ARTÍCULO

El primer Marqués de Santillana

Regula Rohland de Langbehn (edit.) Estudio preliminar de Vicente Beltrán Crítica, Barcelona, 1997
536 págs.
 

A un año del sexto centenario del nacimiento de don Íñigo López de Mendoza, la presente antología hace justicia a la variada y extraordinaria obra del noble español. Esta categórica afirmación inicial se fundamenta sobre una revisión concienzuda del volumen que puede resumirse en este par de puntos: la introducción es concisa, atinada y reveladora; la selección de los textos es razonable y su edición de un alto valor ecdótico (la constitutio textus es prácticamente inobjetable) y hermenéutico (las notas a pie de página y las densas notas complementarias no sólo ofrecen luz sobre los lugares más oscuros sino que pasan revista a las opiniones vertidas por la crítica de una manera exhaustiva). Quien esto escribe puede tener una solución ligeramente distinta de la ofrecida por la editora en unos cuantos casos aislados, pero jamás podrá decir que los diferentes puntos de vista no se hayan recogido con tino y se hayan expuesto de la manera más ponderada posible: no se escamotea, y es inaudito en nuestro ámbito de trabajo, una sola referencia previa (las páginas están plagadas de remisiones a sus predecesores en la labor), siempre que un estudioso haya dado con la solución definitiva o haya ofrecido una propuesta plausible; tampoco se pretende resaltar la originalidad absoluta del trabajo realizado, sino que se nos ofrece como un nuevo jalón, fuertemente cimentado sobre las ediciones existentes (de las obras completas, de textos selectos o bien de obras publicadas de forma exenta).

En los estudios sobre el Marqués de Santillana contamos con dos fechas especialmente relevantes: 1957, que es el año del magno estudio de Rafael Lapesa, La obra literaria del Marqués de Santillana, y 1976, en que ve la luz la primera gran edición moderna de don Íñigo, la preparada por Maximiliam P. A. M. Kerkhof sobre la Comedieta de Ponza, que constituyó su tesis doctoral en la Universidad de Groninga. Con tales cimientos, cuesta mucho entender algunos errores de edición e interpretación (y no han faltado) cometidos a posteriori; ése, no obstante, jamás ha sido el caso de la crítica mínimamente avisada. Si desde un punto de vista exegético siempre cabrán adiciones y correcciones a lo dicho hasta el momento, muy distinto es el caso de la tradición textual de Santillana gracias al magnífico cancionero salmantino de sus obras (el ms. 2655 de la Biblioteca Universitaria de Salamanca, custodiado en la Biblioteca Real o de Palacio hasta 1954), cuyo valor sólo fue puesto de relieve de forma definitiva por Kerkhof. Este estudioso corrigió un error que había resultado funesto para los santillanistas y que se venía arrastrando desde la centuria previa: la confusión entre el susodicho códice y otro contemporáneo que había seguido sus mismos derroteros, al pasar del Palacio de Madrid a Salamanca. A Kerkhof se le debe también la defensa a ultranza de ese testigo textual (que seguramente es un apógrafo o copia de un original), punto de partida obligado para cualquier editor de don Íñigo.

Sólo un puñado de composiciones en prosa y verso quedan fuera del códice salmantino y se han recogido en las últimas décadas; aunque no extrañe su ausencia en ese cancionero, es especialmente llamativo el caso de la pregunta del Marqués de Santillana a Alfonso de Cartagena, ya que gozó de una extraordinaria fortuna, como se deriva del alto número de manuscritos que conservan esta obra. En conjunto, no obstante, se trata de una tradición textual de lo más amable para cualquier editor, sobre todo cuando se contrasta con la de su contemporáneo y amigo Juan de Mena. La intrincada selva de variantes que ofrecen la prosa y verso de Mena son la muestra más clara de este aserto, que se revela verdadero con sólo cotejar las recientes ediciones del Laberinto de Fortuna, que ha experimentado avances y retrocesos notabilísimos (de todas maneras, considero que la editio maior de 1995 y la edición anotada de 1997 preparadas por Kerkhof han logrado convertirse en bastiones inexpugnables). Ello obligaba a esta editora a reconocer los logros editoriales previos de filólogos de la talla de Kerkhof, Lapesa o Pérez Priego y, más modestamente, de quien suscribe, al editar al Marqués. Cuando debía hacerlo, no ha escamoteado la cita elogiosa; en otros casos, sencillamente se ha limitado a levantar acta. En todo momento, no obstante, ha mostrado cómo se trabaja con rigor y oficio.

De continuo ejemplo de honradez y solidez científica cabe calificar la labor, en ésta y en otras aventuras eruditas, de la profesora Rohland de Langbehn, que ha trabajado en unas circunstancias más adversas (estaremos de acuerdo en que la Argentina de hace unos años no ofrecía, precisamente, comodidades y ventajas a los estudiosos) que hasta han llegado a privarla del único galardón que aguarda al filólogo: el reconocimiento de un esfuerzo fructífero. Contamos con una reveladora muestra de que las cosas han sido tal como las pinto: sus meritorias Obras escogidas del Marqués de Santillana, Buenos Aires, Editorial Kapelusz, 1978, que los santillanistas hemos ignorado por completo. La culpa, no obstante, no cabe atribuírsela a una comunidad científica que ha aplaudido la labor de esta estudiosa siempre que le ha llegado noticia de ella (ahí tenemos, sin ir más lejos, la magnífica acogida de su Triste deleitación); la única razón para ese innegable olvido se deriva de la difusión prácticamente nula que ensombreció aquella pequeña antología. Por fortuna, el panorama promete ser radicalmente distinto en el caso presente gracias a la nombradía de que goza la colección en que se ha publicado este ramillete de obras del primer Marqués de Santillana.

01/03/1998

 
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