ARTÍCULO

El imitador de voces

Anagrama, Barcelona
448 pp. 20 €
 

Frente a la Guerra Civil, la novela española ha estado durante mucho tiempo en una posición similar al de la literatura grecolatina con respeto a la guerra de Troya. Rica en conflictos morales y dramáticos, la materia ocupa el centro de la simbología literaria nacional; pero ni la centralidad ni los símbolos la salvan del agotamiento. Isaac Rosa, un narrador dado a la metaficción, sin duda dio en el clavo al llamar irónicamente su último libro ¡Otra maldita novela sobre la Guerra Civil! El título señala más que un juego de alusiones. Seguir imaginando este tipo de ficción histórica al lado de todo lo ya escrito –sugiere Rosa– puede perpetrar un acto de trivialidad literaria, cuando lo último que se necesita para comprender la guerra es trivializarla. En este contexto, el logro ejemplar de Los girasoles ciegos, una de las últimas grandes narraciones sobre el tema, puede explicarse por su enérgica resistencia al lugar común. Pero la pregunta persiste: ¿cómo escribir hoy sobre la guerra y sus secuelas?
En El abrecartas, Vicente Molina Foix da un respuesta novedosa que comporta la experimentación formal, aunque como tantas veces la mejor manera de avanzar en literatura sea yendo primero hacia atrás. Molina Foix va hacia atrás en sentido tanto histórico como literario. Para decirlo someramente, en El abrecartas pasa la historia española del si­glo xx por la matriz narrativa que Wilkie Collins perfeccionó en el si­glo xix. La gran innovación de Collins, que además de novelista fue un hombre de teatro, residió en conferirle a los documentos escritos la fuerza emotiva del monólogo dramático. En novelas como La dama de blanco o La piedra lunar, las voces de los protagonistas aparecen desnudas y minuciosas, en cartas, informes, diarios y demás, sin la mediación de un narrador omnisciente ni la li­nea­li­dad de la novela epistolar. Molina Foix evita asimismo la clasificación de «novela epistolar» y prefiere la de «novela en cartas». «Novela documental» sería aún más acertado. Porque El abrecartas no sólo cuenta una historia a través de sus personajes, sino que recrea muchas y diversas huellas escritas. En vez de devanar un solo hilo narrativo, teje una historia de conexiones múl­tiples.
Henry Green caracterizó en una ocasión la prosa de ficción como una «red creciente de insinuaciones». Y en El abrecartas, las insinuaciones y los sobreentendidos son tan importantes como lo que se dice explícitamente. El libro empieza por las cartas que un tal Rafael González Sanuja le escribe en los años veinte a Federico García Lorca, su amigo de la infancia. El relato de Rafael, aspirante a actor y escritor, no está exento de revisionismo político: «Tú empezaste la universidad, yo no, yo tuve que ponerme a trabajar de dependiente». Pero tampoco es un alegato. Es simplemente la autobiografía fragmentaria de un republicano que se adhirió a las causas más justas, aunque rara vez obtuviera justicia en su vida. El único manuscrito literario que escribe, por ejemplo, se pierde poco después de su muerte. Pero, ¿qué valor pueden tener –para él mismo, para el mundo– las cartas de un escritor que no fue? Si uno cree que la historia está hecha únicamente de grandes nombres, la respuesta es ninguno; pero la novela de Molina Foix sugiere lo contrario. Oídas de cerca, las voces anónimas manifiestan una intensidad igual de necesaria.
No es que en esta novela estén ausentes los ilustres. Desde García Lorca, pa­sando por Aleixandre, Hernández y Alberti, hasta Enrique Vila-Matas y el propio Molina Foix, el mundo literario español se encuentra bien, acaso muy bien, representado; hay incluso citas de poemas y cartas ficcionalizadas de personajes históricos. Pero estas apariciones son siempre oblicuas y ocurren entre los avatares de personajes menos agraciados por la fama, el talento o la fortuna. Aunque los hilvanes narrativos parten de la historia de Rafael, una de sus corresponsales, Setefilla Romero, es quizás el personaje más interesante, pues su vida coincide con el si­glo xx y entronca con algunas de las batallas morales más importantes que en él se libraron, desde la emancipación de las mujeres hasta los derechos de los homosexuales. Setefilla, que es lesbiana y de izquierdas, pasa intacta por el franquismo. Muchos de los demás personajes no tienen tanta suerte. En cartas y documentos, entrevemos las vidas de presos políticos, exiliados de régimen, artistas underground de vanguardia y estudiantes politizados, que van ganando terreno desde los años treinta hasta los setenta. La novela incluso encuentra espacio para los informes que escribe un delator, Ramiro Fonseca, para los servicios de inteligencia franquista: su prosa untuosa y rimbombante da pruebas de que la frase «inteligencia franquista» es un oxímoron.
En todas estas modalidades, Molina Foix se muestra como un agudo imitador de voces, uno de los más convincentes desde Manuel Puig. La del delator está particularmente lograda: «Se informa del matiz panteísta, por no decir pagano, de las últimas reuniones celebradas en el domicilio madrileño de don Eugenio d’Ors, no estando comprobado el carácter masónico de ciertos rituales» (la vaguedad adjetival y el gerundio oficialista dan el toque perfecto). Pero el ventrilocuismo de Molina Foix, como el de Puig, no es sólo bueno; puede resultar demasiado bueno. Incluso admirando al imitador, nadie desearía leer los disparates antes citados durante mucho más de lo necesario. Lamentablemente, las necesidades de la imitación, más cuando se vuelve casi indistinguible de aquello que reproduce, anulan los deseos del lector. «Mi alejamiento del régimen de Franco fue un problema de estilo», dice más tarde Ramiro Fonseca, cuyo estilo para entonces se ha reformado. En algunas páginas, Molina Foix corre el riesgo de que el lector se aleje por motivos similares. De todos modos, hay muchas cartas y documentos en que aparece una veta menos camaleónica. Uno intuye entonces la voz del propio autor; a la vez elástica y controlada, coloquial y sintácticamente impecable, dirige la nuestra hacia aquello que cuenta y no hacia quien lo cuenta. Cabe preguntarse si no hay algo de perverso en relegar este tono, que muy bien puede sostener un libro por sí solo, para dispersarlo en una miscelánea de registros menos amables. Pero la tarea no es vana. Otras voces conducen a otros ámbitos. Al explorarlos, El abrecartas arroja una luz inesperada sobre la difícil historia del siglo xx.

01/09/2007

 
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