ARTÍCULO

La fortuna del economista

 

El mayor reto actual (y de siempre) de la economía institucional sigue siendo abrir la «caja negra» de las preferencias e inclinaciones de los individuos. ¿Son las preferencias endógenas? ¿Se puede considerar que las instituciones fluyen a partir de individuos con preferencias dadas y conocidas, o es necesario considerar que las preferencias no son dadas, sino el resultado de la interacción entre las personas y entre éstas con su medio e instituciones? La primera posición es la de los «nuevos» institucionalistas (North, Williamson, Becker), y la segunda la de la «vieja» escuela (Veblen, Commons, Mitchell). Ambas posturas ofrecen al economista elementos de análisis, pero la caja negra de las preferencias sigue resistiéndose a ser abierta. Por eso este libro de Rivera es de una gran utilidad para el economista: puede ser la llave que abra una de sus múltiples cerraduras.

A pesar de no constituir, en rigor, un libro sobre economía, este estudio representa un viaje directo –una excelente acometida analítica– al corazón de un viejo problema: el complejo proceso de la elección y sus condicionantes. Aquí se examina en detalle el carácter histórico de nuestras decisiones, es decir, el hecho de que sean tomadas secuencialmente y de que sobre cada una de ellas pesen las consecuencias de todas las anteriores (la «dependencia de la senda»); se analizan en él también las consecuencias del azar en la formación de nuestras preferencias, su carácter acumulativo, y la influencia de las metapreferencias –lo que nos gustaría que nos gustase– sobre ellas; se sitúan las decisiones personales y colectivas en el ámbito de la complejidad social y física y entre la maraña inextricable de consecuencias no buscadas –el conocido «efecto mariposa»–, y a veces incluso opuestas, a las deseadas que inicialmente guiaban al que decide. Tiene Rivera, además, la habilidad de plantear su análisis sobre las decisiones en el triple nivel de lo supraindividual, el ámbito de los grupos grandes en los que cada individuo decisor es un ente anónimo; en el nivel de lo interindividual, es decir, de las relaciones personales cercanas en parejas o grupos pequeños; y finalmente en el espacio de lo intraindividual, o sea, en el confín de la república interna de todos nuestros yoes que compiten entre sí y que se nos presentan de manera simultánea o secuencial a lo largo de toda nuestra vida.

El gobierno de la fortuna no es un libro sólo de economía, pero lo cierto es que la mayor parte de su análisis se centra en las ciencias sociales y más concretamente, y así lo hace saber Rivera, en lo que han sido desde antiguo las preocupaciones centrales de la economía institucional. Antes incluso que Smith, David Hume (A Treatise on Human Nature, 1739) fue el primero en darse cuenta de lo difícil que era hacer cumplir los contratos, y en exponer las posiciones estratégicas de los contratantes. Esta parte de la economía no tomaría cuerpo, como es sabido, hasta el desarrollo de la teoría de juegos en la segunda mitad del siglo XX , pero constituye hoy uno de los núcleos de la teoría económica cuya aplicación va desde la historia económica hasta, como hace el mismo Rivera, las relaciones de pareja. La adaptación de las preferencias individuales a los marcos que se perciben como mayoritarios –lo que Timur Kuran ha llamado la «falsificación» de las preferencias– por cada individuo, y la forma ramificada y aleatoria en que las consecuencias de nuestros actos impactan la realidad y dan lugar a situaciones inesperadas, y muchas veces subóptimas, forman también parte esencial del libro de Rivera. Su núcleo central, no se olvide el subtítulo, es analizar el papel del azar exógeno (la fortuna) en la toma de decisiones, y cualificar, por lo tanto, la teoría de la racionalidad simple en la que los individuos decidimos con información completa y no costosa en un mundo atemporal. Frente a esto, Rivera reivindica el papel del tiempo y el carácter secuencial y acumulado de la toma de decisiones. Frente a las decisiones individuales atemporales, Thorstein Veblen reivindicó ya a finales del siglo XIX la rutina y el instinto como elementos esenciales. Este es un problema central que planteó de nuevo el historiador económico Paul Davis en los años ochenta y que dio lugar a la «QWERTYconomía»: el análisis de la adopción y consolidación de soluciones subóptimas a partir de factores inicialmente aleatorios que a través de la repetición dan lugar a economías de escala y de aglomeración. En palabras de Rivera: «la mera contingencia histórica puede dar lugar a pequeñas ventajas en una fase temprana del proceso de selección del «equilibrio» entre los múltiples existentes, y esa ventaja, interactuando con mecanismos de autorrefuerzo puede determinar la cristalización de uno de los equilibrios en competencia con la exclusión de los demás» (pág. 27).

¿Quiere Rivera decir, por tanto, que en cada momento las decisiones están absolutamente determinadas por las anteriores, o que una vez adoptada una solución es ya imposible cambiar la senda de evolución? ¿O que en la competencia que se establezca entre nuestros yoes internos cuando establecemos nuestros planes de vida siempre acaba venciendo el yo menos virtuoso? En absoluto. El gobierno de la fortuna es un cuestionamiento de la teoría tradicional de la decisión racional, pero una afirmación al fin y al cabo de la libertad, la modesta y condicionada libertad individual. Lo importante en esta visión del azar y su papel es, por una parte, una crítica de las grandes leyes históricas y del propósito teleológico de las decisiones colectivas o individuales; y por otro, la visión de cada una de nuestras decisiones como una cadena temporal cuyos eslabones vienen condicionados por los anteriores y son todos, por lo tanto, dependientes del camino y del azar. No hay aquí paradoja. Nuestra voluntad está constreñida por el hábito, por el coste de despejar la niebla de la ignorancia, por la inercia y las propensiones, pero «andaríamos también equivocados si no concediéramos ninguna relevancia a la racionalidad deliberativa... no está dicho que esta batalla esté perdida de antemano» (págs. 137-138).

Sirva este ejemplo para explicar el papel de la voluntad deliberativa subrayada por Rivera: en los largos años de vida de este comentarista en Estados Unidos se le presentaba un serio problema de elección cada vez que llegaba el Día de Acción de Gracias, a finales de noviembre. Quería celebrarlo con suculentas langostas de Maine, pero le era imposible convencer a su familia y amigos para desplazar al insípido y tradicional pavo típico de esa fecha. ¿Por qué? Porque en el otoño de 1621 los Padres Peregrinos quisieron celebrar un año de supervivencia con la ayuda de los indios nativos. Si en vez de hacer caso a los poco sofisticados gustos aborígenes, hubiesen simplemente mirado al mar (una decisión puramente casual), la tradición se habría construido sobre la exquisita langosta en vez del aburrido pavo. A partir de ahí se legitimó la tradición, se alcanzaron tremendas economías de escala en la industria pavera, se eliminaron los costes de decisión sobre qué servir esa señalada noche y sobre cómo celebrarla, y aunque parece evidente que en su escala de metapreferencias el consumidor norteamericano todavía valora mucho más la langosta que el insípido pavo, éste pasó a ser el objeto de sus preferencias. Así que, ¿cómo cambiar un «subóptimo» con casi tres siglos de legitimidad? Con voluntad deliberativa: cada Día de Acción de Gracias, desde hace ya el tiempo suficiente como para ser legítimo, este comentarista pone una langosta (y no un pavo) en su mesa. La libertad, aunque siempre escorada, tarda y miope, acaba por prevalecer.

01/10/2001

 
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