ARTÍCULO

Verano en Beiro hacia 1950

Alfaguara, Madrid, 218 págs.
 

Nacido en 1941, Carlos Casares pertenece a la generación que irrumpe con fuerza en el panorama literario alrededor de 1975, la de Eduardo Mendoza, José María Merino, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo o, entre sus paisanos gallegos, Alfredo Conde o Víctor Freixanes. Escritor en gallego, suele ser él mismo, como en este caso, el autor de la versión castellana de sus novelas. El sol del verano , en su versión original, ganó el Premio Nacional de la Crítica en 2002, el mismo año del fallecimiento prematuro (todos los hombres mueren jóvenes, decía, con razón, Stevenson) del autor. Los mimbres con que está hecha la novela no sorprenderán a quien conozca la trayectoria de Casares. Por referirnos a la anterior, Dios sentado en un sillón azul , además de otras coincidencias temáticas (mundo de la posguerra, recuerdos de la infancia del autor), hay semejanzas estructurales más importantes. Como en aquélla, ésta transcurre en la cabeza de un personaje que recuerda a otro y los episodios se entrelazan con parecidos vaivenes de la memoria.

Novela de la memoria y también de la familia, puede incluirse además en esa especie de subgénero que son las llamadas novelas de verano, las que transcurren en esa estación y que, a menudo, son también novelas de iniciación. Helena o el mar del verano, La vida nueva de Pedrito de Andía o El mismo mar de todos los veranos son títulos característicos dentro de la narrativa española, como El vino del estío de Ray Bradbury lo es de la universal. El relato comienza con la muerte (el suicidio) de quien será en las páginas siguientes uno de los protagonistas, Carlos. Helena, su íntima amiga, lo va a recordar, así como la antigua y estrecha amistad mantenida entre ambos desde la infancia, a finales de los cuarenta, sobre todo en los felices veranos pasados en la casa familiar de ella, la misma en que él se ha disparado un tiro en el verano del 68. Ese pasado es importante y gravita sobre toda la novela. El verano es el tiempo de la inocencia, de la felicidad, de la plenitud, el verdadero paraíso perdido de los dos protagonistas.

La novela avanza contándonos la historia de Carlos y Helena y de una amistad que tiene claros tintes amorosos, con el trasfondo de la familia de ella y, en menor medida, de los padres de él. El interrogante que constantemente está en el aire y que no se desvelará hasta el final es el motivo del suicidio de Carlos. Interrogante tanto más acentuado cuanto que Carlos es un modelo de vitalismo, alguien divertido y extravertido al que, ocasionalmente, le cubren nubarrones de melancolía. En la clásica dicotomía Marx-Rimbaud, Marat-Sade, Carlos encarna el segundo polo, igual que Arturo, el marido de Helena, intelectual y militante de izquierdas, encarna el primero. Quizá no haga falta decir que las preferencias del autor se inclinan por el personaje que lleva su nombre (curiosamente, además de esto, autor y personaje comparten la fecha de nacimiento y la marca de la moto).

La manera de enlazar pasado y presente dentro del largo monólogo interior que es la novela está bien lograda, sin soluciones de continuidad (con una excepción, en la página 102, en que desciende a un recurso mecánico: «y de nuevo empecé a recordar»); a veces, incluso con brillantez, cuando incluye recuerdos dentro de recuerdos. Tampoco tiene más fallos de vocabulario que el abuso del término comentar, como sinónimo de decir (pág. 107-112, por ejemplo).

Seguramente es ocioso decir que alguien con la trayectoria de Carlos Casares domina su oficio. Aquí lo demuestra sobradamente: la cadencia del relato, el empleo, sin excesos, del párrafo largo, nos muestran a un autor en plena posesión de sus recursos. Por ese lado la novela es plenamente satisfactoria. Su gran defecto tiene que ver con la historia narrada, con el fondo, para usar palabras viejas; y, desgraciadamente, con un aspecto central, esencial, del argumento. Tiene que ver con lo que es el motor de la historia: la causa del suicidio de Carlos. La explicación de ese enigma planteado en las primeras páginas y resuelto en las últimas (por lo que no podemos ser explícitos aquí, para no arruinarle a nadie una lectura recomendable, pese a todo) nos deja, en definitiva, ante un relato melodramático, folletinesco, con un inequívoco aire antiguo, por no decir rancio. A ese fallo, del que la novela (sobre todo, la impresión final que deja en el lector) se resiente seriamente, se añade la falta de sutileza (sorprendente en alguien como Casares, amigo de los matices, más que de las evidencias) de dar todas las explicaciones acerca de algo que el lector ha adivinado un rato antes.

Frente a eso, queda la buena factura, el limpio lenguaje, la hermosa historia de la infancia de los protagonistas y el entramado familiar. Esto último añade otra interesante dimensión –ideológica, moral– a la novela, al plantear una oposición entre los personajes tradicionales, de mente inquisitorial y catolicismo preconciliar, típico producto de la España de los años cuarenta y cincuenta, y los sanamente vitalistas, como el propio Carlos, los que defienden «la verdad de ser y de sentir», según la cita de Camus que encabeza la novela. Carlos los llama traidores y cheyennes; Cortázar habría dicho famas y cronopios.

01/03/2004

 
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