ARTÍCULO

¿Por qué editar?

 

Hace un tiempo tuve el placer de reseñar, en estas páginas, el libro biográfico Gaston Gallimard, de Pierre Assouline. Titulé mi artículo «¿Para qué editar?», pregunta dirigida a un editor novel y que se refería a sus objetivos como profesional. El título de la presente reseña, otra pregunta, no se refiere a objetivo alguno, sino a las razones vocacionales que llevan a tantas personas a abrazar la profesión de fabricar libros. ¿Por qué editar en lugar de escribir? ¿O de cocinar? ¿O de ganar dinero? ¿O de no hacer nada? No es una pregunta inocente. La transformación profunda del oficio, en las tres últimas décadas, permite expresar la sospecha de que, quien se mete hoy a editor, no conoce, o no quiere conocer, una realidad ingrata. Muchos siguen viendo en esta profesión, calificada varias veces como «la más bella profesión del mundo», la encantadora [glamourous] sociedad de editores, autores, traductores, agentes, libros, encuentros literarios, ferias y divertidas noches envueltas en la neblina alcohólica de otrora.
Es bueno que se sepa que todo ello pertenece al pasado. El control de la palabra, el breve libro de André Schiffrin, centrado sobre todo en la situación francesa, lo demuestra poniendo en tela de juicio las estructuras (macroestructuras, hoy) del sector editorial. Pero no sólo. Schiffrin pone en tela de juicio también la actitud conformista de los intelectuales franceses (periodistas, administradores, editores, universitarios, etc.) y, hasta cierto punto, del público francés. Su análisis, desde luego, es válido más allá de las fronteras de Francia, aunque con matices.
El blanco de Schiffrin es la concentración editorial. Un reducido número de grandes grupos, nacionales o transnacionales, vinculados con la distribución del agua en las ciudades, cuando no con la venta de armas, dueños de los órganos de prensa impresa y/o audiovisual, han absorbido en los últimos años –en complicidad recíproca con el gobierno– editoriales grandes, medias y pequeñas y han alcanzado un control casi monopolístico de la producción editorial.
Esto se traduce en hechos aparentemente banales: los editores van poco a ferias como la de Fráncfort, y mandan en su lugar a jóvenes empleados sin preparación ni intereses literarios. Pero también se refleja en otros hechos mucho más graves que presagian, cuando no revelan, el regreso calamitoso de la censura. Se la llama, con candoroso eufemismo, «censura del mercado».
¿Quién es André Schiffrin? Hijo de Jacques Schiffrin, el creador de la colección La Pléiade, de Gallimard, André estuvo a cargo de Pantheon Books, en Nueva York, durante veinte años, hasta que en 1990 Random House, el gran grupo dueño de Pantheon, lo dejó en la calle. Desde entonces, Pantheon, que había editado autores como Pasternak, Sartre, Claude Simon y Chomsky, no se ha distinguido ni por su rigor ni por su audacia. Eso sí, es probable que haya mejorado su cifra de negocios. En cuanto a André Schiffrin, en 1991 fundó su exitosa editorial actual, The New Press, independiente y sin fines lucrativos. Es decir, que el autor de El control de la palabra no habla sin conocimiento de causa.
Sorteando algunos nombres mal deletreados (Mackelhose por MacLehose, T. S. Elliot por T. S. Eliot) y algún error garrafal de traducción (p. 77: «los cuatro millones de dólares que habían sido cosechados por Random House» por «los cuatro millones de dólares que no habían sido cosechados por Random House»), tal vez el punto crucial del libro quede muy bien resumido en el capítulo «La concentración en el sector editorial norteamericano». En líneas generales, el problema aquí descrito es una elaboración más fina y pormenorizada de lo que el autor ya había denunciado en su libro anterior, La edición sin editores: la exigencia de rentabilidades astronómicas que los grandes grupos imponen a sus diversos sellos, cuando no a cada uno de sus libros. «Son los rendimientos exigidos por los propietarios de los grupos editoriales los que determinan qué va a ser y qué no va a ser publicado», afirma Schiffrin, quien –curiosamente– considera que el gigante alemán Bertelsmann «nunca ha tenido gran rentabilidad». Decir esto de un grupo que impone el quince por ciento de beneficio anual más un diez por ciento de crecimiento anual, parece otro eufemismo, pues cuando Schiffrin se refiere a editores «serios», los que publican narrativa y ensayos de alta calidad, y cita el caso de Gallimard, está hablando de un tres por ciento de rentabilidad anual, una ratio que siempre ha correspondido a esos editores independientes que, no bien se incorporan a un grupo grande, desvirtúan su propia línea editorial. ¿Y cómo no van a desvirtuarla, si para cumplir las consignas contables han de limitarse a publicar best sellers? Aceptemos el eufemismo y digámonos que, dentro del bochornoso panorama general, tal vez Bertelsmann sea de los que menos rentabilidad exigen.
También la crisis de las librerías independientes se presenta con claridad meridiana en Estados Unidos, donde no existe el precio fijo para el libro. Así, han aparecido los discounters, capaces de vender libros a precios más baratos que las grandes cadenas como Barnes & Noble. «El fenómeno –dice Schiffrin– fue espectacular el año pasado con el último Harry Potter: se vendieron cinco millones de ejemplares del libro, la mitad de ellos en Wal-Marts [y otras grandes superficies], y «sólo» novecientos mil en Barnes & Noble. Estos últimos se dieron cuenta de que, si habían obligado a cerrar a muchos [libreros] independientes ofreciendo importantes descuentos sobre los best sellers, se encontraban ahora con otros que estaban en condiciones de aplicarles el mismo trato».
Lo fundamental es que, fijando criterios contables tan pantagruélicos, los propietarios de los grandes grupos impiden la publicación de muchas obras de alto valor cultural. Y que si a ello se agrega el hecho de que la distribución y la estructura del sector de librerías acentúa esta tendencia, el destino del editor independiente está hoy muy comprometido. ¿Por qué editar, entonces? ¿Por qué enajenar la propia vida incorporándose a un sector cuya marca distintiva parece ser la hipocresía de poner (sin confesarlo) la rentabilidad por encima de la calidad cultural? ¿O será que no todo esté perdido y que en alguna parte existan alternativas razonables?
Una de estas alternativas, dice Schiffrin, es Ordfront, un editor sueco que ha formado una cooperativa de lectores. «Alrededor de treinta mil personas abonan hoy anualmente una módica cantidad, unos veinte euros, y reciben a cambio de ella una de las revistas más interesantes de Suecia. Si el diez por ciento de estos suscriptores compran un determinado libro, Ordfront equilibra sus cuentas».
Pero Schiffrin nos da otro ejemplo que merece ser estudiado: el suyo propio. «Mi propia editorial, The New Press, cuenta ahora quince años de actividad como sociedad de interés público de carácter no lucrativo [non profit, public interest publisher], lo que demuestra en todo caso que es posible mantener una calidad editorial y seguir siendo competitivo sin guiarse por los beneficios, ya vayan éstos a parar a los propietarios o al personal». Estamos en España muy lejos de soluciones de esta índole, entre otras razones por las características del sistema fiscal. En Estados Unidos, «el sistema fiscal ha permitido la creación de un amplísimo conjunto de fundaciones, entre las que había algunas interesadas por las nuevas formas de edición».
Nuevas formas de edición... Se refiere, claro está, al hecho de que una persona con un buen ordenador está hoy en condiciones de editar. Y se refiere, desde luego, al prodigioso invento de la impresora para tiradas cortas. Y es verdad: los gastos generales de una pequeña editorial independiente pueden situarse en el quince por ciento, frente al treinta por ciento de una editorial tradicional. Y una edición respetable puede cubrir costos con la venta de apenas mil ejemplares. Todo ello es cierto y es real.
Preguntémonos, sin embargo, en qué consiste hoy el trabajo de editar libros, cuando el problema se plantea de entrada en la búsqueda de soluciones fiscales, o en la publicación de una revista que venda treinta mil ejemplares... Por lo que me atañe, entré en la edición en 1968. Si las condiciones del sector fueran hoy las de entonces, no vacilaría en volverlo a hacer. Pero no lo son.
Ahí queda la pregunta del título: ¿por qué editar?

01/01/2007

 
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