ARTÍCULO

Los ricos también lloran

Planeta, Barcelona
Finalista Premio PLaneta, 1999
254 págs.
 

No sorprende a grandes líneas la novela finalista de la última edición del premio Planeta. Hacer dicha afirmación lleva consigo asumir que en El egoísta encontraremos poca literatura, pero grandes dosis de oportunismo y una gran visión de mercado. La editorial que soporta el mencionado premio se encargó de presentarnos la dos novelas galardonadas como una recuperación del nivel de calidad literaria que se lleva obviando en los últimos años. Por el contrario, El egoísta, obra de la conocida periodista Nativel Preciado, responde más bien a una apuesta por el no riesgo; abogar, en definitiva, por una serie de valores que se saben seguros y rentables de antemano. La novela es reflejo nítido de una tendencia en alza que se viene asentando en la narrativa española de los últimos tiempos. Cansados, o quizás incapaces, de innovar, una gran parte de nuestros novelistas están llevando a cabo una recuperación de esquemas narrativos periclitados, más propios de décadas e incluso de siglos pasados. Tal es el caso de las novelas costumbristas, de la novela rosa disfrazada de falsa trascendencia, de la novela de aventuras... En el otro extremo nos encontraríamos con los inacabables comportamientos estancos propios de una postmodernidad pervertida y mal entendida: novela femenina, novela gay... No creo que sea necesario dar nombres de autores, pues cada uno de estos marbetes lleva emparejado tras de sí a un novelista de éxito, incluso fuera de nuestras fronteras. Pues bien, digámoslo ya. El egoísta viene a encuadrarse a la perfección en el primer grupo referido, ya que cabe ser definida como un folletín, revestido, eso sí, de engañadores ropajes que lo adornan hasta la desmesura. No faltan ninguno de los elementos propios y caracterizadores del género: alta posición económica y política de los protagonistas, malvados antihéroes que se esfuerzan en echar por tierra el imperio construido por otros, niños deseados y, sin embargo, no conseguidos, mafias, corrupción, cajas fuertes, colecciones de cuadros, lujo, joyas, etc. En algunos instantes, el ensarte de tópicos llega a grados alarmantes, hasta tal punto que tenemos la sensación de estar leyendo cualquier guión de la teleserie de turno. Pondremos tan sólo un ejemplo. El lector tiene que soportar estoicamente la narración de un episodio en el que la amante del protagonista –doctora refinada y con caché– escucha la predicción de su futuro hecha por una bruja de feria. El patetismo no se detiene ahí sino que a medida que nos vamos acercando hacia el final comprobamos cómo todas las cábalas de la pitonisa se van cumpliendo. En definitiva, que el desarrollo de la novela responde más bien al dictado de los hados –harto previsible– que a un proyecto meditado largo tiempo.

No faltan tampoco fragmentos dignos de pertenecer a algunas de las más rocambolescas obras de teatro del siglo XIX español. Uno de los lugares comunes en este tipo de piezas era que la sufridora protagonista femenina, contrariada de amores, abandonara el mundanal ruido para aislarse en un apartado y acogedor convento. De la misma forma, el exitoso y narciso Baltasar Orellana, protagonista de la novela, tras un dramático episodio familiar, decide enviar a su paciente esposa a semejante retiro religioso. Por supuesto, con el paso de los años, el arrepentido marido retorna, cual hijo pródigo, para volver a ver, siquiera unos instantes, a su amada de antaño. En efecto, la arbitrariedad de dichos elementos, asumida con la distancia histórica que otorga el paso de más de un siglo, permite acercarse a esas piezas teatrales con una ausencia total de prejuicios. No ocurre lo mismo con la novela de Nativel Preciado. No hay lugar para el distanciamiento y la ironía, lo que hace caer esta sarta de despropósitos en el campo de lo inverosímil y, si me apuran, de lo risible. 

Podríamos albergar algún atisbo de salvación en la estructuración de la novela. Baldías también las esperanzas. Como en tantas y tantas ocasiones, El egoísta no es sino las confesiones de un ególatra que, enfermo y arrepentido de su pasado, decide, por consejo de su psiquiatra, dejar de puño y letra una especie de memorias, llamadas, a mayor gloria de Dios, Grafomanías. Eso sí, siempre se podrá esgrimir que la supuesta calidad literaria de la galardonada novela reside en los fugaces cambios de perspectiva que, de vez en cuando, nos regala la dotada narradora.

En definitiva, ¿dónde encontrar la tan sonada recuperación del premio Planeta? Si estuviéramos dispuestos a confundir calidad literaria con simple y mera corrección gramatical, creo que sería mejor que abandonásemos, de una vez por todas, el barco de la literatura, pues la batalla habría sido perdida definitivamente. Sí, es cierto. El egoísta tiene, al menos, la virtud de dejarse leer sin removernos en el sillón al hallar a cada paso un atentado contra el castellano. Sí, es cierto también que la prosa es, a ratos, fluida, porque nadie va a negar a Nativel Preciado su valía como periodista. Sin embargo, de la prensa a la literatura hay un largo trecho, entre otras cosas porque la primera intenta, simplemente, informar, esto es reproducir de manera fiel la realidad, mientras que la segunda pretende, no lo olvidemos, sublimarla. ¿Qué pensar de una novela que se abre de la siguiente forma?: «No puedo negar que para escribir esta historia imaginada me he inspirado en la realidad, pero todos los personajes que aparecen en la novela son pura fantasía. Baltasar Orellana no existe». Sobran las palabras. En primer lugar, porque a nadie interesa la deuda de la escritora respecto de lo que le rodea; en segundo término, porque obviedades como esta son, sin duda, de dimensiones planetarias.

01/02/2000

 
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