ARTÍCULO

El hispanista Paul Preston

Grijalbo, Barcelona, 1.044 págs.
Plaza y Janés, Barcelona, 496 págs.
 

La reciente aparición de una nueva edición del Franco de Preston, así como su libro del año pasado proporcionan una buena ocasión para meditar acerca de su obra historiográfica y de sus aportaciones al conocimiento de nuestro siglo XX . Vaya por delante que Preston viene siendo desde hace ya muchos años uno de los hispanistas más activos y más valiosos en el campo de la Historia Contemporánea. Sus libros, colectivos o individuales, siempre tienen interés y, además, el número de sus discípulos que han hecho aportaciones al conocimiento de nuestro pasado cercano es ya muy elevado. Iniciada su obra científica en los años sesenta, no tiene nada de particular que su centro de atención primordial haya sido durante mucho tiempo la República y la guerra civil. Pero, como le ha sucedido a muchos historiadores españoles, desde esa etapa cronológica se ha trasladado después al franquismo. Su biografía del dictador es, por su extensión y su difusión exterior, el libro considerado como clásico. Reeditado nueve años después de su aparición, la editorial Grijalbo la presenta con el aliciente de la novedad.

En realidad la nueva edición contiene escasísimas modificaciones. Las que hay se encuentran en un prólogo donde se resume una parte de la bibliografía aparecida en los últimos años, casi exclusivamente en castellano. Esta realidad obliga a una doble meditación acerca de la historiografía española y de la propia obra de Preston. El hecho de que después de tanto tiempo no haya obligado al autor británico a una reescritura de su libro indica, en primer lugar, una cierta deficiencia de los historiadores españoles que hubieran podido introducir visiones novedosas acerca de aspectos cruciales del pasado español en que de alguna manera estuvo involucrado el general Franco. Este juicio está fundamentado: muy a menudo los historiadores españoles ––también los de los años treinta y el posterior franquismo– se han perdido en temas menores o en exceso locales. La clásica historia política del siglo XX sigue teniendo, pues, muchos huecos insuficientemente estudiados. Pero Preston hubiera debido incorporar las aportaciones de estos últimos libros de una manera más concreta y detallada a lo largo de su texto.

En cualquier caso, debiera haber sido así, pero hay razones complementarias para ratificar esta impresión que derivan de las propias características del libro que dedicó a Franco. Su biografía es la que resulta posible a un historiador británico en el momento actual. Eso quiere decir que apenas utiliza fuentes originales no publicadas, como no sean las británicas que habitualmente proporcionan una información demasiado indirecta como para resultar lo bastante fiable. Una biografía de Franco con pretensiones de perduración habría de partir de la consulta de sus propios papeles y los de sus principales ministros. Es verdad que eso resulta imposible en lo que se refiere a los supuestamente privados conservados en la fundación que lleva el nombre del dictador, pero existen otros en archivos oficiales. La consulta de los archivos privados de los ministros puede ser difícil, pero no imposible. Hay que concluir, por tanto, que el libro de Preston parte de unas carencias inevitables que hacen pensar que su perdurabilidad como medio de conocimiento histórico está amenazada. De hecho, ratifica esta impresión la desproporción existente entre las diversas partes de su biografía. La guerra civil ocupa 185 páginas, mientras que la mundial se extiende durante 221 y el período posterior a esta última, treinta años, se abarca en tan solo 260. Ahora bien, el franquismo, para la mayor parte de los españoles, fue el período entre 1945 y 1975, treinta años de dictadura represiva pero también de transformación social. Nuestras inevitables lagunas están ahí, como también en el libro de Preston.

Hay otra cuestión que se refiere al modo de enfrentarse con el biografiado. La tarea del historiador –del biógrafo– consiste en comprender al personaje desde una distancia que le obliga a la frialdad, aunque le permite la ironía. Hay muchos personajes que resultan francamente detestables de entrada y que, sin embargo, obligan por su importancia a tratar de ellos con esos modos. Se debe, por lo menos, intentar hacerlo ––aunque resulten muy cercanos– con la perspectiva que permitiría ocuparse, por ejemplo, del conde duque de Olivares.

Me parece que la actitud de Preston no es esta, lo que por otra parte resulta bien lógico: cercano a la oposición de izquierda antifranquista desde los tiempos en que escribió su tesis doctoral, conserva las posiciones de ese momento. En mi opinión, aun así, sería posible intentar un mayor grado de alejamiento y de distancia, sobre todo una vez transcurrido un cuarto de siglo desde la desaparición del dictador. Para concretar lo que quiero decir me referiré al último de los libros que el infatigable Preston ha publicado.

Se titula Palomas de guerra y se trata de la biografía colectiva de cinco mujeres, españolas o británicas, que en algún momento se vieron involucradas en la guerra civil española. El libro tiene interés y está escrito con profesionalidad, lo que quiere decir que se basa en fuentes de archivo no utilizadas hasta el momento. Los perfiles que dibuja de personajes como Mercedes Sanz Bachiller o Margarita Nelken, militantes de bandos contrapuestos, son insuperables. Quizá, no obstante, se pueda achacar al libro una cierta falta de ambición: ni las dos citadas, ni tampoco las británicas, fueron personajes de primera fila. Pero, como lectura histórica, Palomas de guerra resulta muy recomendable.

La excepción, en mi opinión, la proporciona la biografía de Carmen Polo de Franco. El nivel de exigencia con respecto de las fuentes empieza por ser escaso, quizá porque no hay forma de mejorarlo. Preston ha realizado alguna entrevista y en ocasiones proporciona alguna interesante cita de prensa; por supuesto, conoce de sobras la bibliografía en que aparece como personaje la biografiada. Pero comete lo que me parecen dos errores importantes. En primer lugar, hace demasiado caso de una literatura periodística que está lejos de verse ratificada por la documentación. Ramón Garriga, autor de otra biografía del personaje que cita profusamente, no se caracterizó por su escrupulosidad, de modo que es difícil distinguir en lo que escribió lo que tiene fundamento y lo que no. Ramón Serrano Súñer, cuñado de Franco, fue un testigo singularísimo del primer franquismo, pero su testimonio tampoco puede ser tomado siempre como veraz. La mejor prueba de ello es que lo ha reescrito varias veces. Cuando, por ejemplo, afirma que Franco pretendió otorgarse un sueldo ingente por su cargo como jefe de Estado, hay razones para dudar, pues hasta ahora tal anécdota no había sido nunca recogida por el malintencionado cuñado y, además, choca con lo que conocemos de Franco, cuya avaricia fundamental se refería al poder político y no al económico.

A lo largo de las páginas que Preston nos ofrece acerca de Carmen Polo se repite la imagen de una mujer muy tradicional, beata, nada generosa y muy engreída por el papel desempeñado por su marido. Como caracterización general este conjunto de rasgos puede aceptarse, pero a la hora de concretarse en la narración resulta a menudo muy discutible. Una idea que se repite a lo largo de las páginas que Preston dedica a su mujer es la de un Franco apocado y sumiso a ella, lo que no parece en absoluto cierto, excepto en el momento del declive final del dictador. Tampoco creo que éste tuviera propiamente afanes de realeza que le indujeran a vivir en el palacio de El Pardo: más bien éste parecía un acuartelamiento un tanto desvencijado cuando lo ocupaba el general. Es dudoso que el privilegio de entrar en las iglesias bajo palio fuera una exigencia de doña Carmen; más bien parece el producto de la adulación clerical. Asegurar que no pagaba al dentista no pasa de ser una anécdota denigratoria sin particular significación.

En realidad, el intervencionismo de la mujer de Franco en los asuntos de Estado sólo está probado en la fase final del régimen. Cuando se produjo debió de consistir en maledicencias contra unos u otros y en preferencias por personas, pero no parece que pudiera tomar grandes decisiones. Atribuirle la iniciativa de las multitudinarias convocatorias en la plaza de Oriente me parece una exageración. También lo es que pensara en la Monarquía como «una garantía» para su futuro personal propio: simplemente no debía de concebir otra posibilidad que la de la perduración del régimen tal como ella lo había vivido. En muchas ocasiones imaginar lo peor (como lo mejor) de un personaje histórico en un determinado momento resulta una opción poco convincente. Dice Preston, por ejemplo, que Franco indultó «de malísima gana» a los condenados por el proceso de Burgos. Más propio de sus características personales me parece juzgar que lo decidió con frialdad y cálculo, de la misma manera que en 1975 ratificaría las condenas. Ni la piedad ni las ganas debieron de influir mucho en ambos casos.

Incluso un personaje que afectó tanto a la vida de una sociedad como Franco puede ser tratado desde la distancia que exige el oficio de historiador. Todavía es mucho lo que cabe saber acerca de él y de su etapa de gobierno. Preston y sus discípulos ayudarán a conocerlo. Pero conviene tener muy en cuenta la necesidad de identificar los agujeros negros de nuestros conocimientos y de superarlos gracias a las nuevas fuentes. En ello muy a menudo, frente a lo que piensa el público lector, son los historiadores españoles más jóvenes quienes van por delante.

01/11/2002

 
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