ARTÍCULO

Orfebrería

 

Recién salido de El color del verano, una lectura tardía, la mía, del prodigioso libro de Reinaldo Arenas, cayó en mis manos El Niño de Luto y el cocinero del Papa. Así es que debo intentar ser justo, intentarlo al menos, y olvidarme de Reinaldo. Y olvidarme de que en la página 303 de este Niño de Luto me propinaron la sorpresa de «alguno de los incunables de Góngora y Quevedo». He consultado todos los diccionarios y todas las enciclopedias que he podido, todos y todas coinciden, y la más puntillosa, la Meyers alemana, precisa además que un incunable es un libro editado entre la invención de la imprenta y el 31 de diciembre de 1500: de manera que los incunables de Góngora y Quevedo hallados en la novela de Armas Marcelo deben ser precocísimamente prenatales. Pero ya digo, quiero olvidarlo.

Y también alguna frase como ésta (pág. 50): «Los había llamado para que vinieran hasta la casa de Lawton a los policías por teléfono Lázaro, el mayordomo de Niño de Luto». Después de todo, nadie menos que Cervantes escribió aquello de «Pidió las llaves a la sobrina del aposento» (Don Quijote I/6). Y asimismo me olvidaré de un habanero pero de los «de velldá» que usa seis veces en un solo párrafo (pág. 59) la palabra «papaya» en un sentido original: botánico. Cuando es de precepto que a la papaya botánica en La Habana se la llama frutabomba, porque el empleo del término correcto se reserva como metáfora para el sexo de las mujeres, y el decoro exige no usarla sino en conversaciones salaces o chistes verdes. ¿Y qué decir de la inimitable Martha Argerich rebautizada como Marta Alguerich (pág. 46)? Y hay que ver lo que tarda en morirse la hermana del Niño de Luto, para mencionar una curiosidad cronológica que interesaría mucho a los especialistas del pulmón. Y doce veces «como» más una vez «cómo» en una sola página, es de veras excesivo. Y y y y y y..., pero ya digo que quiero olvidarme de todo eso, si bien no de que tengo que hacer la crítica de esta novela.

Sólo que, ¿por dónde empezar?

Porque lo que pasa es que el reciente banquete con El color del verano degrada a comida rápida El Niño de Luto y el cocinero del Papa, título insípido a más no poder, a pesar de los suculentos platos que prepara el segundo protagonista del título de la novela. Del color al Luto viaja uno sin escalas del mundo de la escritura como compulsión vital, como desgarramiento visceral, como experiencia inintercambiable, amén de esa orfebrería verbal que convierte al libro de Arenas en un Tiffany's del idioma, viaja uno de ello, digo, a la escribanía de receta y diseño industrial, escuadra y cartabón a la vista, donde lo mismo da ocho que ochenta y la graforragia intenta dárselas de barroco latino. En fin...

¿Qué es lo que nos quiere contar la novela de Armas Marcelo? La historia de un cubano que no se fue de Cuba cuando llegaron los barbudos de Sierra Maestra, un cubano homosexual y que disfruta de una bula imprescriptible porque dizque le salvó la vida dos veces a Fidel Castro cuando lo perseguían los sicarios de Batista. Un cubano abogado, catolicón y custodio de los tesoros artísticos que le dejan en depósito las familias adineradas que se van de la isla huyendo de la quema y con la esperanza de que Castro va a caer pronto. Un cubano que se llama Diosmediante Malaspina, descendiente del Malaspina histórico, y que redacta cada dos por tres nuevos testamentos en favor de sus amantes de turno, revocándolos cada vez que dichos amantes lo abandonan. Y toda esta historia contada por un narrador en primera persona de singular en quien recae la grandísima suerte de ser el único cubano al que se confían los dos únicos cubanos que no confían en nadie..., si exceptuamos a Castro, ça va sans dire! Así es que el narrador de marras lo tiene fácil porque él es el solo solito que lo sabe todo y que nos informa de todo, incluyendo el hecho de que él y su esposa (de quien por el libro nada más sabemos sino que existe) han sido de toda la vida los testigos notariales de los antecitados testamentos.

Como es posible que el lector de esta reseña se anime de todos modos a leer el libro, o lo lea a pesar de ella, no quiero cometer la deshonestidad de revelar la trama policial que hay en el fondo de la narración. Pero también sería deshonesto si no advirtiese a ese lector que no cuente con encontrar en este libro nada que evoque las investigaciones de Mario Conde, el policía tronado héroe de las novelas de Leonardo Padura. Por otro lado, tampoco quiero pecar de aguafiestas revelando las recetas del cocinero del Papa, que se queda en La Habana después de la visita del ilustre polaco al caimán barbudo, e inaugura un restaurante llamado La Creazione, aunque para mi gusto mejor se podía llamar La Pasta Gansa.

Según se ve, no tengo la mejor opinión del libro, pero en la misma línea de honestidad que he seguido hasta ahora quiero añadir que se lee muy bien y hasta divierte si uno desconecta el disco duro de la crítica. Entiéndaseme bien: divertirá a quienes confundan la verborragia con la elocuencia, pero de todos modos, que quede dicho. Por eso mismo, por lo poquito que le costaba escribir una página o dos más, lo único que de veras no le perdono al autor es que haya dejado sin desarrollar un formidable hallazgo, el del entretanto ex cocinero del Papa cuando le confiesa al narrador omnisciente: «¿Usted sabe que todo el tiempo que llevo aquí en La Habana no hago más que comparar Cuba y Sicilia, ver una isla y ver la otra como si fueran dos existencias paralelas?». ¡Qué gran ocasión desperdiciada para dejar entrever en los rasgos esperpénticos del Hombre Fuerte la máscara de Marlon Brando o Robert de Niro en las shakespearianas películas de Coppola! Pero ésta, como diría Rudyard Kipling, es otra historia.

01/09/2001

 
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