ARTÍCULO

La dictadura de las matrioshkas

 

Las novelas de Pennac suelen arrastrar al lector en su gozoso y desconcertante revoltijo. Hasta hoy era la pintoresca familia Malaussène la que, desde el parisino barrio de Belleville, nos enredaba en aventuras desternillantes y sazonadas por un lenguaje tan multicolor como los propios personajes. Ahora, con El dictador y la hamaca, Pennac nos apunta a una excursión por territorios brasileños, con breves escapadas a Hollywood, Chicago y París. Pero el viaje tiene sorpresa: la peripecia geográfica esconde otra que atañe a la materia real de la escritura novelesca; y, aunque el narrador anuncia ya desde el principio que su historia se asemeja a las muñecas rusas, el lector no puede ni sospechar la proliferación de matrioshkas que se le viene encima. La primera aparece en el seno de la ficción: es la historia de un dictador agorafóbico que decide buscarse un sosia para regir los destinos de su dócil aunque agobiante país mientras él viaja por el mundo y frecuenta ambientes más muelles y glamourosos. Pero ocurre que el sosia también se cansa de su papel y acude a un sustituto; la historia vuelve a repetirse hasta sumar un total de cuatro sosias, y nos da a entender que hemos llegado a la última muñeca ya al final del primer capítulo. Sin embargo, quedan en el aire muchos interrogantes, muchos episodios excesivamente resumidos, y algunos cabos sueltos –el cuarto sosia, por ejemplo– que incitan al lector a tirar de ellos y a intentar hacer ovillo de la maraña novelesca. Este cebo que nos pone el autor pronto revelará su engañosa oferta, y convertirá la insatisfecha curiosidad en perplejidad desconcertada. Pennac, que en su atípico ensayo Como una novela había reclamado un decálogo de derechos entre los que se encontraban el de saltarse páginas o el de abandonar la lectura, pone a prueba aquí nuestra timidez a ejercerlos con su libro, tal es el desparpajo con el que –hasta rozar la exasperación-practica el despiste y la decepción de la intriga. Si al principio se cuenta una ficción con todas las de la ley –una ficción tan rematadamente ficticia que hasta se escribe en condicional–, en el segundo capítulo el narrador se dispara hacia la evocación autobiográfica de una estancia en Brasil. El lector no se percata de que está jugando con otro tipo de muñeca rusa –la de la ficción que contiene realidad que, a su vez, contiene ficción– hasta que el autor le advierte de que está a punto de saltar de nuevo al relato inventado: «Y allí se abrió la ventana de mi historia». Se vuelve entonces a la aventura del primer sosia, un barbero que suplantará al tirano –como Chaplin en El gran dictador– y que, tras dejar en su lugar a otro sustituto, se embarca haciéndose pasar –con incontinente vocación de sosia– por este genial cómico: una mise en abîme de dobles dentro del relato a la que se añade aún un escalón más cuando el sosia es tomado por Rodolfo Valentino. El narrador, que de sobra sabe que el lector ha calado ya su juego, admite entonces ser el propio Pennac y estar pergeñando estas compulsivas aperturas de matrioshkas desde una hamaca. Entre reflexiones sobre la naturaleza de los personajes y evocaciones de viajes con su mujer, se le ocurre crear un personaje femenino –Sonia–, y la novela comienza a agitar una mezcla de nombres reales y ficticios que conversan y se cuentan historias de terceros: el juego de las muñecas rusas pierde todo viso de orden, y nosotros la cuenta de sus numerosas piezas. Ganados por el desconcierto, apenas advertimos la licencia que permite a la ficticia Sonia comentar con el escritor real la historia inventada de los sosias y protestar por «su mezcla de imaginación y vivencia», que casi la hace dudar de su propia existencia. Así estamos cuando, en inacabable pirueta, el autor decide complacer a su personaje y ofrecerle «una escritura concisa al servicio de una historia lineal y concentrada». Haciéndonos creer que se ha desbaratado el juego de matrioshkas, se abre el penúltimo capítulo y comienza a desgranarse el resto del rosario de sosias que ya dábamos por perdido. Atienda aún con paciencia el abrumado lector, parece decir Pennac, y resume ya con algo de premura: el sosia cinéfilo es sustituido por otro, y este otro se enamora de una actriz que se toma a sí misma por el personaje que interpreta; de este modo se forma una pareja de dobles. Pero, antes de huir con su novia, el enamorado adiestra a un par de gemelos para que le reemplacen, con lo que esta vez la jugada de dobles se eleva al cuadrado; el cargo pasa por ambos gemelos hasta que –muerto el segundo y muerto también el dictador original– el primer gemelo trata de volver a ejercerlo. Pero no podrá ser sosia por segunda vez, quizá porque el mecanismo que impera en esta historia es el de la imitación y la sustitución, y no el de la repetición exacta ni el de la suplantación. Desde el principio de la novela la consigna lanzada lo decía: «Basta con tener fe en el parecido»; cuestión de voluntad y no de exactitud: los sosias, de hecho, no son clones, sólo se parecen entre sí vagamente, y es el pueblo quien ha decidido creer en ellos. Del mismo modo, Pennac pide que consideremos que este libro es una novela, aun cuando nos esté enseñando la tramoya de su confección y los rasgos que no confirman el parecido. ¿Quién podía prever que el comedido creador de la saga de los Malaussène se iba a lanzar a una novela casi experimental? Aún le queda a la novela una última página, y con ella una última vuelta de tuerca. El autor-narrador vuelve a la realidad y desvela los nombres de los amigos a quienes agradece el haber inspirado sus personajes o el haberles prestado algún carácter: la ficción parece haber oficiado de sosia de la realidad. Se resumen de este modo en una sola los dos tipos de matrioshkas con los que se ha jugado, se encajan las piezas unas dentro de otras para recoger y cerrar. Pero las últimas líneas no pueden evitar mostrarse aún juguetonas, pues surge el proyecto de una novela cuyo principio dice: «Esta sería la historia de un autor que comenzaría a dar las gracias a su gente. Poco importa la hamaca donde se le ocurrió la idea. Basta con imaginar...». Nos damos cuenta entonces de que la novela que acabamos de leer es una novela-sosia de esa otra aún por inventar; por algo su íncipit rezaba así: «Esta sería la historia de un dictador agorafóbico. No importa el país. Basta con imaginar...». El caso es que también es curioso que autor y dictador se releven en esas dos frases de apertura. ¿No será que el dictador de la ficción oficia de sosia del autor? En fin de cuentas, este último nos ha llevado a su antojo y con mano férrea por un accidentado juego de lectura. ¿Cómo no sospechar que, tras haber defendido los derechos del lector en Como una novela, el autor esté tomándose aquí los suyos?

01/04/2004

 
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