ARTÍCULO

El hombre sentimental

Anagrama, Barcelona
128 pp. 14 euros
 

La relación de Alan Pauls con la literatura sentimental viene de antiguo y no está exenta de vaivenes. Uno puede remontarse a El pudor del pornógrafo, su primera novela, y sorprenderlo en un affaire con el género epistolar romántico, durante el que reflexionaba sobre los vínculos entre interioridad y escritura. La influencia de Manuel Puig era por aquel entonces particularmente notable. Poco después, Pauls publicó un estudio sobre el autor pero, saldada la deuda, o expresada la admiración, su literatura se desprendió de veleidades epigonales. En El coloquio, una parodia de policial negro, la representación de los sentimientos se volvió mordaz y burlesca, mientras que en Wasabi, la novela siguiente, mutó hacia la ironía con toques absurdos. Como siempre, Pauls evitaba el sentimentalismo, pero esbozaba una concepción adulta de los sentimientos: Wasabi incluye un elogio del amor conyugal.
Cuando llegamos a El pasado, la gran novela de Pauls, los sentimientos empiezan a agriarse, y la dimensión emocional de los personajes se expande hacia el desencanto, los reproches, la adicción posesiva y, sobre todo, los celos. Hay allí páginas dignas del Proust de La prisionera y, lo que es más importante, páginas enteramente originales sobre las «intermitencias del corazón». Un crítico francés llamó a El pasado «la primera gran novela de amor del siglo XXI», pero creerle sería pensar muy mal del amor o del siglo XXI. En realidad, se trata de una gran novela sobre la obsesión amorosa que, en un sentido importante, es lo contrario del amor. Porque la obsesión, como la paranoia, se basta a sí misma: puede pasar por imaginativa, pero es sobre todo autista, incapaz de concebir al otro como un ser moral independiente. Artísticamente, a Pauls le fascinan las emociones que, en vez de conectar a sus personajes, los encierran en sí mismos. Una de sus piedras de toque es lo que podríamos llamar solipsismo sentimental.
En Historia del llanto, el solipsismo aparece en el contexto sociopolítico de la Argentina de los años setenta, la época que va desde la decadencia y caída del peronismo hasta la cúspide de la dictadura militar. No hay en la novela, sin embargo, una cronología estricta. Plasmada en tercera persona y en presente, la narración va y viene por el tiempo cíclico de la memoria, donde son frecuentes los saltos y abundan las asociaciones entre sucesos. En aspectos centrales, Pauls es además sumamente esquivo. Del protagonista, que durante casi toda la historia es un niño-adolescente, no nos dice el nombre, aunque sí que la relación que tiene con sus padres, dos «pioneros del divorcio», deja bastante que desear. En un contexto adverso, el niño da muestras de «una sensibilidad que sólo tiene ojos para el dolor» y, cuando está con su padre, de «la capacidad de llorar ante el menor estímulo». Dicha sensibilidad de hecho lo aísla, incluso cuando lo convierte en el blanco de la sinceridad ajena, una sinceridad incomprensible para un niño: «En su presencia, casi como resultado de un efecto químico, igual que la imagen sólo se hace visible en el papel cuando se la expone a la acción del ácido indicado, los adultos se ponen a hablar».
En ambos casos, aparece una precocidad sentimental que aún no está equilibrada por el contrapeso de la razón. «El precoz», escribió Pauls en un ensayo reciente sobre el escritor argentino Héctor Libertella, «es un freak, un monstruo extraño, a la vez inquietante y enternecedor, frágil e indestructible, que queda marcado para siempre por el contratiempo del que nace». Lo cual es una descripción apropiada del protagonista de Historia del llanto. En este punto, conviene prestarle atención al subtítulo de la novela, «un testimonio», porque el contratiempo o precocidad del protagonista pronto encuentra otra válvula de escape. A medida que el niño crece, se politiza más y más, y ya a los trece años se encuentra familiarizado con muchísima literatura revolucionaria. La precocidad se vuelca ahora en lo intelectual, de donde surge un nuevo desfase. Un día de 1973, a los trece años, ve por televisión el derrocamiento de Allende con un amigo. El amigo, igualmente dedicado a la causa revolucionaria, es unos años mayor y reacciona como es de esperar: llora. La realidad lo golpea de lleno. El protagonista, en cambio, «siente una ola de envidia que le corta literalmente el aliento. Él también quisiera llorar. Daría todo lo que tiene por llorar, pero no puede». El cruce de sentimientos y política siempre será problemático para el personaje. En un momento se dice que «la causa por la que siempre ha militado es al mismo tiempo [...] lo que más le revuelve el estómago». La novela sugiere que hay algo profundamente kitsch en la estética revolucionaria.
Escrita en oraciones largas y rizadas, que recuerdan las de la sección final de El pasado o las de los ensayos del autor, Historia del llanto describe no tanto hechos exteriores como el modo en que esos hechos se refractan en una conciencia. Es en este sentido una novela política y una novela de interioridad al mismo tiempo, que no se adhiere a una poética enteramente rea­lis­ta, sino más bien a lo que podría denominarse «realismo selectivo». Las marcas de época están difuminadas, y la realidad histórica, menos reconstruida que aludida. Lo central es capturar una mentalidad, un temperamento. Aquello que vemos, en definitiva, es una colección de episodios representativos en la educación político-sentimental de un testigo no demasiado convencido del valor de su testimonio. Dice el narrador acerca del protagonista: «Él, la ficción, la usa [...] para mantener lo real a distancia, para interponer algo entre él y lo real, algo de otro orden, algo, si es posible, que sea en sí mismo otro orden». Es tentador leer esto como una declaración de principios estéticos por parte del autor, pero sería injusto decir que Historia del llanto se interpone entre el lector y lo real. Compleja pero directa, selectiva pero lúcida, la prosa de Pauls crea mediante un orden muy personal una historia resonante sobre los tópicos de los años setenta. «Existe lo que no es así pero revela lo que es así», dice un personaje de Philip Roth. «Eso es la ficción». En el mejor de los sentidos, la novela de Pauls es reveladora. 

01/01/2008

 
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