ARTÍCULO

¿María Zambrano?

 

Desde que en 1988 el premio Cervantes reconociese públicamente la figura y la obra de María Zambrano, el interés hacia el pensamiento de esta discípula de Ortega y Gasset, no ha dejado de crecer ni en España ni fuera de nuestras fronteras. Ana Bundgard se suma a esta corriente y nos presenta un ambicioso proyecto que se declara enfrentado a un lugar común que, según su propia percepción, lastra los estudios habidos hasta la fecha: la imposibilidad de sistematizar la obra de María Zambrano. Su proyecto consiste, por el contrario, en contextualizar, analizar y aclarar su pensamiento en el marco global de la crisis de la filosofía racionalista.

A este primer objetivo se encuentra dedicada la primera parte del libro en la que, sin embargo, la profesora Bundgard desestima la inserción del pensamiento de Zambrano en el contexto de la filosofía europea. No parece rigurosa la justificación de dicha opción en «la falta de interés –de la autora– por la tradición filosófica en la que históricamente estaba inmersa», si atendemos al hecho de que hasta los años sesenta, Zambrano no sólo reflexiona desde la crisis del racionalismo y las insuficiencias del positivismo, sino que se ha medido con la voluntad de poder y el eterno retorno de Nietzsche; amén de con el fenómeno de las vanguardias artísticas, por citar sólo algunos ejemplos.

Conforme seguimos leyendo los continuos reproches que la profesora Bundgard vierte sobre el pensamiento de Zambrano por carecer de valor científico o analítico, comprendemos que una de las causas radica en la perspectiva desde la que enfoca su trabajo. Ello es visible ya en las primeras páginas, cuando desestima la interpretación que realiza Zambrano de Freud, a causa –dice– de su «crítica subjetivista e indocumentada». Tal vez si hubiese realizado una lectura libre de prejuicios, habría llegado a una de las claves del «confuso» pensamiento de Zambrano: su denuncia de la reducción positivista del espacio interior del hombre.

Y es que el enfoque analítico y sistemático de la profesora Bundgard desdeña, entre otras cosas, la historia, la tarea de seguir con paciencia la evolución de las categorías claves de un pensamiento: todo ello produce la impresión de un juicio prematuro. Apenas dedica unas líneas a la periodización del pensamiento de la filósofa estudiada, acudiendo a unas etapas que ya indicó Jesús Moreno en 1988 –y ha ido matizando después– e incurriendo en errores de bulto como el olvido del libro De laAurora en su tercera etapa.

Pero donde más se verifican las limitaciones de la opción señalada es en la descontextualización de los textos analizados en la segunda parte del libro. Faltan en el estudio los más representativos títulos de la autora, así como algunos artículos imprescindibles. Se nos dice que El sueño creador y Los sueños y eltiempo no van a ser tratados porque «eso hubiera sido otra investigación». ¿Cómo se explica entonces que seleccione precisamente aquellos textos en los que Zambrano reflexiona sobre la actividad poética y sobre determinados personajes que ella eleva a la categoría de mito? ¿Y cómo pueden entenderse sin la base teórica de El sueño creador?, pero es que otros libros centrales, como El hombre y lo divino, Persona y Democracia o La confesión: género literario, apenas hacen su aparición. En la primera parte sólo dos citas de El hombre y lo divino, en las páginas 45 y 46, y ambas menores. En la segunda parte, tales libros serán sólo mencionados para refrendar –no sabemos por qué vías– las tesis de la autora. Ninguno de ellos es merecedor de análisis y sistematización.

Desde tales presupuestos es muy difícil comprender no sólo el pensamiento de Zambrano, sino medirlo con el de su maestro Ortega, uno de los ejes sobre los que, en palabras de la profesora, gira su investigación. Faltan la categoría tiempo, central para diferenciar razón poética y narrativa, o el concepto de vocación, término que Zambrano asumirá y «abismará» posteriormente hacia un «centro creador». Aparece la nada creadora como fundamento para la existencia, obviando que la nada es para Zambrano un concepto histórico, «viviente», que cambia de lugar según cambia el proyecto de ser del hombre.

En la segunda parte del libro, el enfoque analítico y la ausencia de categorías básicas adelgazan los logros de un esfuerzo sin duda encomiable. La lectura aislada de Pensamiento y poesía en la vida española sesga la consideración del libro hacia una vertiente exclusivamente casticista, como «una búsqueda de la esencia de lo español previa a los hechos», y no se detecta que en él no sólo existe una alternativa estética, sino una razón poética en ciernes que camina con pasos firmes hacia una antropología y hacia una metafísica y en donde el fracaso no es «una glorificación de la derrota», sino una categoría ontológica y antropológica.

La ausencia de categorías básicas se sigue haciendo presente cuando la autora usa de forma indistinta términos tan decisivos como delirio, ensoñación, «novelería» y sueño creador, sin cuyo deslinde es comprensible que concluya que «las propuestas de nuestra pensadora no resultan clarificadoras». No lo son tampoco respecto a Antígona, que considera un texto apócrifo y nos remite para su análisis a las tesis de Dominique Dorang, quien lo interpreta como una alegoría de la guerra civil española. Ni tampoco respecto a Nina, la humilde criada de Misericordia de Galdós, cuya interpretación contribuye a diseñar una tesis que será una de las apuestas más fuertes del libro: que toda la obra de Zambrano no es sino proyección de su situación biográfica personal: «Busca y encuentra en los textos lo que ella necesita en una situación determinada».

La tercera y última parte del libro está dedicada al análisis de Claros del bosque. No podemos detenernos ya en refutar muchas de las cosas que allí se dicen en torno a uno de los libros más difíciles de Zambrano, un texto que surgió al hilo de la muerte de su hermana Araceli y que, según sus propias palabras, fue elaborado, a diferencia de otros, sin intencionalidad alguna. La profesora Bundgard parece obviar esta circunstancia cuando, en polémica con Pere Gimferrer, aleja el libro de su posible componente poético, por estar dotado de «intencionalidad». Añadir tan sólo que, ahora sí, aparece el horizonte de la filosofía europea con los nombres de Nietzsche y Heidegger y, por fin, el libro básico de la autora, El hombre y lo divino, cuyas páginas dedicadas al amor reclaman la atención de la autora en esta última parte de su libro.

01/06/2002

 
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