ARTÍCULO

El mundo es un lugar extraño

Anagrama, 240 págs.
Trad. del autor
166 págs.
Quaders crema
 

El título, con su explícita referencia a la célebre sentencia de Pangloss en el Cándido volteriano, proporciona una irónica pista sobre por dónde van los tiros: el mejor de los mundos tiene, claro, muy poco de bueno, y este es probablemente el libro más negro de Quim Monzó, cuya satírica prosa resuena aquí más amarga que nunca.

El volumen está dividido en tres partes, la primera de las cuales agrupa siete relatos cuyo nexo de unión es el universo de la familia, en el que la introducción de un elemento extraño provoca situaciones terribles o simplemente patéticas que ponen en evidencia sus paradojas y desconciertos.

«Mi hermano», el cuento que abre el libro, es uno de los más pirotécnicos y efectistas: la negativa a aceptar la muerte de un hijo, lleva a una familia a seguir conviviendo con el cadáver durante años como si nada hubiese pasado. La trágica situación que sirve de punto de partida se va transformando en un disparate que recuerda al mundo surreal de Virgilio Piñera.

El juego con el absurdo aparece también en «Mamá», en el que un niño se toma al pie de la letra el insulto de un compañero de escuela que lo llama «hijo de puta», o en «Fregando platos», en el que el tópico del invitado insoportable que nunca se marcha se desarrolla hasta el delirio, a la vez que se introduce en el cuento un estimulante juego metaliterario que muestra al lector las manipulaciones del narrador.

El Monzó de humor más negro aparece en el despiadado «Vacaciones», con ese feto del hijo muerto guardado en la nevera, y en «La vida perdurable», en el que el tema es nada menos que la plaga de cánceres que aniquila a una familia. En otro registro, el observador sutil de la desdicha cotidiana asoma en «Cinco cuñas», sobre los pequeños detalles que convierten la convivencia de una pareja en un infierno, y sobre todo en «Dos ramos de rosas», un cuento impecable sobre la imposibilidad de ser verdaderamente feliz.

La parte central de El mejor delos mundos la ocupa la novela corta «Ante el rey de Suecia». La narración empieza presentando a un poeta catalán, Amargós, neurótico y lunático, que vive obsesionado por la consecución del Premio Nobel, para el que ha sido propuesto por asociaciones culturales locales en varias ocasiones. Monzó perfila al personaje a través de sus milimetrados ritos cotidianos –el desayuno siempre en la misma cafetería, la compulsión de mirar el buzón varias veces al día por si llega la esperada carta que le anuncie que se le ha concedido el galardón– y de sus obsesiones vinculadas con el premio: ensayar sistemáticamente el discurso que pronunciará ante el rey de Suecia y pasear con el frac que lucirá para que llegado el momento no apeste a alcanfor.

El arranque del relato parece conducirnos hacia una sátira más o menos maliciosa de un conocido poeta catalán que ya en otras ocasiones ha sido convertido en personaje literario: Pere Gimferrer. En efecto, su nombre ha sonado como posible primer Nobel catalán en un futuro, y Monzó da algunas pistas difusas –su afición en una época a frecuentar la filmoteca, su admiración por Octavio Paz...– que pueden entenderse como guiños, aunque otros rasgos del poeta protagonista nada tienen que ver con él.

Pero la novela no tarda en cambiar radicalmente de rumbo y la sátira pronto deja paso a una pesadilla kafkiana que se inicia cuando el pequeño universo de ritos diarios de Amargós se ve alterado al tener que cambiar de piso por una subida del alquiler. Ya antes de instalarse definitivamente en su nuevo edificio, el poeta empieza a observar acontecimientos extraños: primero pequeños detalles sin importancia, después un acoso cada vez más evidente, hasta llegar al tremendo final que no desvelaremos.

«Ante el rey de Suecia» es una buena muestra de los registros literarios de Monzó y de su dominio técnico: precisión y economía en las descripciones, capacidad de milimetrar el desarrollo de la trama con una sucesión de situaciones cada vez más desconcertantes y hábil manejo de diversos registros literarios que se superponen. Según parece, hubo una primera versión de esta novela corta que tenía el doble de páginas, pero por suerte para los lectores, el autor –que siempre ha sido mucho mejor cuentista que novelista– la redujo a la mitad prescindiendo de todo lo que no resultase esencial, gracias a lo cual el texto tiene una encomiable intensidad.

La tercera parte del libro está formada por relatos breves que casi siempre plantean una paradoja, con personajes apenas esbozados y un final impactante: así «El espejo» da la vuelta a la relación entre el modelo y la escultura mediante un final macabro; en «Cuando la mujer abre la puerta» una suicida y su salvador intercambian los papeles, y en «La cerillera» el personaje del cuento navideño de los Grimm toma la palabra para decirle cuatro cosas a sus creadores (por cierto, no es la primera vez que Monzó subvierte un cuento tradicional); mientras que en «El accidente», en relato muy cortazariano, un percance cotidiano –un atropello fortuito– acaba degenerando en un dislate con peatones enloquecidos.

Algo más allá van, al introducir ambigüedades y pinceladas de cierta profundidad psicológica en los personajes, «Tras el cursillo», en el que un aduanero se enfrenta por primera vez a su trabajo y percibe un momento de pureza absoluta que sabe que jamás se repetirá, y «El niño que tenía que morir», en el que asoman la maldad y el egoísmo infantil.

El mejor de los mundos es el sexto libro de relatos de Monzó. Previamente el autor reunió todos los anteriores –con algunos retoques y el descarte de alguna pieza fallida-en el volumen titulado Ochenta y seis cuentos (Anagrama), que permitirá al lector interesado ver su evolución. Si a estos ochenta y seis sumamos los catorce del libro aquí comentado, tenemos cien cuentos, el resultado de media vida dedicada al género.

En mi opinión y la de buena parte de sus lectores, su obra maestra son los depurados y agudísimos cuentos de El porqué de las cosas. Los dos libros siguientes, Guadalajara y el aquí comentado, sin superarlo, mantienen un nivel muy alto y permiten afirmar que Quim Monzó es lo mejor que le ha sucedido a la literatura catalana de los últimos treinta años.

01/05/2002

 
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