ARTÍCULO

Excusas y razones

Tusquets, Barcelona, 1999
408 págs.
 

Una noche de insomnio, alcohol y fantasmas, Matías Moro, un maduro empleado de una asesoría jurídica y fiscal que –entre ensueños y fantasías– lleva una existencia anodina, se echa a la calle y olisquea los entresijos de un crimen. Durante esa noche absurda y llena de desvaríos, reaparece por azar en la vida del protagonista un viejo fantasma de su infancia y conoce a una joven. Estos dos motivos son suficientes para poner en marcha el mecanismo de la aventura, de la tardía iniciación vital del protagonista en los vericuetos de los negocios y en los laberintos del amor.

Desde las primeras páginas, Luis Landero sugiere que la fantasía anda siempre entre los pliegues de la realidad. Si Valle-Inclán necesitó su deformación sistemática para plasmar la complejidad de la vida española, Landero opta por esa levedad de unos antihéroes que «invitaba a ver la vida como cosa de ensueño o de teatro» (pág. 29). Si el Cipriano de Calderón (lo ha resumido a la perfección Ricardo Senabre), empeña su alma a cambio de las artes mágicas que le permitan seducir a una mujer, y fracasa en su empresa; varios siglos después, Matías Moro obtiene idénticos resultados, aunque ya el personaje no es un «mágico prodigioso», sino sólo su modesta degración posmoderna, un simple «mágico aprendiz».

Pero para estos personajes, lo sustancial, sin embargo, no es el resultado de la aventura que emprenden, sino el afán, esos «juegos para aplazar la muerte» con los que se entretienen. Así, la relación con Juegos de la edad tardía (1989) es más que significativa. No en vano el protagonista es también un individuo que lleva una existencia gris y se convierte en un impostor que se debate entre la realidad y el deseo, entre la verdad y la mentira.

Matías Moro, como aquellos otros antihéroes de fin de siglo, es un hombre con tan poca voluntad como escasa personalidad, un individuo que inicia una búsqueda que no lo lleva a ninguna parte, pues, no se atreve nunca a encarar sus sentimientos por la «un poco pánfila» Martina, monta un negocio sin la mínima preparación para llevarlo adelante, con unos socios entre delirantes y ensimismados y con unos operarios incapaces de desempeñar su trabajo. Todo ello en un mundo en el que las excusas priman sobre las razones y en el que importa más lo que parece que son las cosas que lo que en realidad son.

A lo largo de este viaje a ninguna parte que emprende el protagonista y sus amigos, se ponen en cuestión las ideas liberales hoy imperantes, la «cultura del éxito», y aparece toda una fauna grotesca de personajes, de seres siempre degradados, unos marginados, otros establecidos: una pitonisa que había sido una cantante famosa, un mago, periodistas, un par de críticos literarios cretinos, empresarios, «un artista de la mendicidad», un alcalde que podría ser el actual de Madrid, locos, una secretaria que «parecía la parodia misma [...] de la frivolidad», la caricatura de una ecologista... Todos, empezando por un protagonista que se hace el héroe salvador de unas pobres gentes, aparecen desenfocados, movidos, quizá porque ninguno está en su sitio y todos ellos aparecen –en la lógica de lo que se cuenta-muñequizados, más parecidos a recortables que a seres humanos.

En esta su tercera salida, se muestra Landero más pesimista que nunca. Vivimos en un mundo, se sugiere, en el que la sustancia ha sido sustituida por la apariencia, las creencias por la perplejidad y el conocimiento por la intuición; en el que las empresas se gestan con diseño y una gran fiesta con famosos y periodistas, y en el que no parece que las más elementales relaciones humanas surjan con la naturalidad debida. Por lo que no sorprende que un personaje, nada más empezar la novela, nos diga que «el hastío es la vida en su estado más puro».

Landero sabe generar el conflicto y los elementos que producen la expectación, cuenta bien y la acción –a pesar de las diversas digresiones– progresa con agilidad. Levanta un mundo de personajes singulares que dialogan con naturalidad. Los va presentando (en su pasado y presente, y en sus espacios vitales) y arma con ellos, a la perfección, pieza a pieza, un complejo puzzle. Pero parece más cómodo cuando se mueve entre la fábula que cuando hace algún guiño crítico sobre el presente; se desenvuelve mejor en lo teatral, en la crítica abstracta, existencial, que en la concreta.

En fin, como en otras muchas novelas de estas últimas décadas (pienso en algunas obras de Luis Mateo Díez, que es de quien más cerca se muestra Landero en esta obra), los personajes no viven con satisfacción su existencia real y sólo sobreviven en la «lógica desatinada de los sueños», inventándose unas fantasías que los saquen del tedio. O como dice el protagonista, viven en el «margen seguro de la vida» pero necesitan los «cantos de sirenas» de los héroes trágicos. Quizá, porque a diferencia de lo que se dice en la novela, ni la felicidad es una cosa tan sencilla ni está en cualquier parte, ni tan al alcance de la mano. En suma, los personajes de Landero se ven trágicamente abocados a ser lo que no son y fracasan porque carecen de actitudes para desempeñar sus papeles en una realidad que se ha convertido en una parodia de sí misma.

01/05/1999

 
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