ARTÍCULO

El nuevo des-orden internacional

Editorial McGraw-Hill, Madrid, 1996
Estudios Ciencias Jurídicas
500 págs.
 

Esta crítica puede comenzar por una cita, contenida en la cubierta posterior del libro, y que, a falta de firma, cabe, razonablemente y por su estilo, atribuir al autor. Dice que «en cierto modo (este libro) es una provocación para evitar la reocupación sectaria del universo, espacio y valores por las tribus opulentas». La obra es, en efecto, una provocación y su autor, el provocador, une a esta condición las de editorialista y columnista más, lo que ya cabría calificar de estatus, burgués y ordenado donde los haya, la cualidad de catedrático de Derecho. La provocativa obra no tiene desperdicio y, en contra del archimanido tópico, no se lee de un tirón. Ello, por una razón principal: el lector-ser vivo (única categoría de humanos dignos destinatarios del producto, según la dicha cubierta posterior) se ve continuamente solicitado por una pléyade de cuestiones, ideas, postulados e interrogaciones sobre la sociedad internacional actual, aunque con algunos excursus a la Historia que apoyan o explican las tesis sostenidas. Todo sin demasiado orden, pero con un estilo de una viveza y brillantez innegables, reforzado por algún recurso, como los intitulados literarios de los diferentes capítulos, que realzan el antiformalismo de la obra a costa de una presentación no estructurada que incomoda, a poco cartesiano que sea el lector. Éste se ve, en consecuencia, obligado a afrontar en orden disperso y reflexionar acerca de multitud de materias y problemas sobre los que el autor pontifica con criterios generalmente rotundos y firmes, apodícticos a veces, discutibles con frecuencia, es decir, dignos de ser debatidos o, por lo menos, matizados.

Y, tras esta introducción, cabe pasar al fondo.

La obra es, en primer lugar y en buena medida, aunque no exclusiva ni siquiera principalmente, descripción del orden (desorden) de la sociedad internacional actual. Aunque con muy desigual tratamiento (algunos temas son simplemente mencionados, otros se consideran merecedores de detallado análisis), se exponen (casi) todos los que, para simplificar, podrían calificarse de males que aquejan a nuestras sociedades y a sus miembros; así, se mencionan o tratan los gastos armamentísticos, las muertes de niños por hambre, la extinción de especies animales o vegetales, la desertificación del planeta, la violación por numerosos Estados miembros de la ONU de los derechos humanos básicos, el temor de los Estados del Sur a ser olvidados, el desfondamiento institucional, el cuestionamiento del pluralismo y la tolerancia, los sufrimientos de los pueblos, los límites del desarme, el problema de las minas antipersona, las insuficiencias del Derecho de la guerra, la penosa evolución de África, la injerencia humanitaria vista principalmente en sus perfiles más negativos, los Estados fallidos, la deuda externa, los peligros generados por los nacionalismos, separatismos y la alegación del derecho de secesión; y, muy principalmente y con especial énfasis, son analizados el dominio neocolonial ejercido sobre la sociedad internacional por las grandes potencias, con Estados Unidos como cabeza de lista y villano arquetípico, y la degradación de la ONU a dócil instrumento de la labor de dominación mencionada.

Entreverado con este catálogo de los horrores, el autor nos obsequia con la exposición y subsiguiente refutación de dos recientes interpretaciones del nuevo desorden, dos Weltanschauungen llegadas de Estados Unidos: el fin de la Historia, de Fukuyama, y el choque de civilizaciones, de Huntington. La primera la despacha con pocas líneas, quizá porque, a pesar de su juventud, la aceleración del tiempo histórico, que diría Ortega, manifestada en los recientes acontecimientos, ha mostrado claramente su endeblez. La tesis de Huntington la analiza con más detenimiento (¿quizá por su mayor solidez?), pero no con más misericordia. Reconoce algunos elementos de realidad en ella, pero sólo para desvalorizarlos a continuación. Así, afirma que «dada la complejidad y el mestizaje que son frutos de la Historia, cabe suponer que cualquier formulación alternativa presentaría también puntos flacos, pero dudo que haya otra menos defendible que la huntingtoniana». Acepta que «los elementos o factores que acaban configurando la civilización según Huntington influyen, desde luego, en la ordenación del mundo, en las relaciones de los grupos humanos organizados políticamente», pero «no sólo hay que rechazar todo determinismo, sino también un papel central para la civilización en el rumbo de los acontecimientos que están perfilando la sociedad internacional del siglo XXI».

Refutadas contundentemente las dos más recientes y conocidas tesis sobre el nuevo orden (desorden), el autor, sin formalizarla, nos ofrece la suya propia. Retomando la cita mencionada al comienzo de esta crítica y simplificando quizá, estamos ante «la reocupación sectaria del universo, espacio y valores por las tribus opulentas». Resulta casi superfluo decirlo, las tribus opulentas son los países desarrollados de Occidente, pero parece doblemente superfluo señalar cuál es el paradigma, la tribu más opulenta, cuyas intrigas y perfidias se describen in extenso y casi con delectación morosa. Estos manejos se extienden de forma global, aunque, por supuesto, con distintas modalidades, a todos los sujetos de la sociedad internacional, pero, en particular, a los enemigos naturales (Libia, Cuba, Irán) y a las Naciones Unidas, cuya acción se desvirtúa e instrumentaliza para que sirva a los fines de dominación de las mentadas tribus. Es ésta una concepción que nos retrotrae a tiempos pasados, con tintes guevaristas y jomeinistas, temperada, eso sí, por el juridicismo del autor, que junta radicales discursos con rigurosos y documentados análisis de Derecho Internacional como apoyo a algunos de sus argumentos. El Gran Satán encarna en Estados Unidos, pues, aunque se admita que la miseria y el sufrimiento de muchos hombres del Tercer Mundo derivan directamente de la corrupción y la incompetencia de las elites locales o tribales correspondientes, éstas, en última instancia, actúan vicariamente en apoyo de la dominación de las tribus opulentas.

La despegada o irónica presentación, hecha hasta aquí no impide que el que esto firma estime sólidos muchos de los argumentos avanzados y verdadera la exposición de muchas de las realidades narradas; tanto más cuanto que algunas recientes manifestaciones de la política norteamericana subrayan hasta la caricatura varios de los más negativos aspectos del ejercicio del poder por las elites de aquel país. Así, fundamentales decisiones de política exterior deben ser tomadas por un ambiguo e irresoluto Clinton (en su tiempo, con su itinerante escudero Christopher, desvaída copia de Kissinger), bajo la presión de la mayoría republicana en el Congreso, con el impresentable Gingrich como mascarón de proa.

Pero el autor va demasiado lejos. Si se tiene una mínima confianza en la libertad y la responsabilidad de los hombres y de los pueblos (y aquél parece tenerla, a lo que se ve por sus observaciones sobre la no intervención y la injerencia), todo el Mal no puede atribuirse a un país o a un grupo de países que sólo suponen una fracción de la humanidad, exonerando a la gran mayoría de toda responsabilidad en la conducción de su existencia y su destino. La historia reciente ofrece, por otra parte, ejemplos de pueblos que, partiendo de situaciones de postración económica y dependencia política, se han alzado y han ingresado o están camino de ingresar en el club de los poderosos.

De todas formas, aun aceptando que el diagnóstico de la dolencia sea certero, nuestro facultativo nos abandona sin prescribir un remedio, pues nada propone para, de acuerdo con su proclamado objetivo, evitar la reocupación sectaria del universo, espacio y valores por las tribus opulentas. La Tierra Prometida está bien caracterizada, «una sociedad igualmente universal, cosmopolita y tolerante, con una articulación institucional cada vez más democrática y vigorosa para la solución de los problemas a la luz del principio de solidaridad», pero ni el camino que lleva a ella ni el Moisés que conduce la tropa son conocidos. Por otra parte, y ejercitando una prudencia que deriva, probablemente, de su cualidad de jurista positivo, el autor no hace el menor intento siquiera de esbozar el futuro previsible, dadas quizá las gloriosas meteduras de pata, en tiempos recientes, de los futurólogos y los think tanks más acreditados.

En todo caso, esta obra es un revulsivo y, se asienta o se disienta, de unos u otros de sus postulados, su lectura es altamente recomendable para las personas no totalmente satisfechas o acomodaticias; en esto, como en otras cosas, el crítico coincide con el autor.

01/03/1997

 
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