ARTÍCULO

La herida de la caridad

Anagrama, Barcelona, 304 págs.
Trad. de Marco Aurelio Galmarini
 

Hace unos pocos años, Richard Sennett publicó La corrosión del carácter (véase Revista de libros nº 47), un libro apasionante sobre la desvertebración del trabajador como persona en el mundo del capitalismo contemporáneo. A lo largo de sus páginas, se contaban y comentaban historias de vida de trabajadores de carne y hueso que, de una forma u otra, habían quedado arrinconados en el megajuego de la competencia, la eficiencia, el adelgazamiento de las empresas y la volatilidad del trabajo. El tema de fondo era evidentemente moral: ¿cómo es posible considerarse y ser considerado persona en un mundo así? Y es ese tema de fondo el que se aborda de forma directa en este reciente libro que ahora comento: el respeto a la persona humana en la sociedad contemporánea.

Por lo demás, la continuidad entre los dos libros no es sólo temática. Se muestra también en el tono y estilo argumentativos, en la habilidad para transitar con facilidad de la anécdota individual a la reflexión general y la historia de las ideas, en la falta de cierre doctrinal de diagnóstico y propuestas, normalmente aguados por un cauto «quizá» o un «sí, pero», en la viveza y personalización de la argumentación, que siempre muestra el yo que piensa, escribe y se siente involucrado en lo que dice. Son todos estos rasgos de autor los que, por lo menos a este lector, le hacen fascinante el libro, aun reconociendo la irritación que su lectura causa en ocasiones en razón de su amor por la digresión, la errancia de algunas argumentaciones o la opacidad de no pocas conclusiones, cuyo mensaje queda más en la mente del autor que en la del modesto lector. A veces, parece como si Sennett hablase consigo mismo, o con sus fantasmas familiares, y se desentendiera de sus posibles lectores, que no saben adónde lleva lo que está considerando. Pero estas sombras son más que compensadas por el brillo de sus propuestas, por las iluminaciones aquí y allá de temas complejos y elusivos, por su sutileza y esa muy notable capacidad para pensar lo más en lo menos, lo grande en lo chico, lo abstracto en lo muy concreto. Resulta así un libro a la vez exigente, sorprendente y entretenido que muestra la posibilidad de una sociología viva y atenta al matiz iluminador.

El tema es, como reza el título del libro, el respeto: en qué consiste, cuál es su relevancia social, cuáles sus problemas en el mundo contemporáneo. Sennett nunca proporciona su definición canónica; más que fijar cerradamente en qué consiste, opta por diferenciarlo de conceptos cercanos (estatus, honor, reconocimiento, prestigio, dignidad) y sobre todo mostrarlo en acto, en su uso cotidiano, en la sutileza de sus mil caras. Resulta así un algo lleno de pliegues y matices, cambiante y elusivo, que, además, es evaluado fundamentalmente en una de sus vertientes, el respeto mutuo o recíproco. Con todo, puede reducirse conceptualmente: el respeto de que habla Sennett es traducible como consideración o acción de considerar, y esto tanto en el sentido de ser considerado con alguien, como en el de tomarlo en consideración. Siguiendo esta pista llegamos a lo que el autor quiere destacar: cuando alguien es respetado consigue hacerse considerar, es decir, hacerse ver, mostrarse en la esfera pública y ser reconocido como un ser autónomo que ha de ser tenido en cuenta como un alguien que forma parte y es miembro de un mundo común. La falta de respeto consiste, así, en la invisibilización, en el ser borrado o sombreado hasta dejar de ser visto, en el no contar. Un mundo carente de respeto sería un mundo de sombras sin cara, que pasan de aquí a allá sin que nadie las tome en consideración.

La relevancia social del tema es obvia. Toda vida social se despliega como un haz de relaciones en las que los seres humanos se muestran unos a otros, pretenden ser tomados en consideración y son llamados a considerar a los demás. Lo primero señala el respeto por sí mismo de quien, lejos de ocultarse avergonzado, se muestra a la luz pública; lo segundo, el respeto que pide a los otros; lo tercero, el respeto que brinda a los demás. Respetarse, ser respetado y respetar son los hilos de ese tejido social; la trama la proporciona lo que centra la atención de Sennett, el respeto mutuo, esa red de reciprocidad que asegura que quien concede respeto, lo recibe, y quien lo recibe, lo concede. Atender a ese vaivén recíproco es crucial porque permite analizar el problema del respeto a la luz de su más alto plano de significación social: el problema de la desigualdad.

Es evidente que el respeto mutuo no está garantizado y que, con harta frecuencia, la consideración aparece como una relación asimétrica: alguien recibe un respeto que no devuelve a quien se lo brinda, convirtiendo al otro en un simple espejo sin nadie detrás. Es la forma más acabada de la desigualdad moral: exhibe la diferencia entre quien, siendo socialmente visible, es tomado en consideración y quien, por el contrario, queda borrado o convertido en simple sombra sin cara, descontado y desconsiderado por lo demás. De ahí la relevancia del respeto mutuo como expresión de esa reciprocidad que permite sustentar la igualdad moral: yo te considero y cuento contigo, y tú me consideras y cuentas conmigo; no tenemos por qué considerarnos iguales en todos los planos posibles de comparación, sino que nos limitamos a no perder de vista nuestras caras, a reconocer que existimos y que nuestras acciones han de considerar este dato fundamental. Es, por decirlo así, el grado 0, el cimiento más elemental, de la igualdad social; eso que se muestra en lo que Sennett denomina la «igualdad opaca», que va de la mano de un reconocimiento generalizado y recíproco de autonomía y constituye el núcleo de la igualdad moral.

Hasta aquí el argumento sociomoral que enmarca las indagaciones y reflexiones de Sennett. En ese marco, el centro focal del libro es la compleja relación contemporánea entre respeto e igualdad moral. La tesis que se propone es que los mecanismos típicos de asignación de respeto que operan en la actualidad no sólo no consiguen compensar moralmente las múltiples desigualdades materiales existentes, sino que además son mecanismos en gran parte perversos, pues limitan o incluso arruinan el mismo respeto que generan. El resultado es que la sociedad contemporánea sufre un claro déficit de respeto y, además, no sabe cómo cancelarlo.

Esos mecanismos o fuentes son tres; su modelo se encarna en el viejo sueño liberal de un artesano autosuficiente y benevolente. Como dicta el modelo, se supone que la primera fuente de respeto es la obra bien hecha. En ella se muestra tanto la resolución y capacidad de obrar, como el talento de quien la realiza. En razón de ello, puede también ser referencia para asignar méritos diferenciales a los actores: unos hacen más y mejor que otros; de ahí el más y el menos del respeto, su desigual distribución social y la base de su legitimidad, el mérito individual. La segunda fuente es coherente con este relato del respetable artesano independiente: consigue respeto quien es capaz de valerse por sí mismo o, más radicalmente, quien se muestra como un ser autosuficiente que no necesita sino su talento y sus manos para cuidarse en un mundo que puede ser hostil. El artesano autosuficiente, destetado, mayor de edad y que se muestra como adulto responsable que se hace y se guía a sí mismo, es la expresión más cumplida de este sueño de respetabilidad ilustrado-liberal. Su antónimo es evidente: el parásito que se instala en la vergüenza de la dependencia. Por su parte, la tercera fuente de respetabilidad abandona el espacio del pequeño taller artesanal para toparse con el mundo de los otros. Se trata de lo que en el libro se traduce torpemente como prodigalidad y que ha de denominarse en castellano más bien largueza, liberalidad o generosidad. El artesano que sale a la calle tiene buen corazón: sin llegar a la liberalidad de los antiguos, ni dejarse arrastrar por el demonio primitivo del potlach, siente simpatía por su prójimo y lo demuestra ayudándolo en persona o por intermedio de los bienes que dona con ese fin. Consigue así el respeto de los demás, que agrega gozosamente al que se le debe por la obra bien hecha y su madura autosuficiencia.

Hacer, bastarse, dar: he aquí las fuentes del respeto, antiguas como el mundo, pero que cada cultura material traduce a su modo; la hoy hegemónica es la traducción liberal de esos tópicos. Que tales sean fuentes de respeto está claro; que además sean la versión liberal de la respetabilidad me lo parece también: bastaría una lectura de la Teoría de los sentimientos morales de Smith para comprobarlo. El problema que arrastran es que no consiguen generar un respeto moral compensatorio de la desigualdad social y que, además, lo mismo que elevan hacia las alturas de la respetabilidad a algunos sujetos privilegiados, condenan a los infiernos de la comparación denigrante, la pérdida de autoestima y la invisibilización a una enorme cantidad de (cuasi) seres humanos. Las pruebas de que tal es el caso son de peso. Fijemos la atención en la parte más soleada y altruista del edificio para comprobarlo. Me limito así a las aporías de la largueza-liberalidad-generosidad o, por decirlo al modo de Smith, la benevolencia.

El respeto que proporciona la generosidad ni acaba con la desigualdad material ni, lo que es más relevante para el tema que aborda Sennett, genera espacios de respeto mutuo. Que no acabe con la desigualdad material no es su defecto, sino justamente su condición de posibilidad. Y es que para poder mostrar esa virtud excelsa del altruismo benevolente es preciso tener la oportunidad, y ésta sólo la brindan un mundo de desigualdades materiales y la libertad moral del sujeto generoso que, pudiendo no socorrer al otro, lo socorre. La benevolencia, desde este punto de vista ortodoxamente liberal, es un deber moral que no va de la mano de un derecho de quien la recibe. No se trata sólo de que, para ser ejercida, haya de quedar fuera de la esfera jurídico-política (de ahí la crítica moral al Estado del bienestar por degradar al estatuto de contribuyente fiscal a un potencial sujeto moral), sino que además se fundamenta en una asimetría rigurosa: el benevolente da lo que el receptor le puede pedir, pero no tiene ningún derecho a exigirle. Por ello, no anula la desigualdad, sino que la realimenta. Esta es una cara del problema. Pero es otra la que consigue una mayor atención por parte de Sennett.

La idea dominante es algo sabido desde siempre y que tan bien ha expresado Mary Douglas: «la caridad hiere». Sostener algo así es más que decir que el que la recibe está ya herido porque se ve arrastrado a pedirla; es afirmar, además, que la caridad misma hiere, descalificando humana y moralmente al socorrido. No sólo es incapaz de paliar la desigualdad social a la que se enfrenta, sino que agrega a la desigualdad de bienes y oportunidades la desigualdad moral. Pues quien recibe beneficencia no es objeto de respeto, sino un simple espejo sin nadie por detrás que lo sostenga, que se limita a reflejar lo único visible y a considerar en el mundo: el sujeto caritativo, benevolente, generoso. Y no es que este último se comporte siempre como un redomado narcisista en busca de reconocimiento, sino que, con independencia de que esa sea o no su motivación, el sujeto pasivo de su generosidad no puede ser reconocido como un sujeto respetable en razón de su propio desvalimiento. El que no es capaz de valerse por sí mismo no es digno de respeto. Sólo existe, en realidad, como ocasión para la apoteosis moral de quien lo socorre, que aparenta tratar como a un hermano a quien sabe que no lo es, pues no sabe siquiera si es: no tiene cara, no es visible, no es a considerar; es sólo un algo que sostiene un espejo en el que la generosidad se mira a sí misma.

He aquí uno de los laberintos del respeto mutuo diseccionado por Sennett. Muchos otros se suman a lo largo de las, a veces, erráticas páginas de El respeto. El libro es una llamada de aviso en contra de la buena conciencia de las almas bellas o de los celosos burócratas que administran voluntariosos programas de asistencia social. Una llamada de aviso que se proyecta en muchos frentes: no sólo, como acabamos de ver, en contra de la buena conciencia del diagrama liberal, sino también advirtiendo contra las perversiones del voluntario de buen corazón, del profesional del trabajo social o del Estado del bienestar histórico y de su actual versión adelgazada. Todos son analizados en busca de los innumerables pliegues sociales del respeto.

Por lo demás, quien hace tantas llamadas de atención es alguien que antes de estudiar el tema lo ha vivido en sus propias carnes y en las de sus parientes: niño de barrio marginal, hijo de trabajadora social, descendiente de gente de la izquierda radical estadounidense que apostó la vida en pos del sueño de la justicia social. Sennett sabe lo que es vivir en los espacios de la asistencia social y también lo que es luchar contra la marginación y el precio que se paga cuando se sale individualmente de ella. Sabiéndolo, ha desarrollado una especial sensibilidad para detectar las injurias morales de la pobreza en sus más sutiles manifestaciones. ¿Son superables, compensables, diluibles, esas injurias? Dicho de otro modo, ¿tiene sentido el proyecto del mismo libro de aislar y apuntalar un espacio de respeto moral igualitario en un mundo dominado por potentes mecanismos que generan desigualdad? ¿Es ese espacio posible? Sennett parece creer en ese proyecto y en la posibilidad de generar ese espacio, pero, a mi entender, lo que muestra y reflexiona se encarga por sí mismo de demostrar que el proyecto plantea una tarea imposible, abocada siempre al fracaso. No cree, en efecto, que sea posible compensar en términos morales las injurias de la desigualdad. Es más, creo que, si nos atenemos a los análisis del mismo Sennett, las compensaciones morales en términos de respeto serán simples cortinas de humo lanzadas para ocultar la reproducción moral de la desigualdad de base. Y es que un sistema de desigualdad no puede dejar de vertebrarse en un diagrama o modelo de humanidad que asigne excelencia a algunos en detrimento de otros, discriminándolos moralmente. De este modo, bueno es que nos pongamos, como Sennett, a la tarea de indagar el largo brazo de la desigualdad, sus traducciones a todos los lenguajes posibles, incluyendo el puramente moral, pero malo y descaminado que desmesuremos la autonomía de la desigualdad moral y soñemos la factibilidad de una política de compensación moral de las otras desigualdades sociales.

01/04/2004

 
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