ARTÍCULO

El divorcio amistoso de un siglo

Trotta, Madrid, 1997
Prólogo de Pedro Laín Entralgo
200 págs.
 

Marañón escribía que «América es para los españoles, no un conocimiento, sino una emoción», y habría que matizar esa idea añadiendo que el conocimiento del binomio España/ América, estemos a favor o en contra, o ni una cosa ni otra, no amengua en modo alguno lo emocional, y tenemos un ejemplo reciente, al que no se alude en las páginas que reseñamos, en el libro de Rafael Sánchez Ferlosio Esas Yndias equivocadas y malditas. No amengua la emoción el conocimiento porque el descubrimiento, conquista y colonización de América, por ser un hecho inmensamente grande y complejo, sigue y seguirá siendo objeto de polémica, no sólo entre los pueblos de habla hispánica, sino también a causa de otras naciones interesadas en ensalzarse ellas a costa de disminuir el descubrimiento de «las Indias», que Francisco López de Gómara consideraba «la mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo creó», y del que otro Francisco –Grandmontagne– decía que «como suceso magno sólo tendrá parangón posible cuando al genio del hombre le sea alcanzable una de esas constelaciones que lucen miríficas en el firmamento infinito», entre el centón de ejemplos parecidos que pueden enumerarse. En el cese o continuación de esa polémica tendría un papel fundamental entre nosotros la aceptación y asunción como irremediables –para bien y para mal– de unas realidades singularísimas del pasado que podemos indagar, pensar y expresar en una lengua común y, como quería Luis Rosales, una lengua es «un sistema de instalación vital». El historiador y filósofo mexicano Leopoldo Zea escribía que nadie puede empezar la Historia donde le convenga más; que hay que adentrarse en ella antes y después de 1492, antes y después de 1810; «mientras Europa discute su futuro, nosotros en Hispanoamérica –escribía– tenemos aún que discutir nuestro pasado», vicio y palabras aplicables también en gran parte a los españoles de esta orilla.

La pasión americana de Antonio Lago se inició a sus 24 años en la revista universitaria Alférez, y bajo el magisterio espiritual e intelectual que ejercía entre los jóvenes del Colegio Mayor Cisneros el profesor argentino Juan Carlos Goyeneche. Una viaje de tres meses por países del Caribe y Centroamérica vinculó para siempre esa pasión a su vida, y esto no puede extrañarle a nadie, porque en la necesidad de que los españoles se esfuercen en hacer ese viaje para saber, realmente, lo que es España y lo que es América también, insisten todos los hombres de valía ibéricos que han tenido ocasión de atravesar el otro mare nostrum, el Atlántico. Y si alguien duda de que América sea un capítulo esencial y necesario para conocernos, lo que tiene que hacer es comparar la adinerada América sajona con la hispánica. Las supervivencias antropológicas de cultura y el legado cultural histórico de ésta son, a ojos vistas –por inocentes que sean los ojos–, superiores, con mucho, a los de aquélla.

Antonio Lago ha sido profesor de Regímenes Políticos Iberoamericanos en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense durante 17 años, y continúa hoy esa docencia en la Escuela Diplomática de Madrid. Es autor y editor de varios libros, ha dado conferencias sobre Sarmiento, Rodó, Vasconcelos, Mallea, Arciniegas, Arguedas, etc., y preside, desde 1994, el Instituto Español Sanmartiniano. Fruto de esa trayectoria es América en la conciencia española de nuestro tiempo, libro con prólogo de Laín Entralgo, que nace al alba de un centenario lamentoso, no por la emancipación de las últimas colonias, que era necesaria, sino por lo mal que la cegatería política española empuñó la batuta, sin posibilidad de gran sinfonía.

Las conciencias de lo americano que analiza este libro son las de 14 figuras representativas de nuestra cultura desde el 98 hasta hoy, además de una disertación del autor, de 1992, sobre «Los cronistas de Indias castellanos y leoneses» y un sustancioso ensayo final, «El acervo cultural común de Iberoamérica». Otros capítulos se han dedicado a «La España peregrina», como llamó Bergamín al fenómeno del «trastierro» (José Gaos) tras la guerra civil, y a su reverso, «América y la España permanecida». Son todos ellos, ensayos y artículos escritos a lo largo de los años, y quizá se haya respetado el orden en que fueron publicados antes y eso justificaría, por ejemplo, que Menéndez Pidal aparezca en el libro después de Tovar, Marías o Laín Entralgo. Este orden –¿descuido?– no altera el valor de sus páginas, como tampoco que, en un libro tan rico en noticias y notas bibliográficas, no se recoja al final todo ese acervo. Me parece imprescindible dejar constancia de que el autor ha conocido y tratado personalmente, durante muchos años, a no pocos de los incluidos en el libro, lo cual añade a éste proximidad cordial y certeza.

Es oportuna y legítima la preocupación de Antonio Lago por el nombre que le demos a nuestra América, porque varios apelativos crean confusión y uno solo nos da conocimiento. En la búsqueda de esa identidad le acompañan José Martí, Arturo Uslar Pietri, Julián Marías... ¿Indoamérica, Hispanoamérica, Iberoamérica, América Latina –en la cual deberíamos incluir el sur de los Estados Unidos, desde Florida a Los Ángeles, y parte el Canadá–...? Creo que Alfonso Junco lo expresó como pocos en el artículo «¿Cómo nos llamamos?», de su libro La jota de Méjico y otras danzas: «Lo más propio y mejor para nosotros, tomados en conjunto, es hispanoamericanos. Hispanos por la lengua y el espíritu; americanos por lo aborigen y geográfico. La frecuente designación de latinoamericanos, es más vaga y menos idónea. Merece eliminarse. [...] Hispania era la totalidad de la Península, y egregios lusitanos aceptan y toman para sí el nombre. Camoens llama a sus compatriotas, en el canto primero de Los Lusiadas, "huma gente fortissima de Espanha". El humanista André de Resende escribe: "Hispani omnes sumus". Y Almeida Garret: "Somos hispanos, e devemos chamar hispanos a quantos habitamos a península hispánica..."». Llamar América Latina a Hispanoamérica o Iberoamérica, es una distorsión histórica deliberada que no se puede aceptar ni ingenuamente.

Remueve seguir en este libro –que podría ampliarse– las huellas que ha dejado en nuestros escritores y pensadores el tema americano, porque nos sitúa en un talante crítico, no siempre benévolo, que Lago Carballo atenúa a veces o prefiere no adoptar. La atención que prestaba Unamuno –y Menéndez Pelayo y Valera– a algunos escritores hispanoamericanos está hoy generalizada en España de forma casi exhaustiva. Don Miguel acuñó la voz «hispanidad», que enriquecería luego Ramiro de Maeztu, pero también, en un desplante ni recomendable ni oportuno, gritaría su famoso «¡Que inventen ellos!», mientras su amigo Ganivet pedía que diéramos ejemplo con el espíritu y la inteligencia para reconquistar la atención de los hermanos de América, y el maestro de Bolívar, Simón Rodríguez, había abogado por la originalidad con otra frase expresiva: «¡O inventamos o erramos!». Son precisamente las ideas de dos científicos –agudas, abarcadoras y elaboradas con datos–, las que me han interesado más en este libro, donde figuran nombres tan señeros como Menéndez Pidal, Ortega, D'Ors o Salinas; y también el ensayo final de Lago Carballo a propósito de la Conferencia de Jefes de Gobierno que se celebró en Guadalajara (México), en 1991. Los científicos de los que hablo –ensayistas, médicos, historiadores y mucho más– son Gregorio Marañón y Pedro Laín Entralgo. Ellos aportan lo más factible, reflexivo y granado del pensamiento español sobre América, sin montajes bambalinescos ni conceptos periclitados, con información copiosa, afán de resolver y preocupación genuina, seguidos, según mis preferencias, por la extraordinaria labor de Antonio Tovar, que culminó en su Catálogo de las Lenguas de América del Sur y otros libros; por Julián Marías, en gran parte de su obra; por los catalanes Federico Rahola y Trémols y Fernando Valls y Taberner; por Ramón de Basterra y su esclarecedora obra Los navíos de la Ilustración, y por la buena labor orientadora del gran periodista José María Salaverría, revelador de los descuidos de la Metrópoli con nuestros emigrantes, que denunciaba también otro escritor, Francisco Grandmontaigne, buen conocedor de la Argentina, como el anterior. La República Argentina, tan frecuentada por los españoles, hizo de linda tapada de América y engañó a muchos –entre ellos a Ortega– respecto a otras realidades del Nuevo Mundo; tras la experiencia argentina, se teorizaba sobre toda América.

Hay que destacar aparte «la emigración a Hispanoamérica más importante de la historia de España» –escribe Lago Carballo–; la de la guerra civil, con revistas, libros y empresas culturales de honda huella en los dos lados del Atlántico, y hombres del calibre de Claudio Sánchez Albornoz, Manuel de Falla, Francisco Ayala, Ramón J. Sender, Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, León Felipe, Pedro Salinas, Joaquín Xirau, José Gaos, Juan David García Bacca, etc. «La labor de esos españoles –afirma Lago Carballo– no está siendo seguida por las generaciones españolas ulteriores, otra vez desentendidas.» Esperemos –y el que espera desespera– que no sea verdad.

01/06/1998

 
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