción de las cosas está marcada por la hiperestesia de los personajes, de ahí la extraña sensación de vida que poseen, la morbosidad, la sensación de catástrofe. Y que decide, asimismo, las relaciones humanas: las de seres bondadosos que acaban por revelar su perversidad, las relaciones entre padres e hijos, entre señores y criados y, sobre todo, las de pareja o las matrimoniales. Los sentimientos y las sensaciones son siempre muy intensos, relaciones que afectan a la estructura misma de los relatos, con historias paralelas, en contrapunto o que se suceden de una generación a otra... Así, en «Sin destino» importa tanto la relación entre Anne Marie y su hija, como la que se establece con su amiga o con los señores que quieren adoptar a la pequeña, y en el extraño relato «Una esposa», interviene incluso la escritora. Con frecuencia cada personaje carga con su propia historia surgida de su relación fracasada y de su soledad.

Pese a los inoportunos calcos, la traducción de Flavia Company mantiene la intensidad de una prosa corrosiva y perversamente delicada, expresión de una aguda sensibilidad. El temor del cielo, es, para mí, uno de estos escasos libros que rozan la perfección y que evocan la mejor literatura.

01/09/1998

 
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