ARTÍCULO

CLARA SÁNCHEZ. EL MISTERIO DE TODOS LOS DÍAS

El misterio de todos los días, de Clara Sánchez, ha sido publicada por Alfaguara.
 

«Hace unos días volví a saber de Néstor Bosch a través de una tercera persona. Ahora él tiene veintiocho años y yo cuarenta y cuatro. Cuando lo conocí él tenía diecisiete y yo treinta y tres. Desde entonces nunca se ha apartado por completo de mi vida.»

Con estas líneas comienza la novela y en este párrafo inicial quedan delimitadas ya sus peculiaridades: se trata de una historia de amor, pero de un amor inhabitual, obsesivo y duradero.

La primera imagen del objeto de deseo es muy ilustrativa. Elena, maestra en un colegio de la alta burguesía madrileña, recuerda, con percepción acaso más propia de un hombre que mira a una mujer, cuando vio a Néstor por primera vez, «el pelo le caía tiernamente dorado hasta los hombros».

a diferencia de edad entre ambos –Néstor es un muchacho enfermizo que acaba de salir de la pubertad-puede explicar muchas cosas, entre otras ese modo de mirar, tan ambiguo a veces como el de una madre que se atreviera a desear a su propio hijo.

Los atractivos de Néstor no son, sin embargo, evidentes. Y al lector le llegan sobre todo por reverberación, como nacidos de la pasión insólita que se ha despertado de modo tan súbito en Elena. Néstor es demasiado pasivo, demasiado inerme, demasiado joven. Y tampoco Elena canta a Néstor, como Humbert a Lolita –y algo de Lolita hay en esta novela– llamándola fuego de mis entrañas, luz de mi vida, pecado mío, alma mía, aunque sí se refiera a él, no importa lo lejos que estén el uno del otro ni la no constancia de ser correspondida, como «mi Néstor».

Porque lo que en Lolita cruzaba la divisoria de lo patológico aquí se queda sin siquiera rozarlo más que como una obsesión. Lo que se nos narra es un amor al acecho, un amor que no se colma porque se reprime, que no se afronta porque no se declara, un amor que se vive, sin embargo, día a día, minuto a minuto, como una ofuscación, capaz de desalojar cualquier otro pensamiento que no sea la evocación, el recuerdo o el anhelo de la persona amada, deseando ocupar el lugar de ese «sol que le toca el pelo, la nariz, los botones de nácar del pijama». Pero ¿qué amor, qué amor verdadero no es sino una obsesión? Obsesión, o alienación, según nombraba Ortega, ese vivir en el otro, sentir que el otro se ha apoderado de nosotros, que está permanentemente en nosotros, ese no ver sino al otro.

En tal sentido la novela funciona muy bien, con una primera parte excelente, titulada «La casa roja», una historia cerrada, refractaria a cuantos acontecimientos proceden de fuera, blanca además, en la que nada carnal ocurre aunque todo sea muy sensorial –la luz, la tibieza de la atmósfera, los olores, los gestos–, salvo un leve vislumbre cuando Elena siente un «amor absoluta y completamente carnívoro» que inmediatamente reprime.

Y es por aquí por donde se filtra, sin ruido y de manera casi imperceptible, la intriga. La narradora, que vive su pasión con dolor y felicidad, es una mujer hecha y derecha, que ha estado cinco años casada y que, por tanto, conoce muy bien el destino inevitable en el que se culminan, y del que se alimentan, las pasiones amorosas. Pero nada ocurre, no al menos en esta primera parte cuyo narrar ensimismado amortigua no sólo la presencia exterior de los demás, sino casi el mismo movimiento de los protagonistas, que viven como entre las paredes de una espesa burbuja elaborada en el pensamiento de la narradora, cuyos sentidos parecen mermarse para todo aquello que no sea exclusivamente la atención a su objeto amoroso.

La segunda parte, titulada «Tiempo de verano», parece en principio acoger idéntica atmósfera hasta que el sexo de modo suave comienza a abrirse camino, siquiera para mostrar lo muy despierto que está, puesto que si su latencia, empeñada en una larga espera ofuscada, se resquebraja ahora, lo hace con la persona más cercana a Néstor y como para indicarnos que, aunque más abierta al entorno, la obsesión no ha sido capaz de cambiar de dirección.

Ese despertar sube algunos grados en la tercera parte significativamente titulada «Deseos humanos». Se relatan en ella varios encuentros amorosos de la protagonista, uno de ellos, el único que verdaderamente importa, no es real sino ensoñado, con el Néstor de sus pensamientos, con «mi Néstor», en una secuencia exquisita que prefigura de modo inteligente el final de la novela. Porque los otros no son sino sucedáneos de lo que ella espera, remedos de lo que no tiene y tanto anhela, y cuya función sería la de reforzar, ahora de modo decididamente no platónico, la fuerza de su obsesión, a excepción quizá de la aventura con el guía árabe que les acompaña en Marruecos, acaso el menos coherente por lo que tiene de contradictorio con la pasividad al acecho de Elena, quien, en este caso, cuando le oye hablar, «siente ganas de comérselo vivo por su espiritualidad», y a fe que lo hace.

Y casi bastaría con lo dicho. Porque todavía siguen dos partes tituladas «Otros días» y «Viaje de novios» que poco añaden, que incluso aligeran levemente la densa materia obsesiva de que está hecho el relato, ese tiempo tan flexible y consistente como plastilina, un tiempo que nada tiene que ver con el del calendario ni con el del reloj, sino con el del interior de la protagonista que ama y que espera, que acecha, que sueña, que convierte su vida en un desplazamiento como por «una nube de tonos en un sueño», que así es como siente a los demás cuando la rodean, porque su pensamiento o sus sentidos sólo están abiertos a él.

Digamos para terminar algo sobre la escritura. Puesto que la anécdota es leve precisaría de una escritura que la cargara de significación. La tiene. Espléndida, envolvente, madura, salpicada en ocasiones de resonancias filosóficas que fecundan aquí y allá la frase, lo que, lejos de obstaculizar o entorpecer el fluir de lo narrado, lo dotan de mayor eficacia y atractivo.

01/04/1999

 
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