ARTÍCULO

Las flores cuando se vuelcan

 

Lola Velasco ha elegido una escueta celda para sus versos en este libro. Repitiendo el gesto de siempre del poeta, que se obliga al lenguaje y al mismo tiempo lo tensa, porque le busca las vueltas y las entretelas para encontrar en ellas su sentido, se ha impuesto un molde tan arbitrario como exigente: diez versos, siempre diez versos. Y así, hasta setenta veces, hasta setenta poemas que se suceden como eslabones, como celdillas de una colmena, como variaciones. O como movimientos: el paso de poema a poema, de página a página, deja al lector la impresión de recaer en la misma estancia que es, cada vez, distinta, de modo que la propia pauta formal establece un cauce para lo que los poemas elaboran y para lo que en ellos busca decir la autora. Es el suyo un molde fijo pero dotado de toda la flexibilidad imaginable, porque cada verso se extiende lo que necesita y no los sujeta rima ni cuenta fija. Y eso equivale a decir que cada verso representa una decisión y cada poema, un movimiento tejido de las decisiones que lo enhebran. El poemario se abre con una cita de Henri Michaux en epígrafe: «Soy de los que aman el movimiento, el movimiento que rompe la inercia, que emborrona las líneas, que deshace las alineaciones, me libera de las construcciones. Movimiento, como desobediencia, como remodelación». Leído tras el título, este epígrafe parece un anticipo de lo que éste preludia o resume, pero considerado luego, después de transitar por esa retícula de las setenta veces diez versos y desde ella, adquiere el aspecto casi de una declaración de intenciones formales, casi de justificación de esa pauta formal, aunque acaso no llegue a tanto como a un asomo de poética. Cada poema ––cada página–, pues, reordena, remodela, quiebra, pero también desnuda la construcción que lo configura, y la subraya como tal construcción, como molde impuesto. Por lo demás, ese epígrafe de Michaux no sirve como plantilla temática de la obra, pues no falta el poema –y está entre los primeros– que discute sus términos de modo casi expreso: «Cada movimiento revela / un deseo de inercia» (pág. 29). Pero, si no propone una pauta de lectura ni un sentido establecido, sí presenta al menos un ámbito de exploraciones, de indagaciones en el significado. El movimiento, el cambio, la modificación y el eslabonamiento de las nuevas perspectivas que los acompañan son los motivos fundamentales que articulan y engarzan estos poemas. Existe entre ellos una declarada continuidad temática, que se muestra en las estructuras sintácticas idénticas que ligan poemas consecutivos o en los asuntos que comparten o completan varios de ellos. La nota editorial previa ya anuncia que el libro es «un texto unitario, un largo poema». Aquella pauta formal única y estos enlaces avalan el propósito de unidad en que se asientan los poemas, pero éstos exigen, al mismo tiempo, una lectura que distinga a cada uno de los demás, porque es su carácter de eslabones lo que define la cadena y la singularidad de cada paso la que da forma al recorrido que componen juntos, como una serie de exploraciones, como una letanía de inquietudes. Ese juego con las tensiones de la secuencia y la diferencia es uno de los factores significativos que definen la cohesión y la densidad logradas del poemario. Por lo demás, se perciben en los poemas insistencias notorias, entre las que destaca la del tiempo. Vivido y recordado, en tránsito o en forma de anticipación, su transcurrir es uno de sus motivos más visitados. No faltan en esa consideración reiterada la perspectiva ya sabida, casi inevitable, o el recurso al tópico literario. Así, algún poema hasta juega con el tópico proustiano de la sensación que despierta a la memoria: «Y de repente un sabor / parece que te habla, / la experiencia que se declara inocente» (pág. 70). Pero tal guiño a la memoria literaria es engañoso, porque da pie, en realidad, a una reflexión burlona y despiadada acerca de lo que esa convención parece proponer. Así sigue el poema que arranca con esa aparente concesión a la imagen conocida: «Huellas entrenadas para borrar / el ruido que hacemos». Pues lo más llamativo de estos poemas, tan escuetos, redactados con un lenguaje que se hace discreto, casi transparente a fuerza de contención, que se alimentan de un vocabulario de la naturaleza más cercana y conocida, es que ofrecen una visión de los aspectos contradictorios de la experiencia en el tiempo, que cancela al tiempo que inicia, clausura en el instante que abre. La nostalgia, lo mismo que la previsión –«el esqueleto fosilizado del futuro», pág. 29–, se diluye así en el simple transcurrir, en la desconcertada certeza de lo fugaz. Valga para muestra un poema íntegro: «Recordaré la luz lavada / de las montañas, / lo que lleva dentro de sí. / Somos semillas / en la cálida nieve. / Cada vez más cerca del origen, / otra madrugada / que se cierra encendida / en una exhalación / que finalmente nos alcanza» (pág. 52). El tozudo laconismo de estas piezas otorga al conjunto un discreto aire reflexivo, meditabundo. No les faltan a esas meditaciones las frases sentenciosas, que parecen resumir en una estructura verbal bien pulida un concepto largamente rumiado. Leemos, pongamos por caso: «La felicidad / es un viejo avaro / que nunca encuentra / lo que escondió» (pág. 68). Pero tampoco falta la advertencia contra las falsas seguridades logradas con sólo las palabras: «No busques / la verdadera identidad de las cosas / en las palabras, / sino en los labios / que las pronuncian» (pág. 82). En definitiva, El movimiento de las flores construye sin concesiones y propone al lector un recorrido sin meta, una indagación del sentido que no obtiene otra certeza que la de su perpetua fugacidad. Pues «cambiamos / con la flexibilidad / de la piedra inacabada. / Cambiamos todo el tiempo, / y el universo / parece detenerse» (pág. 66). El poemario, a fuerza de contención verbal y de rigurosa fidelidad a un molde, sumerge al lector en una temporalidad inquieta y en la cuestión acerca de sus leyes. Pero, a la postre, sólo nos deja de esa experiencia, que no se deja reducir a las palabras o a las abstracciones, aunque las convoque, la sensación una y otra vez, con su llamada a nuevas disquisiciones. Esos «olores efímeros / que no olvidarás» es todo lo que queda, huidizo, de «las flores / cuando se vuelcan», junto con el dolor, «un aroma / que se repite siempre / de otra manera» (pág. 72).

01/09/2004

 
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