ARTÍCULO

El fascismo paradigmático

 

La era del fascismo se encuentra cada vez más alejada en la historia, pero en la retórica política parece hallarse permanentemente con nosotros. El fascismo concluyó en medio del fracaso y la destrucción más catastróficos jamás vividos por ningún movimiento político moderno, y rápidamente pasó a formar parte de la jurisdicción de la historia. Desde 1945 los historiadores se han mostrado ciertamente activos, y en ocasiones casi hiperactivos, a la hora de abordar este tema, pero los términos fascismo y fascista han permanecido también en el uso corriente del discurso político contemporáneo. Esto se ha debido en parte al gigantesco trauma que el fascismo infligió a Europa, a pesar de que nunca un movimiento tan absolutamente fallido se ha mantenido relativamente tan vivo dentro de la retórica política durante tanto tiempo. Desde 1945, han sido los publicistas e intelectuales de izquierda especialmente quienes, de forma ininterrumpida, han escudriñado con avidez debajo de cada cama y detrás de cada rincón en busca de indicios del regreso del fascismo. Cada nuevo fenómeno político que difiere de alguna manera de la norma democrática social resulta examinado en busca de señales de la pezuña hendida. Esto se debe a que, en cuanto que estigma o término peyorativo, no hay ningún otro que pueda erigirse en su equivalente. No hay nada que represente para Europa al “otro” de un modo tan pleno y tan dramático en la era socialdemócrata. Ni siquiera el estalinismo.

Pero, ¿qué significa exactamente fascismo? ¿Cuál es su definición, qué características lo singularizan? Este interrogante suele ignorarse, y cuando los historiadores tratan de responderlo, suelen presentar conclusiones diferentes, y en ocasiones abiertamente contradictorias. El significado o las connotaciones del fascismo son, por regla general, simplemente presupuestos por los historiadores, a los que les preocupa por encima de todo lo particular y lo empíricamente descriptivo.

En este contexto, Álvaro Lozano ha vadeado una literatura gigantesca y nos ha ofrecido la historia general más reciente sobre Mussolini y el fascismo en Italia. Dado que los historiadores españoles raramente alcanzan distinción por ningún logro que quede más allá de la propia historia española, el acercamiento a una obra de estas características se produce con miedo ante el temor de encontrarse con otro ejercicio superficial, de segunda mano. El libro de Lozano resulta ser, sin embargo, una agradable sorpresa, ya que hace gala de amplios conocimientos de la literatura más relevante, fundamentalmente en italiano e inglés, cuenta con sólidos fundamentos, su tratamiento es por regla general preciso y matizado, y la perspectiva que adopta es sofisticada. En conjunto, se sitúa por encima de la norma en este tipo de obras, ya sea en España o en cualquier otro país.

¿Qué significa exactamente fascismo? Los historiadores suelen presentar conclusiones diferentes

Lozano es autor de diversas obras de síntesis, centradas principalmente en Europa en la Segunda Guerra Mundial y en sus secuelas. Establece el marco con un claro estudio de los problemas de la Italia unida y de su debacle en la Primera Guerra Mundial, para pasar a ocuparse a renglón seguido de Mussolini y del ascenso del nuevo movimiento. En cuanto que figura central, el Duce recibe un tratamiento extenso y experimentado, de tal modo que el libro constituye también una suerte de biografía del líder fascista. Repasa la mayor parte de los aspectos y los problemas más relevantes del régimen, trata cada uno de ellos con claridad y en su mayor parte con precisión, y los compara y contrasta con sus equivalentes en la Alemania nazi, sobre la que Lozano también ha escrito un libro. En la conclusión de cada una de las principales secciones se proporciona también al lector un breve repaso de las diferentes interpretaciones que han sido propuestas por destacados historiadores. La sección más extensa del libro –que supera las doscientas páginas– se dedica posteriormente a la política exterior, al papel de Italia en la Segunda Guerra Mundial y a la transformación y derrumbamiento definitivo del sistema. In toto, esto representa un logro considerable: estamos ante la mejor nueva obra general de síntesis y análisis del fascismo italiano que ha aparecido en muchos años.

En esta empresa de enormes proporciones, es mucho lo que se ha conseguido, si bien, inevitablemente, algunos aspectos reciben más atención que otros y hay algunos problemas notables que reciben un tratamiento demasiado exiguo. Lozano sitúa con claridad y exactitud los orígenes del fascismo en la crisis italiana de la Primera Guerra Mundial y los años subsiguientes, pero se trata de un tema de tan gran complejidad que –idealmente– requiere incluso una atención mayor que la que él le concede, y para esta dimensión resulta útil acudir a las últimas obras de Emilio Gentile.

Desde la muerte de Renzo De Felice en 1996, Emilio Gentile (que se jubila este año tras una dilatada y distinguida carrera en la Università di Roma-La Sapienza) ha sido el más destacado historiador italiano del fascismo. Su copiosa producción abarca todo el espectro de la historia del fascismo y se extiende también mucho más allá. Desde su primer libro importante sobre los orígenes de la ideología fascista, Gentile se ha ocupado especialmente de la cultura del fascismo en el sentido más amplio, y ha sido el principal sucesor de George L. Mosse a la hora de seguir el “giro antropológico” de este último en el ámbito de los estudios fascistas. Sitúa la esencia del fascismo en su concepto de “revolución antropológica”, en contraposición a la revolución socioeconómica izquierdista, y en su lucha por crear “el hombre nuevo”, algo que lo diferenciaba básicamente de los movimientos derechistas. L’apocalisse della modernità no es, sin embargo, un libro sobre el fascismo como tal. Lo que hace es examinar la crisis cultural de la Europa finisecular y de la Gran Guerra, el suelo del que emergió el fascismo, así como las conjeturas relativas a la decadencia, la regeneración por medio de la violencia y la aparición del hombre nuevo que acompañaron a la guerra. El fascismo confirió a estas nociones una expresión específica de un modo mucho más directo de como lo hizo el bolchevismo, que estaba basado en un materialismo pseudocientífico de un tipo diferente, formado incluso antes de que surgiera la crisis cultural.

Un aspecto relevante de esa crisis y de la cultura del modernismo artístico que la acompañó fue el movimiento futurista, que en Rusia se escoró posteriormente hacia el bolchevismo, pero que en Italia ejerció de precursor artístico vanguardista del fascismo, y que se convirtió más tarde en una parte importante de la cultura fascista propiamente dicha. El futurismo italiano es probablemente el único movimiento importante del modernismo cultural estudiado tanto o más por su política como por su arte. “La nostra sfida alle stelle” es un libro breve, de ciento cuarenta páginas, bien ilustrado con arte futurista, y constituye la mejor guía con que contamos del pensamiento y el activismo políticos del futurismo. Quizá su logro más notable es que revela con más claridad los múltiples impulsos que animaron el movimiento, un auténtico “caleidoscopio” (en palabras de Gentile), mientras que la posterior decisión de unirse al fascismo supuso la muerte de la ambición original de crear un hombre nuevo moderno y radical que sería completamente diferente, tanto “sobrehumano” como “deshumano”.

El régimen italiano fue el segundo sistema de partido único en Europa, después de la Unión Soviética. Lozano, siempre al día de la literatura secundaria, contrasta el papel del partido en las tres principales dictaduras: en la Unión Soviética, los dirigentes del partido controlaron el Estado; en Alemania, el partido dirigió parte del Estado y se hizo cargo de otras instituciones paralelas al Estado original; y, en Italia, el Estado predominó sobre el partido. A su juicio, el partido se convirtió en una burocracia colosal cuya influencia sobre la población, aunque resulta evidente en ciertos ámbitos, fue limitada. Este análisis tripartito se expresó quizá por primera vez en uno de los libros más profusamente leídos de aquella época, Le parti unique (1936), del renombrado teórico rumano del corporativismo Mihail Manoilescu. Perplejo ante el caso italiano, Manoilescu sugirió que el papel del partido acabó por ser eficaz gracias a fascistas concretos, no al partido, que administraron el Estado, aunque esta conclusión no era del todo correcta.

¿Fue el sistema franquista, también un Estado de partido único, una copia del modelo italiano? Sí y no. Una diferencia fundamental estribó en que Mussolini fue el líder original del partido. Él no lo creó, ya que creció de forma semiespontánea a su alrededor, pero sí que lo condujo al poder. A partir de 1922, sin embargo, el partido se convirtió en un importante problema para su Duce, hasta que lo hubo domeñado por completo.

Franco, por su parte, no tuvo literalmente nada que ver con la Falange hasta después de iniciada la Guerra Civil. Una vez que se hizo con el poder no surgirían ya verdaderos desafíos. Resolvió las dos únicas crisis conectadas con los falangistas (mayo de 1941 y septiembre de 1942) en su propio beneficio en ambos casos. La relegación del partido comenzó en España en una fecha tan temprana como 1941, en una época en la que Franco estaba aún asociado con Hitler y seguía teniendo en mente entrar en la guerra una vez que las condiciones fuesen más favorables. Un proceso largo y lento, pero genuino, de desfascistización empezó entonces en Madrid en agosto de 1943, nada más ser apartado Mussolini del poder.

Evidentemente, el partido fue mucho más importante en Italia. Hace más de veinte años, Gentile publicó una historia de los tres primeros años del partido, Storia del partit fascista 1919-1922.  Movimento e milizia (1989), que sigue siendo el mejor tratamiento existente sobre la fase de fundación del Partito Nazionale Fascista (PNF), aunque Gentile no llevó su relato más allá. El primer intento de abordar un estudio general en un solo volumen fue The Italian Fascist Party in Power. A Study in Totalitarian Rule (1959), del historiador estadounidense Dante L. Germino. Su esfuerzo no fue enteramente afortunado, debido, por un lado, al muy reducido número de datos y, por otro, a una interpretación en exceso simplista. Germino concluía que el fascismo había logrado un sistema totalitario, pero que se diferenciaba de la Unión Soviética fundamentalmente en términos de su menor intensidad.

Lo Stato-partito del fascismo (2009), de Loreto Di Nucci, es, por tanto, la primera historia completa en un solo volumen del partido y, hasta cierto punto, cubre una verdadera laguna dentro de la bibliografía. Su estudio se ocupa de la organización fascista a lo largo de todo el período del régimen, poniendo el énfasis en la compleja relación existente entre el Estado y el partido, aunque la segunda década no se cubre de un modo tan prolijo como la primera. El libro concluye con un estudio muy detallado de la famosa «notte del Gran Consiglio» (24-25 de julio de 1943), cuando los miembros del Gran Consejo del PNF destituyeron a su Duce, después de francas y considerables discusiones, y tras una votación por mayoría simple. Huelga decir que esto habría resultado inconcebible tanto en Alemania como en España, al margen de cuán diferentes fueran entre sí los regímenes de Hitler y Franco.

Las conclusiones de Lozano sobre el papel y la eficacia del PNF no son muy diferentes de las de Di Nucci, que titula su último capítulo «Un caos sistémico». Si fue así en realidad, ¿cuán «totalitario» era el régimen que inventó el concepto de totalitarismo? En sus muy conocidos Orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt concluía que Italia no encajaba realmente junto con la Unión Soviética y Alemania dentro de la categoría de “totalitarismo”. ¿Quiere eso decir que todo no fue más que un gran fraude de Mussolini?

Según Gentile, el totalitarismo sólo puede cuajar pasado un buen número de años

El concepto parece haber sido inventado por su oponente liberal, Giovanni Amendola, que advirtió por primera vez en 1924 de que Mussolini tenía en mente convertir su gobierno en una dictadura completa, que Amendola calificó de «dittatura» o «governo» «totalitario». Dado que los fascistas tendieron siempre a ser un poco más honestos y directos en su lenguaje que los comunistas, el propio Mussolini retomó el término en 1925, exactamente en el momento en que estaba convirtiendo lo que había comenzado como un gobierno de coalición parlamentaria en una dictadura política personal. El concepto fascista italiano de totalitarismo, sin embargo, no proponía un régimen de control estatal completo y sistemático de todas las instituciones italianas. Para ese modelo, habría que acudir a la Unión Soviética.

El estudio más preciso del totalitarismo italiano ha sido el propuesto por Emilio Gentile, especialmente en la edición revisada de su La via italiana al totalitarismo. Il partito e lo Stato nel regime fascista. En este libro, Gentile resalta que, para cualquier sistema, el totalitarismo debe ser un proyecto, un proceso que requiere un buen número de años, y que no se trata de un simple fait accompli. Arendt, por ejemplo, concluyó que la Alemania nazi sólo alcanzó el totalitarismo funcional en un estadio muy tardío de su desarrollo y que incluso la Unión Soviética necesitó casi de una década y media.

Mussolini y los dirigentes del PNF diferenciaron su movimiento del bolchevismo por medio del rechazo del socialismo estatal, por un lado, y por el hecho de que ellos habían sido pioneros en la creación de un nuevo tipo de partido que era un «partido-ejército» o «partido-milicia». Ni siquiera los bolcheviques de Lenin podían realizar una afirmación similar, porque habían necesitado utilizar un grupo paramilitar aparte, los Guardias Rojos, y no a los miembros de su propio partido, que no fue, ipso facto, una milicia en el sentido fascista. Este nuevo tipo de partido, el «Stato-partito», habría de convertirse en el pedagogo de la nación, transformando la cultura y las instituciones a lo largo de un dilatado proceso. En los años treinta había surgido ya un tipo de organigrama de institucionalización totalitaria, que de un modo u otro incluyó a casi todo, excepción hecha de la Iglesia católica romana. El número total de miembros de todas las organizaciones fascistas acabaría ascendiendo a casi cuarenta y cuatro millones, y el partido había incorporado teóricamente a las masas a la «rivoluzione continua». Se trataba, sin embargo, de un esquema que permitía una autonomía individual considerable, que sería coordinada y transformada en última instancia por la red institucional totalitaria del fascismo, aunque esta última resultó ser más forma que realidad y no penetró en la sociedad de forma muy profunda. Los historiadores se muestran generalmente de acuerdo en que, en los años treinta, el régimen había logrado una suerte de consenso, aunque fuera pasivo en algunos aspectos, lo que le hizo disfrutar de un grado de aceptación bastante amplio por parte de la sociedad italiana. Además, este consenso o aceptación general, basado en una represión relativamente extendida pero también moderada, perduró hasta 1942 y no se desplomó hasta el año siguiente bajo el peso de una derrota militar total e inminente.

En un momento dado, Mussolini calculó que la fascistización efectiva de la sociedad italiana requeriría al menos veinte años y que no podría completarse hasta que hubiera eliminado la monarquía. En torno a 1936, después de que el régimen se hubiera mantenido en el poder más de una década y de que hubiera empezado a llevar a cabo conquistas militares en el extranjero, se reconoció que el logro era insuficiente, ya que la sociedad y la cultura aún no habían sido transformadas por completo. Eran, en su mayor parte, simplemente dóciles. Se llevó a cabo un renovado esfuerzo para acelerar el proceso, lo que comportaba una cierta dosis de innovación institucional y una nueva definición y expansión de funciones. Aun así, este redoblamiento del proceso totalitario (una política claramente reconocida por Renzo De Felice, el decano de los historiadores del fascismo) no cosechó más que un éxito limitado, y su última fase, implementada en 1941 después de que Italia hubiera entrado en la guerra europea, presentaba todo tipo de carencias en cuanto a recursos, dedicación, eficacia y credibilidad. El sistema totalitario había fracasado a la hora de lograr su objetivo de una revolución antropológica, de transformar a los italianos en «hombres nuevos», y había fracasado incluso en su intento de llevar a cabo una movilización eficaz con vistas a la guerra. Sus formas e instituciones habían sido aceptadas por la sociedad, pero se había puesto de manifiesto que poseían un contenido sólo limitado, así como un poder limitado de penetración social. El totalitarismo fascista había parecido funcionar no especialmente bien, y siempre que no fuera mucho lo que se le exigiera, pero dejó al descubierto todas sus debilidades en medio de la crisis de la guerra total. Esta perspectiva gentileana más cuidadosamente matizada no se encontrará, sin embargo, en los análisis ni de Lozano ni de Di Nucci.

En España el concepto de totalitarismo fue siempre simplista y confuso

En España, por contraste, el concepto de totalitarismo fue siempre simplista y confuso. El partido aparecía definido como un «instrumento totalitario» en los Veintisiete Puntos originales de la Falange, pero José Antonio Primo de Rivera se apartó del concepto de «totalitario» en 1935. Posteriormente fue abrazado en numerosas declaraciones por Franco, la Falange Española Tradicionalista y el nuevo régimen, sin ningún contenido empírico por regla general. Por un lado, Franco, en un esfuerzo inusualmente confuso de análisis político, lo defendió ingenuamente como una invención española que había sido introducida originalmente por los Reyes Católicos. Por otro lado, un analista político y económico, el jesuita Joaquín Azpiazu, observó de forma mucho más sensata en la revista Razón y Fe que en España el concepto hacía referencia presumiblemente a la unidad y autoridad absolutas especialmente en la política y el gobierno, ya que, en caso de que implicara más cosas, el único totalitarismo plasmado en toda su plenitud sería el de la Unión Soviética. El término quedó completamente desechado con el comienzo de la desfascistización en 1943.

Si el esfuerzo de alcanzar el totalitarismo acabaría fracasando, ¿fueron otros aspectos relevantes del fascismo, como su política económica, también un fracaso? Aquí los datos son contradictorios. Lozano ofrece una especie de balance de los resultados económicos en los años en que Mussolini detentó el poder, con sus relativos fracasos en agricultura y algunos otros ámbitos en comparación con sus éxitos en la electrificación y la industria pesada. Aunque el sistema corporativo de la economía era en gran medida una farsa, un intento de ofrecer un nuevo modelo cuya función principal no era probablemente otra que controlar la mano de obra, Mussolini sí tuvo éxito, sin embargo, en su empeño de mitigar los efectos de la depresión (y su éxito fue mayor proporcionalmente, por ejemplo, que el de Franklin Roosevelt) y construyó unos sectores financiero e industrial estatales de gran importancia. La conclusión tendría que ser probablemente que los resultados de la política económica fascista fueron más o menos los normales para esa época, y que variaron considerablemente de un sector a otro. Antes de la guerra no se produjo un drástico declive de los niveles de vida habituales, algo que sí sucedió con el totalitarismo soviético. El pensamiento del propio Mussolini contenía, sin embargo, una contradicción: por un lado, quería que Italia se fortaleciera y se volviera, en el curso del proceso, más «moderna» y productiva, pero, por otro, su peculiar manera de entender la ecología militarista persiguió sin éxito limitar la urbanización, un importante índice de modernidad, dado que prefería la austeridad rural, que pensaba que resultaba necesaria para construir un «hombre nuevo» combativo. Elevar los niveles de vida no era un objetivo per se, pero, mutatis mutandis, esto es algo que puede predicarse de todos los totalitarismos de la época de Stalin y Hitler. 

A muchos lectores les resultará chocante que los fascistas se consideraran muy modernos e, incluso, «progresistas», aunque este término no se utilizaba habitualmente. Durante varias décadas a partir de 1945, las interpretaciones dominantes del fascismo, ya procedieran de la izquierda marxista o del centro-derecha liberal, acusaron a todos los fascismos, en Italia y en otros países, de ser antimodernos, de ser una sublevación contra la modernidad. Este punto de vista empezó lentamente a cambiar en los años setenta, cuando George L. Mosse, un importante defensor, lo abandonó por completo antes de su muerte en 1999Véase su libro póstumo The Fascist Revolution. Toward a General Theory of Fascism (Nueva York, Howard Fertig, 1999)..

El esfuerzo más importante, con mucho, a la hora de abordar el tema de la modernidad fascista es Fascismo y modernismo, de Roger Griffin, probablemente el libro más importante publicado sobre el fascismo en los últimos años. Griffin se ocupa de la relación del fascismo con el modernismo artístico, pero también aborda la cuestión del fascismo y la modernidad en términos más generales. Su conclusión, que resulta convincente, es que el fascismo fue una de las expresiones más importantes de la nueva modernidad europea a comienzos del siglo xx, y que, por destructivo que llegara a ser, eso no altera el lugar que ocupa lo moderno dentro de la ideología y la cultura fascistas. El fascismo perseguía lograr su propia modernidad alternativa, adoptando formas algo diferentes en Italia y Alemania. Aunque él rechazaba la mayoría de los aspectos del modernismo artístico libertario, Hitler pensaba que el Tercer Reich había alcanzado la cúspide de la modernidad, apoyado en la ciencia moderna, y fortalecido por ella, al menos tal y como él la percibía. La Italia fascista, por el contrario, se mostró mucho más abierta al modernismo artístico, e hizo de la arquitectura modernista, conocida en Italia como racionalismo, un estilo fascista generalizado. Griffin examina aspectos muy diferentes del modernismo y la modernidad, fundamentalmente en Italia y Alemania, y construye un argumento cuidadosamente matizado. Esto no ilumina simplemente la cultura fascista, sino que supone una importante contribución a la comprensión del fascismo italiano y el nazismo alemán en términos más generales. El libro no es únicamente un estudio del fascismo, sino también una aportación capital al análisis más amplio del modernismo y la modernidad. 

A muchos lectores les resultará chocante que los fascistas se consideraran muy modernos e, incluso, «progresistas»

Las viejas interpretaciones mantenían que difícilmente podía hablarse de una cultura fascista, o incluso de una ideología fascista coherente, porque el fascismo era intrínsecamente antiintelectual e irracional. El filósofo italiano Norberto Bobbio había declarado en 1961 que el fascismo no era más que «una ideología de la negación», sin contenido, incapaz de producir cultura. Esta afirmación quedó puesta en entredicho sólo cinco años después, cuando George L. Mosse publicó su antología crítica Nazi Culture (1966), que demostraba de forma concluyente que semejante concepto no era un oxímoron. Lozano rechaza también la postura de Bobbio y concluye que la ideología y la cultura fascistas no fueron irracionales, sino más bien no racionales, resaltando los papeles del vitalismo y el mito.

Lozano aborda la cultura fascista y la cultura italiana bajo el fascismo muy brevemente y de pasada, y sin haber tenido la oportunidad de valerse de la muy reciente Storia della cultura fascista, de Alessandra Tarquini. Esta obra fundamental, que llega tras la publicación de su anterior libro sobre las corrientes doctrinales dentro del partido que fueron acerbamente críticas con Giovanni Gentile, el filósofo más destacado del fascismo, ha consolidado a Tarquini como una destacada estudiosa de la cultura y la ideología fascistas italianas. Su estudio más reciente, que debería traducirse al español, aporta una breve perspectiva general descriptiva y analítica de la ideología y la cultura fascistas. Compacto y escrito con claridad, que destaca por su precisión analítica y por su objetividad. Nunca hasta ahora se había publicado una guía de tanta utilidad y merece que se le dispense una generosa acogida.

Tarquini comienza esbozando con claridad la controversia relativa a la interpretación del fascismo y a continuación dedica sendos capítulos a la política cultural y a los intelectuales y los artistas de los años veinte. Una de las secciones más extensas aborda la doctrina del mito, del Estado totalitario, así como otros conceptos fundamentales del fascismo, como el mito de Roma y del «hombre nuevo», o la interpretación que daba el fascismo a su relación con la Revolución Francesa. Dos capítulos examinan la política y los intelectuales y artistas de los años treinta, mientras que la última parte del libro aborda las doctrinas que surgieron en la fase final del régimen. Se presta atención a todos y cada uno de los principales intelectuales e ideólogos fascistas, así como a cada una de las corrientes doctrinales y culturales importantes. El libro impresiona por su manera de evitar la logorrea habitual entre los historiadores italianos y españoles, y es muchísimo lo que consigue en un espacio limitado.

Aunque el fascismo imponía la conformidad política, no intentó nunca erradicar todas las discusiones políticas y culturales, y fue notable entre las grandes dictaduras por el grado de controversia interna que permitió. El arte y la literatura disfrutaron también de una amplia flexibilidad, siempre y cuando no se transgredieran directrices políticas básicas. Su modelo buscaba incorporar una diversidad limitada dentro de un proceso de unidad totalitaria que no fue, por ejemplo, equivalente al papel de las diferentes «familias» político-ideológicas dentro del franquismo, ya que la censura española impidió en gran medida la discusión abierta entre las diversas corrientes ideológicas existentes.

Durante la primera década, Giovanni Gentile fue el principal ideólogo y filósofo del fascismo. El más destacado filósofo académico de ItaliaEn contraposición al filósofo liberal independiente del idealismo, Benedetto Croce., Gentile propuso su propia variante del idealismo posthegeliano, que él llamó «actualismo», y postuló como el objetivo del fascismo el «Estado ético», que habría de incorporar las masas al servicio de altos ideales. Toda la segunda mitad del período fascista se caracterizaría, sin embargo, por la rebelión de los ideólogos e intelectuales fascistas contra el gentileanismo, criticado desde casi todos los ángulos por ser bien demasiado idealista, poco pragmático, conservador, carente de radicalismo, etcétera. El primer libro de Tarquini contiene un análisis exhaustivo e incisivo de las múltiples críticas fascistas del gentileanismo, lo cual le sirve al mismo tiempo para arrojar luz sobre importantes dimensiones de la historia intelectual del fascismo italiano.

Lozano no recuerda la fuerte polémica antinazi que apareció en la prensa italiana en 1934  

La parte más extensa del libro de Lozano se dedica a la política exterior de Mussolini y de Italia en la Segunda Guerra Mundial. No hay novedades en esta sección, aunque Lozano se vale con buen criterio de la mayor parte de la literatura publicada, contrasta los puntos de vista de los diferentes historiadores y concluye casi de forma inevitable con un relato bastante convencional, pero también convincente, del clímax y la destrucción del fascismo. No hay grandes errores o interpretaciones dudosas que criticar aquí, a pesar de su dependencia excesiva de fuentes secundarias a veces muy lejanas y de la incorporación ocasional de alguna anécdota discutible.

Aunque el fascismo predicaba la necesidad de la guerra y el imperio, no se vio envuelto en guerras en el extranjero durante los primeros trece años del régimen, en los que, al contrario de lo que sucedió durante el período equivalente en la Unión Soviética o el Tercer Reich, vivió en paz relativa con el mundo. La Italia fascista carecía, de hecho, de los recursos necesarios para convertirse en una gran potencia y, al contrario que la Unión Soviética y Alemania, las operaciones militares no hicieron más que desequilibrar enormemente sus gastos en el decimocuarto año del régimen.

Sin embargo, como subraya Lozano, las doctrinas de Mussolini contenían una lógica que implicaba con fuerza la guerra y la expansión una vez que así lo permitieran las condiciones. Pero, ¿qué tipo de guerra y expansión? Parece claro que Mussolini, que no era ningún estúpido, no planeó nunca combatir en la Segunda Guerra Mundial. Pensaba, en cambio, en participar en campañas breves y limitadas que estuvieran dentro del alcance limitado de Italia, y las llevó a cabo con éxito en Etiopía (1935-1936) y España (1936-1939)Lozano exagera con respecto al número de tropas italianas en España, ya que apunta la cifra de cincuenta mil «entre 1936 y 1939», cuando lo cierto es que el total llegó a cincuenta mil durante sólo durante un par de meses a comienzos de 1937, para luego verse considerablemente reducido. Durante la mayor parte de la guerra no hubo muchos más de treinta mil combatientes italianos en España, aunque Lozano acierta al señalar que «su desempeño en la Guerra Civil española no fue tan deficiente como se ha sugerido en numerosas ocasiones». Con la excepción de la batalla de Guadalajara, las tropas italianas en España saldaron por regla general sus intervenciones con éxitos.., pero tras ellas las cosas empezaron muy pronto a entrar en una espiral fuera de control.

¿Tenía Mussolini que convertirse realmente en un aliado de Hitler? Muchos han sido de la opinión de que esto resultaba casi inevitable, pero una conclusión así probablemente simplifica en exceso las cosas. Aunque Lozano ha hecho muchas cosas bien, no presenta la fuerte polémica antinazi que apareció en la prensa italiana en 1934, una polémica que planteó casi todas y cada una de las críticas del nazismo que acabarían esgrimiéndose en otros países. Hitler quiso contar con el apoyo y la ayuda de Mussolini desde el principio, pero éste se tomo su tiempo a la hora de proporcionárselos. La actitud de Mussolini hacia el Führer alemán incluyó siempre una ambivalente y contradictoria combinación de miedo y envidia, y a partir de finales de 1937 empezó a imponerse la envidia. Aunque en septiembre de 1939 Italia era demasiado débil para cumplir con la alianza militar que había firmado recientemente con Alemania, en junio de 1940 Mussolini sintió una humillación extrema al no ser otra cosa que un país «no beligerante». Estaba convencido de que debía aprovechar la única oportunidad que le quedaba para entrar en una guerra, ya ganada por Alemania, mientras siguiera quedando un poco de tiempo. Lo que comenzó en 1939-1940 como una alianza militar acabó dando lugar a la reducción del fascismo a la condición de satélite en 1941-1943 y, más tarde, a la de una suerte de marioneta en 1943-1945.

Como De Felice y otros han resaltado siempre, lo que Mussolini inició en 1940 fue definido como una «guerra paralela» para promover los propios intereses de Italia a la sombra del poderío alemán, que se encargaría de la parte dura de los combates. Esto no puede causar ninguna extrañeza, ya que diversos dictadores buscaron su propio equivalente (Stalin, Antonescu, Horthy y, posiblemente, Franco, e incluso la Finlandia democrática, aunque fundamentalmente para recuperar el territorio robado por Stalin en 1940). El único gran vencedor, tanto a corto como a largo plazo, fue Stalin. Como socio de Hitler, en 1939-1940 se hizo con el control de toda la mitad oriental de Polonia, todas las repúblicas bálticas, el noreste de Rumanía y el sureste de Finlandia, y mostró un interés considerable por mucho más. Siendo el dictador de una gran potencia, y estando en el bando vencedor de la Segunda Guerra Mundial, se llevó todo este botín impunemente. Italia, Hungría y Rumanía no fueron tan afortunadas.

¿Por qué cometió Mussolini un error fatal que Franco sí evitó? Franco también pasó por una fase de prepotencia entre 1937 y 1942, no del todo diferente de la tendencia que había desarrollado Mussolini de creerse cada vez más su propia propaganda. Su cautela tampoco se debió en última instancia simplemente al hecho de ser un militar profesional, porque también lo eran Horthy y Antonescu. Las dos diferencias más claras entre España e Italia fueron geográficas y económicas. La Península Ibérica queda más apartada de Europa que Italia y, tras la Guerra Civil, España no era simplemente más débil que Italia –que lo habría sido en cualquier caso–, sino muchísimo más débil. Examinada la situación en su conjunto, la tentación para Franco era menor.

Mussolini sabía menos de asuntos militares que Hitler, Franco o Stalin

Después de todo lo que había promovido el fascismo las virtudes militares de lo que llamó «l’Italia guerriera ed operaia» (la Italia guerrera y trabajadora), ¿por qué era Italia tan débil militarmente en 1940? Una pequeña parte de ello guardaba relación con la guerra española, ya que fue Mussolini, no el más circunspecto Hitler, quien había proporcionado la mayor parte del equipamiento militar del Ejército Nacional. Parte de éste no encontró repuesto, al tiempo que el éxito militar contra enemigos más débiles en Etiopía y España le había proporcionado al Duce una idea exagerada del poderío militar de Italia. Igualmente importante es el hecho de que, de todos los dictadores importantes, Mussolini era el que contaba con unos conocimientos más limitados de los asuntos militares, un tema en el que Hitler, Franco y Stalin eran todos más expertos. A sus carencias en la comprensión de todo aquello que comportaba una guerra moderna se acompañaba la ausencia de cualesquiera nociones de estrategia en el sentido más amplio. Y, en el caso de Italia, no había demasiado margen de error. Stalin podía cometer errores garrafales, como perder cuatro millones de hombres en los cuatro primeros meses de la guerra alemana, además de una gigantesca cantidad de equipamiento, y reemplazarlos muy pronto con otros cinco millones de hombres y equipamiento adicional. El líder de una potencia mediana como Italia no disfrutaba de semejantes lujos.

Más allá del liderazgo con profundas carencias de Mussolini, las principales razones tenían que ver con la naturaleza del totalitarismo fallido del fascismo y, de manera específica, de la cultura militar italiana, a lo que debe añadirse la limitada capacidad productiva de la economía italiana. El totalitarismo fascista concedía una autonomía limitada a las instituciones y sectores que habían de ser coordinados en última instancia por un sistema nacional, pero la coordinación fallaba. Tras concedérsele un grado considerable de autonomía, lo cierto es que las instituciones militares estaban anquilosadas bajo la protección del totalitarismo fascista, por lo que las fuerzas armadas italianas eran comparativamente más débiles en 1940 que en 1915. Si Mussolini se hubiera mantenido fiel a su plan original de guerras limitadas, esto se habría traducido en una diferencia menor, aunque en el otoño de 1940 los militares italianos demostraron que no podían siquiera dominar a una potencia muy pequeña como Grecia: el Duce había dado a sus generales sólo dos semanas de movilización para la campaña.

El mayor fracaso individual del totalitarismo fascista radica en el desarrollo militar, aunque se mostró igualmente fallido en su cacareada «revolución antropológica». El «hombre nuevo» demostró escasear y en 1943 la mayor parte de la población italiana se desentendió tanto política como psicológicamente del fascismo y de la guerra. El régimen de Mussolini acabó naufragando en un desastre tan absoluto que algunos historiadores han comparado a su líder con un bufón, aunque Lozano se cuida de resaltar muy acertadamente que esta caricatura es inexacta y resulta inadecuada para entender a uno de los dirigentes de mayor éxito de los años veinte y treinta. Es la guerra la que ha provocado la caída de casi todas las dictaduras no comunistas de Europa, con la principal excepción de la de Franco. Incluso el comparativamente modesto y en gran medida no fascista Estado Novo de Portugal acabó enfrentándose a una variante del destino de los regímenes de Europa Central.

Lozano tiene razón al señalar que, si bien Mussolini no supuso ninguna ayuda, sino más bien un lastre, para Hitler, también resulta cierto lo contrario. Hitler salvó a los italianos en Grecia en 1941, pero en general no proporcionó ninguna asistencia global a los esfuerzos bélicos italianos, no en los mismos términos proporcionales que la ayuda ofrecida por los aliados a la Italia liberal en la Primera Guerra Mundial. Finalmente, Lozano ofrece una conclusión que suele pasarse por alto: aun en el supuesto de que el Eje hubiese logrado la victoria, el futuro de Italia difícilmente habría resultado satisfactorio desde el punto de vista fascista, ya que el país y sus posesiones se habrían visto reducidas a la condición de meros satélites en el conjunto del gran imperio alemán.

Lozano no se ocupa de los problemas del fascismo genérico o de la más amplia definición de fascismo, ni se encuentra absolutamente obligado a ello cuando está escribiendo una historia de la Italia de Mussolini. Sin embargo, el lector puede acabar preguntándose: ¿qué es lo que hizo del fascismo un movimiento «fascista»? No podía tratarse de la dictadura, el totalitarismo, el culto del líder, la propaganda de masas, los espectáculos públicos gigantescos, la militarización extrema, la violencia de masas o las agresiones militares no provocadas, ya que todas estas cosas existieron en igual o, en ocasiones, incluso en mayor medida en los regímenes comunistas. Ni tampoco pudo haber sido el nacionalismo extremo, ya que algunos de estos últimos también han sido extremadamente nacionalistas. ¿Qué fue entonces?

Me atrevo a sugerir que el carácter único de lo que los italianos llamaron a veces fascistizzità radica en dos de sus doctrinas. La primera era el carácter especial de la doctrina fascista de la violencia, que era «soreliana» en su concepto y sostenía que la violencia propiamente dicha era terapéutica, no un mal necesario (como habían mantenido los comunistas), sino un bien positivo, que convertía ipso facto a los practicantes del tipo de violencia adecuado en seres humanos superiores. Del mismo modo, la guerra no era un mal necesario sino, hasta cierto punto, un bien en sí misma.

La segunda era la cultura del vitalismo filosófico, no irracionalista sino decididamente antimaterialista y no racional, que afirmaba que el nivel de vida y de cultura más elevado se alcanzaba por medio del activismo y el dinamismo, por medio de la emoción superior y una voluntad mayor, produciendo un hombre nuevo no por medio del materialismo histórico, sino por medio de su propia revolución antropológica de la doctrina y la práctica vitalistas. Casi todas las demás características importantes del fascismo eran compartidas por el comunismo y, en ocasiones, por otros tipos de dictaduras.

Una vez que se reconoce el lugar especial de estas dos doctrinas, el papel que desempeñaron en el resultado final del fascismo pasa a ser más claro y el desenlace definitivo, más comprensible. Esto sirve también para explicar por qué todas esas especulaciones sobre el «regreso del fascismo», al menos en la Europa contemporánea, resultan absolutamente irrelevantes.

Traducción de Luis Gago
Este artículo ha sido escrito por Stanley Payne
especialmente para Revista de Libros

Stanley Payne es historiador y catedrático emérito en la Universidad de Wisconsin-Madison. Su último libro publicado es Civil War in Europe, 1905-1949 (Nueva York, Cambridge University Press, 2011; La Europa revolucionaria. Las guerras civiles que marcaron el siglo xx; trad. de Jesús Cuéllar, Madrid, Temas de Hoy, 2011).
 

15/09/2012

 
COMENTARIOS

Teodoro Bustillo Vicario 01/10/12 20:27
El título del libro de Stanley Payne en inglés "Civil War in Europe" ha sido enganchado. Ya lo utilizó, entre otros, E. Nolte desatando la polémica de los historiadores en la que estaba enfrascado hasta J. Habermas hace unos 30 años. La onomasiología tiene algo que decir.

Esta hermenéutica ha generado un nuevo modo de comprensión del desplome abismal europeo. La cosa sigue.

Para España ha abierto unas perspectivas más que de interpretación, de comprensión de "La Guerra", que desde nuestra intelectualidad, aquejada de una hipermetropía idelogofílica, no ha generado estudios con auténtica enjundia.

Tampoco los estudiosos de otros lares la dedican mucho espacio.

Puede que desde una panorámica mucho más amplia dejen de ser borrosas tantas y tantas interpretaciones repetitivas en miles de libros publicados, sólo en España y casi nunca traducidos, que en nada han ayudado ni están ayudado a una, más que regeneración, generación de una performance en este secarral ¿sólo historiográfico?.



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