ARTÍCULO

Elogio del inútil

 

La imagen mítica de París como faro de vida y creación ha sido una constante para buena parte de los escritores hispanoamericanos desde Rubén Darío para acá. El novelista chileno Alberto Blest Gana, seguidor apasionado de Balzac, publicó en 1904 Los trasplantados, que dibuja el mundillo de los metecos acomodados en la Ciudad Luz. Más adelante, en el período de entreguerras, la estancia parisina fue crucial para Asturias, Carpentier o Vallejo.Y, ya en la segunda mitad de la centuria pasada, una más o menos larga permanencia en esa capital ha marcado la obra de Cortázar, Sarduy o Bryce Echenique. El personaje alrededor del cual gira el título que ahora comentamos es Joaquín Edwards Bello (1887-1968). Existió realmente, fue novelista y cronista periodístico, y también sufrió de parisitis. En unas breves páginas introductorias previas a la narración, Jorge Edwards (Santiago, 1931) nos presenta a su curioso antepasado (hijo del hermano mayor de su abuelo paterno, es decir, primo hermano de su padre y tío del autor en segundo grado) como a alguien que desafió a su poderosa familia con sus actitudes un tanto marginales y excéntricas, y cuya vocación de escritor marcó secretamente las obsesiones del propio Jorge Edwards. Éste lo tilda de héroe trágico a quien siempre siguió con apasionada y abismada atención; y llega a afirmar que, de algún modo, sus historias respectivas se encadenan, aunque lo que nos vayamos a encontrar no sea una mera trayectoria biográfica. La noción de juego es uno de los hilos conductores del relato: «Al fin y al cabo, el arte es juego, y lo que he trazado aquí [...] es el retrato de un jugador». El interés por este Joaquín, a quien siempre llamaron «el Inútil», y cuya primera novela, que causó escándalo en el Chile patricio de 1910 se llamó precisamente El inútil, el interés, pues, por esta oveja negra viene de atrás. Por ejemplo, en el prólogo a su exquisita colección de crónicas El whisky de los poetas (1997), título dichoso si los hay, se refiere a él al invocar a sus mayores Montaigne y Stendhal (salvando las distancias). Porque esta búsqueda de su antecesor, un ser en extremo emotivo siempre entre la desazón y el entusiasmo, un enigma ambulante, le sirve al Jorge Edwards pesquisidor para entretejer los territorios narrativos de la ficción y la no ficción. El gran crítico uruguayo de la generación del boom, Emir Rodríguez Monegal, le invitó a dar una charla en Yale bajo el título «How to write non fiction as fiction?», y El inútil de la familia se nos muestra como un tratado sobre tal asunto. Pues permite incrustar reflexiones y recuerdos del propio investigador, unir memoria e imaginación, narración pura y crítica creativa. Si el juego permite diversificar estrategias, la alusión culturalista, constante y certera, parece querer evitar el desmoronamiento de veinticinco siglos de cultura occidental: en un burdel las figuras nos recordarán las caras de carne cruda de Francis Bacon; la boda tardía del protagonista de vuelta a su Chile remoto y no menos excéntrico que él parece una página de Rabelais en traducción al castellano de Pablo de Rokha (seudónimo de Carlos Díaz Loyola); el mismo tío Joaquín será ora el tenebroso, el viudo, el solitario nervaliano, ora la silueta masculina totémica con sombrero hongo de Magritte; en fin, un oscuro episodio en el París de la Gran Guerra nos remite a las páginas finales de El proceso... Además, la primorosa construcción de los capítulos admite que el lector, gracias a la pluralidad de connotaciones y a los cambios de registro en la forma de contar, acceda a territorios bien dispares. Valgan dos ejemplos para hacer explícito lo anterior. El capítulo XIII, a partir de un hecho concreto –la visita tras el paso por el casino de un grupo de amigos al teatro donde se representa una versión de La dama de las camelias de Dumas hijo–, desemboca, a causa del incidente que provoca la jovencita e inexperimentada querida francesa del tío Joaquín, en el elogio de las dueñas chicas del Arcipreste de Hita o en la presencia ensartada de Greta Garbo, la Marie Duplessis modelo real de la Gautier y la Dorziat, la actriz que en ese momento la representa, con el comentario añadido del propio Edwards sobre la novela original. En el capítulo XXXI, un envejecido Joaquín regresa con su esposa al Valparaíso natal, a mediados de los años cincuenta, invitado por una sociedad gremial libertaria, a dar una conferencia. La mención emocionada a Eça de Queiroz y al maestro Rubén, los gozosos recuerdos de la juventud ida bajo el peso del tiempo implacable suponen una mínima dosis de euforia y una cierta reconciliación esperanzada con la vida. Joaquín tararea una canción de la Piaf y otra de Aznavour; el otro Edwards, el urdidor, une la leyenda del ausente con su propio destino de escritor. Y es que lo que late escondido en este hermoso libro es un secreto afán de redención.Tras el telón de París como ilusión, deseo y espejismo; tras la presencia amistosa de secundarios geniales como Jorge Cuevas, Cuevitas, que llegaría a ser el marqués de Cuevas con su ballet universalmente conocido; tras el nombramiento por Tristan Tzara del tío Joaquín como Encargado de Negocios Dadá en Valparaíso, o tras un Madrid donde codearse con los dos Ramones, don Ramón y Ramón a secas, lo que se nos revela, en suma, es un inútil de la familia desviado del orden productivo, apasionado del amor y de la literatura y que en su senectud (que cortaría bruscamente con su suicidio) confirmaría que quien no es un niño es porque está muerto. Jorge Edwards ha buceado en la memoria propia y en la ajena, ha sabido aceptar la infancia y lo lúdico como elemento esencial para poder seguir viviendo y ha armado un preciso cruce de caminos donde brilla el poso de la libertad de espíritu: amor por el amor y por la palabra escrita.

01/11/2005

 
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