ARTÍCULO

El espía comunista

Argos Vergara, Barcelona, 1998
Trad. Aníbal Leal
388 págs.
 

Con la arrogancia de los vencedores, los alemanes occidentales se dispusieron, tras la unificación, a procesar judicialmente a los responsables del espionaje exterior en la difunta Alemania Oriental, cuyo principal dirigente fue, durante treinta y cuatro años, Markus Wolf, considerado como uno de los más eficaces jefes de espionaje del mundo y conocido por los servicios secretos occidentales como «el hombre sin rostro» porque hasta 1979 no consiguieron su fotografía. A partir de 1990, por decisión de fiscales y jueces, los responsables y los empleados en los servicios secretos de Alemania del Este se convirtieron en presuntos delincuentes, bajo la acusación de espionaje y de traición, a pesar de que sus actividades se habían desarrollado a beneficio de la RDA, bajo su legalidad, cuando ésta constituía un Estado soberano reconocido internacionalmente, incluso por la RFA. Markus Wolf recibió en 1993 una condena a seis años de prisión que dos años después fue anulada por decisión del Tribunal Constitucional, afirmando que ningún antiguo espía de Alemania Oriental podía ser acusado ni de traición ni de espionaje, de la misma forma que los miembros de los servicios secretos de la antigua RFA no eran considerados criminales. El final ha sido feliz para Wolf pero durante varios años ha sentido sobre su cabeza la amenaza de una sentencia de cárcel y este libro ha sido parte de su respuesta ante una situación de completo abandono. Desaparecido el Estado para el que trabajaba, traicionado por los rusos, más interesados por mantener buenas relaciones con Occidente que por defender a los miembros de un servicio que les proporcionó buenas y útiles informaciones en el pasado, amenazado por los servicios secretos alemanes occidentales, que le ofrecían inmunidad a cambio del nombre de agentes importantes, Markus Wolf decidió contar su historia y la de su servicio para evitar que los vencedores la escribieran a su manera y, de paso, para ganar unos marcos, que, a juzgar por el éxito del libro, no deben ser pocos.

Cualquier aficionado a las novelas y películas de espionaje disfrutará enormemente con este libro, que tiene la gran ventaja de ser verídico, y cualquier interesado en la política internacional en la guerra fría, en la vida interna de un Estado comunista o en el funcionamiento de los servicios secretos, encontrará en el libro informaciones, análisis y claves de interpretación de gran interés. Aunque Markus Wolf ya se había estrenado como escritor, este libro lo ha escrito a medias con una periodista inglesa, Anne McElvoy, y el resultado es intachable desde la perspectiva de la amenidad.

Uno de los aspectos más sorprendentes de estas memorias es la descripción de los alemanes occidentales que espiaron para la RDA, como el célebre Guillaume, secretario privado de Willy Brandt y cuyo descubrimiento causó el final de la carrera política de éste, o Gabriela Gast, asesora de Kohl, analista principal sobre la Unión Soviética y Europa Oriental en los servicios de inteligencia de la RFA. Por las páginas del libro desfilan ejerciendo de espías empresarios interesados en la mejora de las relaciones entre las dos Alemanias, aristócratas descontentos por la excesiva subordinación de la RFA a Estados Unidos, políticos de derechas y de izquierdas (Wolf decía que podría haber formado un grupo parlamentario en el Bundestag sólo con los diputados que le pasaban información), secretarias enamoradas de espías orientales y funcionarios de alto nivel. Algunos recibían dinero pero, en la mayoría de los casos, realizaban su labor por convicción y porque Markus Wolf y su servicio les ofrecían una recompensa psicológica. En sus propias palabras: «Lo que le ofrecíamos era la posibilidad de mezclar idealismo con compromiso personal, algo que no existe en muchas sociedades modernas». La pertenencia a «una comunidad especial, un club minoritario y secreto que luchaba por un ideal noble» era el pago a una labor arriesgada. Pero ¿cuál era ese ideal noble? El libro es poco claro al respecto pero parece deducirse del texto que no se trataba del ideal comunista sino del mantenimiento de la paz y de las buenas relaciones entre ambas Alemanias. En este sentido, Wolf plantea un elogio a los servicios secretos exteriores de cualquier país, que está plenamente justificado: «Nuestra reputación produce un efecto seguro: todos saben que los hechos o las operaciones importantes no pueden permanecer en secreto mucho tiempo. Precisamente por eso se consigue un efecto real: se garantiza la paz y se asegura al mismo tiempo que se cumplan las obligaciones internacionales».

Un aspecto poco conocido por el gran público y revelado por el libro es el apoyo económico, logístico e ideológico de Alemania Oriental y de la URSS a los movimientos pacifistas occidentales de los años ochenta y, en particular, el apoyo al grupo de «los generales por la paz», formado por militares de alta graduación de varios países europeos, opuestos al rearme nuclear occidental y, en particular, a la instalación de armas nucleares en Alemania Occidental. Este grupo ejerció una gran influencia sobre el movimiento pacifista occidental porque aportaba los saberes técnicos y la experiencia bélica de la que carecían los líderes y la mayoría de los militantes pacifistas. En coherencia estratégica con lo anterior, la RDA mantenía también contactos y apoyaba de distintas formas a grupos terroristas como el IRA, ETA, la OLP o la Fracción del Ejército Rojo alemán.

Parte del libro está dedicado a la narración de las experiencias formativas de Wolf, que en gran medida sirven para explicar, si no justificar, su activa y relevante colaboración con un régimen al que ahora reconoce cuando menos defectuoso. Sus explicaciones son útiles para comprender la actitud mental y las autojustificaciones de la mayoría de los altos cargos comunistas, no sólo en la RDA sino en cualquier otro país del bloque. Educado políticamente en la URSS estalinista en su adolescencia y primera juventud (su familia, judía y comunista, se refugió allí para huir de la persecución nazi, y allí vivió la guerra contra los alemanes), Wolf dice haber conservado la fe, que sólo puede describirse como religiosa por su irracionalidad, en la superioridad del sistema comunista, y en la necesaria subordinación de los intelectuales a la clase obrera y de todos al partido comunista. Incluso ahora, cuando reconoce que el sistema era muy inferior al de las democracias pluralistas occidentales, argumenta que la culpa del fracaso no fue del socialismo sino de los fallos humanos que impidieron poner en práctica el auténtico socialismo. En definitiva el mismo argumento de todos los comunistas que en el mundo aún quedan. Sin embargo, creer en el socialismo es psicológicamente útil cuando se ocupa un alto cargo en un país comunista, porque a nadie le gusta percibirse como un cínico. Las mentiras piadosas, la autosugestión, son cómodas si se desea conservar un trabajo apasionante, divertido y de gran responsabilidad, y sin duda Wolf ha disfrutado mucho de su puesto. Ahora el lector puede disfrutar también de su experiencia.

01/11/1998

 
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