ARTÍCULO

Una novela más para el siglo XVIII español

Edición de Joaquín Álvarez Barrientos Instituto Juan Gil Albert, Alicante, 1998
386 págs.
 

La novela española del siglo XVIII ofrece hoy uno de los más novedosos horizontes abiertos a la investigación. Hace sólo unos años era moneda de curso legal el tópico según el cual el género novela se había eclipsado, en lo que concierne a la literatura española, entre la picaresca del siglo XVII y la histórica de comienzos del XIX, no figurando en ese interregno más que dos hitos aislados: la Vida de Torres Villarroel y el Fray Gerundio de Isla. De entonces acá el panorama se ha modificado sustancialmente: nuestra novela dieciochesca está camino de ser reconocida como un ámbito de contenido suficiente e interés indiscutible, y poblado por una nómina de autores y un acervo de obras dignos de ser tomados en consideración por la historiografía y la crítica, e incluso por aquellos lectores no exclusivamente adictos a lo estrictamente actual.

Ese movimiento de recuperación ha tenido –como es de precepto cuando se trata de reconstruir la entidad de un fenómeno casi en su totalidad olvidado– la primordial preocupación de volver a poner sobre el tapete las obras literarias mismas, en ediciones provistas de los requisitos propios del intento: biografía de los autores, establecimiento, anotación y estudio de los textos. A la nómina de autores que han salido así recientemente de la sombra (Ignacio García Malo, Luis Gutiérrez, Vicente Martínez Colomer, Pedro Montengón, Pablo de Olavide, Francisco de Tójar, Gaspar Zavala y Zamora) se une ahora Jerónimo Martín de Bernardo. Nos lo presenta Joaquín Álvarez Barrientos, actual director del departamento de Literatura Española del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y uno de los dieciochistas más activos y emprendedores de hoy, autor de la única historia de la novela española del XVIII que merece tal nombre, publicada en 1991.

Martín de Bernardo no dejó pistas biográficas utilizables, y el esfuerzo de Álvarez Barrientos no ha producido, en este terreno, los resultados esperables. Del contenido y circunstancias de impresión de sus Memorias podría deducirse que fue madrileño y auxiliar o servidor del duque de Alburquerque, José Mª de la Cueva. El título de los Ocios podría hacernos suponer que fue militar. Sin embargo, el editor ha recurrido a los repertorios y centros de documentación pertinentes, sin éxito, y también a los que lo serían suponiéndolo eclesiástico, médico, diplomático, arabista o diputado, y asimismo al Archivo Madrileño de Protocolos. Si no ha podido ofrecernos un esbozo biográfico del autor de El emprendedor, sí ha localizado tres obras suyas además de la novela editada.

En 1807-1808 se publicaron en Madrid los tres volúmenes de Ocios en mi arresto, o correspondencia mitológica, obra rara de la que se conocen tres ejemplares en bibliotecas norteamericanas y uno en la barcelonesa de Tusquets de Cabirol. Se trata de un compendio de divulgación mitológica destinado a la educación de las jóvenes, cuyo mayor interés reside en el marco narrativo que introduce las epístolas. En Londres, sin fecha de impresión, aparecieron las Memorias españolas sobre el origen y consecución [sic] de los males actuales hasta los años de1810, obra que el editor ha identificado y localizado en dos bibliotecas norteamericanas. Su contenido concierne a las turbulencias del final del reinado de Carlos IV, el inicio en Madrid de la Guerra de la Independencia, el movimiento revolucionario de juntas provinciales, las actividades de la Suprema Central y la Regencia, y las infructuosas medidas tomadas en aquellos momentos de confusión y vacío de poder para poner coto al independentismo en las colonias españolas.

Aunque no vio la luz ni se ha localizado el manuscrito, consta –por su expediente de solicitud de licencia de impresión– que Martín de Bernardo tradujo, sobre un original francés aparecido en 1797, una Vida de María Antonia de Austria cuya publicación le fue denegada dos veces, la segunda en 1803, de acuerdo con la política de impedir toda referencia o discusión tocante a la Revolución francesa, incluso aquellas de enfoque conservador o apologético.

El emprendedor se publicó en Madrid en 1805, con segunda edición en 1829. Su editor la considera una síntesis de novela de aventuras, sentimental y de costumbres contemporáneas, análoga en último extremo al modelo narrativo del Siglo de Oro llamado «bizantino» –viajes, encuentros y separaciones, novelswithin-the-novel– y directamente inspirada en la obra maestra de ese género, el Persiles de Cervantes. El escenario exótico oriental (Egipto, Turquía) y las costumbres e instituciones de aquellas latitudes podrían acaso ser, por la naturaleza y la minuciosidad de las referencias que los conciernen, trasunto de una experiencia personal directa, y el indicio de la profesión (cónsul, enviado en misión diplomática) del autor, aunque ya se ha dicho que tal extremo no ha podido probarse. Por otra parte, no puede ignorarse su conexión con tres probables fuentes literarias: las «turqueries» narrativas francesas del XVIII; los relatos de viajes, especialmente el de Vivant Denon durante la expedición a Egipto de Bonaparte, publicado en francés en 1802 y extractado por Quintana en Variedades de Ciencias, Literatura y Artes de 1804; y la literatura producida en España como eco de la paz, en 1782, con el Imperio turco, concretamente el Viaje a Constantinopla de José Moreno (1790) y la Idea del Imperio Otomano de José Solano (1793).

Los ideales que expone El emprendedor, detenidamente analizados por Álvarez Barrientos, responden al pensamiento ilustrado típico: tolerancia resultante del relativismo que nace del conocimiento de distintas culturas; humanidad, síntesis de razón y sensibilidad como garantía de verdad moral; condena de la esclavitud, más allá del maniqueísmo simplista y del mito del buen salvaje, al no culpar por entero de ella a los europeos sino saberla practicada tradicionalmente por asiáticos y africanos. El mayor valor de la novela, junto al atractivo de sus aventuras y su pintoresquismo, resulta del trazado evolutivo del psiquismo de los personajes, y del acierto en las descripciones y en el uso de lo maravilloso sin pretensiones de sobrenaturalidad. Pese al descuido y a la ocasional incorrección del lenguaje de El emprendedor, es obra imprescindible en el panorama narrativo de su época.

01/05/1999

 
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