ARTÍCULO

El Jesús humano

Seix Barral, Barcelona
252 págs. 2.300 ptas.
 

Como toda «novela histórica», este libro tiene una doble faz. Es, por un parte, literatura (en este caso, buena literatura), y por otra recuperación histórica, pretendidamente al menos. Literariamente la novela está construida a modo de recuerdos, sin orden estricto aparente, que el discípulo amado de Jesús escribe por su cuenta o dicta a dos amanuenses poco tiempo antes de su muerte, en su destierro de la isla de Patmos y en sus últimos días en Éfeso. Aunque no responde con exactitud a un esquema de «composición en anillo», la novela comienza con una evocación de la última cena y la crucifixión y concluye retomando el tema de Jesús colgado del madero.

La escritura de Antonio Enrique es potente, lúcida, clara e inteligible. Salvo algún leve anacronismo, el autor intenta, y lo consigue, transportar al lector a otros tiempos y ámbitos antiguos en los que se desarrolla la trama (prescinda el lector de las incorrectas transcripciones de nombres antiguos). Hay un feliz maridaje de bellas reflexiones sobre el ser humano y su existencia, el amor ante todo, con una escritura plena de metáforas brillantes y expresiones rotundas. No en vano el autor es fundamentalmente poeta y una buena prosa nace siempre de quien lleva en sus venas el estro poético. Tiene mérito, además, cómo la obra consigue captar el interés del lector sin poseer una trama específica, sino sólo con recuerdos de las anécdotas que el memorialista cree más importantes del Nazareno.

El otro aspecto de la obra, el de la «reconstrucción» histórica es mucho más discutible. Antonio Enrique ha pretendido presentar una visión personal de la vida y carácter de Jesús distante de la manida interpretación ortodoxa tradicional. Una interpretación desde el punto de vista de un agnóstico. Pero el problema de este tipo de empeños radica en que o bien se intenta una reconstrucción razonable sobre la base de todos los textos fidedignos que nos haya legado la antigüedad, o bien se reconstruye imaginativamente el personaje..., con lo cual se cae en el mismo defecto que se critica en la Iglesia, a saber que ésta, tras los pasos de Pablo de Tarso, ha ido «formando» un Cristo de la fe que no se corresponde con el Jesús de la historia.

Y esto es lo que le sucede al autor, en nuestra opinión. El Jesús de las reflexiones del discípulo amado dista también mucho de lo que una historiografía independiente, agnóstica en materia de religión, pero científica y respetuosa en extremo con los textos, puede reconstruir del Jesús de la historia.

La tesis principal de la novela es sumamente discutible: Jesús antes de su vida pública tiene relaciones secretas con María Magdalena (en el tema se adelantó El dios dormido de Fanny Rubio). De ellas nace un hijo: Juan Marcos, que con el tiempo será el discípulo amado del que da fe el IV Evangelio. El misterio de la paternidad sólo se revela en la escena del Gólgota, cuando un Jesús moribundo dice a María Magdalena (no a su madre): «He ahí al hijo» y a éste, «He ahí a la madre». Esta hipótesis se basa en un texto escaso, oscuro y es a todas luces insuficiente para montar semejante hipótesis, ni aunque se apoye en evangelios apócrifos posteriores, del siglo II o siguientes, como el Evangelio de María, el de Felipe o el tratado Pistis Sophia (obras gnósticas y que hay que entender en clave gnóstica).

Igualmente va en contra de todo lo adquirido por doscientos años de reflexión crítica, filológica e histórica, en torno al Nuevo Testamento la presentación que hace la novela del presbítero Juan, desterrado en Patmos, como el oscuro Juan Marcos de los Hechos de los apóstoles. Y es filológicamente imposible hacer de este personaje el autor, en diversas fases de su vida, del Evangelio llamado de Marcos, del IV Evangelio y del Apocalipsis (!). Son tres personajes y tres obras absolutamente distintos, con lenguaje, teología y mentalidad incompatibles. Carente de toda base textual antigua es la atribución a Bar Abba de un pretendido Apocalipsis o Libro del padreeterno, sobre cuya base escribe Juan su propio Apocalipsis.

La larga mención a la familia de Herodes el Grande (págs. 144 y ss.) está llena de errores de tamaño descomunal. El fin de semejantes líneas genealógicas (un batiburrillo indigesto para el lector que rompe el ritmo literario), a saber la presentación de unos ancestros de Pablo de Tarso que otorgan a éste el lustre de haber nacido de familia de reyes perseguida hasta la muerte (lo que explicaría ciertos odios teológicos del Tarsiota), es insostenible. Nada de esto se asienta ni por lo más remoto en una reconstrucción histórica seria sobre la base del historiador judío Flavio Josefo.

El Jesús humanizado y realista de la obra de Antonio Enrique (distinto y contrario a la interpretación teológica de San Pablo, al que critica el Juan Marcos de la novela como si fuera un historiador de las religiones de principios de este siglo) tampoco se corresponde demasiado con la figura histórica de un rabino carismático e itinerante de Galilea, antiguo discípulo de Juan Bautista, profeta escatológico, que tenía probablemente la conciencia de ser el enviado definitivo de Dios para anunciar la inminente venida de su Reino.

Por último, a cualquiera que conozca el ambiente encratita (ascético, semignóstico, anticorpóreo y antisexo) del cristianismo de finales del siglo I y comienzos del II, parecerá absolutamente inverosímil el episodio de un Juan nonagenario y casi ciego que ¡por fin! conoce el amor y se une sexualmente a una jovencísima secretaria. El episodio, rodeado por unos personajes tomados de los Hechos apócrifos deJuan (que el novelista conoce bien), no se corresponde en absoluto con lo que era la mentalidad de esa época.

En resumidas cuentas: admiro la destreza literaria del autor de esta novela; doy fe del placer que su potente y lúcida escritura me ha proporcionado..., pero estoy en profundo desacuerdo con su reconstrucción del entorno histórico del narrador y de ese Jesús humano que, aparte de sus rasgos psicológicos atrayentes, recreados para deleite del propio autor de la novela, nada tiene que ver, en mi opinión, con lo que una historiografía seria, independiente de la fe y puramente profesional puede reconstruir de esos dos personajes: el Nazareno y Juan. El Jesús, o el Cristo, inventado es y será siempre mucho más agradable para nuestros ojos y oídos del siglo XX (y XXI ) que lo que pudo ser un predicador escatológico judío de los turbulentos años de la Palestina del siglo I.

01/06/2000

 
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